A DOSCIENTOS AÑOS: CONCEPTOS MOTRICES EN LA HISTORIA MEXICANA

 

Manuel Olimón Nolasco.

Doctor en historia. Profesor fundador de la Universidad Pontificia de México (1982-2003). Académico del Departamento de Historia de la Universidad Iberoamericana (2003-2009)

 

Texto preparado para el seminario internacional:

Bicentenario y cristianismo. La presencia cristiana en la independencia de las naciones latinoamericanas.

Santa Fe de Bogotá, Colombia,  del 13 al 15 de mayo de 2010.

   “La Patria es algo más que el suelo que nos vio nacer,

es algo espiritual que debe informar nuestra vida.”

(Aurelio Espinosa Pólit S.J.,

Quito, mayo de 1930).

 

1.      Singularidades de la historia de México.

    Oportunidad extraordinaria para emprender con seriedad y sólidos fundamentos la deseada y necesaria purificación de la memoria histórica de nuestras naciones y del pueblo de Dios que peregrina en su seno y vibra con “sus gozos y esperanzas, con sus tristezas y angustias,”[1] es la del largo período en que pueblos de distintas latitudes de nuestro continente estarán bajo el signo de los bicentenarios. Para el particular caso de México, la fecha simbólica de 1810, que marca el inicio del movimiento de emancipación, conduce a otra de no menos potencialidad: 1910, arranque de lo que se conoce como la “revolución mexicana”, movimiento complejo por la pluralidad de sus líneas y tendencias, de sus contenidos ideológicos primeros y sus resultados, pero de definida huella para la comprensión menos imperfecta de la realidad actual. En doscientos años la historia mexicana ha transcurrido por muchos caminos semejantes a los del resto de las naciones hispanoamericanas, pero cuatro rompimientos traumáticos: la independencia y el secuestro de sus columnas fundadoras por una facción a poco tiempo de consumada (1821-1833), el desastre posterior a la guerra contra Estados Unidos que desmembró la herencia territorial recibida de España (1846-1848), la reforma liberal que implantó instituciones ajenas a la forma de organizar la vida social por siglos (1854-1867) y la revolución (1910-1940), que, aunque por una parte intentó responder a inquietudes sociales largamente soterradas y de corregir excesos del liberalismo económico, la implantación autoritaria de un estatismo irrespetuoso de las organizaciones intermedias de la sociedad prolongó por demasiado tiempo tensiones dolorosas en especial, aunque no únicamente, con las instituciones de la Iglesia católica y con la misma ciudadanía católica.

  De esta manera, una mirada que tratara de dar un salto sobre doscientos años sin tomar en cuenta las vicisitudes enfrentadas en el correr de ese tiempo, los cambios en muchas áreas de la vida y la peculiaridad de la trayectoria mexicana sobre la historia en referencia al resto de las naciones hispanoamericanas, caería en yerros de consideración y se sustentaría sobre bases endebles.

  Por otra parte, la historiografía sobre México estuvo hasta hace poco tiempo apoyada en postulados de partido y, aunque en una cuidadosa revisión historiográfica pueden descubrirse las líneas de las dos tendencias principales del siglo XIX, la conservadora y la liberal, fue esta última la que dominó, tanto por su triunfo militar y político como por la conveniencia para quienes ocuparon el poder de ser legitimados desde una particular lectura del pasado. De este modo, sobre todo a lo largo de las tres décadas de lo que se ha llamado “porfiriato”, a causa del predominio de la figura del General Porfirio Díaz que ocupó la presidencia de la república de 1876 a 1880 y de 1884 a 1911, se consolidó y oficializó la visión liberal de la historia. Una obra magna en varios volúmenes, de nombre “México a través de los siglos”, coordinada por varios abogados y periodistas y algún arqueólogo, varios de ellos participantes en el congreso constituyente de 1856 y 1857 que plasmó la constitución liberal promulgada ese año, constituyó el armazón ideológico de esa visión de la historia mexicana: en sintonía con la metodología hegeliana considerada entonces como vanguardia, planteó el pasado prehispánico, simplificado con lo “azteca” como la tesis, la antítesis fue lógicamente la etapa del virreinato (definida como colonial en cercanía al significado anglosajón del término) y la síntesis, la vida mexicana presidida por el “artífice de la paz”, Porfirio Díaz.[2]

  Elaborado este panorama tripartita, que sustanció un horizonte ideológico activo que en su dinámica dictaminó heroísmos y villanías, erigió monumentos y le dio contenidos a los programas de educación pública que extendieron su presencia conforme la red de escuelas elementales “obligatorias, gratuitas y laicas” se estableció a lo largo y ancho del territorio, la historia oficial adquirió plena ciudadanía y el tono fuerte de su voz hizo casi inaudibles otras voces y sepultó en archivos –muchos de ellos exiliados en Europa o Estados Unidos—testimonios de aportaciones fundamentales para la interpretación matizada de tantos sucedidos y decisiones.

  Justo Sierra, ministro de Instrucción Pública del gobierno de Díaz y fundador de la Universidad Nacional bajo la égida de Augusto Comte y el positivismo –no refundador, pues expresamente negó que la del siglo XX tuviera raíces en la Real y Pontificia- agregó a la dialéctica señalada, una continuidad sobre el siglo que, a partir de septiembre 1910 habría de cerrar, con fastuosa celebración, el inicio del movimiento de independencia en 1810: México se sostenía sobre la acción de tres hombres: Hidalgo “el libertador”, Juárez “el reformador” y Díaz, “el pacificador.”

