RELÁMPAGO EN EL CIELO ENCAPOTADO.

- EL CONGRESO EUCARÍSTICO NACIONAL DE 1924 -

 

Ponencia presentada en la V Jornada Académica organizada por la Conferencia del Episcopado Mexicano, Iglesia y revolución mexicana, Monterrey, 13 de octubre de 2010.

 

Manuel Olimón Nolasco.

    1.- Un feliz hallazgo.

  Una mañana semilluviosa de domingo, la del 18 de octubre de 2009, recorrí, como algunas veces lo había hecho, los tendidos de cosas viejas que se colocan en el antiguo mercado de La Lagunilla en la ciudad de México. Entre esas “cosas viejas”, no pocas de ellas inútiles, suelen ofrecerse libros, cada vez menos interesantes. Sin embargo, esa mañana vi de pronto en medio de otros títulos uno que me atrajo por su perfecto estado de conservación pero sobre todo por su título y contenido. Se trataba del “Álbum oficial del Congreso Eucarístico Nacional de México” fechado en 1924. Pregunté el precio y al obtener respuesta, me pareció éste no sólo razonable sino bajo pero, como debe hacerse en tales lugares, regateé y obtuve una rebaja. Como el pago debía hacerse en efectivo y no llevaba conmigo los seiscientos pesos, dejé cien al vendedor quien caballerosamente me ofreció esconder el libro hasta la semana siguiente en que yo le llevaría el faltante. Así lo hice y hoy, a casi un año de ese feliz hallazgo, haré aquí poco más que comentar el contenido de ese “Álbum.”

  

2.- Terapia eclesial.

  Con tino tituló el Doctor Romero de Solís a los años entre 1920 y 1925 de la vida de la Iglesia en México “terapia eclesial”,[1] pues al presentar el ambiente externo de la vida social de los mexicanos ciertas características de paz religiosa, que pronto se revelaron efímeras, el episcopado y las organizaciones católicas en general cayeron en cuenta de la necesidad de someterse a una revisión que condujera, en primer lugar, a un examen de conciencia sobre la propia vida y actuación los móviles y la solidez espiritual y en segundo, a revitalizar instituciones e incidir en el espacio público, del que parecían haber sido desterradas las manifestaciones católicas.[2]

   Este tiempo de breve respiro coincidió en el ámbito de la Iglesia universal con la transición entre el pontificado de Benedicto XV, fallecido al comenzar 1922 y el de Pío XI, iniciado el 6 de febrero del citado año. El primero dedicó la mayor parte de sus fuerzas a tratar de moderar, ya que no pudo impedirlos, los excesos de la Gran Guerra; el segundo, al intuir una ofensiva anticristiana al modo de crisis global de Occidente, orientó un esfuerzo desde todos los puntos de la geografía eclesial a fin de instaurar el reinado de Cristo, de índole espiritual pero con arraigo en lo temporal en forma y con elementos de una civilización cristiana visible y manifiesta.[3]

  Sin embargo, desde el tiempo de Pío X, a principios del siglo XX y marcada como línea de trayectoria sólida, la devoción eucarística, timbre de identidad del catolicismo frente a la postura protestante tomó cauces singulares que venían trazándose desde la década de 1880. Momento íntimo de gozo eclesial, con eco casi inaudible en el ámbito secular, fue el expresado en el decreto de la Congregación de Sacramentos el 8 de agosto de 1910 en el que se daban normas más flexibles para la recepción de la eucaristía por los niños.[4] Momentos de espectacularidad exterior fueron, a partir Primero celebrado en Lille, ciudad cercana a la frontera francobelga en junio de 1881, los Congresos Eucarísticos Internacionales. León XIII al dirigirse entonces al presidente del comité organizador, marcó la pauta de estas celebraciones: “[…] Conviene a la devoción de los fieles celebrar solemnemente el recuerdo de la institución de un tan saludable y admirable sacramento. Así veneraremos el modo inefable con que Jesús está presente en este sacramento visible. Así alabaremos la omnipotencia divina que opera tantas maravillas en ese mismo sacramento. Así también daremos a Dios las acciones de gracias que se deben por tan saludable beneficio.”[5]

