LA BÚSQUEDA DE JUAN DIEGO

 

Carta al Cardenal Angelo Sodano

27 de septiembre de 1999

 

Eminentísimo y Reverendísimo Señor Cardenal Angelo Sodano

Secretario de Estado Ciudad del Vaticano

c. c. al Excmo. Sr. Tarcisio Bertone, S.D.B.

Arz. Emérito de Vercelli

Secretario de la Congregación para la Doctrina de la Fe

c.c. al Excmo. Sr. José Saraiva Martins

Prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos

Piazza Pío XII, 10 Roma

 

Eminentísimo Señor:

Nos duele y nos preocupa, como sacerdotes y como estudiosos, que una creencia piadosa, como es la aparición de la Virgen de Guadalupe al indio Juan Diego, así mantenida durante siglos, últimamente, es decir, hace 15o 16 años, fuera promovida por el señor Cardenal Arzobispo Primado de México, don Ernesto Corripio Ahumada y avalada con la firma de un grupo de sacerdotes de la Arquidiócesis de México, para llegar a la beatificación del supuesto vidente, el indio Juan Diego.

La mayor parte de los miembros del Cabildo de Guadalupe de aquel entonces (con excepción de dos señores Canónigos) expresamos al señor Cardenal Arzobispo a través de una carta nuestra inconformidad en re­comendar dicha posible beatificación, por la falta de documentos verdaderamente históricos que probaran la existencia real del indio Juan Diego; lo mismo pensaban muchos de los estudiosos seglares, conocedores de este problema histórico. Creíamos, y así lo expresábamos, que dicha causa no podría ser aceptada seriamente en la Congregación para las Causas de los Santos por falta de una documentación —repetimos— histórica, decisiva y fuertemente creíble para llegar a la comprobación de ese supuesto hecho histórico.

Con grande sorpresa nuestra, y habiendo leído y analizado el texto integro de la Positio, contemplamos, sin embargo, el hecho del "Reconocimiento del Culto" del indio Juan Diego, realizado en la Basílica de Guadalupe por Su Santidad Juan Pablo II el 6 de mayo de 1990. Tenemos que decir, por honestidad y en honor a la verdad, que dicha Positio nos parecía tendenciosa, ya que estaba llena de inexactitudes y meras suposiciones.

Consideramos, por tanto, que todo terminaría allí, y que la causa dormiría el sueño de los siglos. Sin embargo parece que ahora está muy cerca la canonización del le­gendario indio Juan Diego. En efecto, estuvieron en la Arquidiócesis de México Monseñor Óscar Sánchez Barba, promotor en Roma de las causas mexicanas, el padre Fidel Fernández González, consultor para la Congrega­ción para las Causas de los Santos, y el Eminentísimo señor Cardenal don Darío Castrillón Hoyos, prefecto de la Congregación para el Clero, invitado por el Eminentísimo señor Cardenal Arzobispo Primado de México, don Norberto Rivera Carrera. La presencia en México de estas personas llegadas de Roma obedecía a que el día 24 del mes de agosto del presente año, en un salón de la Curia del Arzobispado de México, se daría a conocer el libro El encuentro de la Virgen de Guadalupe y Juan Diego, escrito por los sacerdotes Fidel González Fernández, Eduardo Chávez Sánchez y José Luis Guerrero Rosado. Conservaron el libro en secreto y no se dio a conocer antes de la reunión.

De hecho fueron invitados al Clero de la Arquidiócesis de México, cuya asistencia fue mínima, un grupo de Religiosas, un grupo de laicos y algunos medios de comunicación.

En el presidium estuvieron los señores Cardenales, el Nuncio Apostólico, los autores del libro, Monseñor Sánchez Barba y uno de los vicarios episcopales, que fungió como maestro de ceremonias.

En dicha presentación no hubo lugar a preguntas ni objeciones, y simplemente se anunció que el nuevo libro resolvía todas las dificultades existentes, y que estaba lista la preparación para la canonización del indio Juan Diego, una vez que en Roma se hicieran los últimos trámites acostumbrados.

En realidad trascendió muy poco en los medios de comunicación este acontecimiento y la crítica no le dio mayor importancia.

Decimos en la introducción a esta carta que nos inquieta, dentro de la ortodoxia de nuestra fe, que un supuesto "acontecimiento salvífico", como se le llama en la Positio, cuya historicidad ha sido ampliamente discutida por lo menos a partir del siglo XVIII y sigue siendo materia de serias discrepancias, el próximo año —según ha trascendido— durante el mes de mayo, se llegue a la canonización de este indio, para muchos inexistente. El libro presentado no añade nada nuevo a lo dicho en la Positio, fuera de la refutación un tanto cuanto superficial de los libros del doctor Richard Nebel y del sacerdote norteamericano Stafford Poole, ambos investigadores serios y profundos, aun cuando con distinta metodología. O sea, que el nuevo libro padece de las inexactitudes y errores de la Positio misma. Del doctor Noguez, cuya tesis histórica es de sumo interés científico y de absoluta honestidad, no se habla, fuera de alguna alusión.

Por lo que respecta a la imagen de Nuestra Señora en sí misma, que se venera en la Basílica desde tiempo inmemorial, y que supuestamente es el ayate de Juan Diego, hecho de fibra de maguey, ya desde el siglo XVIII se sabía perfectamente que "el lienzo en que está pintada la santa imagen", como dice don Mariano Fernández de Echeverría y Veytia, fervoroso guadalupano aparicionista en su escrito Baluartes de México (1775-1779), no es de ixtle o fibra de maguey, sino de hilo de palma o algodón, siendo su tejido más tupido que el "ayate", que es más vasto y ralo.