  Fue tardía, aunque sólida desde el principio, la profesionalización de la historia. Y a pesar de que las tareas y los resultados de los sus profesionales han rendido innegables frutos que desideologizan y despolitizan la recuperación del pasado, la dosis de afectividad presente en la exaltación y denigración de etapas y personajes, alimenta aún polémicas sin utilidad y sitúa a la Iglesia católica, la única institución que ha atravesado los cinco siglos de contacto intercontinental entre América y Europa, en el lado de los villanos, lugar que ocupó por muchos años junto con España y los españoles y durante poco tiempo con Estados Unidos y su “destino manifiesto”. En la actualidad, es la única que permanece en este sitio poco grato.

  No ha de extrañar, por tanto, que en el ámbito público, temas relacionados con la etapa de la independencia que no son centrales para la comprensión de fondo del fenómeno, como la excomunión al párroco de Dolores Miguel Hidalgo o la clasificación como “héroe” de Agustín de Iturbide continúen gastando energías.

  Quizá la mejor comparación dentro del ámbito latinoamericano de este desgaste sea lo que vivimos algunos en carne propia durante la celebración de la IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe en Santo Domingo en octubre de 1992. La coincidencia poco agraciada con el “Quinto centenario”, que polarizó opiniones al extremo, influyó de tal modo en los trabajos y en su difusión por los medios masivos, junto con algunos factores internos, que la IV Conferencia y su documento conclusivo (no así el documento de trabajo) han tenido apenas pálida influencia en la vida de la Iglesia y de nuestros pueblos.

 

  2.- Revisión histórica de una época.

  Sin embargo, el latido de la época cargada de acontecimientos relevantes dentro de la que se desarrolló el proceso de emancipación de los pueblos hispanoamericanos es de tal fuerza, que nos permite encontrar ecos de comprensión y trascendencia, es decir, de superar la cárcel del pasado en el que parecen estar encerrados. Éstos pueden iluminan el sendero sobre el que transitamos y el que nos presenta el porvenir que ya se viene sobre nosotros.

  El incentivo del bicentenario ha impulsado, por ejemplo, a poner nueva atención en el acceso a algunos archivos o parte de ellos que no habían sido consultados o lo habían sido sólo en determinadas áreas o con intereses muy concretos, así como ciertos géneros que no se habían considerado con suficiencia como fuentes históricas (sermones, cartas personales, periódicos, gacetas, hojas sueltas). El Doctor Carlos Herrejón ha sido pionero al sacar a flote tesoros escondidos en el archivo del Cabildo de la diócesis de Michoacán y en sermonarios del virreinato tardío y los inicios de la patria nueva. Más papeles del mismo archivo y de los del cabildo de México, Puebla, Guadalajara, Oaxaca y otros más, guardan sin duda sorpresas. Los archivos militares en ambos lados del Atlántico y en América del Norte y del Sur esperan historiadores. También esperan elementos susceptibles de ser comparados dentro de los distintos procesos de emancipación en diversas regiones hispanoamericanas. Y ¿qué decir de la complejidad de las relaciones e intereses internacionales: Inglaterra y su pequeña hija, Estados Unidos, Francia revolucionaria, napoleónica y posnapoleónica, las otras potencias? ¿de la “sombra de Fernando VII” y el pretexto de la tiranía de Bonaparte? ¿de la idea, la realidad y la ilusión bolivariana? A propósito de la Iglesia católica en su dimensión internacional y la imaginación necesaria para su acción en un espacio republicano e independiente, de la crisis de conciencia entre política de legitimidad y atención pastoral, los monumentales trabajos del Padre Pedro de Leturia y de sus discípulos están ya en la lejanía, y a pesar de su particular solidez que les ha dado larga vigencia, merecen ser conocidos por las nuevas generaciones, reinterpretados y completados.

  De estas temáticas abiertas, elocuentes en parte y en otra balbucientes, trataré de espigar algunos elementos que permitan en cierta medida incipiente lo que se me solicitó: “[…] ofrecer una contribución reflexiva a la comprensión…de la participación de los cristianos en los procesos de independencia nacional como de la prospectiva que podemos tener en el presente a partir de la recuperación de los elementos fundantes de cada una de nuestras naciones.”[3] Advierto, sin embargo, que el acercamiento a conceptos cuyo contenido ha atravesado largos períodos temporales presenta, junto con la oportunidad que brinda el uso de la analogía, la posible presencia de las trampas que esta misma esconde aun al mejor intencionado, pues la inclinación a los aspectos de semejanza que contiene lo analógico suele dominar sobre los de diferencia y éstos se dan en mayor número y requieren mucha mayor delicadeza a la hora de emprender una tarea de comparación. Los historiadores tenemos a la mano el instrumental para acceder al pasado incluso en su aspecto evocador e inspirador, pero sería erróneo considerarnos expertos en el análisis del presente y mucho menos una especie de adivinos del porvenir. Sólo el correr de la vida y el cúmulo de decisiones que en ella se van tomando y afectan la vida social puede, en realidad, indicar los caminos que, desde el pasado, se insertan en el futuro.

  Advertido lo anterior, asumiré, a manera de conceptos de búsqueda tres, poseedores de raíces históricas concretas y, a la vez, con potencialidad de proyección en el tiempo. Son: agravios, violencia y revolución.

 

3.- Agravios.

  Al acercarnos a las fuentes del período de la hora vespertina de la Nueva España y de los años que precedieron a la consumación de la independencia, notamos que en el ánimo cristiano de aquella sociedad, se sintieron y explicitaron de distintas maneras agravios, es decir, una mezcla de ofensas y abusos que, sentidas de manera casi corporal, lastimaron en un punto particularmente sensible la fidelidad de los súbditos del rey de España y la sacralización de su persona y misión en cuanto monarca católico  y protector de la Iglesia. El hecho más relevante y difundido fue la expulsión de los miembros de la Compañía de Jesús en 1767 y 1768 no sólo por la manera autoritaria en grado sumo de su realización sino sobre todo por la imposición del silencio y la punición de cualquier comentario al respecto. El llanto de los indios de las misiones de California, las ejecuciones y castigos corporales de quienes en Guanajuato y San Luis Potosí osaron protestar y la ocupación de los bienes temporales de las obras, son tan sólo la epidermis de lo que se encontraba en lo más hondo: la herida infringida al trato que merecían quienes habían entablado un pacto con los reyes de Castilla y por ello tenían dignidad propia dentro del Reino y no podían presentar ante el monarca sólo sumisión y silencio.