  Con ese telón de fondo, a mediados de 1923 y después del grave incidente de la bendición del monumento a Cristo Rey en el cerro del Cubilete en Guanajuato, en enero del año citado que condujo a la expulsión del Delegado Apostólico Ernesto Filippi,[6] comenzó a tomar forma la iniciativa de realizar un magno acontecimiento que tuviese como centro la eucaristía, organizado a manera de los congresos eucarísticos internacionales, es decir, no sólo como un acto de piedad y culto sino con elementos académicos y de cultura social. Este último aspecto se cuidó especialmente, quizá a propósito del contenido de una larga carta que el presidente Álvaro Obregón había enviado a los obispos después de su protesta por los hechos del Cubilete en los que había habido protagonismo de parte de miembros del Partido Liberal Mexicano. Decía en la misiva Obregón: “[…] el Partido…ha sufrido una evolución completa en su estructura política dando preferente atención a los problemas sociales…que son en su esencia fundamentalmente cristianos y cuyo programa no afecta en nada el programa fundamental de la Iglesia Católica, y si no son enteramente paralelos, sí se complementan en su esencia.”[7]

  Sin embargo, el congreso no fue sólo reacción a lo que se vivía en el ambiente social y político mexicano. Tenía en cuenta la atmósfera general del mundo que había ya sufrido la primera conflagración mundial y que se percibía, desde la Iglesia, como una situación que requería no sólo análisis o postura de choque sino respuesta reparadora. Al mirar cronológicamente los congresos realizados, los autores del texto del “Álbum oficial” dejaron impresas estas líneas: “[…] Una gran parte de nuestros contemporáneos, ¡ay! y de los mismos representantes oficiales de las naciones, han querido desterrar a Dios y a su Iglesia…prefiriendo…las tinieblas de la incredulidad, la indiferencia o la apostasía religiosa. Y el mérito de los Congresos Eucarísticos consiste en que buscan algún modo de reparar y poner remedio a tan triste desviación y ser como una protesta colectiva del pueblo fiel a Dios, contra la apostasía de sus representantes oficiales en la vida civil.”[8]

  Difícil resultaba, pues, que a pesar de las mejores intenciones, una manifestación de esta naturaleza no afectara los ambientes sociopolíticos, de por sí tensos.

  

 3.- Líneas maestras del congreso.

  Tras superar obstáculos burocráticos, económicos y seudojurídicos así como varios meses de preparativos y no pocas improvisaciones, llegó el día de la apertura del congreso: “La mañana del 5 de octubre de 1924, la nación mexicana despertó poseída de un entusiasmo indescriptible. Iba a comenzar el Congreso Eucarístico Nacional y los mexicanos todos desde el rico señor hasta el humilde campesino, desde la linajuda dama hasta la humilde sirvienta, dejaban desbordar, desde los primeros momentos de aquel día, el caudal de sus afectos, largo tiempo reprimido en sus pechos amantes del Sacramento del Altar.

  ¡Por fin!, a la luz del día y en masas compactas, México y los mexicanos podrían dar un espectáculo que habría de parecer nuevo por lo desacostumbrado: el de la nación entera postrada a los pies de Jesucristo, aclamándole y bendiciéndole con himnos de gloria.”[9]

    Del 5 al 12 tuvieron lugar en buen número de iglesias de la ciudad de México celebraciones litúrgicas con primeras comuniones o comuniones colectivas de distintas asociaciones y grupos, velaciones y actos de adoración, cuidando que no pudiera haber algún desbordamiento por calles o espacios públicos que pudiesen servir de pretexto para que se acusara de violación a las leyes que señalaban dentro de los límites de lo privado las manifestaciones de culto.

  De manera simultánea, y conforme a un reglamento especial, se desarrollaron asambleas de estudios cuyos temas versaron fundamentalmente alrededor del sacramento de la eucaristía tanto en sí mismo como respecto a las asociaciones de fieles para fomentar su culto y en especial la orientación de desagravio del mismo. El lugar donde se tuvieron las principales conferencias fue el Casino Español en la calle de Isabel la Católica y las de “estudios particulares” fueron en el aula magna del Seminario Conciliar de la calle de Regina y en el salón del Secretariado Social.

  El día 5 en la catedral fue inaugurado el congreso con unas palabras breves pronunciadas por el arzobispo de México José Mora y del Río. Inmediatamente, con el Santísimo patente en la custodia monumental hecha por orfebres mexicanos con el propósito expreso de que se utilizara estos días, el obispo auxiliar de Morelia, Luis María Martínez,[10] pronunció un sermón que orientó el sentido de todo el congreso: “[…] yo descubro en esta magnífica solemnidad dos realidades: una profundamente divina, la Eucarística y otra para nosotros dulce y querida, la patria mexicana. Dos realidades que se buscan, que se encuentran, que se estrechan y se enlazan en fuerte abrazo y se unen en ósculo divino de amor.

