MADERO EN SANTA JULIA.

8 DE DICIEMBRE DE 1912.

Manuel Olimón Nolasco.

Universidad Iberoamericana.- Departamento de Historia.

  El sol en las mañanas invernales suele tener una intensidad que lastima la vista, que quema la piel. A pesar de que el clima exterior sea frío, la sensación general es más bien de cierto picor en la ropa y de incomodidad que se amplía las manecillas del reloj avanzan.

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  Así fue la mañana del 8 de diciembre de 1912 en la ciudad de México, a juzgar por los rostros que observamos en esta fotografía, singular por donde se la mire o más bien única, tomada en el Oratorio de “San José” anexo al Colegio Salesiano de Santa Julia, “barrio bravo” de la capital, cercano al pueblo de Tacuba. [2] Sin duda el fotógrafo, oculto detrás del velo negro que cubría su cabeza, quien tenía una visión privilegiada del grupo al que iba a retratar, tuvo que dar instrucciones para que quienes iban a dejar impresas sus imágenes en la placa no se movieran pues, aunque la frase se acuñó décadas después, es bien cierto que “el que se mueve no sale en la foto.” Y en verdad lo logró, pues todos muestran una buena dosis de rigidez, siendo menor ésta en los niños, pues ellos manifiestan con más naturalidad y en algún caso hasta con desenfado su resistencia frente a la violencia de los rayos solares.

  Al centro de esta excepcional escena se encuentra Don Francisco I. Madero, Presidente entonces de la República Mexicana, electo un año antes para sustituir a quien por más de treinta años había sido el amo de México: el General Porfirio Díaz. En su rostro casi ovalado, enmarcado en su parte inferior por el rombo de la barba y el bigote, casi no se distinguen los ojos, confundidos con las cejas abundantes, característica muy suya. El ceño fruncido, como el de la mayoría de los niños, no demuestra enojo, sino la molestia sólo un poco disimulada frente a la acción del sol invernal. No obstante, la expresión de esta cara tan conocida, no es en este caso la más serena que se conoce en otros de sus retratos. ¿Estaría presente en su interior el peso de la responsabilidad y la preocupación por el futuro, suyo y de México?

  A la derecha del Presidente, con sonrisa bondadosa y manos entrelazadas sobre el regazo, envuelto en una sotana negra que –al menos así me parece—lleva las huellas de atole derramado sobre el pecho, con manteo sobre ella y tocada la cabeza con el bonete de borla con el que se reconocían los párrocos del siglo XIX y es el signo distintivo de las imágenes de San Juan Bosco, fundador de los salesianos, está el Padre Guillermo (Guglielmo) Piani, personaje que, aunque es poco conocido, fue clave para mantener encendida la llama, a veces débil, otras intensa, de la cordialidad y el entendimiento entre la Iglesia católica y el Estado revolucionario mexicano.

  Piani nació en Martinengo (Italia) el 16 de septiembre de 1875, día coincidente con la fecha conmemorativa de la independencia mexicana. Ingresó a la congregación salesiana en 1887  en la que emitió los votos religiosos perpetuos en 1891. Trasladado a Roma, se graduó como Doctor en filosofía en julio de 1894 en la Pontificia Universidad Gregoriana. Fue durante un año maestro de los estudiantes salesianos en Foglizzo y en 1896 se dirigió a Montevideo (Uruguay) donde enseñó filosofía y realizó sus estudios teológicos. Después de su ordenación sacerdotal el 15 de mayo de 1898 ejerció varios cargos en ese país y en Argentina. Permaneció en el Sur de América hasta 1911 en que fue nombrado Inspector (Superior Provincial) para México y América Central (Inspectoría de Nuestra Señora de Guadalupe). Después de una breve estancia en Italia, el 11 de marzo de 1912 llegó a la ciudad de México. Dice la Crónica de la Casa de Santa Julia: “[…] Todo el Colegio va a la estación de Buenavista a esperar al nuevo Inspector. El día 12 se hace una fiesta en honor del Padre. El 13 celebró la Eucaristía en la capilla de las Hermanas de María Inmaculada. El 17 se da una función gimnástica en honor al Padre Inspector.”[3] Los meses siguientes visitó las casas fundadas en el interior del país (Puebla y Morelia) a fin de enterarse de la situación tanto de los sacerdotes y hermanos coadjutores como de las religiosas y las obras fundadas y de junio a agosto viajó a Centroamérica con el mismo objeto. Regresó a la ciudad de México y ahí, en el Oratorio de Santa Julia tuvo lugar el encuentro con Madero, objeto de estas líneas.

