LA BÚSQUEDA DE JUAN DIEGO

 

Carta a Monseñor Tarcisio Bertone

14 de mayo del año 2000

 

A. S. E. Mons. Tarcisio Bertone, S.D.B.

Arzobispo Ementante Vercelli

Secretario de la Congregación para la Doctrina de la Fe

Ciudad del Vaticano

 

Excelencia Reverendísima:

Después de un atento y respetuoso saludo, recurrimos a Vuestra Excelencia corno Secretario de la Congregación para la Doctrina de la Fe, ya que a esa Congregación, dada su gran importancia, corresponde juzgar acerca de la posibilidad de que Su Santidad el Papa canonice o no al supuesto indio Juan Diego, cuyo reconocimiento del culto fue aprobado por el Santo Padre en la Basílica de Guadalupe en México el 6 de mayo de 1990.

Sin embargo, un grupo de eclesiásticos, profundamente enterado de la temática guadalupana, personas de gran probidad moral y hombres de estudio; lo mismo que algunos académicos seglares, doctores en Historia o maestros conocedores tanto de la lengua como del pasado indígena de México, compartimos la inquietud de esa posibilidad, ya que de hecho no existen los datos históricos que la hagan verdaderamente factible.

El problema de las apariciones de Nuestra Señora de Guadalupe a un indio llamado Juan Diego es un antiguo problema histórico que ya por lo menos desde el siglo XVIII ha sido ampliamente discutido, sin que hasta la fecha se haya podido resolver. Es lo menos que se puede decir. Si Su Santidad canoniza a una persona cuya existencia no se puede probar, porque no existen los elementos para definirla, esto comprometería seriamente al Pastor de la Iglesia universal.

En efecto, últimamente se ha publicado un libro cuyo título es El encuentro de la Virgen de Guadalupe y Juan Diego, escrito por el R. P. Fidel González Fernández, Consultor de la Congregación para las Causas de los Santos, y por los Pbros. Eduardo Chávez Sánchez y José Luis Guerrero Rosado, a los cuales les ha encomendado el señor Arzobispo Primado de México que defiendan con todo empeño la posibilidad de dicha canonización. Hemos leído atentamente dicho libro, el cual fundamentalmente repite todo lo que se dice en la Positio, la cual desgraciadamente utiliza argumentos de valor científico muy dudoso, y que según los historiadores de los cuales hemos hecho mención, de ninguna manera aportan los elementos necesarios para crear la certidumbre moral del personaje al cual se quiere canonizar.

Enviamos a Vuestra Excelencia, junto con esta carta, el texto tanto en inglés como en castellano del juicio crítico y objetivo del libro antes mencionado, juicio que el padre Stafford Poole, C.M., dio con toda seriedad y claridad, así como de la forma como tratan a este sacerdote en dicho libro.

En efecto, el padre Stafford Poole es autor de uno de los últimos libros editados acerca de este tema, libro que lleva el título de Our Lady of Guadalupe, the Origins and Sources of a Mexican National Symbol, 1531-1797.

Los que conocemos el libro del padre Stafford Poole y la crítica que le hacen, vemos con claridad que dicha crítica es superficial, teniendo en cuenta el rigor histórico de los argumentos del padre Poole. Sin duda, le interesará a Vuestra Excelencia nuestro envío para valorar con toda objetividad tanto lo que dicen los autores acerca de este último libro del padre Poole como su respuesta.

El padre Poole es maestro de Artes por St. Louis University (1958) y doctor en Historia por la misma universidad (1961). Además es amplio su curriculum académico y posee una sólida reputación en el ambiente académico norteamericano.

Tal vez Vuestra Excelencia no esté muy enterado (porque además no tiene por qué estarlo) de todo lo que en nuestro país se ha escrito (y es mucho a lo largo de nuestra historia) sobre el guadalupanismo mexicano. Autores muy serios han llegado a la conclusión de que la historia de las apariciones de Nuestra Señora de Guadalupe en el Tepeyac es una bella narración catequética, escrita muy posteriormente a la fecha que se da en el texto, sin que se den las bases para afirmar un fenómeno estrictamente sobrenatural.

En efecto, la primera narración de las apariciones de la Virgen Santísima a un indio llamado Juan Diego se dio a la luz en el año de 1648, escrita en castellano por un sacerdote llamado Miguel Sánchez, el cual trata de justificar su veracidad en forma muy confusa, sin aportar realmente ningún documento ni de la tradición oral ni tampoco escrita, ya que la referida aparición habría acontecido 117 años atrás.

