LA BÚSQUEDA DE JUAN DIEGO

 

INTRODUCCIÓN

Estas páginas son fruto de la amplia lectura que realicé, incentivado por hechos de signos contrarios que han ocurrido durante los años más recientes y que han tenido un punto sobre el cual han girado: la canonización de Juan Diego. No llego a conclusiones novedosas o que alteren lo nuclear de la tradición guadalupana. Paso revista a lo mejor de lo que se ha escrito y pensado, que conviene compartir con muchos que hoy están interesados en estos temas por justas razones. Es el interés de hacer extensivo y de mantener abierto un singular espacio de conocimiento y no un afán polémico o de enfrentamiento con los promotores de la causa, el que me ha movido a presentar este estudio. También es la convicción de que la mayoría de edad de los católicos mexicanos exige el tratamiento abierto y serio de temáticas como la presente. La maduración de nuestra postura como católicos dentro de una sociedad y una cultura definidamente plurales exige también "dar razón de nuestra fe y esperanza" y no encerramos en temores a "escándalos" o a "confundir" al pueblo creyente. Estudiar, dialogar, esclarecer, situar con adecuación, jerarquizar saberes son acciones en favor de la maduración de la comunidad eclesial. No dejo de percibir, sin embargo, que la evasión del campo del diálogo ha sido una constante manifiesta en quienes han formado parte activa de la promoción de la causa de Juan Diego y que las "filtraciones" a la prensa han favorecido un ambiente poco amable y generador de malestar.

Conforme he ido reconociendo el tema, me he encontrado con una riquísima mina de vetas profundas y admirables en la tradición guadalupana que ha acompañado ya varios siglos mexicanos. La profundidad y la admiración obtenidas me han llevado a reafirmar mi convicción en el valor señero de esta joya de vida que con su abundancia empapa nuestra historia cultural y una peculiar manera de expresar el catolicismo mexicano.

La delicadeza de esa joya me ha convencido, después de pasar la vista y analizar el panorama roturado por las fuentes que se desatan siguiendo las notas de este escrito, de que no es acertado reducir todo al empeño de una canonización y de que el riesgo de una fabricación ideológica canalizada por los modernos medios de comunicación puede romper la delicada corteza de una convicción y un valor religioso que toca la centralidad de la fe en Jesucristo y la credibilidad de la Iglesia. Por ello, no puedo coincidir —y las razones están en las fuentes a las que aquí recurro— con quienes ven en esa canonización algo casi obligatorio y que hay que aceptar sin crítica en el contexto actual de la Iglesia en México. Me preocupa que se pueda romper el equilibrio teológico en cuanto al papel de la Virgen María "en el misterio de Cristo y de la Iglesia",[1] como lo propone el Concilio Vaticano II, y el puesto de los santos canonizados, comprensible sólo en el contexto y a la luz del llamado universal a la santidad.

Servicio a la Iglesia es —sostengo— abogar por la congruencia, justo lugar y credibilidad de sus propuestas doctrinales y de la asunción propositiva y reconciliadora de su historia, marcada con las huellas del paso de esos "hechos y palabras intrínsecamente ligados"[2] que constituyen la revelación divina, y distinguirlas, con el auxilio de los métodos científicos, de aquellas huellas que quedan en el nivel de las tradiciones y en el ámbito de aceptación libre por el creyente.

Escribo, por consiguiente, en ejercicio de libertad sobre temas abiertos de la historia cultural y de la Iglesia en México. En ellos están presentes preguntas que aún no tienen respuesta, sobre todo en relación con una solidez biográfica que pueda sostener, independientemente de un "culto inmemorial" poco probable, la presentación objetiva de la vida santa del personaje que el relato principal de las apariciones del Tepeyac nombra como Juan Diego. En este sentido, el resultado del recorrido que hago en las páginas que siguen me distancia bastante de quienes han escrito la Positio y El encuentro de la Virgen de Guadalupe y Juan Diego, que no han sostenido hasta la fecha ningún diálogo con historiadores mexicanos ni en espacios académicos mexicanos. Ojalá sea éste el planteamiento que abra la oportunidad, si bien en relación con la canonización anunciada parecería extemporánea.