  Antes de volver a diciembre de 1912, indicaré el resto de la trayectoria de este sacerdote: A pesar de que no faltaron los sobresaltos, amenazas e incluso la violencia física que sobre él y otros sacerdotes ejercieron los carrancistas entre 1915 y 1917, el Padre Piani pudo continuar, de modo limitado, su ministerio hasta principios de 1922. En esas fechas fue preconizado como arzobispo titular de Drama,[4] a fin de que ejerciera el cargo de Delegado Apostólico en las Islas Filipinas, que, por esas fechas, eran ya protectorado de Estados Unidos de América aunque bajo la forma de República autónoma.

  En 1936, después de estar algunas semanas en Washington en diversas consultas con el gobierno estadounidense, el Delegado Apostólico Amleto Cicognani le anunció de parte del Papa Pío XI su envío a México en una misión ultrasecreta a fin de conocer la situación real de la Iglesia y las posibilidades de un arreglo con el gobierno del Presidente Lázaro Cárdenas para la normalización de la vida eclesial. Informó a la Santa Sede al respecto y volvió a Filipinas, donde permaneció hasta 1949. Ese año, con la anuencia del Presidente Miguel Alemán, vino a México como Visitador Apostólico y a partir de 1951 hasta su muerte, acaecida en Cuernavaca el 27 de septiembre de 1956, fecha también coincidente con la conmemoración de la consumación de la independencia de México, realizó su importante labor de comunicación, amable y firme a la vez, con el episcopado y los fieles católicos mexicanos y con el gobierno mismo.[5]

  Ese fue el hombre de la sonrisa afable y las manos entrelazadas que se encuentra a la derecha de Madero en esta extraordinaria imagen.

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  Expuesto lo anterior, continuemos la observación de algunos de los mil detalles que nos ofrece la fijación de un momento situado a casi un siglo:

  En la solapa de la chaqueta del Presidente se encuentra un listón blanco. Sobre la izquierda del pecho del Padre Piani también. Pero, ¡atención!: en la manga derecha del traje de cada uno de los niños se ve de manera ostensible un moño blanco. Ese pequeño signo nos indica la ruta para comprender la totalidad de la imagen que representa mucho más que una simple visita de cortesía presidencial a una obra salesiana: en la solemnidad religiosa de la Inmaculada Concepción de María, 8 de diciembre, treinta y dos niños pertenecientes a familias marginales o quizá huérfanos, hicieron su primera comunión. No hay duda que posaron ellos, a la salida de la misa en la que la recibieron, con ¡su padrino!, Don Francisco Madero. A pesar del polvo que se nota abundante en el piso y que afectó el lustre de los zapatos presidenciales y los del Inspector salesiano, podemos darnos cuenta que los chicos estrenan botines: ¡regalo del padrino, desde luego!

  De los niños, como es obvio, no podremos saber sus nombres y sin temor a errar podemos pensar que difícilmente alguno de ellos se convirtió en “famoso”, de acuerdo a lo que se entiende ordinariamente por esa palabra. Fueron de aquellos que, por su condición social, no ocupan renglones en los libros de historia. No obstante, podemos atrevernos a afirmar que, dada la orientación de la enseñanza que ahí recibían, habrán sido industriosos artesanos que se habrán ganado la vida honradamente. A más de alguno, no obstante, la tentación revolucionaria, el “irse a la bola”, le habrá quizá llegado y habrá sucumbido bajo ella. Si calculamos su edad entonces entre los siete y los once años, podemos sacar la conclusión de que ninguno de ellos puede estar vivo, pues el menor tendría hoy 104 años.

