LA BÚSQUEDA DE JUAN DIEGO

 

Carta al Cardenal Norberto Rivera Carrera

28 de enero de 2002

 

Emmo. Sr. Card. Norberto Rivera Carrera

Digmo. Arzobispo Primado de México

Presente

 

Eminentísimo Señor:

Con mucha pena recurro a la bondad y equidad de Su Eminencia después de que el día 25 del presente Monseñor Diego Monroy Ponce me notificó la voluntad de Su Eminencia de que yo abandone la Casa Sacerdotal a raíz del incidente sobre la canonización de Juan Diego. Recurro para suplicarle que, después de las consideraciones que en seguida le expongo, recapacite sobre esa decisión y me dé otra oportunidad de permanecer en esa casa, dadas las condiciones de mi edad y mi salud.

Pido perdón por lo que en la carta dirigida a Roma haya de ofensivo hacia la persona de Su Eminencia.

Como puede verse en el texto, la razón de esa carta no es otra que asegurar el prestigio de la Iglesia ante los no creyentes y los creyentes de otras partes del mundo, que tal vez no comprenden nuestra idiosincrasia; expre­sar nuestra preocupación por la prisa o urgencia de hacer la canonización, sin que nos conste que las dudas ya existentes acerca del origen histórico de la narración de las apariciones a Juan Diego, y por ende de la existencia his­tórica del mismo, hayan sido resueltas y de qué manera.

Para esto, como en la vez pasada, hicimos uso del derecho que todo fiel cristiano tiene de recurrir a la Sede Apostólica (can. 1417) amparados en la confidencialidad y el secreto que garantiza el proceso canónico de acuerdo con el canon 1455. Expresamente decimos en la carta que "no queremos provocar un escándalo inútil, ni una polémica estéril. Simplemente tratamos de ayudar a nuestra Iglesia y evitar que disminuya su credibilidad".

Enviamos nuestra carta todavía en el tiempo útil, antes de que se concluyera el proceso canónico y se diera el decreto final de la posibilidad de la canonización con la aprobación del milagro. No cometimos ningún delito de rebeldía o desobediencia, de irreverencia o injuria hacia nadie; y estábamos exclusivamente a nivel de la crítica historiográfica científica, en una materia que no es de fe.

Dos semanas después (21 de diciembre, la carta está firmada el 4 de diciembre) el Santo Padre firmó el decreto en donde se aprueba el milagro requerido para la canonización.

Un mes después (21 de enero) alguien, tendenciosamente, maliciosamente, aplicando el principio maquiavélico de que "el fin justifica los medios", viola el sigilo requerido por los cánones y el derecho a la buena fama que a todos nos asiste (can. 220), hace publicar nuestra carta en los medios de comunicación, y hace que el escándalo subsiguiente, la ofensa al pueblo, el odium plebis, recaiga sobre nosotros.

Ante esa situación (escándalo y odium plebis), Su Eminencia se siente en la penosa necesidad de pedirme que abandone la Casa Sacerdotal, porque ¿cómo es posible que yo, que vivo y como y cobro mi pensión de la Basílica, traicione de esa manera el culto guadalupano?

Eminentísimo Señor, una vez más, si no hubiera sido por la publicación de la carta, el pueblo no hubiera sabido nada, y el asunto se hubiera arreglado de una manera discreta.

En casi 24 años que llevo en la Basílica, nunca he predicado, hablado en público o escrito algo contrario a la tradición guadalupana. He predicado la Teología mañana cristocéntrica, y valiéndome del Nican Mopohua he exhortado al pueblo a cumplir el compromiso que tenemos los mexicanos con la Virgen de Guadalupe por ser sus hijos predilectos. Los cuestionamientos acerca del origen histórico o legendario del culto guadalupano (un hecho innegable) o de la forma literaria del Nican Mopohua (histórica o catequética) han sido sólo a nivel académico y absolutamente en privado.