Considero que es erróneo e injusto sostener que el espacio de investigación y conocimiento al respecto debe definirse en los términos de polémica entre "aparicionistas" y "antiaparicionistas". El acercamiento a las fuentes no puede encerrarse en ámbito tan restringido, anacrónico y ajeno a la distinción epistemológica de las diversas disciplinas científicas que entran en juego. Considero, además, de modo especial, la teoría de la "interdependencia objetiva" sostenida sobre todo por los autores del Encuentro. Según esta teoría se da un intercambio de "pruebas" y un espacio cerrado entre la existencia y biografía de Juan Diego, las apariciones marianas en el Tepeyac y la continuidad del "ayate" del siglo XVI hasta la fecha. En el plano del acceso científico a los temas, esa teoría es inaceptable, y es necesario acudir a la diversidad metodológica. Por consiguiente, los resultados de cada elemento son independientes y relativos, de acuerdo con su propio grado de certeza y el estado de las investigaciones en las distintas áreas. La superación del escollo de la teoría sustentada por Guerrero, Chávez y González es también la puerta para diferenciar las creencias populares de la tarea estrictamente histórica.

A pesar de que existen continuas declaraciones sobre el hecho de que el caso histórico de Juan Diego está perfectamente comprobado y cerrado en el Vaticano y de que la Congregación para las Causas de los Santos es un tribunal de gran cuidado y exigencia, el caso está abierto a la investigación, incluso si se realiza la canonización. Esta última, además de que es factible a causa del ámbito cerrado en el que se han realizado los trabajos, no constituiría una palabra final en cuanto a la búsqueda histórica, sino una propuesta de veneración e imitación de un cierto estilo de vida conforme con el Evangelio.

Coincido con Stafford Poole en que "existen cuestionamientos serios en relación con la misma existencia de Juan Diego" y en que "estos cuestionamientos deben ser resueltos antes de cualquier intento para canonizarlo. En una materia como ésta, la mejor manera de proceder es haciéndolo con lentitud, prudencia y cautela. Nada se pierde con el retraso y mucho puede perderse con el apresuramiento".[3]

Resulta superfluo decir que la materia que se estudia no pertenece al dogma ni a lo que constituye el núcleo de la revelación divina afirmado y sostenido por la Iglesia católica. Por ello me han resultado extrañas y molestas las afirmaciones de algunos en el sentido de que una vez aprobado el "milagro" el 20 de diciembre de 2001, debe hacerse un "obsequioso silencio" aun en torno a la inquisición estrictamente histórica de la temática juandieguina. De la misma manera, manifiesto mi extrañeza ante la insinuación de que es "por lo menos indecente" (quizá en el sentido latino de in-decens, no conveniente) tocar este tema, y que hacerlo sería manifestarse dentro de una "posición doctrinal contraria al Papa y a los obispos". ¿"Posición doctrinal" o, más bien y de modo simple, falta de consideraciones contextuales amplias en los sostenedores de la causa?

Al respecto, conviene citar aquí al mariólogo Rene Laurentin:

No está claro cómo la teoría clásica pudo [...] utilizar dos pesos y dos medidas diferentes [para] el juicio de canonización considerado como infalible y el juicio sobre las apariciones considerado como una simple tolerancia que no compromete de ninguna manera la fe. Y la analogía va mucho más allá, ya que en los dos casos se trata de culto [...] Hoy el problema ha cambiado. Casi no se admite ya la infalibilidad en las canonizaciones; en su conjunto, la teología se muestra más reservada sobre lo que se definía como hecho dogmático y sobre su infalibilidad.[4]

El mismo teólogo, después de enumerar las multitudes que acuden a santuarios marianos que tienen como fundamento relatos de apariciones (cita expresamente Guadalupe, Lourdes y la Aparecida de Brasil), dice: "A pesar de esta importancia innegable, el estatuto de las apariciones en la Iglesia es muy modesto y está puesto en discusión".[5]

En otros sitios he hecho referencia a la campaña de intolerancia que se ha puesto de relieve en este asunto, sobre todo a raíz de "filtraciones periodísticas" que de Roma han llegado a México a fines de 1999, mediados de 2001 y, con inaudita fuerza, el 21 de enero de 2002.[6]

El presente libro fue realizado en dos tiempos: además de lo escrito por mí y, por consiguiente, de mi total responsabilidad, contiene otros materiales de importancia capital.