  La mayoría de los que posaron para la fotografía visten el uniforme del establecimiento, aunque algunos parece que estrenaron traje “catrín”, como los dos más altos de la fila de arriba, que denotan también mayor edad y tres más de la que sigue hacia abajo, el tercero de los cuales de tanto fruncir el ceño parece un anciano en miniatura.  De igual manera está vestido el más cercano al Padre Piani, de ancha nariz y aparente concentración extrema en la mirada que dirige al fotógrafo. A su derecha, un compañero, con el corte de pelo casi a rape es el que muestra más disgusto de todo el grupo, aunque se trata sin duda de los efectos y no de una oposición a estar ahí. El último a la derecha de quien observa en la tercera fila, de marcados rasgos indígenas, usa el clásico traje “de marinerito” con el cual aparecen los escolares de la época en los grabados de los textos de “Lecciones de cosas”, es decir, del libro destinado al aprendizaje de los elementos básicos de física, química, anatomía y fisiología.[6]

  Veamos algunos puntos que, me parece, merecen ser destacados al observar con afectuoso acercamiento a varios de los retratados:

  En la fila de abajo, el segundo de izquierda a derecha parece que duerme mientras que el último a la derecha, con el rostro fruncido, parece encontrarse en el estado intermedio entre la adustez adulta y las ganas de ir al baño. El más cercano a Madero --situado al lado izquierdo del Presidente-- tiene una cara con la pinta “de pocos amigos” y su compañero de al lado lanza una mirada inquisidora que contrasta con la bonhomía que asoma en quien está a su izquierda. De todos, ni qué discutir, el más complacido por encontrarse en ese escenario es el de la extrema derecha en la tercera fila de abajo hacia arriba: juega con sus manos en el filo de la banca sobre la que se sientan los de en medio y por lo que parece también Piani y Madero y dibuja una sonrisa con cierto dejo de pícara que entonces dirigió al anónimo fotógrafo pero que todavía nos llega, a cerca de noventa y siete años de distancia y centenares de acontecimientos, fastos y nefastos de nuestra común patria mexicana, la de ellos y la de nosotros: ejus generis sumus, recuerda el adagio latino: somos de su mismo linaje.

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  Si resulta imposible reconocer la identidad de los niños, podemos dar con la de los otros dos salesianos presentes en la foto: uno delgado, alto y con la cabeza descubierta que pone sus manos sobre los hombros de dos infantes y otro robusto, de rasgos fuertes y tocado con bonete.

  El primero es el Padre Antonio Gardini, nacido en Garbagna Novarese, población compuesta sobre todo de familias campesinas, situada en la fértil llanura regada por el río Po, granero de Italia, el mismo día que Guillermo Piani, 16 de septiembre de 1875.

  Ingresó al noviciado en Foglizzo en septiembre de 1893. Siendo todavía  estudiante viajó a México, habiendo arribado al puerto de Veracruz el 12 de enero de 1896 y de inmediato se le destinó a Santa Julia. El arzobispo de México, Don Próspero María Alarcón y Sánchez de la Barquera le confirió la ordenación sacerdotal tras haber culminado sus estudios, el 22 de diciembre de 1900.

  No es errado afirmar que fue el alma del oratorio festivo de San José, al que pertenecían los primocomulgantes de 1912. Ahí organizó clases vespertinas, formó catequistas de entre los mismos alumnos mayores, “compañías”, es decir, grupos de jóvenes para fomentar la vida cristiana, una caja de ahorros donde con los intereses de los pequeños depósitos compraban los infantes dulces y fruta. Fundó en 1909 una compañía teatral que representaba obras edificantes de autoría internacional salesiana. Al año siguiente, dio forma a una banda de música y en 1916, a pesar de la situación difícil, organizó una novena de beisbol que venció a todos sus contrincantes en el campeonato que se desarrolló en esas fechas en la municipalidad de Tacuba.

  Entre 1928 y 1948, año de su fallecimiento en Quito, fue misionero en Cuenca (Ecuador), en Gualquiza entre los jíbaros y en la capital ecuatoriana.[7]

  El segundo es el Padre Marcelino Scagliola quien, aunque no lo parece, tenía sesenta y nueve años a la hora de la foto que nos ocupa. Había nacido en 1843 en Calosso, cerca de Alessandria en el norte de Italia y por consiguiente, recibió directamente de Don Bosco la inducción al espíritu salesiano. “[…] El Padre Marcelino –escribió a su muerte en 1931 el Padre Pedemonte, Inspector de México y las Antillas—es uno de los muchos ‘soldados desconocidos’ que, separándose de nuestro inapreciable padre y maestro Don Bosco, se trasladaron a la lejana América en una de las primeras expediciones, en 1876…hijo de un buen molinero, antes de entregarse a los estudios, llevaba sobre sus hombros sacos de harina que pesaban más de ciento treinta kilogramos…Siempre alegre y piadoso, Inglaterra, Argentina, las Islas Malvinas, varias casas de España, de los Estados Unidos y de México recuerdan al humilde y celoso trabajador.”[8] A Santa Julia llegó en 1905 y permaneció allí como alguien laborioso e incansable hasta 1924. Los fieles de la iglesia de María Auxiliadora que se estaba construyendo entonces y sobre todo los alumnos del Oratorio lo llamaron de cariño “Padre Chelino.”[9]

