PUEBLO, NACIÓN E IGLESIA EN EL TIEMPO DE LAS INDEPENDENCIAS.

--EL CASO MEXICANO—

 

Manuel Olimón Nolasco.

Universidad Iberoamericana.- Departamento de Historia.

 

Palabras pronunciadas en el Seminario Interdisciplinar e Internacional, Ciudadanía y memoria. Construcción de la ciudadanía. Logros, límites y perspectivas en vista a la conmemoración del Bicentenario de la Independencia, organizado por ICALA (Stipendienwerk Deutschland-Lateinamerika), Pontificia Universidad Católica del Ecuador, Quito, 25 de febrero de 2009.

    Acontecimiento traumático imborrable para los mexicanos es la pérdida, después de una guerra dolorosa e inútil, de más de la mitad del territorio que había sido heredado del virreinato de Nueva España a la hora de la independencia. Y utilizo estos dos adjetivos –traumático e imborrable—pues si bien la firma del tratado de “Amistad, cooperación y límites” entre Estados Unidos de América y la República Mexicana en 1848 con el peculiar peso emotivo de haberse signado en la sacristía de la Basílica de la Virgen de Guadalupe, tuvo lugar hace más de ciento sesenta años, no se ha borrado de la memoria común ese golpe,  que fue también, no obstante, incentivo para reflexionar acerca de la real o posible identidad nacional y de los riesgos de quebranto y dispersión que estaban al acecho, apenas veintisiete años después de la consumación de la independencia.[1]

  Antes de terminar 1848, año oscuro para la realidad mexicana, Don Lucas Alamán,[2] hombre que había sido testigo de lo acontecido en las postrimerías novohispanas y en el correr posterior del tiempo ya considerado independiente, mitigó su tristeza por la pérdida escribiendo la que podemos considerar obra pionera de la historiografía moderna sobre México. La tituló: Historia de Méjico, si bien acotó el ámbito de su  materia de investigación e interpretación explicando: desde los primeros movimientos que prepararon su Independencia en el año 1808 hasta la época presente.[3]

  En el Prólogo de esa obra, firmado el 27 de agosto de 1849, dejó impresas estas frases que siguen haciendo pensar y que en más de una forma hacen llegar a quien las lee ese particular sabor de la historia que la emparenta con la sabiduría, que la hace, a pesar de las distancias temporales,  maestra de la vida, enseñanza que va más allá de los días en que se fijan por escrito hechos y situaciones: “[…] Como la utilidad de la historia consiste no precisamente en el conocimiento de los hechos, sino en penetrar el influjo que estos han tenido los unos sobre los otros, en ligarlos entre sí de manera que en los primeros se eche de ver la causa productora de los últimos y en estos la consecuencia precisa de aquello, con el fin de guiarse en lo sucesivo por la experiencia del pasado, mi principal atención ha sido, considerando el conjunto de los sucesos, desde los primeros movimientos del año de 1808 hasta la época en la que escribo, demarcar bien las ideas que se presentaron desde el principio, como base y medios de la revolución y seguirlas en todo su progreso: hacer notar el influjo que tuvo sobre la moralidad de la masa de la población el primer impulso que a aquella se dio y las consecuencias que ha producido pretender hacer cambiar no sólo el estado político, sino también el civil, atacando las creencias religiosas y los usos y costumbres establecidos, hasta venir a caer en el abismo en que estamos: y cómo el extravío de las ideas y la falsa luz bajo la que se han considerado las cosas, ha sido la causa de los desaciertos que se han cometido. Si mi trabajo diese por resultado hacer que la generación venidera sea más cauta que la presente, podré lisonjearme de haber producido el mayor bien que puede resultar del estudio de la historia: pero si los males hubieren de ir tan adelante que la actual nación mejicana, víctima de la ambición extranjera y del desorden interior, desaparezca para dar lugar a otros pueblos, a otros usos y costumbres que hagan olvidar hasta la lengua castellana en estos países, mi obra todavía podrá ser útil para que otras naciones americanas, si es que alguna sabe aprovechar las lecciones que la experiencia ajena presenta, vean por qué medios se desvanecen las más lisonjeras esperanzas, y cómo los errores de los hombres pueden hacer inútiles los más bellos presentes de la naturaleza.”[4]