  “Es la patria que nació en el Tepeyac, que lleva en sus entrañas indeleblemente grabadas la cruz y la guadalupana y en su carne los estigmas del martirio. Es la patria cargada con el doble fardo de sus aspiraciones inmensas y de sus miserias profundas, que viene a buscar en la opulencia de la Eucaristía lo que calme sus anhelos: el amor; lo que alivie sus miserias: la expiación.”[11]

  Y si ese fue el derrotero marcado al principio, en el discurso de clausura el arzobispo de Morelia, Leopoldo Ruiz y Flores, después de un balance de lo acontecido expuso: “[…] no habrá faltado quien se preguntara; ¿qué necesidad había de estas manifestaciones de culto?

  “Creo que convendréis conmigo en la respuesta, si os digo que México se ha apartado de su Dios y que por tanto necesita desagraviarlo y volver a Él; que México ha sido blanco de contradicción religiosa que por desgracia avanza cada día y por lo mismo necesita fortalecerse en su fe; que México…atraviesa por una crisis social cuya única solución salvadora está en manos de la religión, por lo cual necesita afianzarse en ella.

  “La inmoralidad alarmante que cunde y amenaza ahogarnos en su podredumbre; la cobardía de los desertores de la fe, que ya forman legión; la pugna de clases que mina los cimientos mismos de la sociedad; no tienen más origen que la ignorancia religiosa y el materialismo que paganiza y que hiela las almas. Se han falseado los principios cristianos, único fundamento de civilización verdadera, y se han minado los principios más elementales que han de gobernar a la familia y al individuo.

  “Y si todo esto reconoce por causa la ignorancia y el egoísmo, la Santa Eucaristía es la luz que disipará esas tinieblas y la caridad que derretirá ese materialismo grosero que nos paganiza.”[12]

 

4.- Frente a la crisis social.

  En las sesiones académicas se escuchó la voz del Padre Mariano Cuevas, jesuita autor de la famosa Historia de la Iglesia en México, del canónigo Jesús García Gutiérrez y de Fray Juan Menéndez, provincial de la orden dominicana en México. El primero se detuvo con amplitud a propósito de la primera misa celebrada en el continente americano, que situó en Yucatán; el segundo disertó acerca de la postura del Papa Paulo III a favor de los indígenas americanos y el dominico se remontó a la Edad Media, cuando Santo Tomás de Aquino no sólo organizó la doctrina eucarística sino le dio vida al himno cantado desde entonces que comienza con las palabras Tantum ergo sacramentum (Sólo a este sacramento…).

  Fue la palabra del Licenciado Miguel Palomar y Vizcarra, Caballero de la Orden de San Gregorio, elevada en torno al epígrafe: “La Eucaristía es un sacramento esencialmente viril” la que, sin pretenderlo, alentó el pretexto para una intervención drástica del gobierno en lo que había parecido signo de los nuevos tiempos en cuanto a  tolerancia.

  Antes de referirme a esta intervención, pasaré la vista sobre el discurso de Palomar.

  Este orador, después de declarar su incompetencia para tratar el aspecto teológico o histórico del tema, introdujo su charla con esta afirmación: “[…] No vengo a decir aquí que los hombres deben comulgar porque son hombres, sino que deben ser hombres porque comulgan.” E invitó a ser escuchado desde “[…] una convicción –expuso--…que no han sido parte a arrancarla de mi alma ni el desprecio de los amigos ni la persecución de los contrarios.”