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  Los salesianos llegaron a México en 1892. En torno a las solicitudes para que vinieran corren dos versiones, ambas relacionadas con una respuesta del propio San Juan Bosco. De acuerdo a la primera, fueron algunos alumnos mexicanos del Colegio Pío Latinoamericano de Roma quienes lo abordaron en 1887, cuando éste estuvo presente en la consagración de la basílica dedicada al Sagrado Corazón en la Ciudad Eterna o de visita en el colegio. Según la segunda, fue en una carta a Monseñor Ramón Ibarra, obispo de Chilapa donde el fundador dio la respuesta, la misma que se le atribuye a sus labios como respuesta a los piolatinos: “—No me tocará a mí, pero mi sucesor hará lo que yo no puedo hacer, no dudéis.”[10]

  El antecedente fue la fundación de un primer grupo de Cooperadores Salesianos en 1889 conformado por los Señores Edith [sic] Borrel Borrás, Ángel Gerardo Lascurain, Claudio Limón Seguí, Francisco Villagran, Agustín Caballero de los Olivos y José Ibarrán, “[…] todos ellos de buena posición social…y miembros del Círculo Católico de México.”[11] Su idea era fundar una escuela gratuita popular que tuviera anexo un internado y favoreciera la formación de jóvenes de vida útil a la sociedad, para lo que la obra salesiana venía como anillo al dedo. Lascurain, que fue nombrado presidente de la junta mexicana de Cooperadores, se movilizó y mantuvo una correspondencia intensa con el Padre Miguel Rua, Inspector General salesiano y “[…] el 2 de diciembre de 1892, él mismo recibió en Veracruz a los cinco primeros salesianos llegados a México desde Turín.”[12] Cuando arribaron los primeros religiosos, ya el Señor Lascurain había abierto un asilo para niños cerca de la alameda de Santa María en la ciudad de México destinado, según reza el acta fundacional, “[…] a esas pobres criaturas que, abandonadas, recorren calles y plazas…las cuales no sólo carecen de la educación cristiana, sino que tarde o temprano serán empujadas al crimen por el ímpetu brutal de las necesidades materiales.”[13]

  A ese mismo tipo de necesidades obedeció la fundación de Santa Julia, cuya primera piedra fue colocada en 1905 y el edificio recibió en 1908 la bendición de Monseñor Santiago Costamagna, obispo salesiano que había sido pionero en las misiones de la Patagonia. Fue ahí donde estuvo el Presidente Madero según lo muestra esta imagen de diciembre de 1912, en paz y con evidente aprecio por la obra que ahí se realizaba.

  Sin embargo, los tambores de guerra y el anticlericalismo militante llegaron al lugar poco después, a la hora del embate carrancista.

  En julio de 1914 fueron encarcelados los salesianos que estaban en el colegio de Guadalajara, clausurado éste y desterrados ellos a San Francisco, California. Lo mismo sucedió en Puebla y Morelia. La obra de Santa Julia corrió una suerte más compleja: “[…] Los nueve sacerdotes estuvieron en la cárcel el 19 de febrero de 1915; fueron encerrados a las diez de la mañana, pero los italianos fueron liberados a las cuatro de la tarde; los demás extranjeros fueron liberados el día 20 y los mexicanos el 26. Algunos estuvieron a punto de ser desterrados, pero ya estando en Veracruz se logró que Carranza los indultara. El colegio, por lo grande y hermoso, era una continua tentación para los revolucionarios. Sin embargo, jamás fue tomado gracias a la oportuna intervención del embajador de Italia, Señor Cambiaggio.”[14]

  Una carta que escribió el Padre Pablo Montaldo, director de Santa Julia a Don Venustiano Carranza, de febrero de 1915, es elocuente respecto al servicio que prestaba esta obra, que podemos considerar insignia de la labor salesiana. Señalaba: “[…] Desde hace cerca de veinte años existe en México en la colonia de Santa Julia el Colegio Salesiano con el oratorio festivo anexo para los niños. Dicho oratorio consiste en locales destinados a recoger a los jovencitos más pobres de esta colonia todas las tardes y especialmente los días festivos entreteniéndolos con alegres y honestas diversiones y ayudándolos a cumplir con sus deberes mientras se les enseña a leer y a escribir y también la música instrumental y la declamación.

