LA BÚSQUEDA DE JUAN DIEGO

 

Carta al Cardenal Bovone

9 de marzo de 1998

Eminentísimo Señor Alberto Card. Bovone

Arzobispo tit. de Cesárea de Numidia

Pro-Prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos Ciudad del Vaticano

 

Eminencia Reverendísima:

Un pequeño grupo de estudiosos, tanto seglares como sacerdotes, nos hemos reunido para profundizar más en el Acontecimiento Guadalupano. Podría decir los nombres de algunos de ellos, vg. el padre Stafford Poole, C.M., un historiador norteamericano cuyo libro ha sido publicado por la Universidad de Arizona en 1995 y que lleva el título de Our Lady of Guadalupe. The Origins and Sources of a Mexican National Symbol, 1531-1797.

También estuvo con nosotros el doctor Xavier Noguez, doctor en Historia por la Universidad de Tulane, Nueva Orleans. El título de su tesis doctoral es Documentos guadalupanos. Un estudio sobre las fuentes de información tempranas en tomo a las mariofanías en el Tepeyac, El Colegio Mexiquense / FCE, México, 1993.

Estas dos personas que acabamos de citar llegan a las mismas conclusiones de otros historiadores, tanto antiguos como contemporáneos, vg. las del doctor Richard Nebel, teólogo e historiador alemán, cuyo trabajo de "Habilitación" lleva el título (traducido al castellano) de Santa María Tonantzin Virgen de Guadalupe. Continuidad y Transformación en México. Dichas conclusiones son: que históricamente hablando no pueden probarse las apariciones de la Santísima Virgen María a un supuesto personaje real, Juan Diego, ya que existe un vacío documental de más de un siglo a este respecto. Tenemos, sí, una preciosa imagen de la Santísima Virgen María bajo la advocación de Guadalupe, que es una pintura muy probablemente de mediados del siglo XVI, y que el pueblo de México venera con grande devoción. Además, la famosa narración de las apariciones escrita en lengua náhuatl, llamada Nican Mopohua, por las palabras con que comienza, que significan "aquí se narra, aquí se nombra", cuya fecha de composición y cuyo autor verdadero no conocemos, pero que algunos opinan haber sido escrita hacia finales del siglo XVI y se la atribuyen a un indígena llamado Antonio Valeriano. Ninguna de estas cosas puede probarse desde el punto de vista histórico; y de ello están documentalmente seguros los autores contemporáneos, aunque se siga afirmando lo contrario.

¿Se trata de una catequesis literaria respecto a la Santísima Virgen María para indoctrinar a los indígenas, o es acaso una representación teatral en cuatro actos, hecha con esta misma finalidad por alguno de los grandes misioneros del siglo XVI? No lo sabemos. Los testimonios que se aducen para defender la historicidad de esta bella y piadosa relación no son probatorios. Nos consta que por primera vez se imprimió en lengua náhuatl por el bachiller Lasso de la Vega en 1649, o sea, 117 años después de las supuestas apariciones de Nuestra Señora de Guadalupe. Luis Lasso de la Vega dice ser el autor de esta narración, para recordar a los indios "lo que tenían olvidado". Otro testimonio válido hasta estas fechas no lo tenemos de tal manera que pudiéramos precisar tanto su cercanía con el supuesto acontecimiento a 1531, como al autor de la misma.

Los que tratan de defender lo contrario no convencen, y no hacen más que repetir las respuestas que se han dado siempre. En ese sentido siguen siendo válidas las objeciones ya antiguas de don Joaquín García Icazbalceta, el cual escribió en 1883 la "Carta acerca del Origen de la Imagen de Nuestra Señora de Guadalupe". Don Joaquín es un hombre eminente por sus conocimientos, un católico de gran fe y un hombre absolutamente honesto. Un gran escritor español, don Marcelino Menéndez y Pelayo, llamó a don Joaquín "maestro de todo saber". Sin embargo, los Aparicionistas (puesto que en México habrá siempre Aparicionistas y Antiaparicionistas, por supuesto católicos devotos de Nuestra Señora de Guadalupe, ya que no es lo mismo Guadalupanismo que Aparicionismo; ni Antiguadalupanismo que Antiaparicionismo) tratan de minimizar la gran personalidad de don Joaquín García Icazbalceta para desvirtuar sus objeciones.

Entre los sacerdotes están el Arcipreste de la Basílica, doctor en Derecho Canónico, Carlos Warnholtz Bustillos, el padre Esteban Martínez de la Serna, muy aficionado a la Historia, bibliotecario de la Basílica y también Canónigo de la misma; el sacerdote don José de Martín Rivera, gran estudioso de la Historia, bibliófilo y muy conocedor del México del siglo XVI.

El maestro don Rafael Tena, especialista en lengua náhuatl, la doctora Ana Rita Valero de García Lascuráin, también una excelente cristiana y estudiosa de nuestro pasado histórico, y el Abad Emérito de Guadalupe y Proto-notario Apostólico, Monseñor Guillermo Schulenburg Prado, que desde que fue nombrado por el Santo Padre Abad Secular de la Insigne y Nacional Basílica de Guadalupe se interesó profundamente por el estudio del Acontecimiento Guadalupano, ya que para él era muy importante tener una visión clara de esa devoción del pueblo de México hacia la Santísima Virgen María bajo la advocación de Guadalupe.