  Y así expuso: “[…] La amada patria mexicana que se debate, dolorida y moribunda desde hace largos años exige de vosotros no solamente comuniones. Pide y exige que (no nos conformemos con que) nuestro corazón…aletee cándidamente en la tibia atmósfera del templo…sino que tengamos el valor de reconocer que pesa sobre nosotros, los católicos mexicanos, el cumplimiento de un deber rico en amarguras y en pruebas dolorosísimas y de tal importancia, que si no tenemos la entereza de conocerlo y de practicarlo, no sabremos ser católicos de verdad, de nuestros tiempos, y continuaremos dando el tristísimo espectáculo de hacer creer que…nuestra religión…es religión de menguados que temen la lucha y no aman la libertad.”[13]

  En un repaso histórico de la superación de la unión entre César y Dios en el ámbito romano gracias a la acción del cristianismo, pasó por la reforma protestante y el liberalismo que sentó sus reales en México. Frente a esta doctrina y práctica, que considera opresora de la libertad auténtica –continuó diciendo--: “[…] los católicos, sumidos en un explicable pero no excusable desaliento, se confinaron medrosos y entumecidos en el interior de las iglesias y de las sacristías y casi todos, ante los esplendores brindados por una dictadura liberal y sectaria, declaramos que vivíamos en el mejor de los mundos posibles y nos olvidamos por completo de preparar el porvenir. ¡Qué candor y qué crimen! Nos liberalizamos y continuamos liberalizados, sin que las explosiones del socialismo, ni los golpes de la revolución, ni los duros azotes que en nuestras espaldas se han descargado despiadados, hayan logrado aún recordarnos que somos hombres y hombres libres.”[14]

  Más adelante Don Miguel recordó la doctrina social proclamada por el Papa León XIII acerca de la condición de los obreros y sobre la constitución cristiana de los Estados y subrayó los deberes cívicos y centrándose en el relativo a “[…] participar…en la dirección de los negocios de su país por medio de las elecciones, las obras sociales, las funciones públicas y el ejercicio de las libertades públicas.” Citó ejemplos tomados del ámbito católico internacional como el de Daniel O’Connell en Irlanda, el conde de Montalambert, parlamentario francés “conquistando la libertad de enseñanza”, el enfrentamiento que tuvieron en la Alemania de Bismarck Luis Windthorst y Hermann de Malinckrodt “para salvar…la libertad e la Iglesia y su dignidad de hombres libres”, la actuación valiente del presidente ecuatoriano Gabriel García Moreno así como la lucha de Alberto de Mun en Francia a favor de los obreros maltratados. Ellos—afirmó--: “[…] en la Eucaristía han buscado confiados y en ella han encontrado, la luz en su marcha, la fuerza en el combate y la perseverancia en los momentos amargos de las derrotas.”

  De sitios remotos aunque hermanados por la fe católica, se deslizó el orador hacia lugares cercanos y tiempos vecinos. La referencia a la persecución carrancista de 1914 y a la constitución de 1917 y el primer intento de aplicación del registro de los sacerdotes por la Secretaría de Gobernación que concedía el ejercicio mismo del ministerio, es clara: “[…] Nuestra historia contemporánea, la actual, registra ya en sus páginas hechos gloriosos dignos de recordarse…mi admiración por los héroes, mi afecto a la región que fue teatro de aquel drama y lo fecundo de sus enseñanzas obliga a recordar aquellas luchas. Teatro, Jalisco; héroes, sus habitantes, poseídos de la resolución inquebrantable de no dejar esclavizar sus conciencias y de salvar eso que Dios ama sobre todo en la tierra: la libertad de su Iglesia; el drama: la garra brutal de la tiranía pretendiendo penetrar en el santuario para reglamentar, como los Césares del Bajo Imperio, el régimen interior de la Iglesia… Y Jalisco, con amargura enorme, vio que los templos quedaban desiertos, se puso del lado de sus sacerdotes y la noche de la víspera en que el infame decreto había de entrar en vigor, se distribuyeron entre los niños inocentes las últimas hostias consagradas…Jesús…parecía dormir…La resistencia pasiva continuó firme por largos meses, hasta que ante aquel esfuerzo heroico, el mismo que había desencadenado la tempestad vino a romper con su espada el decreto que había protestado sostener.”

  Finalizó su discurso, después de tocar el asunto de la democracia transformada en demagogia, según la antigua advertencia de la Política de Aristóteles y proponer la armonía entre las clases sociales de acuerdo a las encíclicas sociales, con un emotivo apóstrofe: “[…] ¡Sí, oh Cristo!...Creemos que la eficacia de tu doctrina y la gracia de tu sacramento de amor, transformarán el corazón de los hombres que sabrán tener conciencia de sus deberes de hombres, de caballeros y de cristianos, y lucharán denodados contra la desorganización social y por el triunfo de la libertad…

 “…Pero tú dijiste a tu sierva Teresa de Jesús que una había sido tu voluntad y otra la de los hombres y se hizo lo que ellos quisieron y no lo que tú quisiste.