La parte medular de mi texto fue enviado el 1 de junio de 2001 a Monseñor Tarcisio Bertone, Secretario de la Congregación para la Doctrina de la Fe, para su estudio. Otros capítulos fueron redactados en vista de la publicación que ahora autorizo, dada la gravedad de los hechos desatados a raíz de que Andrea Tornelli dio a conocer, en II Giornale d'Italia, de forma descontextualizada, una carta privada enviada el 4 de diciembre de 2001 a la Secretaría de Estado, la Congregación para la Doctrina de la Fe y la Congregación para las Causas de los Santos.

En conciencia, y después de consultar a personas doctas y graves, decidí que, obteniendo el permiso de los firmantes de la correspondencia enviada a la Santa Sede que estuvieran dispuestos a que su nombre fuera dado a conocer, el hecho de que las posiciones sostenidas pudieran ser conocidas en sí mismas, ayudaría a configurar un clima de respeto a la verdad y de dignificación de las personas. Los nombres que aparecen al calce de las misivas, son los de quienes estuvieron de acuerdo en que se publicaran. Se respetó el anonimato de los demás.

Se agregan también, por su importancia en el esclarecimiento de algunos puntos, el análisis crítico del "Códice 1548" del Maestro Rafael Tena y dos textos fundamentales del Padre Stafford Poole.

Invito, pues, a que quien lo desee siga conmigo el sendero de este estudio que es, fundamentalmente, un repaso del estado de la investigación histórica sobre el tema guadalupano, y a que saque sus propias conclusiones, coincidentes o no con las que, entre las líneas escritas, puede percibirse que sostengo. Este repaso lleva a la estructuración, sin ser su primera intención, de una crítica a la Positio que fundamentó la beatificación "equipolente" de 1990 y al Encuentro que, de acuerdo con los autores, contiene los elementos para que se procediera a dar los pasos para la canonización de Juan Diego. Son los argumentos mismos que van saliendo del repaso y no la autoridad o las autoridades que se citen los que le dan brillo y rigor a los puntos centrales de la tradición guadalupana sin forzarlos o conducirlos a terrenos pantanosos.

Como hace diecisiete años, al proponer para la colección de Cartas colectivas del Episcopado Mexicano. 1859-1875, que fueron publicadas por la Universidad Pontificia de México hasta 1989, una frase programática que orientara su lectura a tanta distancia temporal, desconocimiento y contextos ideológicos hostiles, consigno aquí esa misma, como estímulo de obediencia a un Dios en el que creo firmemente, que es Verdad y "hace en Jesucristo, hombres libres": Nihil veritas erubescit nisi solum modo abscondi. "La verdad no tiene de qué avergonzarse sino de que no se la saque a la luz."[7]

Pbro. Manuel Olimón Nolasco

Ciudad de México, 15 de febrero de 2002

 


 

[1] Const. Lumen Gentium, cap. VIII.

[2] Concilio Vaticano II, Const. Dei Verbum, n. 2.

[3] Observations on the Historícity and Beatifícation of Juan Diego, ms. 6 (2000)

[4] art. Apariciones. S. de Fiores y S. Meo (eds.), Nuevo diccionario de Mariología, Ed. San Pablo, Madrid, 1993, pp. 194 y ss.

[5] Id, p. 186.

[6] Algunos textos los incluyo en apéndices de este libro. El más amplio, redactado después del 21 de enero, aparece en el número de marzo de 2002 de la revista Nexos.

[7] Tertuliano, Adversas Valentinianos, p. 3.