  La descripción de ese panorama, hecha por un hombre de Estado de su época, que firmó, como Ministro de Relaciones Exteriores de México el Tratado de unión, liga y confederación perpetua entre Colombia y México el 3 de octubre de 1823[5] y estuvo muy pendiente del desarrollo del Congreso de Panamá de 1826, presenta dos facetas en tensión, propias de una época en la que las mutaciones y las novedades que cada día se presentaban hacían difícil cualquier intento de transitar por la vida llevando a cuestas un sentido: el apunte hacia la identidad de los mexicanos surgida de la trayectoria histórica de un pueblo nuevo, ni español ni indígena puro, que permitía  y favorecía, por una parte, la construcción de una nación pero, por otra parte,  los riesgos de que se diluyera ese patrimonio por el impacto de factores externos, entre los cuales el principal era la ambigua vecindad de una nación en expansión bajo el impulso mesiánico de su destino manifiesto: Estados Unidos de América. Don Lucas Alamán apuntó con tino: “[…] La nación mexicana actual no es la mexicana que constituía el imperio de Moctezuma que haya reasumido sus derechos, sino una nación nueva enteramente diversa de aquella y formada principalmente por los efectos de la conquista.”[6] Y ante la posibilidad de que esa nación doblemente “nueva” a causa de su emancipación quedara desintegrada por el influjo del poderoso vecino del Norte, insistió en la necesidad y urgencia de la integración hispanoamericana. Esta última, jamás lograda, tuvo también qué ver con que el porvenir de México haya quedado ligado al crepúsculo del ideal integrador de Hispanoamérica.

  Entre la conspiración casi cortesana que en 1808 buscó un Virrey legítimo, gestada en las camarillas de los cabildos civil y eclesiástico de la ciudad de México hasta “[…] el único día de puro entusiasmo y gozo sin mezcla de recuerdos tristes o de anuncios de desgracias,”[7] 27 de septiembre de 1821, jornada festiva de la entrada triunfal del Ejército unificado encabezado por Agustín de Iturbide a la ciudad de México, la independencia del enorme territorio que había sido la Nueva España tuvo muy elevados costos y se desarrolló en etapas diferenciadas en las que, además del derramamiento de sangre de dimensiones espantosas propio de una guerra cruel, de los efectos de depresión económica y, sobre todo, de división a veces profunda entre los nacidos y cobijados por una misma tierra, se gestó un debilitamiento general en un pueblo que se había considerado mimado de la Providencia.

  Las etapas que condujeron a la emancipación pueden identificarse de la siguiente manera: Primeramente, un levantamiento popular regionalmente localizado encabezado por un párroco, Miguel Hidalgo en septiembre de 1810, que logró sólo ser fuerte referencia simbólica y que de hecho, por su calidad pionera y ejemplar es el punto hacia el que se enfocan las conmemoraciones anuales y la bicentenaria que se encuentra a las puertas. Más adelante, después de que la primera generación de próceres fue vencida, juzgada y ejecutada en mayo de 1811, sobrevino una buena estrategia militar con resultados favorables por un tiempo y el intento de configuración de un Estado con otro párroco al frente, José María Morelos (entre 1811 y 1815). De él se dijo que Napoleón había alabado sus cualidades de estratega y ciertamente trató de darle forma a un Estado nacional a partir de un Congreso constituyente y una constitución que permanecen como modelos de división de poderes.  Finalmente, tras el cansancio de tantos años de pérdidas, luchas, rencores acumulados y problemáticas sin fin, por medio de un acuerdo político multilateral encabezado por un militar criollo, Agustín de Iturbide, se llegó a la separación de España y al comienzo de vida independiente.  El proyecto iturbidista, a pesar de la excelente voluntad que encerraba, tuvo sólo débiles realizaciones, consiguió mucho en entusiasmo pero poco en solidez. Iturbide, a pesar de las advertencias de Simón Bolívar, quien le escribió diciéndole que “no cayera en la tentación en la que había caído Napoleón”, hizo a un lado los lineamientos de una república y elevó fatalmente su condición de caudillo a la de “Emperador de los mexicanos.” Así México en 1823, fue más víctima de ambiciones y caudillismos de distintas coloraciones que sujeto de felicidad y buenos augurios de porvenir. De manera paradójica (o quizá profética), las palabras que el propio Agustín de Iturbide pronunció a la entrada del Ejército Trigarante a la ciudad de México quedaron en el aire, lanzadas hacia un tiempo de dimensiones infinitas: “[…] Ya sabéis la forma de ser libres; ahora os toca aprender a ser felices.”