  ¿Será así en esta nación? ¡No lo permitas…! Pero si tan negros son nuestros destinos, si México ha de apostatar, si los mexicanos estamos destinados a ser esclavos, ¡oh, entonces, Cristo Omnipotente, enciende las iras dormidas del Popocatépetl y el Ixtlacíhuatl, las entrañas de nuestras cordilleras gigantescas, y en espantoso cataclismo desaparezca nuestra patria, no sólo del haz de la tierra, sino hasta de la memoria de los hombres!”

 

  5.- Reacción del gobierno.

  Los editores del Álbum oficial subrayaron que el discurso de Palomar y Vizcarra no desencadenó la reacción gubernamental aludiendo a la hora en que se emitieron los documentos presidenciales y puede ser así. Sin embargo, fue el día 9 de octubre, fecha en que se pronunció la pieza oratoria, cuando Álvaro Obregón firmó un decreto y una circular, dirigido el primero al procurador de la república, Licenciado Eduardo Delhumaeau y la segunda al Secretario de Gobernación, Enrique Colunga a propósito de hechos relacionados con “el llamado Congreso Eucarístico.” En el decreto, el presidente expuso: “[…] en vista de la violaciones que a las Leyes de Reforma se están infringiendo por un considerable número de personas que sin acatamiento a ellas están haciendo ostensibles manifestaciones de culto externo…el Ejecutivo de la Unión tiene el deber imprescindible de cumplir y hacer cumplir las leyes que nos rigen, consignando por los conductos que las mismas leyes determinan, a todos aquellos que  se muestren irrespetuosos de ellas, como en el presente caso, ha resuelto consignar los hechos apuntados a esa Procuraduría General, a fin de que, con toda diligencia y energía se proceda en contra de los responsables.” Y la circular al Licenciado Colunga decía: “[…] con fecha de hoy [he] consignado al Procurador General de la República, por el delito de violación a nuestras Leyes de Reforma, a las personas que han hecho ostensibles manifestaciones de culto externo y a los inspiradores de tal delito, y…[me he] servido acordar, además, que sean separados todos los empleados públicos que han incurrido en la misma falta, porque su actuación es incompatible con la protesta que otorgan al entrar al ejercicio de su empleo, de cumplir y hacer cumplir los preceptos de nuestra Carta Magna.”[15]

  Como resulta evidente, la amplitud en cuanto a ámbitos y personas con que se hace referencia al delito, hacía por sí misma que, a pesar de la fuerza de las palabras se tratara de “letra muerta”, por la imposibilidad física de hacer las consignaciones solicitadas. Parece que, “[…] por las órdenes que recibieron los policías, se ve que los adornos de las casas eran lo que se consideraba como culto externo.” A propósito de lo absurdo de la medida, comentaron los editores del Álbum: “[…] No se detuvieron los inspiradores de ese acto ante la perspectiva de un ridículo, pues era evidente que los jueces no podrían cumplir una orden por la que se procesaba a toda una nación. Ciegos por la ira y el despecho, sólo lograron poner el marco negro, las sombras del cuadro, que harían resaltar más aún el esplendor de aquellas solemnidades sin precedente.”

   El diario Excélsior del día 11 publicó una nota editorial que, entre otras cosas decía: “[…] Con todo el respeto que debemos al señor Presidente de la República, pero también en uso de la libertad de prensa que él mismo protege…diremos que en esta ocasión…no acertó, a nuestro entender…:

  “El Congreso eucarístico venía efectuándose con beneplácito de la sociedad entera, y prueba de ello son las manifestaciones casi unánimes que hicieron los vecinos de México…Ni en el centenario de la independencia nacional se advirtieron entusiasmo y armonía semejantes…

  “Llamaba la atención la tolerancia del gobierno. Creíase que éste, dando muestras de amor a la libertad y de respeto a la opinión, había entrado ya francamente en la senda que recorren los gobiernos civilizados de los países más cultos de la tierra, donde los cultos religiosos cuentan con verdaderas garantías, como lo prueba el hecho de que los Congresos Eucarísticos (precisamente estos congresos) han tenido el apoyo de las autoridades políticas…”

  “El señor Presidente de la República cita en apoyo de su acuerdo las Leyes de Reforma; pero habría que investigar si esas leyes, después de promulgada la constitución de 1917 están vigentes aún. Supongamos que se hallan en vigor, y todavía así nos preguntaríamos, ¿por qué no se impidió la comisión del ‘delito’ a sabiendas de que lo era y se prefirió que éste se cometiera para castigarlo?”