  El despotismo borbónico propició, pues, más allá de la sola reacción, el aumento de la conciencia de dignidad de los americanos y abrió la pregunta acerca de la prolongación de un vínculo que se lastimaba de modo grave. La devoción a la Virgen de Guadalupe, cuyos orígenes se engarzan con la primera evangelización, no sólo cobró mayor dinamismo hacia mediados del siglo XVIII sino que adquirió nuevos vínculos con lo que ya se podía llamar mexicanidad al comparar su arraigo y patrocinio sobre los habitantes de esta tierra con el arraigo y patrocinio, por ejemplo, del Santo Señor Santiago sobre la Iglesia española. ¿Cuál será la mayor predilección y privilegio, la del Apóstol o la de la Madre de Dios, nutricia de la cristiandad de un pueblo nuevo? No en balde las autoridades borbónicas impidieron en medio de estos destellos de identidad, la coronación pontificia de la imagen y expulsaron a su promotor, Lorenzo Boturini, no sin antes decomisar su biblioteca.

  Este es el rostro más visible y definitivo de la resistencia de los agraviados, mas no refleja menos importancia la que surge a la hora de revisar los libros de acuerdos y de contabilidad de los obispados, las comunidades religiosas masculinas, los monasterios de monjas y las cofradías laicales, que recorrían estas últimas toda la escala social, desde la nobleza y los magnates de la capital virreinal hasta comunidades indígenas serranas y gremios de mulatos y negros. Cifras aparentemente inertes parecen cobrar vida. En medio de signos de interrogación podemos resumir los sentimientos que manifestaron: ¿Es justo, para solventar las guerras entre monarcas europeos, hipotecar los bienes de los pobres y de las obras pías y poner en riesgo el respeto a la voluntad de quienes las habían fundado y de quienes las sostenían? Los economistas avanzados de la época dirían que había que poner en circulación y en el fomento del auge económico los bienes “de manos muertas”, pero el pueblo llano no pensaba de ese modo. La solicitud de convertir en “vales reales” bienes comunitarios eclesiásticos y civiles en 1804 fue tan contestada, que a pesar de esfuerzos y amenazas tuvo que ser retirada por las autoridades. La permanencia en la memoria mexicana de estas acciones fue tal que mi padre, nacido en 1895, todavía decía, cuando alguien insolvente solicitaba un préstamo: “—es un préstamo del rey.”

  La amplitud y profundidad de los agravios, así como su suma sin posibilidad de diálogo, lastimó irreversiblemente el vínculo entre la metrópoli y los reinos de Ultramar y debilitó, también irreversiblemente, las ligas que la Corona mantenía hasta en lo más recóndito de la tierra habitada. Fue necesaria para el mantenimiento de la paz, la ocupación militar del territorio por el flamante ejército profesional borbónico, formado al estilo de la academia de Saint Cyr en la capital francesa, algo muy diferente a la fidelidad que nacía de un pacto.

 

  4.- Violencia.

  Si usamos como instrumento de comprensión la descripción que hace de la violencia institucional el documento de la III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano emitido en Puebla en 1979,[4] no hay duda de que la cuenta de agravios a la que hemos hecho referencia pertenece a ese género de violencia que, más que por las armas, se ejerce desde el poder por medio de presión principalmente moral, pues el pretexto recurrente en las solicitudes de préstamos y apoyos de distinta índole, es el “cumplimiento de las reales disposiciones”, la obediencia debida al católico monarca.[5]

  No obstante, la violencia armada, bajo la forma de una guerra cruel tuvo como escenario el territorio novohispano a lo largo de varios años: casi ininterrumpidamente de 1810 a 1821. Fue una verdadera guerra civil que separó familias, enfrentó a vecinos y derramó sangre de hermanos; que dividió en bandos a clérigos y religiosos y orientó sermones y exhortaciones hacia el lado realista o hacia el insurgente sin dejar espacios de paz en vecindades, caseríos y pueblos.

  El uso y sobre todo el abuso de las armas espirituales extremas --la excomunión y el entredicho-- socavó la autoridad de obispos y cabildos a la que se le podía identificar sin mucha dificultad, a causa de estas acciones, con el despotismo reinante. En plena catedral metropolitana de México, poco después del inicio del levantamiento del Padre Hidalgo, un importante canónigo pronunció una encendida pieza oratoria contra él y su movimiento, que fue interpelada a gritos por uno de los asistentes, lo que le causó al orador un ataque de apoplejía del que quedó lisiado para el resto de sus días; elocuente señal de la condición telúrica de los tiempos.

  En medio de esa violencia, el sacerdote José María Cos, que también fue objeto de censuras por el cabildo mexicano, reflexionó en un documento firmado el 16 de marzo de 1812: “[…] Los tribunales eclesiásticos deben contenerse dentro de los límites de su inspección sagrada y no entrometer sus armas espirituales en asuntos temporales que están ventilándose entre dos partidos opuestos exponiendo sus censuras a la mofa y desprecio del pueblo, cuyo solo motivo es suficiente, en sentir de los teólogos y canonistas, para que los tribunales se abstengan de imponerlas.”[6]

  La violencia, pues, de la guerra, no hincó sus garras solamente en los poblados y caseríos, en las ciudades de importancia como Guanajuato y Valladolid donde insurgentes y realistas perpetraron verdaderas masacres y desataron el pánico, sino que tocaron las fibras sensibles de las conciencias y la religión. La consideración de que los fieles que se encontraban en territorio insurgente se equiparaban a una especie de herejes materiales, los expuso además, a la desatención pastoral. Ante esta injusta marginación, la lucidez del citado Cos condujo a que utilizara la “epiqueya”, instrumento de teología moral apto para la solución de casos prácticos difíciles, para sostener que, por encima de los preceptos concretos, sobre todo injustos y abusivos, estaba el bien espiritual de los fieles.

