LA BÚSQUEDA DE JUAN DIEGO

 

Carta al Lic. Alejandro Junco de la Vega

20 de junio de 2001

 

Lic. Alejandro Junco de la Vega Director

Periódico Reforma

Presente.

 

Señor Director:

Asunto de honestidad intelectual y moral y no voluntad de crear una "pesadilla" al Cardenal Rivera o actuar de "abogado del diablo" en la causa de Juan Diego es mi postura, manifestada en un amplio documento que está en manos de Monseñor Bertone, Secretario de la Congregación para la Doctrina de la Fe en el Vaticano y de Monseñor Bertello, Nuncio de Su Santidad en México. Este documento lo escribí pensando en el ámbito académico mexicano y como diálogo con los autores del libro El encuentro de la Virgen de Guadalupe con Juan Diego, base fundamental de los argumentos en favor de la tan anunciada canonización.

Las fuentes de información, vaticanas y regiomontanas, de "Templo Mayor" (20 de junio), tienen razón en cuanto a que sostengo que son de poca solidez las bases estrictamente históricas para proceder a una canonización. Esas mismas fuentes me dan la oportunidad de exponer algunos puntos de vista y meditar la conveniencia de publicar el texto aludido que cuestiona desde la crítica a la construcción ideológica de la Positio para la beatificación "equivalente" de 1990, los pasos que se han seguido después, los argumentos de autoridad aludidos con persistencia y el ámbito cerrado donde se ha estudiado el caso. Estos hechos son preocupantes porque pueden llevar a que el Santo Padre tome la determinación sólo con los elementos manejados en ese ámbito, que ha razonado con lógica contaminada.

En 1990 se "probó" que Juan Diego había recibido culto hasta mediados del siglo XVII y que éste se había suspendido cuando el Papa Urbano VIII prohibió que se les rindiera a quienes no estaban en proceso formal. Ese culto se "probó", además, con pinturas y esculturas que ni remotamente llevan a esas conclusiones. Yo pregunto, ¿hay algún documento en el Archivo del Consejo de Indias (por donde pasaban todos los decretos papales) y en el de México sobre el primer caso? ¿Basta un Juan Diego vestido de franciscano para probar su santidad porque "a los frailes se les tenía por santos"?

Esas "pruebas" convencieron entonces a los consultores históricos romanos. Para poder avanzar, había que llegar a conclusiones fidedignas por medio del método histórico simple, el de toda investigación en busca de sustentar hechos humanos del pasado.

Los datos "biográficos" presentados para avanzar a la canonización o son del siglo XVII, o se confunden con elementos que más bien tienen que ver con la imagen guadalupana o con la vigorosa tradición de su culto y éste incluso se confunde con el de la guadalupana española que también recibió culto en México. El Códice 1548 ha sido ya examinado con seriedad por expertos y resulta una realidad terminada de construir mucho tiempo después de esa fecha.

Me interesa que la credibilidad de la Iglesia brille en este caso. Para ello, nada mejor que seguir la recomendación del Cardenal Re, cuando era sustituto en la Secretaría de Estado del Vaticano, de que los temas históricos por aclarar se discutan ampliamente en círculos académicos.

Y éstos son más propicios en México, donde tanto se ha estudiado el guadalupanismo y hay un ambiente respetuoso y abierto para este estudio, que entre los expertos romanos, para los que México es uno entre muchos temas. No creo que la mejor postura sea la prisa y las presiones en Roma y que el "temor a escandalizar" al pueblo habría que sentirlo más bien hacia seguirlo considerando menor de edad en materias de tradición y fe. Además, no hay elementos en la búsqueda de depurar el asunto que atenten al núcleo de la fe católica que no es credulidad infantil sino asentimiento maduro y libre.

Me alienta, pues, no me preocupa, que la indiscreta columna de "Fray Bartolomé" me sitúe en esta coyuntura. Yo esperaba más bien de la madurez del ambiente eclesiástico, donde compartimos mucho más de lo que discrepamos, el llamado fraterno al diálogo de altura benéfico para todos.

La verdad nos "hace libres" expresó Nuestro Señor Jesucristo. Ella —lo dijo un escritor cristiano del siglo II— "no tiene de qué avergonzarse sino de que no se le saque a la luz".

Atentamente,

Pbro. Lic. Manuel Olimón Nolasco