  Al paso de los días, los jueces que recibieron la notificación de las consignaciones fueron declarando “[…] unos, que no había delito que perseguir y otros que no era posible dar curso a esa consignación, pues los procesos serían exorbitantes en número. ¡80,000 personas habría que procesar sólo en la ciudad de Monterrey, decía el juez de aquella ciudad!”

  Sin embargo, los organizadores del Congreso tuvieron que afrontar la cancelación a última hora del permiso para que la última procesión eucarística tuviera lugar en el “Parque Lira”, recinto, por cierto, bardeado y por consiguiente, privado, temiendo que fuera a darse algún incidente en el traslado desde la catedral de la custodia monumental, a pesar de que ésta iría en un vehículo cerrado, considerado también, incluso por juristas puntillosos, espacio privado. Además, para el día de la clausura se programó una “Velada literariomusical en el “Teatro Olimpia” en la que se ejecutarían obras musicales de Bach, Mozart, Palestrina y Saint-Saëns y se representaría el auto sacramental de Sor Juana Inés de la Cruz, “El Divino Narciso”, “[…] que nunca se había presentado en nuestra nación”, precedido de alocuciones que habrían de pronunciar el Licenciado Julio Jiménez Rueda y Alfonso Junco.

  Todo estaba preparado; buen número de miembros del cuerpo diplomático acreditado en México, todos los obispos que habían estado en el congreso habían ocupado sus lugares; las butacas estaban a punto de llenarse. No obstante, al filo de la hora en que debía comenzar el acto, las decoraciones fueron quitadas, el foro quedó en penumbras y, sobre todo, los trabajadores que debían operar los implementos necesarios para la el desarrollo de la velada y los músicos de la orquesta no aparecían por ninguna parte. Cito las palabras del cronista: “[…] ¿Qué había sucedido? Una orden de la CROM [Confederación Revolucionaria de Obreros Mexicanos] había prohibido, a los obreros sindicalizados, so pena de boicot, que nos ayudaran en la fiesta.

  “¿Por qué? Pues…porque sí…Porque ciertos líderes son los amos. Y porque a esos líderes no les pareció bien que hubiese esa manifestación de cultura.

  “…Esto se patentizó…[pues] algunos elementos obreros se acercaron a nosotros a decirnos su pena pero también la imposibilidad de ayudarnos…alguno tenía las lágrimas en los ojos…¡Pobre pueblo nuestro!

  “Y hubo que suspender la fiesta…

  “Un clamor de indignación se levantó. Multitud de caballeros, quitándose el flamante frac venían a ofrecernos sus servicios como trabajadores, pero era imposible aceptar sus ofrecimientos sin luz, sin música y sin decoraciones…

  “Entonces resonaron las notas del Himno Eucarístico y la concurrencia fue saliendo, saliendo…lloraban algunos de ira…

  “Así acabó aquella velada…”

  Y yo agrego: y el Congreso Eucarístico Nacional.

 

  6.- Memoria y envío.

  En su estilo escueto y casi cortante, el Padre José Gutiérrez Casillas resumió de esta manera la celebración de 1924: “[…] La reseña…se halla…en especial en el Álbum que publicó el Padre Joaquín Cardoso [jesuita]. Acerca de la participación que tuvieron en él los jesuitas, diremos que la idea no provino de ellos, pero sí la mayoría de las iniciativas y realizaciones…La primera ceremonia se tuvo en la catedral de la ciudad de México con asistencia de 22 obispos y más de mil sacerdotes. Entraron al templo como 12,000 personas y quedaron fuera, en el atrio y plaza no menos de 50,000. Se calcula en un 75% el número de las casas adornadas con inscripciones, escudos o símbolos de la eucaristía…

  “A las fiestas exteriores de amor a Jesucristo Sacramentado hay que añadir la moción íntima profundísima que el congreso produjo en las almas. No hubo misión popular más fructuosa que haya dejado como saldo tanto número de comuniones y conversiones de grandes pecadores. El único punto negro fue el déficit económico formidable, que a ruegos del señor Arzobispo cubrió el Padre Cardoso a largo plazo.”[16]

  Es evidente que la orientación central del congreso fue la exaltación del sacramento de la Eucaristía y que en el telón de fondo se encontraba la doble línea de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, difundida desde los tiempos del liberalismo triunfante en los países de tradición católica tanto en Europa como en América: la respuesta en amor o la alianza de amor con el amor del corazón de Jesús a la humanidad y la reparación, es decir, la realización de acciones que de diversas maneras repararan el daño que el pecado y las apostasías hacían a las comunidades y naciones. Algo que condujo, por ejemplo, a la edificación de la basílica de Montmartre en París, a la de Montreal en Canadá y al monumento al Sagrado Corazón en España, donde el rey Alfonso XIII consagró la nación.