  Sin embargo, un grito de alta emoción pronunciado el referido 27 de septiembre, resumió el más limpio ideal que rescataba para el futuro lo que podía  y había de llamarse México: “[…] ¡Vivan por don de celestial clemencia, la religión, la unión, la independencia!”[8] Y es que sobre esas tres “garantías”: la autonomía frente a España abierta a la amistad con su pueblo y con los demás pueblos, la unión entre los pobladores del país fuesen peninsulares o criollos y la religión católica, podía fincarse una nación. Todavía la bandera mexicana, desde sus tres colores, apunta hacia ese ideal.

  ¿Por qué la independencia?

  La reflexión primera y madre de las demás, usada por la mayoría de los próceres hispanoamericanos, nació al amparo de la experiencia y de la tradición jurídica romana y se integró alrededor del concepto de emancipación. Más que un término político o perteneciente al derecho público, lo era del derecho privado: el hijo al llegar la mayoría de edad, se emancipa de la patria potestad bajo la cual ha vivido y puede formar su propia familia; el esclavo puede, bajo determinados términos emanciparse, entrar a formar parte de la comunidad de los libres. Por analogía, los pueblos americanos que habían vivido trescientos años bajo la tutela española a la manera de los hijos en torno a la madre, podían y debían emanciparse a causa de la propia madurez alcanzada. Prolongar más allá de lo que la naturaleza pedía un gobierno radicado en Europa traería consecuencias impredecibles pero que no se adivinaban halagüeñas. La forma que pudiesen adquirir esos pueblos que se constituirían como naciones no estaba marcada de antemano y aunque las simpatías al republicanismo fueron dominantes, no había por qué excluir a priori la forma monárquica, sobre todo si fuese ésta de tendencias moderadas bajo una constitución. En Brasil, cuya independencia de la corona portuguesa se realizó sin derramamiento de sangre de hecho fue esta última la que prevaleció por largo tiempo y en México sólo después de 1867 dejó de ser considerado como proyecto viable, a causa de que –se pensaba—sería una forma de gobierno más estable y garantizaría la paz pública, constantemente lastimada a causa del desorden y de la contraposición de intereses de muy diversa índole.[9]

 ¿Por qué la unión?

  Porque si no se daba entre españoles y americanos el impulso del bien común, los abundantes recursos materiales y humanos, que se conocían muy bien hacia 1810, en buena parte por la difusión que se le había dado a las observaciones del barón de Humboldt, no podrían canalizarse al crecimiento y la solidez de la nación. Cuando el levantamiento de Hidalgo había sido sofocado y él y sus compañeros fueron fusilados, se dio un despertar intelectual que llamaba precisamente a la unión. José María Cos, ilustre novohispano que había defendido la causa realista, llegó a convencerse, por el peso mismo de los acontecimientos, de la imposibilidad de regresar a la soberanía española y se dirigió a los peninsulares que residían en México a fin de que se unieran a la causa de la independencia que también a ellos les traería ventajas. Escribió así en su Manifiesto a la nación americana el 16 de marzo de 1812: “[…] Por lo general, si entráis imparcialmente en cuenta con vosotros mismos, hallaréis que sois más americanos que europeos: Apenas nacidos en la península, os habéis trasportado a este suelo desde vuestros tiernos años; habéis pasado en él la mayor parte de vuestra vida, os habéis imbuido en nuestros usos y costumbres, connaturalizado con la benigna temperie de estos climas, contraído conexiones precisas, heredado gruesos caudales de vuestra mujeres o adquirídolos por vuestro trabajo e industria, obtenido sucesión y creado raíces profundas . Muy raro de vosotros tiene correspondencia con los ultramarinos sus parientes o sabe del paradero de sus padres y desde que salisteis de la madre patria formasteis la resolución de no volver a ella. ¿Qué es, pues, lo que os retrae de interesaros en la felicidad de estos reinos, de donde os debéis reputar naturales.”[10]