  Un estandarte de la Virgen de Guadalupe fue la insignia que encabezó la rebelión en sus principios y continuó siendo la principal divisa insurgente. Cuando parecía inminente la entrada de las huestes de Hidalgo a la capital del virreinato y el miedo se apoderó de sus habitantes ante la previsible confusión, pillaje y muerte, el Virrey Venegas mandó traer a la catedral la venerada imagen de Nuestra Señora de los Remedios, colocada desde los remotos días de la conquista en su santuario del monte de Otomcapulco (lugar de los otomíes, pueblo subyugado por los aztecas) y le impuso el bastón y la banda de generala. Las dudas y el titubeante ánimo de Don Miguel Hidalgo lo hicieron retroceder de las inmediaciones de la ciudad mayor, pero la huella de la “guerra de las Vírgenes” se estampó en la memoria de las generaciones.

  La violencia, pues, en diversas formas marcó la ruta confusa y convulsa que siguieron quienes poblaron estos tiempos y se enfrentaron a esas situaciones.

  Además de lo anterior, los estudios sobre las Cortes de Cádiz y la destacada participación en sus discusiones de diputados novohispanos permiten dar con un contraste histórico de no poca relevancia: fue la implantación de un severo militarismo, el de los Virreyes Venegas y Félix María Calleja y no las libertades y espacios participativos gaditanos los que se impusieron entre 1812 y 1820. En este militarismo recio y despótico habrá tal vez que buscar los orígenes de que de manera paraconstitucional o anticonstitucional se impuso en México de modo prolongado. Estos virreyes pusieron un paréntesis al fuero eclesiástico y fusilaron como malhechores comunes a no pocos clérigos, decomisaron caballos e instrumentos de labranza a quienes parecían partidarios de la emancipación y de otras muchas formas lastimaron al pueblo. Por ello las exhortaciones acerca de la religiosidad del “católico monarca” y la retórica hablada y escrita sobre la defensa de la religión que hacían las autoridades españolas eran desmentidas por el correr de los días y lo que los ojos y los oídos percibían.

  Estas pinceladas nos advierten frente a la fácil desviación a la que ha conducido una interpretación muy repetida que sitúa la línea divisoria del enfrentamiento de esos años entre “gachupines” (o sea españoles peninsulares) por un lado y “criollos” a los que se sumaban los indios y las castas por otro y en cuanto a los religiosos y clérigos, los dividía en “alto clero” y “bajo clero”, coincidentes con la división anterior, provocando así una simplificación de línea más ideológica que histórica sobre lo que fue mucho más complejo y doloroso.

 

  5.- “Revolución.”

  Palabra provocadora casi con vida propia es ésta, escrita casi siempre con letras capitales: Revolución. Su peso emocional y afectivo es superior a muchos vocablos del lenguaje contemporáneo y por ello, requiere ser matizada en cuanto a su semántica prolongada.

  Para el acercamiento a nuestro tema conviene, sin embargo, encontrar un punto de flexión y de asentamiento. Lo encontramos, me parece, en la orientación que Lucas Alamán, economista, político, participante en el Congreso de Panamá convocado por Simón Bolívar en 1824 e ideólogo del Partido Conservador mexicano, dio a su monumental obra Historia de Méjico,[7] salida a la luz pública en su primera edición en 1849, a un año de la traumática firma del Tratado “de amistad cooperación y límites” entre México y Estados Unidos de América, conocido también como “Tratado de Guadalupe Hidalgo” por el lugar donde se estampó, la sacristía de la basílica del Tepeyac.

  A poco más de cuarenta años de los primeros sucesos que podían identificarse como en línea hacia la independencia, en 1808, Alamán reconoció dos cauces subterráneos en los plurales acontecimientos de ese período: el legítimo anhelo a la independencia, dada la mayoría de edad de los pueblos que habían sido pupilos de España y la ilegítima corriente de la revolución, que subvertía un orden que consideraba no sólo natural sino el más conveniente para la inserción dentro de la nueva y difícil convivencia internacional.

  La alusión, sin embargo, al concepto de revolución y de movimiento revolucionario de subversión del orden acompañó el camino de los sucesos muchas veces precipitados de estos años y tuvo casi siempre la función de ser un concepto deslegitimador de facciones.

  Tal vez su vestigio precoz se encuentra en un sermón del dominico Fray Servando Teresa de Mier que ha sido interpretado como “antiguadalupano”, a causa de que prefirió la capa de Santo Tomás a la de Juan Diego para la estampación de la imagen, pronunciado por él en 1790, que en realidad confrontó las raíces de la evangelización de México que conducía hasta la edad apostólica con el descreimiento, las acciones irrespetuosas hacia la religión y la irracionalidad disfrazada de razón de los revolucionarios franceses.

  Fue, no obstante, la invasión de la península por las tropas de Napoleón y las renuncias de Bayona de Carlos y Fernando a favor de José Bonaparte consideradas ilegítimas, las que aportaron un haz de razones y de pretextos para todas las partes involucradas en las tensiones de la época. En esas circunstancias, con facilidad podía acusarse a la parte contraria de ser profrancesa y prorrevolucionaria y las fantasías y realidades de las actuaciones anticatólicas de los franceses, podían servir para alentar el patriotismo español también en América.