  Cierta evolución en doctrina e imágenes del Sagrado Corazón dio lugar a la devoción creciente a Cristo Rey, cuyo monumento en el centro geográfico de México sufriría un criminal atentado. De hecho pueden encontrarse esculturas que unen los elementos de ambos casos: Jesucristo con su corazón expuesto sentado en trono real. Esta devoción al contener una fuerte orientación hacia lo público y social, era difícil que quedara al margen de la sensibilidad política, especialmente aguda sobre todo cuando un número creciente de gobiernos fueron resistiéndose a que hubiese manifestaciones de culto público oficial, oponiéndose de ese modo a una doctrina católica que, sin ser central, tenía arraigo sobre todo en los episcopados nacionales. El caso mexicano, sin ser excepcional, era particularmente sensible a estas manifestaciones, pues el laicismo sostenido por sus clases dirigentes y por el mismo texto constitucional era extremo y casi inflexible.[17]

  El congreso eucarístico de 1924 fue un paréntesis, situado dentro de la etapa revolucionaria, que pareció en los días de su preparación y los primeros de su realización augurar mejores tiempos. Fue fugaz paréntesis, tomando en cuenta lo que sucedió hacia su final. Vistos a lo lejos, y sobre todo desde la óptica de los acontecimientos persecutorios que recrudecieron entre 1926 y 1937, pareciera que el decreto de Obregón, la actuación de la CROM y la resistencia pasiva de los católicos fueran un ensayo general de lo que tuvo lugar en esos años sobre todo en los ámbitos citadinos: México, Puebla, Monterrey, Morelia.

  Ayer se cumplieron 86 años de la clausura del congreso aquí referido. Convenía, me parece, hablar de él no sólo por conmemorarlo sino para reflexionar acerca  de su significado en ese tiempo en que la Iglesia católica en México fue condenada a muerte y como memoria activa y estimulante para nuestro tiempo, diferente a aquél sobre todo por la secularización de la cultura que no deja de afectar la centralidad de la Eucaristía aun en el mismo ámbito católico.

  La misteriosa y oculta gloria divina asoma victoriosa y reconfortante en el silencio humilde de la Eucaristía, “fuente y cumbre de la vida cristiana” y ha sido y es un relámpago fascinante y recio en el cielo encapotado de todos los siglos de la Iglesia.          ¿Dónde están hoy Carranza, Obregón, Calles y su revolución? ¿La CROM de Morones?

  La semioscuridad de muchas iglesias, sin embargo, todavía se ilumina de pronto al aparecer cirios encendidos llevados en manos ancianas y jóvenes y se oye aún el canto, no siempre bien entonado, del himno que para el congreso de 1924 compuso el jesuita Julio Vértiz[18]:

“Cantad, cantad, la patria se arrodilla

al pasar Jesucristo Redentor:

Un nuevo sol para nosotros brilla,

 Sol del amor.

Hostia, sol del amor

tu luz inflama

el corazón de México leal.

El corazón de un pueblo que te aclama

en tu paso triunfal.”


 

[1] El aguijón del Espíritu. Historia contemporánea de la Iglesia en México (1892-1992), IMDOSOC/ Colegio de Michoacán/ Universidad de Colima/ Archivo Municipal de Colima, México (2) 2006, pp. 285-294.

[2] En la 1ª Jornada organizada por la CEM, Iglesia, independencia y revolución, Ciudad de México, 13 de mayo de 2009, presenté el tema: Un obispo reflexiona sobre la Iglesia en México en 1922. En torno a la 3ª carta pastoral de Monseñor Manuel Azpeitia y Palomar. (Publicado en: Juan Carlos Casas (ed.) Iglesia, independencia y revolución, Universidad Pontificia de México, México 2010, pp. 287-309) En esas páginas aparece de manera clara la búsqueda de las razones de fondo de la violencia cultural en contra de la Iglesia y el catolicismo y las perspectivas de renovación hacia el futuro, centradas sobre todo en la insistencia en una formación sólida de los sacerdotes y el celo en el ejercicio del ministerio sacerdotal.