Con motivo del trabajo de conservación, mandamos analizar nuevamente algunos de sus hilos, y encontramos que era cáñamo.

De hecho, cuando transferimos la imagen de Nuestra Señora de la vieja a la nueva Basílica, y con el deseo de darle la mejor protección posible, la examinamos perfectamente bien, tanto algunos de nuestros mejores técnicos en conservación de obras de arte, como el Arcipreste don Carlos Warnholtz y un servidor, entonces Abad de la Basílica; y nos dimos perfecta cuenta de que reunía todas las características de una pintura hecha por mano humana, con el deterioro propio de la antigüedad de la imagen misma. Dicho examen crítico lo enviamos a esa Sede Apostólica como un signo de honestidad y de amor a la verdad. Sin embargo, los escritores del nuevo libro, con el grupo de personas que llevaron de noche a la Basílica, no quisieron examinar la imagen, y la vieron sólo a través del cristal.

De la página 193 a la 214 del nuevo libro se trata de presentar a la imagen de Nuestra Señora como un "documento fehaciente" y como un auténtico mensaje para sus destinatarios. Sin embargo ni hubo tal examen técnico y científico, y pudieron darse cuenta los presentes de que se trataba de una verdadera pintura humana. Algunos historiadores tan serios como el padre Burrus, S. J. (+), que no conoció directamente y de cerca la imagen, afirman que "el documento número uno es precisamente la Santa Imagen". Siendo, pues, ésta una obra pictórica humana, pierde todo su valor documental iconográfico dicha argumentación.

Ante todo este), nuestras preguntas son: ¿Cuál es el asentimiento que la Iglesia católica exige a un creyente totalmente ortodoxo en una canonización? ¿Es acaso materia de fe aceptar la autenticidad de esta canonización, que según aprendimos en Teología, hay que considerarla como un "hecho dogmático"? ¿Se puede, por el camino de la Teología, llegar a la veracidad histórica de un "acontecimiento" que no se ha podido probar por el camino de la documentación que nos da la certeza moral?

Y corno decía el gran historiador y polígrafo mexicano, al cual don Marcelino Menéndez y Pelayo llamó "maestro de todo saber", don Joaquín García Icazbalceta, respondiendo al Ilustrísimo señor Arzobispo de México don Pelagio Antonio Labastida y Dávalos, el cual quería conocer su juicio acerca de una apología de las apariciones de Nuestra Señora de Guadalupe de México: "Excelentísimo Señor, yo no soy teólogo ni canonista, sino soy un historiador. De manera que no deseo dar mi juicio acerca de esta apología". Insistió el señor Labastida, ya que sus dudas habrá tenido, y le respondió: "No te pido tu opinión como teólogo o canonista, sino como persona muy versada en la historia del país. Te lo ruego como amigo y te lo mando como Prelado". Finalmente accedió don Joaquín y escribió su famosa carta, que ha sido materia de tantas discusiones.

Nuestra pregunta actual puede ser la misma: si se diera la famosa canonización, conociendo perfectamente la seria y grave problemática histórica, ¿cuál debe ser nuestro asentimiento de fe? Repetimos: ¿puede resolverse por el camino de la fe lo que no se ha podido resolver por el camino de la historia? ¿Cuál es la credibilidad y seriedad de la Iglesia en un caso semejante? ¿Basta la jerarquía de las personas que están insistiendo en la canonización, sin que conste la historicidad del personaje y de los acontecimientos legendariamente atribuidos a dicho personaje?

Jamás hemos recibido ninguna respuesta ni oficial ni extraoficial, tanto de esa Secretaría de Estado como de la Congregación para las Causas de los Santos. Se han enviado libros y alegatos. Esta es la última vez que escribiremos al respecto, movidos sólo por nuestro amor a la Iglesia y a la verdad. Creemos merecer una respuesta, ya que no apelamos a nuestra jerarquía, sino sencillamente a nuestra participación en el sacerdocio de Cristo, ya sea ministerial o bautismal dentro de la Iglesia, a la cual pertenecemos.

Hemos seguido cuidadosamente el proceso humano en Roma de este problema, y nos entristece la forma como se ha llevado.

Nos atrevemos a hacer una modesta sugerencia: si en Roma la Congregación para las Causas de los Santos con absoluta honestidad quisiera encomendar para su estudio y comentarios a un doctor auténtico en Historia de la Iglesia, y que conociera profundamente la historia de la Iglesia de nuestro Continente latinoamericano, especialmente de México, valorando en forma independiente y objetiva, sin inclinarse parcialmente ni al grupo que sostiene las apariciones de Nuestra Señora a un indio ni a los autorizados escritores que sostienen lo contrario, comentando por ejemplo el libro del doctor Xavier Noguez, cuyo texto nos parece de un gran valor para el tema guadalupano, muy particularmente en los testimonios más antiguos tanto indígenas como españoles, pensamos que dicho estudio iluminaría notablemente el criterio de esa Congregación para algo tan trascendente como es canonizar o no al indio Juan Diego.

Podríamos suscribir este documento muchos sacerdotes y no sacerdotes, ya que así nos lo han manifestado, pero no queremos comprometer a nadie.

Agradeciendo de antemano su fina y cuidadosa atención a la presente, y en espera de su respuesta, nos suscribimos De Su Eminencia Reverendísima, atentos y seguros servidores en el Señor,

Mons. Guillermo Schulenburg Prado

Protonotario Apostólico a. i. p.

Abad Emérito de Guadalupe

Pbro. Dr. Carlos Warnholtz B.

Arcipreste de la Basílica de Guadalupe

Can. Esteban Martínez de la Serna

Bibliotecario de la Basílica