  No obstante, aunque las autoridades virreinales intentaron identificar a la insurgencia y sus acciones con los excesos franceses e incluso, insistiendo en el cariz antirreligioso de éstos, trataron de contrastarlo con la conducta de los españoles encabezados por el monarca y sus ministros, los vestigios tangibles de la falta de respeto sobre todo a los ministros de la religión en el curso de la lucha, no pudieron borrar más bien de los realistas el baldón de parecerse a los franceses. La prensa insurgente aprovechó al máximo estas circunstancias como motivo propagandístico.

  En el intento de desprestigiar como revolucionarios a algunos clérigos, se intentó agregar a la tal acusación, la de herejía y la de apostasía, y la comparación  con Martín Lutero, “revolucionario” religioso y con el mismo Mahoma no se dejó esperar. Un impreso difundido a fines de 1810 por el cabildo de la catedral de México sostenía con vehemencia a propósito de Hidalgo, trayendo a cuento viejas acusaciones jamás probadas, en evidente exageración insostenible en lugar, tiempo y persona: “[…] vuestras ideas revolucionarias…se dirigen a derrocar el Trono y el Altar, de lo que no deja duda la errada creencia de que estáis denunciado y la triste experiencia de vuestros crueles procedimientos, muy iguales, a los del pérfido Luthero en Alemania.”[8]

  La calificación de revolucionario aplicada al movimiento emancipador fue al final aceptado aunque sin el radicalismo observado en el caso francés sobre todo de los primeros años, porque tuvo que considerarse que la situación política y la forma de gobierno, si no necesariamente la social, había dado un vuelco y la independencia difícilmente podría llevar a la configuración de un Estado nacional que tuviera como cabeza a algún príncipe español de la casa de Borbón. El mismo modelo, contemplado en el Plan de Iguala y a la hora de la consumación de la independencia en 1821, la monarquía constitucional, fue desde su presentación, sólo débil propuesta: el régimen republicano, que habría de ser el modelo para las naciones hispanoamericanas que surgían, habría de imponerse. Analizando, además, el protoliberalismo existente en distintas latitudes hispánicas, la atracción del modelo francés de democracia representativa y del estadounidense federal y de libre comercio, logró plena carta de ciudadanía en poco tiempo.

 

  6.- Las tres garantías.

  La fecha de 1810, directamente bicentenaria en el actual 2010 y el alud de palabras y hechos conmemorativos que se han reunido a su alrededor, se dirigen a un momento de la historia que tiene mucho más de simbólico que de efectivamente causante de la emancipación. Esta situación dificulta el acceso a lo que en realidad fue una etapa prolongada con diferentes subetapas, circunstancias, personajes y resultados. Si a los que podemos considerar como hechos internos, es decir, sucedidos en el ámbito geográfico de la Nueva España le agregamos los externos, o sea los influjos, intereses, actividades y pasividades de las potencia europeas y del vecino norteño que empezaba a ser consciente de su “destino manifiesto” sobre el continente americano, la complejidad se hace impresionante y no puede resumirse en pesimismos u optimismos ni vaciarse en moldes maniqueos donde hubiese que identificar a “buenos” y “malos”.

  Por ello, para el efecto de esta intervención, me fijaré en el núcleo de lo que, a la hora de la consumación de la independencia del “Imperio Mexicano” en septiembre de 1821 formó aquello que podríamos reconocer como la respuesta a la vez ideal y posible del largo padecimiento que se captó bajo esas vibraciones vitales que hemos identificado como agravios, violencia y revolución.

  Con plena conciencia de la prolongación de padecimientos tan pesados, quienes presidieron el acuerdo para la independencia mexicana tenían que estar adheridos a anhelos de gran solidez y encontrar la forma de determinarlos en conceptos fundamentales que pudieran ser motores para impulsar a la nueva nación pues, en realidad se trataba de una nación nueva y no de la continuidad exacta de alguna previa. Lo reflexionó a tiempo Don Lucas Alamán: “[…] La nación mexicana actual no es la mexicana que constituía el imperio de Moctezuma que haya reasumido sus derechos, sino una nación nueva enteramente diversa de aquella, formada principalmente por los efectos de la conquista.”[9]

  Los documentos de la época, además del entusiasmo que destilan por todas partes, repiten una y otra vez un término que puede rastrearse hasta los escritos de la ilustración española y muy en especial, de las sociedades que se crearon para el mejoramiento de las condiciones del pueblo en cuanto a educación, salud, rendimiento del campo e incipiente industrialización entre las que destacaron las Reales Sociedades Bascongadas de Amigos del País, organizadas en todo el Imperio.[10] Ese término, cuya utilidad como instrumento de búsqueda daba a conocer el camino a seguir era: felicidad. Y no podía concebirse el advenimiento de ésta sin que reinara la paz y la armonía, sin que la concordia entre todos tuviera asentamiento y difusión.

  El día en que se proclamó en la ciudad de México la independencia, la palabra que resonó en todos los oídos fue la atribuida al jefe del ejército, Agustín de Iturbide: “[…] ya sabéis la manera de ser libres, ahora os toca aprender a ser felices”. Y el modo como se concentró este aprendizaje quedó plasmado en las “tres garantías”, que le dieron incluso nombre al ejército que ocupaba la capital sin haberla conquistado por las armas: “ejército trigarante.” Un grito espontáneo pronunciado al finalizar el banquete de ese día las expresó así: “¡Viva por don de celestial clemencia, la religión, la unión, la independencia!”[11]

  Esas fueron las líneas de fuerza que se concentraron en el nacimiento de la nueva nación mexicana y quedaron plasmadas en los colores de la bandera que, con algunas modificaciones todavía es la insignia nacional: el verde que apunta a la independencia, el blanco a la religión y a la unión de las sangres el rojo.

