LA BÚSQUEDA DE JUAN DIEGO

 

LA IMAGEN DE LA VIRGEN DE GUADALUPE

 

1. La tradición sobre su origen y permanencia.

La iconografía guadalupana con sus etapas evolutivas y, concretamente, la inclusión o la autonomía de la efigie de Juan Diego en esa evolución apenas está siendo estudiada. Dice Jaime Cuadriello:

Veinte años después (de la publicación en el libro del Padre Miguel Sánchez, 1648) del primer grabado que representa la llamada "cuarta aparición de la imagen" (que tuvo lugar en un patio del palacio episcopal en medio de una perspectiva de arquitectura manierista) ya era común acompañar las copias del "sagrado original" con las cuatro escenas que compendiaban, en cartelas colocadas en forma equidistante, los pasajes del "evangelio" guadalupano atribuido a Don Antonio Valeriano [...] También por entonces fueron conocidos los "retablos portátiles" o pintados, que en un solo lienzo ofrecían la copia fiel de la imagen al centro y a sus extremos dos calles con las cuatro escenas de forma accesoria. Al mismo tiempo el artista Juan Correa se especializaba como el mejor copista del original y diseñaba la figura autónoma de Juan Diego como tenante, es decir, en posición frontal, abriendo los brazos en cruz para mostrar distendida su capa, de modo similar a la Verónica mostrando el Divino Rostro.[1]

La continuidad crítica de los estudios que se van realizando, ayudará a fijar etapas y, por tanto, a evitar anacronismos y sorpresas, como las que ha propuesto la Positio en más de un lugar, en su preocupada búsqueda de testimonios históricos.[2]

Empero, la mención ya hecha en la cita de Cuadriello de un "sagrado original" remite a una de las cuestiones más delicadas, a causa de su enorme carga afectiva y de sensibilidad, que se plantean alrededor del asunto guadalupano. La tradición dependiente del relato principal e incluso de la "Narración primitiva",[3] lleva a sostener que la tilma de Juan Diego, con la impresión milagrosa de la imagen, es la que fue puesta por Zumárraga en la ermita primera, después de haberla tenido en su casa y en la iglesia mayor. Por tanto, el cuestionamiento de que la actual imagen que entre cristales se encuentra en la moderna Basílica de Guadalupe es la tilma de Juan Diego, "el sagrado ayate", puede tener más efectos que cualquier otra actitud en relación con el conjunto de temas guadalupanos.

Es esta especie de "tabú" el principal blindaje ante preguntas impertinentes y, por ello mismo, puede con facilidad convertirse en el círculo cerrado que protege también la afirmación de que Juan Diego es un personaje histórico, pues, se dice: si no, ¿de qué manera puede sostenerse la aparición y la impresión portentosa? Tal parece, entonces, que al borrarse el indio histórico se diluiría una tradición que incluye aparición, mensaje, imagen y otros elementos. Las palabras con las que concluye el Encuentro expresan la que llaman "interdependencia objetiva"; cobertura ideológica que encierra lo que hemos dicho dando pie a una mezcla de elementos de distinta calificación epistemológica y a una resultante también ideológica: "este culto, ahora tan claramente continental y mundial, nunca hubiera podido existir sin el Acontecimiento Guadalupano y sin el santo y humilde indio Juan Diego que lo protagonizó".[4] Y, en el glosario que acompaña al documento de los obispos mexicanos, "Del encuentro con Cristo a la solidaridad con todos" del 25 de marzo de 2000 se define así acontecimiento guadalupano. "el conjunto de elementos teológicos, históricos y culturales que constituyen las apariciones de la Virgen María al indio Juan Diego en 1531, el mensaje por Ella dejado, el simbolismo de la tilma y la proyección evangelizadora suscitada por estos hechos a lo largo del tiempo. Por ello, más que un suceso acaecido en el pasado, nos referimos a éste como un acontecimiento, es decir, como la presencia maternal de la Virgen María que anuncia a Jesucristo y que acompaña y acoge al pueblo de manera permanente intercediendo por él. El acontecimiento guadalupano es un elemento esencial para entender el origen y desarrollo de la Nación mexicana a través de la historia".[5] A pesar de lo aparentemente cerrado de esta descripción, se abre por lo menos una pregunta: ¿qué quiere decir "simbolismo de la tilma"?