[3] Un seguimiento sumario de la trayectoria de Benedicto XV puede hacerse en: John F. Pollard, The Unknown Pope. Benedict XV (1914-1922) and the Pursuit of Peace, Continuum International Publishing, London 1999 (Traducción italiana (que es la que tuve a la mano): Il Papa sconosciuto. Benedetto XV (1914-1922) e la ricerca della pace, Edizioni San Paolo, Torino 2001). Sobre Pío XI y su política internacional es importante: Marc Agostino, Le Pape Pie XI et l’opinion, École Francaise de Rome, Roma 1991. Vendrán a ser fundamentales los estudios que se hagan a partir del Archivo Secreto Vaticano en la parte correspondiente a su pontificado (1922-1939) que está al alcance de los investigadores desde 2006. Los frutos comienzan a surgir, por ejemplo: Víctor Cárcel Ortí, Pío XI entre la república y Franco, Editorial Católica (BAC), Madrid 2008.

[4] He tenido a la vista la Séptima carta pastoral del Ilmo .y Rmo. Sr. Obispo de Tepic Don Andrés Segura y Domínguez en la que publica el decreto de la Sagrada Congregación de Sacramentos relativo a la edad en la que deben ser admitidos los niños a la primera comunión, Tipografía de Sr. San José a cargo de M. Navarro, Tepic 1910.

[5] Breve de León XIII al Sr. Filibert Vrau,16 de mayo de 1881. Cita en: Álbum oficial del Congreso Eucarístico Nacional de México, s.p. (Los congresos eucarísticos internacionales).

[6] Una investigación reciente del Doctor Franco Savarino, quien tuvo a su alcance documentos de la legación italiana en México, dio a conocer un ángulo inédito de la expulsión de Fillippi: la sospecha que se tenía en círculos sobre todo gubernamentales de que el recientemente fundado Partido Fascista Mexicano (que, por otra parte, poco tenía qué ver con el italiano además del nombre) lo tenía por inspirador y tal vez jefe: Ecos de un drama distante. Las reacciones italianas al anticlericalismo revolucionario mexicano. (Ponencia en la V Jornada Académica, Iglesia y revolución mexicana, Monterrey, 13 de octubre de 2010).

[7] Carta a varios prelados sobre el conflicto religioso, 27 de enero de 1923, en: Narciso Bassols Batalla (ed.), El pensamiento político de Álvaro Obregón, El Caballito, México 1976, p. 165. Cita y contexto en: Romero de Solís, El aguijón, pp. 321-324.

[8] Álbum, s.p., (Los congresos eucarísticos internacionales).

[9] Id., s.p., (Dos palabras al lector).

[10] Monseñor Martínez era, a partir del 30 de septiembre de 1923, obispo auxiliar de Morelia y sólo más tarde (desde el 10 de noviembre de 1934) sería arzobispo coadjutor de esa sede. En el Álbum, sin embargo, se dice erróneamente, después de citar su sede titular (Obispo titular de Anemuria): obispo coadjutor de Morelia.

[11] Id., s.p. (Sermones, discursos y conclusiones. Sermón inaugural).

[12] Id., s.p. (Id. Discurso de clausura del congreso).

[13] Álbum, s.p., (Discurso pronunciado por el Lic…) A fin de que se tenga una lectura de mejor comprensión, he adelantado las palabras que se encuentran entre paréntesis.

[14] En el texto dice: “se confiaron medrosos y entumecidos.” Me pareció mejor la lectura propuesta: “se confinaron (es decir, se guardaron, se escondieron…)

[15] Citas en: Álbum oficial, s.p. (El Congreso Eucarístico Nacional. I Parte. Crónicas).

[16] Jesuitas en México durante el siglo XX, Porrúa, México 1981, p. 136.

[17] El caso mexicano sobre este asunto está tratado de manera excelente en: Romero de Solís, pp. 316-322.

[18] “La letra premiada del Himno Eucarístico pertenece al P. Julio Vértiz, quien lo publicó bajo el nombre del P. Francisco Zambrano.” (Gutiérrez Casillas, ib.)