  Algo que quedó clarísimo a todos en 1821 fue la independencia. No era ya posible continuar bajo la tutela de otra nación, cualesquiera que fuesen sus méritos para el crecimiento de la mexicana. Para esta fecha era ya muy débil la opinión que sostenía que un príncipe español podría asumir la jefatura del Estado independiente bajo una constitución y la misma idea de que hubiese una monarquía constitucional contaba con pocos que la sostuvieran. La condición de caudillo, sin embargo, que tenía Iturbide, hizo que éste cayera en la tentación de aceptar ser proclamado emperador y, sobre todo, de intentar gobernar sin compensaciones ni limitantes dentro de un sistema de separación de poderes moderado por un congreso o unas cortes. La sensación de que la ausencia de la liga con España había dejado un enorme vacío de poder se le vino encima en forma de espejismo como también poco después se les vino a los próceres suramericanos que entraron en contiendas estériles, conjuras y devaneos narcisistas. Mientras todo eso sucedía, espectadores internacionales silenciosos como Inglaterra y Estados Unidos de América, estaban ellos sí dispuestos a llenar ese vacío con influencias determinantes hacia el futuro. Al paso de unos cuantos años y sueltos los espectros de todo viento político que derrocaron a Iturbide, lo asesinaron y trajeron tras de sí la zozobra, Simón Bolívar le escribió al General Francisco de Paula Santander este balance que no podía adivinar la todavía larga sucesión de problemas para México: “[…] Dios nos libre de la carrera y de la suerte de Iturbide…[él] ha tenido una carrera meteórica, brillante y pronta como una exhalación…su vida sirvió a la libertad de México y su muerte a su reposo; no me canso de admirar que un hombre tan común…hiciese cosas tan extraordinarias. Bonaparte estaba llamado a hacer prodigios; Iturbide no; y por lo mismo los hizo mayores que Bonaparte.”[12]

  De cualquier modo, no se volvió la mirada atrás y la frágil bandera de la independencia se siguió enarbolando como timbre de identidad y como algo que una vez conseguido no tendría que perderse.

  Como segunda columna integradora de la nueva nación se proclamó la religión y ésta, desde luego, con sus adjetivos de católica, apostólica y romana.

  No podría a nadie extrañar esta afirmación contundente que no se inscribió como simple comprobación sociológica a la manera como quedó escrita en el concordato napoleónico de 1801 que la católica era la religión “de la mayoría de los franceses”, sino como religión de la nación, es decir, de esa sociedad nueva que se formaba a partir de los mexicanos, los miembros vivos de un ente nacional que surgía como colectividad y con rasgos comunitarios.

  Como algo inherente, pues, al ser de los mexicanos, se describía la religión, de tal forma que la pertenencia a la Iglesia católica, instaurada en el continente siglos atrás y la vigencia de sus instituciones, se consideraba no sólo parte integrante de la identidad nacional sino, indudablemente, un pilar que había de consolidarse.

  La mención de lo romano, de la romanidad, alentaba, mucho más adelante de una pasiva indicación de confesionalidad, la importancia de entablar pláticas y negociaciones con el Romano Pontífice para la vida de los católicos y de la Iglesia en lo que había sido la Nueva España: el episcopado, la vida religiosa, los clérigos, los organismos asistenciales, la cotidiana piedad.

  Al nacer la nación, sin embargo, los nobilísimos propósitos en la materia se vieron turbados por varios factores presentes: el primero, común con las demás naciones hispánicas recién surgidas: la ausencia de la mayoría de los miembros del episcopado a causa sobre todo de su juramento de fidelidad al rey español entendido de manera rígida y la resistencia de España a que se entablara un diálogo directo con los nuevos gobiernos considerados de carácter ilegítimo sobre todo para la restauración del episcopado; el segundo, igualmente común: la pretensión de que el patronato sobre la Iglesia en América que había venido ejerciendo la Corona española y que para esas fechas era más carga que ayuda, lo heredaban de manera natural los nuevos gobernantes. Y el tercero, más particular de México: la influencia temprana y muy poderosa de un embajador estadounidense particularmente activo, Joel R. Poinsett, quien tuvo especial interés en abrir una brecha entre los políticos mexicanos, sobre todo a través de un reforzamiento de la presencia masónica, a fin de que se pudiera incluir la “tolerancia de cultos” en el orden legal, con el pretexto de la necesidad de poblar el inmenso territorio.[13] Si tomamos en cuenta la inexistencia de partidos políticos propiamente dichos en los albores de la nación, fueron las facciones masónicas las que de hecho ejercieron ese papel, con el agravante de sus aspectos secretos y su dependencia de metrópolis anglosajonas.

  Esos tres factores, entremezclados, constituyeron obstáculos de primer orden para que el ideal de la religión católica de la nación, consagrada en la misma constitución federal de 1824 pudiese ser algo más que una realidad palpable pero inestable jurídicamente y, además, le dan a la historia mexicana del siglo XIX un derrotero diferente a la de las naciones hermanas de Hispanoamérica.

  La tercera garantía, la unión, tenía como objeto, ante todo, superar la disputa, que alcanzó niveles retóricos de elevada sonoridad entre los peninsulares o “gachupines” --españoles nacidos en la península ibérica—y los criollos, o nacidos en el continente americano. Entre los espíritus más lúcidos, este ideal se había sostenido a lo largo de varias décadas y ni la fuerza de la contienda ni las acciones represivas actuadas por las autoridades españolas habían apagado su llama. El ya citado Doctor José María Cos, en un  Manifiesto de la nación americana a los europeos firmado el 16 de marzo de 1812[14] había sostenido con vehemencia esa necesidad al insistir en que la mayoría de los “gachupines”, al gozar de las bondades de la tierra y de la gentileza de sus habitantes eran ya tan americanos como los nacidos aquí. Y hacia 1821, cuando el cansancio de la guerra y la posibilidad de que en lugares dispersos del amplio territorio se anquilosaran guerrillas que desangraran lentamente a la población, la postura más sensata fue la de buscar integrar una nueva nación en la que ya las cuestiones de sangre diferente no fueran consideradas.