Un año después del impreso de Miguel Sánchez, el Bachiller Lasso de la Vega publicó en lengua náhuatl la narración de las apariciones; un poco más tarde el sacerdote Becerra Tanco trató de probar "científicamente" dicha aparición; y más tarde todavía lo hizo el jesuita Francisco de Florencia. A estos cuatro se ha dado por llamarlos "los Evangelistas del Acontecimiento Guadalupano".

Como decíamos antes, a partir de finales del siglo XVIII han existido aparicionistas y antiaparicionistas, aunque todos seamos "guadalupanos", es decir, devotos de la Virgen de Guadalupe.

Nadie discute el gran amor y devoción que tiene nuestro pueblo a la bienaventurada Virgen María bajo la advocación de Guadalupe, cuyo origen, sin lugar a duda, es español, ya que la Guadalupe de Extremadura (España) es muy anterior a la nuestra. Y tanto los conquistadores como algunos de los primeros frailes misioneros la trajeron a nuestro Continente Americano.

En efecto, para los indios el nombre de Guadalupe era totalmente exótico y ni siquiera pronunciable, ya que en su lengua no tenían los sonidos "g" y "d". Además, al comparar ambas narraciones, encontramos entre la extremeña y la mexicana una gran similitud, particularmente en el mensaje de la maternidad espiritual.

Por otro lado, tenemos un juicio crítico serio y confiable, por la capacidad de las personas que lo hicieron, de que nuestra imagen guadalupana es una pintura de tipo europeo que se remonta más o menos a la mitad del siglo XVI. Enviamos a Vuestra Excelencia una copia de dicho juicio, resultado de una amplia observación directa a la pintura, observación muy reservada hecha por nosotros, pero de la cual fueron testigos el Abad, el Arcipreste y el Sacristán Mayor de la Basílica en el año de 1982. Todo parece indicar que nuestra imagen de la Santísima Virgen de Guadalupe que existe en la Basílica es una obra pictórica humana, y por lo tanto no es de origen sobrenatural.

Por otro lado —tenemos obligación en conciencia de decirlo—, los autores del libro mencionado, a partir de la página 200, hablan de una observación directa de la imagen, realizada la noche del 30 de julio de 1998, y convocada por el padre Fidel González Fernández, Consultor histórico de la Santa Sede, según ellos dicen, y enviado por la Congregación para las Causas de los Santos. De hecho contemplaron la imagen sólo a través del acrílico que es parte del estuche en que está guardada, sin poder examinarla directamente, a pesar de que ellos en su libro afirman lo contrario. Dicho examen fue muy superficial, y en realidad no pidieron ningún juicio serio a las personas peritas convocadas para esta reunión. Ellas mismas se quejan de tal actitud.

Por otro lado, se contradicen al afirmar en la página 201 que la imagen —según ellos, "pintura/códice"— "debería ser estudiada con mayor detención en sus diversos aspectos, como testimonio fundamental guadalupano". Y lo grave de esta situación es que todo esto ha quedado consignado por el padre Fidel González Fernández, como se puede leer en la nota número 21 de la página 201, en Crónica y pasos dados durante la visita a México para investigar lo concerniente al proceso de canonización del beato Juan Diego Cuauhtlatoatzin, vidente de Guadalupe. Por lo tanto conceden que esta obra de arte devocional no ha sido estudiada por ellos mismos a través de la convocación de personas verdaderamente expertas en las materias que hacen factible un juicio decisivo acerca del origen y calidad pictórica de nuestra imagen guadalupana, que sin duda guarda una gran semejanza con la Guadalupe que está en el Coro de la iglesia del Santuario de Extremadura, que data de 1499.

Repetimos, que nos sigue preocupando profundamente para la credibilidad de nuestra Iglesia ese empeño en llevar a los altares, no sólo de la Iglesia de México, sino también de la Iglesia universal, a un personaje cuya reali­dad histórica sigue siendo —para decir lo menos— fuertemente dudosa, ya que no han podido llenar el silencio de 117 años que existe entre el supuesto hecho sobrenatural acontecido en 1531 y la narración del mismo, que se imprimió por primera vez en náhuatl en el año de 1649, y en castellano, como decíamos, en el año de 1648, por no existir la tradición oral ni la documentación escrita, queriendo llenar ese vacío histórico con una serie de afirmaciones que no son más que un círculo vicioso, porque se da por hecho lo que deben demostrar, y confunden la existencia del "culto guadalupano" en México, el cual ciertamente existió desde la segunda mitad del siglo XVI, con la tradición de las apariciones de Nuestra Señora a un humilde indio de ínfimo nivel de estrato social. Ya que en los capítulos VII, VIII y IX del libro antes citado, El encuentro de la Virgen de Guadalupe y Juan Diego, al examinar la recopilación de los documentos indígenas, de los documentos españoles y de los documentos mixtos hispano-indígenas, lo único que se puede probar en ellos —repetimos— es la existencia del culto guadalupano. A Juan Diego y a las apariciones las encontramos a partir de mediados del siglo XVII, como decíamos, en los famosos llamados "cuatro Evangelistas".