  Lo contrario fue lo que se hizo a pocos años de la consumación de la independencia. Entre 1827 y 1828 fueron emitidas leyes y más tarde ejecutadas en las que los peninsulares quedaron excluidos de cualquier cargo “[…] eclesiástico, civil o militar”[11]  y más tarde, expulsados del territorio de la naciente república. Según Alamán, fueron las logias masónicas “yorkinas”, favorecidas por el primer embajador estadounidense en México, Joel Poinsett, las que fomentaron esta acción legislativa y después práctica: “[…] Lejos de contentarse con el triunfo que habían obtenido, los yorquinos aspiraron a otro más completo, y excitando nuevas y continuas revoluciones, lograron que el congreso decretase en 20 de diciembre [de 1827] la expulsión de los españoles capitulados, de los demás de que hablaba el artículo 16 del tratado de Córdoba,[12] de los que se hubiesen introducido desde el año de 1821 y de los individuos del clero regular, dando además facultad al gobierno durante seis meses, para hacer salir del país a todos aquellos cuya permanencia juzgase peligrosa.”[13] La parte más visible y lastimera de la expulsión fue—cito de nuevo la  Historia  de Alamán—“[…] [la] multitud de soldados expedicionarios que se habían quedado en el país en virtud de las capitulaciones que les aseguraban ese derecho, de los que Iturbide no quería que saliese ni uno solo, invitándolos a alistarse bajo las banderas de la independencia. Casis todos estos infelices se habían casado y tenían hijos a quienes arrastraban en su miseria” y “[…] los misioneros de Californias, religiosos del convento de Propaganda Fide de San Fernando de México. Habían formado aquellas colonias de cristianismo y civilización algunas de las cuales habían venido a ser poblaciones florecientes que hacían un comercio considerable con los productos de su agricultura: […] Los neófitos [los] acompañaron con lágrimas hasta la playa y las misiones secularizadas cayeron en poder de la diputación provincial, cuyos individuos hicieron de sus bienes un amplio despojo.”[14] La realidad más perdurable fue el corte abrupto de una clase de emprendedores, profesionistas y artesanos calificados que no volvió a verse al menos en siete décadas del siglo XIX.

  ¿Por qué la religión?

  Si algún elemento había contribuido no sólo a la convivencia entre orígenes y vidas cotidianas diversas, sino a transformar y consolidar la conciencia de pertenencia y  predilección a una comunidad universal, fue la religión católica. A lo largo de la segunda parte del siglo XVII y del XVIII entero, la devoción mariana, guadalupana principal pero no exclusivamente, condujo a una identificación que fue a un tiempo, elemento de cohesión de la sociedad y la cultura y resistencia frente al intento de predominio externo. Buen número de sermones pronunciados en los años que indico reconocen, por ejemplo, la importancia de la fundación por el apóstol Santiago de la Iglesia española, pero sitúan la de la Iglesia de México con raíces en la predicación apostólica de Santo Tomás o incluso de San Pedro, pero sobre todo de la Madre de Dios en persona. De esta manera, la categoría de la nación mexicana y la fundación apostólica de su comunidad eclesial no sólo se acerca a la de España, sino la supera.[15]

  No podía pensarse, pues, que la nación mexicana naciese como hija desobediente de la Iglesia que la había bautizado, instruido y acompañado en todas las fases de su existencia y que si durante el movimiento de independencia algunos de sus jerarcas –españoles todos—habían preferido ser políticos que pastores, la unidad y sobrevivencia como nación independiente dependían en mucho de la cohesión religiosa. La primera constitución política que rigió en México, la Federal de 1824, reprodujo en su redacción el artículo 3º de la de Cádiz: “La religión de la Nación Mexicana es la católica, apostólica, romana…” agregándole dos palabras de las que la gaditana carece y que no dejan de llamar la atención: “única verdadera.” No obstante, el problema de la vieja herencia del Patronato regio, que los nuevos gobernantes consideraron como ejercicio natural sin nuevas negociaciones, prolongó una situación que, en otras repúblicas hispanoamericanas se resolvió de manera civilizada. La conflictividad entre el Estado mexicano que quería consolidarse no pocas veces a espaldas de la nación y con exigencias de corte galicano, negándose reiteradamente a negociar con la Santa Sede o hacerlo de manera entre sagaz e hipócrita y la Iglesia católica que abundó en intransigencias por décadas pues a nivel universal se consolidaba el ultramontanismo, fue un drama de excesiva duración, con el consiguiente sufrimiento, como siempre, del pueblo que no entendía de liberalismos y conservadurismos, de galicanismo y ultramontanismo, de negociaciones, acuerdos y rompimientos, sino que tenía sed y hambre de la palabra de Dios, de la redención de Jesucristo y de expresar sus penas y gozos libremente en el culto, la oración y las devociones. Dramático en verdad fue el destino que puso en el camino de la historia de la nación invariablemente a la Iglesia: sólo con ella o contra ella, pero no sin ella.[16]

  El eje de la tensión no fue la herencia virreinal, a pesar de que en muchas ocasiones es la que se ha subrayado como causa de fondo, sino la “nueva romanidad” ligada al largo pontificado de Pío IX (1846-1878) y la consolidación en el país de un liberalismo casi ortodoxo en lo jurídico, político y económico que incubó un malestar que invocó, empezado ya el siglo XX a la revolución social.