Tuve la suerte (mala o buena) de contemplar de cerca y directamente la imagen original la noche del 4 de noviembre de 1982, y desde entonces dejé de creer que se haya estampado milagrosamente en la tilma de Juan Diego (o sea, dejé de creer que "no fue pintada por mano humana"). Pero me he cuidado muy bien, y me seguiré cuidando, de externar esto delante de la gente que pudiera sufrir ruina espiritual de alguna manera. Una sola vez lo tuve que decir en el Cabildo (que tiene obligación de guardar secreto) y otra vez (el 30 de julio de 1998) lo dije ante la comisión que iba a examinar la imagen por encargo de la Congregación para las Causas de los Santos, representada por el padre Fidel González Fernández, y eso a instancias de Monseñor José Luis Guerrero.

Después de mi jubilación, cuando dejé de ser arcipreste, he estado escribiendo cada ocho días la homilía litúrgica en la hojita dominical, estoy colaborando en la elaboración del Reglamento o Directorio requerido en los Estatutos del Santuario (n. 31) y que aún está por aprobarse (ya urge). Y ayudo dentro de mis posibilidades en el ministerio de la Reconciliación.

No puedo negar que me causó extrañeza la aprobación oficial del milagro atribuido a la intercesión de Juan Diego y el decreto de canonización. Pero desde entonces he guardado y guardaré un silencio obsequioso. A raíz de nuestra acusación ante el pueblo a través de los medios de comunicación (¿por qué sucedió un mes después de la palabra del Papa?), me he rehusado a hacer cualquier comentario a la prensa, radio o tv, Hasta que el viernes pa­sado en la Catedral me agarraron por sorpresa y me vi forzado a responder a la pregunta absurda (Su Eminencia ya los conoce): "¿cree usted que con su actitud se originará un cisma?", diciendo: "¿cuál cisma? Yo soy católico y lo seguiré siendo. Esto es cuestión de fe. No hay que confundir la fe corola historia. El Papa ha hablado y ya no hay nada que hablar".

Y así, Eminentísimo Señor, en medio de todo este relajo (innecesario) yo he meditado, he hecho oración y he tratado de poner en orden mis ideas y las verdades de fe que se aplican especialmente en este caso:

—Creo en la santidad de la Iglesia (una, santa, católica y apostólica), y que los santos, quienquiera que sean, son fruto de esa santidad.

—Creo en la Providencia especial de Dios (universa quae condidit Deus, providencia sua gubenat. Conc. Trid.).

—Creo que hay una asistencia muy especial del Espíritu Santo para la Iglesia y para el Papa, que impide cualquier desviación de su misión.

¿Quién soy yo para contradecir o impugnar lo que le dijeron al Papa que firmara, después de que el Papa lo firmó?

En medio de mi crisis de fe, cuando se la comenté a un buen colega de la Casa Sacerdotal, me dijo con toda sencillez: "Monseñor, recuerde que nos tenemos que hacer como niños para entrar al Reino de los cielos". Yeso me dio en la torre; adiós soberbia intelectual.

Ahora, Señor, reitero mi súplica de que, considerando todo lo anterior, con tranquilidad y objetividad, me conceda Su Eminencia la oportunidad de seguir viviendo en la Casa Sacerdotal de la Basílica, y de seguir ayudando en su ministerio en la medida de mis pobres fuerzas, "reparando" (si así se puede llamar) lo que resultó ser lesivo para los sentimientos del pueblo.

Prometo una vez más obsequium intellectus et voluntatis (canon 752) a lo que, sin ser de fe, de hecho forma parte, al menos colateralmente, del Magisterio ordinario en la iglesia mexicana.

Comprendo que ahora Su Eminencia se encuentra ante una disyuntiva (sin duda una de tantas en el mundus regendi): no puede dar gusto a todos. O le hace caso a los que le dicen que me corra porque no soy digno de vivir aquí; o, en un acto magnánimo de justicia, equidad y caridad pastoral, me perdona lo que haya sido ofensivo y me permite seguir siendo "huésped de la Virgen".

Christe, qui in sanctis pastoribus misericordiam et dilectionem tuam dignatus es ostendere, numquam desinas per eos nobiscum misericorditer agere (Preces de Laudes del Común de Pastores).

Su Eminencia es el Vicario de Cristo en México. ¿Qué haría Cristo en su lugar?

Esperando humildemente obtener la gracia que le pido, me suscribo de Su Eminencia afectísimo, seguro servidor en Cristo y María de Guadalupe,

 

Carlos Warnholtz B.

Arcipreste de la Basílica de Guadalupe