Y volvemos a insistir: toda esa documentación indígena e hispánica, incluyendo varios anales y códices, es meramente repetitiva y ha sido perfectamente examinada por varios autores muy confiables, tanto contemporáneos como antiguos, los cuales concluyen que históricamente no puede probarse el Acontecimiento Guadalupano.

La mayor parte de estos autores son católicos ortodoxos en la fe, y de ninguna manera historiadores racionalistas. Para ello puede leerse con mucho cuidado y atención, por ejemplo, la tesis doctoral del señor (laico) Xavier Noguez, Documentos guadalupanos. Un estudio sobre las fuentes de información tempranas en torno a las mariofanías del Tepeyac, impreso por primera vez en el año de 1993 por el Fondo de Cultura Económica. Su texto analiza con gran objetividad y sin ningún espíritu polémico todas las fuentes disponibles.

Creemos que basta todo lo dicho para que la causa de Juan Diego vuelva a ser analizada una y otra vez en la Congregación para las Causas de los Santos, por personas diferentes a los tres autores antes mencionados, para no exponer al Santo Padre, acompañado por el Colegio Cardenalicio, a una canonización cuyo valor sería muy dudoso, no sólo para muchos académicos, mexicanos y extranjeros, los cuales van a seguir escribiendo acerca del tema, sino también para muchas personas de mediana cultura en nuestro país, que prefieren no hablar del tema entre nosotros, por el excesivo nacionalismo al respecto, o por el posible quebranto de una devoción a la Santísima Virgen María bajo la advocación de Guadalupe, que de todas maneras seguirá siendo importantísima en nuestra patria mexicana.

Es bueno advertir que, estando por terminar estas líneas, salió a la luz pública la Carta Pastoral del Episcopado Mexicano titulada "Del Encuentro con Jesucristo a la solidaridad con todos. El encuentro con Jesucristo, camino de conversión, comunión, solidaridad y misión en México en el umbral del tercer milenio", fechada el 25 de marzo del año 2000. En la primera parte se insiste en que es inherente a nuestra identidad nacional, tanto religiosa como patriótica, lo que se ha dado en llamar desde hace mucho tiempo el Acontecimiento Guadalupano, o sea, la tradición piadosa de "las apariciones de la Virgen María de Guadalupe a un humilde indio llamado Juan Diego en 1531", sin que esto signifique que se trate de dogmatizar sobre este supuesto hecho sobrenatural, ya que pertenece al campo de la historia y no al campo de la fe; desmintiendo así lo que dice el libro de El encuentro de la Virgen de Guadalupe y Juan Diego (página 517): "Existe una interdependencia objetiva entre el culto a la Virgen María y las apariciones al indio Juan Diego". El culto a la Virgen María tiene un fundamento teológico, mientras que las apariciones al indio Juan Diego hay que probarlas históricamente. El documento del Episcopado Nacional es de orden pastoral y no precisamente doctrinal. De hecho varios Obispos mexicanos opinaron que tal vez en la Carta Pastoral se insistía demasiado y de diferentes maneras en nuestro Guadalupanismo mexicano, cuyo origen histórico sigue en discusión.

Ojalá que esta carta tenga la reserva indispensable, puesto que se han filtrado noticias enviadas tanto a la Congregación para las Causas de los Santos como a autoridades superiores, provocando una "orquestación difamatoria" en México, y descalificando a las personas que han querido ayudar con la mejor de las intenciones a los responsables en Roma del proceso de canonización del indio Juan Diego. Todas las objeciones siguen siendo válidas, y exigen que el tema sea reconsiderado una y otra vez. Por lo tanto conviene a la credibilidad de nuestra Iglesia el que esta posible canonización se deje madurar más y más con el tiempo, ya que, para ser honestos, no hay ninguna urgencia válida en beneficio del pueblo de Dios para apresurarla. Pensamos que ha sido agotada toda la documentación existente, la que se aporte seguirá siendo repetitiva, pero no probativa.

De vuestra Excelencia Reverendísima afectísimos servidores en Cristo,

R. R Stafford Poole, C. M.

Pbro. Esteban Martínez de la Serna

Pbro. Lic. Manuel Olimón N.

Pbro. Carlos Warholtz B.

Mons. Guillermo Schulenburg R

Pbro. Lic. Francisco Miranda

Dr. Xavier Noguez

Mtro. Rafael Tena

Dr. Luis González de Alba