Desde el punto de vista de la conciencia, nos angustia seriamente que, después del reconocimiento del culto, o sea, de la beatificación "equivalente" del supuesto vidente, sin constar de su existencia histórica, ahora se esté promoviendo tan fuertemente su canonización, apelando a un milagro hecho por la intercesión de este indígena. Repetimos que esto nos angustia, ya que si esta canonización se realizara, se pondría en duda delante de todos estos estudiosos, mexicanos y no mexicanos, convencidos católicos, la seriedad y credibilidad de nuestra Iglesia, a la que pertenecemos y defendemos en forma absolutamen­te decidida.

Debemos añadir —para hablar con absoluta veracidad— que hay mucha gente nuestra que, sin ser estudiosa de la Historia, considera que el Acontecimiento Guadalupano es una piadosa tradición, lo cual no se opone a la profunda devoción a Nuestra Señora, bajo la advocación de Guadalupe, tan ligada a nuestro pasado histórico, a nuestro nacionalismo mexicano y a nuestra piedad mañana. De esto se podría hablar ampliamente.

No sabemos si esa Congregación tenga a la mano los libros de por lo menos tres autores que hemos citado. Sabemos que llegó allá, desde hace mucho tiempo, el libro del doctor O'Gorman, llamado Destierro de sombras; pero nada más. Nos preocupa mucho que se diga que "para esa Congregación el tema de la existencia de Juan Diego está completamente cerrado".

Volvemos a repetir que es indudable el culto a Nuestra Señora bajo la advocación de Guadalupe, pero no se puede probar el culto a Juan Diego, para cuya existencia personal tratan de aducir pruebas iconográficas y arqueológicas inexistentes durante más de cien años, ya que podemos llamar a los famosos "cuatro Evangelistas del Guadalupanismo" (Miguel Sánchez, Luis Lasso de la Vega, Luis Becerra Tanco y Francisco de Florencia) los creadores del Acontecimiento Guadalupano como un fenómeno sobrenatural.

El vacío histórico documental de más de un siglo sigue en pie: el silencio total de los primeros misioneros en relación con la historicidad no ha cambiado: desconocen completamente el supuesto hecho, vg. fray Juan de Zumárraga, testigo número uno del Acontecimiento, ya que según la narración Nican Mopohua, al desenvolver su tilma el indígena, ante él apareció la imagen de Nuestra Señora y la veneró de rodillas. Sin embargo, 16 años después, en el Catecismo "Regla Cristiana breve" (1547) afirmó: "Ya no quiere el Redemptor del mundo que se hagan milagros, porque no son menester; pues esta nuestra sancta fe, tan fundada por tantos millares de milagros como tenemos en el testamento viejo y nuevo...".

Y así podríamos hablar por ejemplo de fray Bernardino de Sahagún, de Jerónimo de Mendieta, de fray Bartolomé de las Casas, del mismo padre Juan González, que su­puestamente fue el intérprete entre el indio y el Obispo, ya que el indio no conocía el castellano y el Obispo no sabía el náhuatl. Sin embargo, Juan González, a pesar de las gratuitas suposiciones y falsificaciones iconográficas, nunca dijo nada al respecto, como lo prueba bien el doctor O'Gorman en su libro citado. Creemos que todo esto lo conoce perfectamente la Congregación, lo ha tenido muy en cuenta y lo habrán estudiado profundamente.

Sería muy largo referirnos —como lo anunciamos arriba— a las famosas pruebas iconográficas y arqueológicas, que son una verdadera invención por lo que se refiere al siglo XVI y buena parte del siglo XVIIl. Algunos de nuestros historiadores ampliamente reconocidos han refutado dichas afirmaciones.

En fin, no quisiéramos alargar estas letras, sino simplemente manifestar por última vez nuestra seria inquietud de conciencia y nuestro deseo sincero de defender el prestigio de nuestra Iglesia Católica, a la cual amamos y servimos.

No somos nadie para darle un consejo prudencial a esa Congregación; pero normalmente las canonizaciones vienen muy después de la beatificación. Sin embargo, los milagros se encontraron a muy poca distancia del reconocimiento del culto, a pesar de que muchos seguimos con la seria duda de la existencia real del indio Juan Diego, que antes era un indígena humilde, y ahora resulta ser un hombre "blanco, barbado, noble y rico", como dicen las declaraciones que salieron en la revista semanal Proceso, cuyo ejemplar enviamos anexo.

Algunos de los que estuvieron presentes en la reunión de que hablamos al principio podrán enviar a esa Congregación un trabajo personal acerca de este tema.

Ojalá que nuestras letras sean leídas y seriamente consideradas.

De Vuestra Eminencia Reverendísima servidores en Cristo,

P Stafford Poole C. M.

Sr. D. Rafael Tena

M. I. Sr. Dr. Carlos Warnholtz

Arcipreste de la Basílica de Guadalupe

Sr. Dr. D. Xavier Noguez

Ilmo. Mons. Dr. Guillermo Schulenburg

Abad Emérito de Guadalupe

Protonotario Apostólico a.i.p.

M. I. Sr. Esteban Martínez de la Serna