  Las incomprensiones entre Iglesia y Estado fueron parte de la historia de muchos pueblos occidentales de tradición católica, en Europa y América, pero la prolongación más que centenaria de una conflictividad que se había anquilosado, es singular del caso mexicano. Todavía, sobre todo en círculos intelectuales y políticos, oímos la repetición de argumentos que tuvieron su anidación en el siglo XIX y que retrasan  el diálogo constructivo en espacios que precisamente por ser de todos, requieren también de la palabra católica, de las semillas de su doctrina social y de su visión del mundo y de la vida. Hace no mucho tiempo, escribí al respecto: “[…] En México hoy, estoy seguro, se debe plantear con seriedad el asunto de la libertad religiosa comprendida cabalmente. Estoy seguro, también, que se deben fincar bases sólidas para un diálogo que favorezca el crecimiento de una cultura plural pero a la vez solidaria con las grandes causas de la humanidad. De lo que no estoy seguro, aunque desearía estarlo, es de que haya entre nosotros interlocutores lúcidos y audaces para intentarlo y llevarlo adelante.”[17]


 

[1]  Sobre el tema: Josefina Zoraida Vázquez, Una tragedia que reafirmó la identidad: la guerra del 47, Centro de Estudios de Historia de México Condumex, México 1983. Josefina Zoraida Vázquez/Lorenzo Meyer, México frente a Estados Unidos. Un  ensayo histórico (1776-2000), Fondo de Cultura Económica, México 2003. Michael P. Costeloe, La República central en México, 1835-1846. “Hombres de bien” en la época de Santa Anna, FCE, México 2000. Alejandro Sobarzo, Deber y conciencia. Nicolás Trist, el negociador norteamericano en la guerra del 47, FCE, México1996. María Gayón Córdova, 1847-1848. La resistencia popular a la invasión yanqui en la ciudad de México, Confederación Nacional de Trabajadores de la Educación, México 1997. José Emilio Pacheco/Andrés Reséndez, Crónica del 47, Clío, México 1997. Victoriano Salado Álvarez, De cómo escapó México de ser yankee, (Ana Elena Rabasa de Ruiz Villalpando, comp. e intr.), Jus, México 1968. Poinsett y algunos de sus discípulos, México 1968, Bernard de Voto, The year of decision: 1846, Little, Brown & Co., Boston 1943.

[2] Un buen acercamiento a su persona y obra y selecta antología de textos: Lucas Alamán. Selección y prólogo de Andrés Lira, Cal y Arena, México 1997. Una ya vieja pero comprensiva introducción a su persona: Arturo Arnáiz y Freg, Prólogo, Lucas Alamán, Semblanzas e Ideario, Universidad Nacional Autónoma de México, México 1939, IX-XXXV. (Existen ediciones posteriores).

[3] Edición original: Imprenta de J. M. Lara, Méjico 1849, 5 volúmenes. Edición facsimilar: Instituto Cultural Helénico/Fondo de Cultura Económica, México 1985, 5 volúmenes.

 

[4]  Historia de Méjico, vol. 1, Xs.

[5] El texto del tratado se encuentra en: Germán A. de la Reza, El Congreso de Panamá de 1826 y otros ensayos de integración latinoamericana. Estudios y fuentes documentales anotadas, Universidad Autónoma Metropolitana-Iztapalapa/ Ediciones y Gráficos Eón, México 2006, 69-73.

[6] Obras de Don Lucas Alamán, vol. XI, 475. Citado en: Andrés Lira, Prólogo a Lucas Alamán (1997), 34.

[7]  Historia de Méjico, vol. 5, 333.

[8] Id., ib.: “[…] Luego que acabó de desfilar el ejército a la vista de Iturbide, pasó éste a la catedral acompañándole todas las autoridades. El arzobispo, vestido de pontifical, le esperaba a la puerta con palio para recibirlo con las ceremonias del ritual: Iturbide hizo retirar el palio y tomada el agua bendita, entró en el templo soberbiamente iluminado. Cantóse el  Te Deum, después del cual pronunció un discurso el Doctor Alcocer, diputado que había sido en las cortes de Cádiz y ahora individuo de la junta de gobierno, y vuelta la comitiva al palacio, el ayuntamiento hizo servir un convite de doscientos cubiertos en el que el regidor Tagle, individuo también de la junta, dijo una oda que fue frecuentemente interrumpida por los aplausos que se redoblaron en estos versos con que terminó: Vivan…”

[9] Sobre este punto son fundamentales las reflexiones de Edmundo O’Gorman: La supervivencia política novohispana, en: Historia y palabra en O’Gorman, Centro de Estudios de Historia de México Condumex, México 2006, 21-99, Meditaciones sobre el criollismo, id., 103-113 y México, el trauma de su historia, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, México 1997.