El Encuentro le dedica 22 páginas al tema: "La tilma de Juan Diego o icono de la Virgen de Guadalupe como documento".[6] Siguiendo —según se cita— un análisis (¿de un fragmento de qué tamaño?) hecho en 1946 en el Instituto de Biología de la UNAM y en el contexto de responder a que "se ha dicho (que es) de cáñamo" expresa: "La tilma está hecha con una clase de maguey llamada agave popotule" y cita de paso a Fray Juan de Torquemada (?) a propósito de que "tampoco sería imposible que tuviera otras fibras".[7] Después habla prolijamente de la condición de códice (¿gratuita o probada por comparación y negación de similitud europea?) y, citando una "interpretación del Padre Mario Rojas", expone con patente petición de principio: "Es posible que esa tilma haya servido de apoyo mnemotécnico al sabio indígena Antonio Valeriano cuando escribió su obra [...] conforme al relato que escucharía de labios del propio Juan Diego".[8] Habla de que con cierto escándalo ("en desobediencia al entonces canon 1280 del código de 1917 [actual 1189], pues nada supo de ella el Ordinario [es decir, el Arzobispo de México]",[9] hace mención a una "intervención física" de la imagen y expone los resultados, dados a conocer por el abad Guillermo Schulenburg Prado en su "Informe de actividades de los años 1983 a 1988".[10] Cita, por otra parte, un "acta de la sesión del 30 de julio de 1998. Análisis y estudio directo del ayate de Juan Diego o icono de Nuestra Señora de Guadalupe" y la exposición que hizo el Padre Fidel González dentro del proceso de canonización, haciendo de portavoz de un grupo de personas que verificaron la autenticidad del ayate. Sin embargo, según testimonio dado por ellas el 13 de marzo de 2000, y que contradice lo expresado en el Encuentro, no pudieron tener contacto amplio y directo sino que observaron poco tiempo y siempre a través del cristal. En la conversación del día citado, en la que estuve presente, expusieron además su disgusto con González a causa de la manera como habló de su testimonio y por la publicación de algo de lo que se les había pedido guardar secreto.[11]

 

2. Los problemas planteados

La carta al Secretario de Estado y a la Congregación para las Causas de los Santos enviada por Monseñor Schulenburg, Monseñor Warnholtz y el Canónigo Esteban Martínez expresa: "Por lo que respecta a la imagen de Nuestra Señora en sí misma, que se venera en la Basílica desde tiempo inmemorial y que supuestamente es el ayate de Juan Diego, hecho de fibra de maguey, ya desde el siglo XVIII se sabía perfectamente que 'el lienzo en que está pintada la santa imagen', como dice Don Mariano Fernández de Echeverría y Veytia, fervoroso guadalupano aparicionista en su escrito Baluartes de México (1775-1779), no es de ixtle o fibra de maguey sino de hilo de palma o algodón, siendo su tejido más tupido que el 'ayate', que es más vasto y ralo [...] Con motivo del trabajo de conservación, mandamos analizar nuevamente algunos de sus hilos y encontramos que era cáñamo".[12]

De hecho, en su libro Baluartes de México, acerca de los santuarios marianos de la capital de la Nueva España, después de consignar que: "Cuatro veces he logrado adorar esta prodigiosa imagen sin el cristal y en dos de ellas principalmente he tenido la dicha de besarla, tocarla, verla y admirarla por largo rato a mi entera satisfacción",[13] hace Echeverría esta compleja consideración sobre lo que él piensa de dos acepciones del término, válidas en distintos tiempos, de "ayate":

El lienzo en que está pintada la santa imagen era la tilma o capa del indio, que no tiene en su hechura otro artificio que el de una sábana cuadrilonga que hasta el día de hoy la usan así los naturales del país [...] La materia de que es fabricada han dicho los escritores antiguos que era "ayate". Bien puede ser que en aquellos tiempos se llamase así este tejido, pero al que hoy dan este nombre es más vasto y ralo y el hilo de que le fabrican es lo que llaman "ixtle" o pita sacado de las pencas del maguey, no es así la tela en que está la santa imagen, en lo que pude comprender, sino de hilo de palma o algodón y a esto último me arrimo más, y su tejido es tupido, semejante al lienzo que hoy tejen de algodón que llaman "manta" y casi del mismo ancho, que sólo tiene dos tercias poco más o menos, y así está hecha la capa de dos paños o piernas unidas por el medio, con una costura tosca.[14]