  Sin embargo,  no pasó mucho tiempo en que, con muy diversos pretextos, entre los que contaron mucho los rumores acerca de que los “gachupines” habían derrocado a Iturbide o de que agentes infiltrados de Fernando VII buscaban cómo regresar la tierra al dominio español, pues de hecho España no había reconocido la independencia, fue tomando forma una opinión que culminó con la promulgación de leyes de expulsión de españoles, puestas en efecto en 1827 y 1828. El definitivo estudio de Harold D. Sims sobre el tema,[15] ha señalado lo complejo de la situación y superado las visiones unilaterales acerca de la ruina económica consiguiente y de una acción masónica anticlerical concertada pero, a la vez, ha incluido éstas entre las raíces de una situación que, por encima de todo, dio un mentís a uno de los ideales fundamentales de la nación mexicana en su arranque y minó la endeble unidad con que se dio éste, en lugar de darle elementos para confirmar su tino.

 

  7.- A doscientos años.

   La proliferación de textos conmemorativos de los bicentenarios ha traído consigo, a la par que repeticiones y líneas oficialistas, nuevos enfoques y buenos acercamientos a los materiales de archivo, así como reflexiones sobre éstos. Todavía hay mucho más qué hacer y las tareas pendientes alientan a continuar el trabajo.

  No obstante, entre las pocas publicaciones en que he encontrado cuestionamientos a propósito del significado actual de la independencia (y tratándose de México, de la revolución de 1910), lo que han respondido los interrogados posee un alto grado de pesimismo y manifiesta también cierta inseguridad identitaria. Parece que la permanencia e incluso la multiplicación de los agravios, la endémica violencia y los resultados frustrantes de las revoluciones fueran el resumen de la historia de doscientos años y los ideales motrices de una independencia constructiva y liberadora, una religión inspiradora de amor y justicia y una unión en la fortaleza tuvieran lugar sólo en el pensamiento utópico.

  Bástenos citar algunos renglones: “[…] El bicentenario y el centenario conmemoran dos ‘momentos gloriosos’ de la historia nacional. Yo los miro desde otro punto de vista: constituyen dos de los más grandes engaños de nuestra historia. Los caudillos de ambas gestas murieron (o los mataron); pronto ocuparon su lugar gente menor complaciente y corrupta.”[16] “[…] Hubo independencia a partir de un movimiento popular…Pero después el país perdió el camino. Nos hundimos en el caos, la indefinición y la falta de ideas claras sobre lo que queríamos para la república. En estos momentos la revolución es sólo un recuerdo…la clase media es una memoria perdida y la depauperación es cada vez mayor.”[17] “[…] A partir de lo que observo, deploro decir que no sé si ganamos algo con la independencia y con la revolución, pues a mi parecer seguimos igual que antes…Ya ni la literatura nos puede salvar.”[18] “[…] Lo más valioso de la independencia es que permitió que cesara la transferencia de riqueza mexicana a España (ahora se transfiere a Estados Unidos)…desde hace más de un cuarto de siglo la economía crece menos de uno por ciento anual y la distribución de la riqueza es cada vez más lesiva a los de abajo. [Los mexicanos] de ser los abanderados de la no intervención y la autodeterminación, ahora somos el hazmerreír en el concierto de las naciones.”[19]

  Se requiere, desde luego, a pesar de la observación de una realidad deplorable, delinear senderos hacia adelante: “[…] En este contexto histórico globalizador [actual], padecemos una pérdida creciente de identidad y de reconocimiento de nuestros intereses nacionales. La independencia refleja la voluntad de autonomía, de libertad. Ese espíritu que animó este movimiento hace doscientos años hoy está francamente en un proceso de disolución. Nuestro país se ha rendido de manera pasiva a poderes externos y ha abandonado ese proyecto histórico de construcción de una soberanía, la que no solamente es política, sino que también requiere una base económica, social, cultural, educativa, jurídica, resultado del trabajo de muchas generaciones.”[20] Y también una relectura activa de la historia: “[…] Existe un elemento atávico que urge superar:…debe erradicarse del sentir popular el rencor histórico en contra de la conquista, porque además de ser un hecho irreversible, nuestra cultura, nuestra lengua y nuestra concepción del mundo son fundamentalmente occidentales y en tanto no aceptemos nuestra herencia hispánica como parte de nuestra identidad, como mexicanos estaremos condenados a ser y a vivir como un pueblo resentido.”[21]

  Tras todo este peso y riqueza de la historia es hora de rescatar el valor intrínseco que se encuentra en los conceptos fundadores de la nacionalidad mexicana, los cuales están indudablemente impregnados en la corriente del evangelio y pueden ser potenciados para la construcción realista del futuro. Y es hora de rescatarlos desde las raíces cristianas de nuestra cultura, desde el corazón de la Iglesia y en apertura a todos los que, aun no siendo cristianos, perciben las huellas del mal pero, al mismo tiempo, los anhelos de vida auténtica en los miembros de la humanidad peregrina. El evangelio es instrumento privilegiado y abierto de discernimiento frente a la historia y al mundo que nos rodea, hollado por el mal, pero con las semillas del Verbo presentes y dispuestas a ser fecundadas por el rocío del Espíritu. En los tiempos que vivimos y en los que se avecinan, es y será cada vez más necesario reforzar la virtud de la esperanza para no decaer y seguir anunciando y construyendo la verdadera paz y promoviendo el desarrollo humano integral. El anhelo de la paz vertebrada en la justicia y el de la realización plena de la vocación humana han acompañado todas las etapas históricas por las que el pueblo de México ha pasado y podrían sintetizarse en la felicidad, deseada por los precursores, los próceres y los consumadores de la independencia de la que por más de tres siglos se había llamado Nueva España.