  “Son cerca de cuatrocientos los jovencitos que acuden al oratorio los domingos y durante la semana y mientras a unos se les imparte la instrucción elemental a otros se les busca buena colocación. Pero entre los muchísimos niños que se hallan por las calles y plazas de México hay muchos tan pobres y privados de toda asistencia que todo cuidado es inútil si no son alojados, vestidos, instruidos y adiestrados en algún arte y oficio. Se dio pues principio a la casa…donde se hallan alojados cerca de trescientos muchachos. De éstos, una parte son dedicados a aprender un oficio, por ejemplo, zapatería, carpintería, herrería, encuadernación, imprenta y además tienen escuelas nocturnas cuyo programa corresponde a la educación primaria (elemental y superior). Otros, en cambio, a quienes la Providencia dotó de aptitud especial para el estudio, forman la sección de estudiantes y se preparan más bien a una carrera que les proporcionará el sustento necesario.”[15]

  El propio Carranza llegó a visitar el colegio con motivo de una exposición de trabajos realizados por los alumnos. El respeto de los revolucionarios de alguna manera quedó así rubricado. Escribió el Hermano Cevasco: “[…] Nuestra obra de Santa Julia era conocida en toda la república por la propaganda hecha por nuestro método, pues nuestros talleres, tratándose de maquinaria moderna, podían competir con cualquier otro y también por lo hábiles que salían nuestros alumnos…hasta algunos miembros del gobierno revolucionario recomendaban nuestras escuelas. Cuando el Presidente Carranza visitó nuestro colegio…quedó muy complacido, asegurando que nunca había visto trabajos tan bien hechos…se pudo trabajar aún por varios años con relativa tranquilidad, pero siempre con el temor de que los revolucionarios ocuparan el colegio. Unos decían que el gobierno necesitaba el edificio para hospital, otros para cuartel, otros que para los huérfanos de la revolución. Mas la Santísima Virgen Auxiliadora, coronada en la iglesia del colegio no permitió tan grande profanación de su casa.”[16]

  El mismo religioso le dio un tinte casi milagroso al efecto que la obra causó en el área de su influencia: “[…] Fue providencial que María Auxiliadora tomara posesión de aquella triste y desgraciada colonia y que los salesianos se establecieran en el centro de la misma con sus escuelas y oratorio festivo. Algunos pocos niños, atraídos por la curiosidad, comenzaron a rodear la casa y a dejarse ver de los salesianos, que con medallitas, estampitas de María Auxiliadora y convidándolos a tomar parte en sus juegos, no tardaron en tenerlos muy contentos, alegres y aficionados a la casa…

  “Después de varios años esa región cambió por completo: se pobló de chozas y casitas de adobe, se trazaron calles, se establecieron casas de comercio, y la que antes era cueva de ladrones y asesinos, se convirtió en un pueblo de pobres y humildes trabajadores. Un empleado del municipio del cercano pueblo de Tacuba, afirmaba que la policía no tenía ya nada qué hacer en Santa Julia, que había terminado los robos y delitos, que el oratorio festivo había hecho más que un batallón de policías.”[17]

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 El peso de una historia azarosa y difícil por una parte, pero abierta sobre horizontes amplios sobre las anchas espaldas del tiempo y de la tierra,  hace que esta fotografía cobre vida. Cada uno de los niños cuyas imágenes quedaron grabadas para la posteridad era entonces un proyecto para el México que debía venir. Ninguno de los presentes en ese lugar esta soleada mañana del invierno de 1912, amparados por la recepción reciente de la “hostia santa, sol del amor”,[18] podría esperar que fueran los siguientes, años de sufrimiento, hambre, desamparo y división para los mexicanos. Entre ellos, el primero en ser sacrificado por efectos de la incomprensión, las ambiciones acumuladas y la traición, habría de ser el propio Madero. En buena parte por el peso de esos hechos sobre la conciencia de la nación, no son la búsqueda de la comprensión y la paz aquí retratadas de cuerpo entero, sino el avance de la desolación, el odio y la muerte, las herencias más fijas en la memoria de la convulsión revolucionaria que padeció México a lo largo de un buen número de años del siglo XX.