Cuando escribió don Mariano ya había sido difundido el libro de Miguel Cabrera, Maravilla americana y conjunto de raras maravillas,[15] que es el texto clásico del análisis desde el punto de vista de un artista pintor del lienzo guadalupano. La influencia de lo escrito por este insigne hombre de arte ha determinado muchos juicios y fijado una línea de afirmaciones que se ha venido repitiendo a partir de entonces. La tradición del origen divino y de una extraordinaria durabilidad, aun previa al libro de Cabrera, llegó a inspirar sermones de un atrevimiento teológico tal como "La maravilla inmarcesible y milagro continuado de María Santísima Nuestra Señora, en su prodigiosa imagen de Guadalupe de México", pronunciado en 1709 por el Padre jesuita Juan de Goicoechea en el Santuario del Tepeyac: en él compara el sustentante la presencia de Jesucristo bajo las especies del pan eucarístico de acuerdo con la doctrina hilemórfica (sustancia-accidentes) con la de María bajo "las especies" de la milagrosa imagen.[16]

Los puntos tratados en las páginas anteriores y las posibilidades de una nueva línea de excesos a partir de la condición de "códice" que se le da a la imagen, sólo por algunos y muy recientemente, merecen su trato directo y científico, haciendo, de entrada, un itinerario metodológico que distinga con rigor los ámbitos hermenéuticos y las condiciones epistemológicas estrictas de sus múltiples y poco asibles aspectos a fin de evitar conclusiones ajenas a las disciplinas científicas que se instrumenten. Por ejemplo, ¿un análisis químico lleva a aceptar un milagro? O, cuestionando el fondo y no la forma, ¿lo natural prueba de forma automática lo que se ha de considerar dentro de la condición epistemológica de lo sobrenatural? Si se probara su antigüedad en "la primera parte del siglo XVl", ¿eso la convertiría sin mayor esfuerzo en la tilma de Juan Diego de 1531? ¿No convendrá conocer en su integridad ese "dictamen de 11 páginas mecanografiadas a renglón abierto hecho a solicitud del abad Guillermo Schulenburg poco antes del traslado en 1981 de la antigua a la nueva basílica de la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe", del que habla con preocupación el Encuentro?[17] Como dato biográfico de Juan Diego, y a pesar del interés que tiene el estudio de la imagen, ella no aporta nada relevante.

 


 

[1] Id., p. 185. Cf., pp. 184-193 y J. Cuadriello, "Atribución disputada, ¿quién pintó a la Virgen de Guadalupe?", en: Los discursos sobre el arte, unam, México, 1995, pp. 231-257. El tema de la Virgen del Apocalipsis incoado por Miguel Sánchez en su "Imagen" en la iconografía: J. Cuadriello, "Visiones en Patmos Tenochtitian, la mujer águila", Artes de México, núm. 29,1995, pp. 10-23; M. Olimón, El vidente del Tepeyac y los videntes bíblicos en el arte guadalupano virreinal, Tepeyac. Estudios Históricos, México, 2000, pp. 139-145; M. Terán, "Águilas y Guadalupe", en Tepeyac, pp. 151-186.

[2] Juan Diego en escultura con lugar para la aureola o en veste franciscana. Cf. Capítulo II.

[3] Testimonios, p. 25: "Y en verdad que la misma imagen de la Niña Reina aquí sólo por milagro en la tilma del pobre hombre se pintó como retrato, donde ahora está puesta como lustre del universo".

[4] Encuentro, p. 521.

[5] Ed. CEM, p. 159.

[6] Encuentro, pp. 193-214.

[7] Id, p. 194.

[8] Id, pp. 197 y ss.

[9] Id. pp.210 y ss.

[10] Id, p. 120, nota 43.

[11] Id, pp. 200 y ss., notas 20 y 21. Testimonios orales de Luis Nishisawa, Alejandro Rosas, Rosa Diez.

[12] Cf. Apéndice.

[13] Testimonios, p. 548.

[14] Id, p.549.

[15] Imprenta del Real y más antiguo Colegio de San Ildefonso, México, 1756. Testimonios, pp. 494-528.

[16] Texto en: D. Brading (ed.), Siete sermones guadalupanos (1709-1765), Condumex, México, 1994, pp. 50-83.

[17] Encuentro, p. 210.