  Un documento reciente del episcopado mexicano propone un camino que podemos emprender y que en esta hora bicentenaria cobra especial significado: “[…] Los cristianos, en un contexto de inseguridad como el que vivimos…tenemos la tarea de ser ‘constructores de la paz’ en los lugares donde vivimos y trabajamos. Esto implica distintas tareas: ‘vigilar’ que las conciencias no cedan a la tentación del egoísmo, de la mentira y de la violencia y ofrecer el servicio de ‘ser testigos’, en la convivencia humana, del respeto al orden establecido por Dios, que es condición para que se establezca, en la tierra, la paz, ‘suprema aspiración de la humanidad.’[22] En esta tarea, nuestro mejor servicio siempre será la formación de la conciencia, que nos permita desenmascarar las intrigas del mal, pues ‘la violencia nace en el corazón del hombre.’[23][24]

  Es, en suma, el esfuerzo gozoso de anunciar a Cristo muerto y resucitado con todas las consecuencias de ese anuncio, el que puede darle sentido al epígrafe que encabezaba estas páginas: “La Patria es algo más que el suelo que nos vio nacer, es algo espiritual que debe informar [es decir, darle forma y figura a] nuestra vida.” 


 

[1] Cf. Concilio Vaticano II, Constitución pastoral Gaudium et Spes, 1.

[2] A propósito de este clásico de la visión liberal de la historia de México es interesante: Xavier Cacho Vázquez, “México a través de los siglos” a cien años de su publicación, 1884-1889, Archivo General del Estado de Nuevo León, Monterrey (México) 1988.

[3] Carta de invitación al Seminario, Bogotá, 12 de febrero de 2010.

[4] N. 46.

[5] Tengo a la mano un documento original dirigido al Cura de Huichapan, en las cercanías de la ciudad de México que a la letra dice: “[…] El Excmo. Sr. Virrey…me previene haga saber a Ud…remita sin demora a esta Tesorería general una certificación de la existencia que tenga de Sumarios de Cruzada…a efecto de proceder a la publicación del Edicto del Señor Comisario General del Ramo sobre el nuevo aumento de la limosna; lo que participa a Ud. para el puntual cumplimiento de las reales disposiciones. Dios guarde a Ud. muchos años. México, Abril 13 de 1802…”

[6] José María Cos, Manifiesto de paz y guerra. En: Archivo General de la Nación, Infidencias, tomo 180, ff. 213-218. (Existe también una copia manuscrita en el Archivo sobre la Independencia de México de la Biblioteca Francisco Xavier Clavigero de la Universidad Iberoamericana de la ciudad de México). Publicado en: Ernesto Lemoine (ed.), José María Cos, Escritos políticos, Universidad Nacional Autónoma de México, México (2) 1996, 99. Bajo el título: Un caso de conciencia: Los argumentos de José María Cos frente al Cabildo Catedral de México. 1812, presenté una ponencia en el Congreso Internacional: “La guerra de las conciencias: monarquía o independencia en los mundos hispánico y lusitano”, Tlaxcala, México, 9 de septiembre de 2009. (Se publicará en la Memoria correspondiente al congreso y una versión modificada en: Historia Desconocida, 3. Libro anual 2009 de la Sociedad Mexicana de Historia Eclesiástica.)

[7] Ed. original: J. M. Lara, Méjico 1849. 5 vols. Ed. facsimilar: Instituto Cultural Helénico / Fondo de Cultura Económica, México 1985.

[8] Archivo del Centro de Estudios de Historia de México CARSO (antes Condumex), fondo CCLXXXVII.

[9] Obras, vol. XI, p. 475. Cita en: Andrés Lira, Prólogo, a Lucas Alamán, Cal y Arena, México 1997, 34.

[10] Es obra fundamental sobre este tema: María Cristina Torales Pacheco, Ilustrados en la Nueva España, Real Sociedad Bascongada/ Colegio de las Vizcaínas/ Universidad Iberoamericana, México 2001.

[11] Lucas Alamán, Historia de Méjico, v. 5, p. 333.

[12] Bolívar a Santander, 6 de enero de 1825. Cita en: Bolívar en la Cancillería Mexicana, compilación y notas introductorias de Edgar Gabaldón Márquez, Secretaría de Relaciones Exteriores/Universidad Nacional Autónoma de México, México 1983, 18.

[13] Acerca de este personaje es fundamental: Carlos Bosch García, Documentos de la relación de México con los Estados Unidos. I: El mester político de Poinsett (Noviembre de 1824-diciembre de 1829), UNAM, México 1983.

[14] Existe una edición facsimilar del manuscrito que se encuentra en la Colección Documental sobre la Independencia Mexicana de la biblioteca Francisco Xavier Clavigero de la Universidad Iberoamericana de la ciudad de México, ms. 29: Sociedad Mexicana de Bibliófilos, México 2006. (Véase también nota n. 6 del presente trabajo).

[15] La expulsión de los españoles de México (1821-1828), Secretaría de Educación Pública/ Fondo de Cultura Económica, México (2) 1985.

[16] Emmanuel Carballo, en: ¿Hay algo qué rescatar? ¿Hay algo qué celebrar?, Ibero. Revista de la Universidad Iberoamericana, 2/6 (febrero-marzo 2010), p. 14.

[17] Hugo Gutiérrez Vega, ib.

[18] Bruno Estañol, id., p. 15.

[19] Humberto Musacchio, ib.

[20] Alberto Montoya Martín del Campo, id., p. 16.

[21] Hernán Lara Zavala, id., p. 15.

[22] Juan XXIII, Carta encíclica Pacem in terris, n. 1.

[23] Cf. Juan Pablo II, Mensaje para la jornada mundial de la paz, 2004, n. 2.

[24] Conferencia del Episcopado Mexicano, Que en Cristo nuestra paz México tenga vida digna, 15 de febrero de 2010, n. 177.