 

[1] Agradezco al R.P. Miguel Agustín Aguilar Medina, Inspector Provincial de los Salesianos de Don Bosco en México, la generosa cesión de una copia digital de esta fotografía, custodiada por casi un siglo en el archivo de la Provincia y al Maestro Jorge Garibay Àlvarez, el obsequio del libro del P. Francisco Castellanos Hurtado, Salesianos en México, Guadalajara 2005.

[2]  Oratorio en el lenguaje salesiano no significa capilla o iglesia, sino el anexo a una escuela con alumnos externos e internos “de artes y oficios,” abierto a toda clase de niños, sobre todo a los que se encontraban en peligro de vagancia y delincuencia a quienes se les ayudaba para ponerse al corriente en sus estudios y tener entretenimiento los domingos. A este último se le llama: “Oratorio festivo.” La institución del barrio de Santa Julia llevaba por nombre: Colegio Salesiano de Artes y Oficios y el Oratorio estaba bajo la advocación de San José, patrono de los artesanos.

[3] Cita en: Salesianos en México, 309. El original de esta Crónica se encuentra en el Archivo Central Salesiano en Roma.

[4]  Por ancestral costumbre, a los oficiales de mayor rango en la Curia Romana, así como a los Nuncios y Delegados Apostólicos, al nombrarlos obispos, se les otorga la sede “titular”, es decir, sin ejercicio pastoral concreto, de una diócesis que existió en algún lugar de Asia Menor o África del Norte antes de su desaparición a causa de la ocupación musulmana. Drama es una de ellas.

[5] Los datos generales acerca de Monseñor Piani: Salesianos en México, 303-319. El hecho de su visita a México en 1936 no había sido hecho público hasta que tuve la oportunidad de reconocerlo a base de la consulta al archivo de la National Catholic Welfare Conference de Washington. Véase mi libro: Hacia un país diferente. El difícil camino hacia un modus vivendi estable (1935-1938), Instituto Mexicano de Doctrina Social Cristiana, México 2008, capítulo 9: El arduo camino para la visita de Monseñor Guillermo Piani, 170-221. El extracto del informe enviado a la Santa Sede, según el documento en inglés que se redactó en la Delegación Apostólica en Washington, lo traduje al español y lo publiqué también en el libro citado: Informe confidencial de Monseñor Guillermo Piani a la Santa Sede después de su visita a México (julio-septiembre), octubre de 1936, pp. 304-319.

[6] A la mano tengo la quinta edición del libro de Manuel E. Villaseñor, “Profesor normalista de México”: Cuarto año elemental. Lecciones de cosas, Herrero Hermanos Sucesores, México 1913.

[7] Datos tomados de: Salesianos en México, 321. Con amplitud: 321-337. Ahí se citan textos inéditos del Padre Gardini: El oratorio festivo de Santa Julia y Note sulla casa salesiana di Santa Julia nella rivoluzione.

[8] Cita en: Salesianos, 25s.

[9] Id., 32. Texto completo sobre el Padre Scagliola, 25-39.

[10] Jorge Garibay Álvarez, Inicio de la presencia de los salesianos en México, Historia desconocida. Libro Anual 2007. Sociedad Mexicana de Historia Eclesiástica, 264. (El artículo completo: 262-282).

[11] Id., 267

[12] Id., 272.

[13] Cita en: Id., 276s.

[14]  Id., 34.

[15] Carta copiada en el Libro de Crónicas de Santa Julia. La fecha es conjetural. Sin embargo, me pareció adecuado colocarla alrededor de los días de la prisión de los Padres: “[…] por su colocación…puede haber sido escrita entre octubre de 1914 y marzo de 1815.” (Salesianos en México, 35).

[16]  Cita de: Julio Cevasco, Recuerdos, apuntes o garrapatos sobre las casas salesianas de la República de México, s.f., inédito, pp. 2s. Salesianos en México, 35s.

[17] Id., 36.

[18]  Referencia al himno compuesto por el Padre Julio Vértiz SJ para el Congreso Eucarístico Nacional de 1924: “Hostia, sol del amor / Tu luz inflama / El corazón de México leal / El corazón de un pueblo que te ama / De un pueblo que te aclama / A tu paso triunfal.”