[10]  Esta cita la tomé del manuscrito: José María Cos, Manifiesto de la Nación Americana a los europeos que habitan en este continente... n. 22, sin paginación, numerado a partir del 11.(Dado que se trata de una copia escrita sobre papel sellado de los años 1811 y 1812 realizada por los realistas para impugnar el escrito, el título continúa: escrito por el rebelde Dr. D. Josef María Cos y extracto de la impugnación que ha hecho del manifiesto el P. Fray Diego de Bringas, con algunas reflexiones críticas sobre el mérito de esta obra). (Edición facsimilar: María Cristina Torales (ed.) Carta Pastoral. Obispo electo Manuel Abad y Queipo, Sociedad Mexicana de Bibliófilos, México 2006). La editora en su Presentación e introducción, pág. 14, dice: “[…] En desacuerdo con la causa de Hidalgo, [Cos] acudió a Sultepec a instancias del XI conde de Santiago en busca de los insurgentes con miras a procurar una conciliación entre los novohispanos. Ya en ese real fue seducido por la causa insurgente y el 16 de marzo de 1812 publicó su Manifiesto de la Nación Americana, en el periódico que él mismo editaba, El Ilustrador Americano.

[11]  Decreto del Congreso del 10 de mayo de 1827. (Alamán, Historia, vol. 5, 828).

[12]  Documento firmado en esa ciudad situada en el actual estado de Veracruz en agosto de 1821 por el Coronel Iturbide, el jefe de los insurgentes Vicente Guerrero y el virrey recién llegado, Juan de O’Donojú en el que se estipularon las “tres garantías”, se formó el ejército unido y se marchó hacia la ciudad de México para tomar posesión de la capital que había sido del virreinato y sería en adelante de la Nación Mexicana naciente. El gobierno español desconoció lo hecho por O’Donojú.

[13] Alamán, Historia, 829.

[14]  Alamán, Historia, vol. 5, 830s.

[15] Sobre estos temas existe una interesante bibliografía. Solamente cito: David A. Brading, Mito y profecía en la historia de México, Vuelta, México 1988. Siete sermones guadalupanos, Centro de Estudios de Historia de México Condumex, México 1994. La Virgen de Guadalupe. Imagen y tradición, Taurus, México 2002 y mi artículo: Círculo de tradiciones. Historia y destino en un sermón guadalupano de 1748, Efemérides Mexicana (Universidad Pontificia de México) 20/60, septiembre-diciembre 2002, 323-338. Acerca de la transición entre el sermón y el discurso patriótico es de mucho interés: Carlos Herrejón Peredo, Del sermón al discurso cívico. México, 1760-1834, El Colegio de Michoacán/ El Colegio de México, Zamora /México 2003. Escribí acerca del sermón patriótico pronunciado por el canónigo y diputado Francisco Argandar con motivo del depósito de los restos de los próceres de la independencia en la catedral de México en septiembre de 1823: Héroes bíblicos y héroes de la patria mexicana. Un sermón patriótico de 1823, en: Daniel Landgrave (coord.) Palabra no encadenada y pro-vocativa. Miscelánea bíblica en honor a Carlos Junco Garza, Universidad Pontificia de México, México 2005, 47-72.

[16] Sobre esta temática, además de mi tesis doctoral (Un obispo en medio de la polémica. Clemente de Jesús Munguía y el incipiente liberalismo de Estado en México, Universidad Iberoamericana, México 2005. Inédita), he escrito, entre otros textos: La libertad y el liberalismo: retos a la conciencia católica en el siglo XIX, en: Patricia Galeana (coord.), Encuentro de liberalismos, Universidad Nacional Autónoma de México, México 2004, 105-154. Las leyes liberales como conflicto de conciencia, en: VV.AA., El buen ciudadano: Benito Juárez. 1806-2006, Instituto Nacional de Antropología e Historia, México 2006, 65-80.

[17] La Iglesia que hoy existe en México. Una especie de conversación inacabada sobre libertad religiosa, El Cotidiano 23/149 (mayo-junio 2008), 95.