LA IGLESIA CATÓLICA EN LA EMANCIPACIÓN MEXICANA E HISPANOAMERICANA

Manuel Olimón Nolasco.

Universidad Iberoamericana.- Departamento de Historia.

 

Este artículo se puede encontrar en el número de junio de 2008 de la Revista 20/10 Memoria de las Revoluciones en México

http://www.terra.com.mx/articulo.aspx?articuloId=740595

  1.- El Padre Hidalgo, ¿expulsado de la Iglesia?

   Con el énfasis retórico que suele dársele a asuntos que tienen  apariencia de polémicas vivas, en octubre de 2007, en la Cámara de Diputados, algunos de sus miembros solicitaron que “el Vaticano levantara la excomunión a Hidalgo y a otros próceres de la independencia mexicana.” A esas palabras siguieron  voces y  plumas de comentaristas de  medios masivos que hicieron cierto ruido por unos pocos días. Además, el asunto tuvo eco en el área de comunicación social de la arquidiócesis de la ciudad de México en el sentido de que se “daría una explicación.”

  No hizo falta tal explicación, pues con su estilo conocedor y claro, la Doctora Guadalupe Jiménez Codinach expuso: “…la propuesta anterior refleja un desconocimiento de hechos:…En octubre de 1810, casi un año antes de la muerte de los primeros caudillos insurgentes, el cabildo de la catedral de Valladolid nulificó el edicto de excomunión promulgado por el obispo electo don Manuel Abad y Queipo, por cierto amigo de don Miguel Hidalgo y Costilla.

  Por esta razón, Hidalgo y sus compañeros de lucha, aprehendidos en marzo de 1811 y encarcelados más tarde…no tuvieron problema alguno para confesarse y recibir la comunión varias veces antes de ser fusilados.

  …Hidalgo fue fusilado a las siete de la mañana del 30 de julio…El cuerpo decapitado  fue recogido por los religiosos franciscanos del convento de San Francisco (en Chihuahua)…con el propósito de velarlo esa noche y sepultarlo al día siguiente frente al altar de la capilla de San Antonio…Esto no hubiera sido posible de haber estado excomulgado.

  En 1821 los trigarantes de Agustín de Iturbide quitaron las cabezas que habían sido colocadas en la Alhóndiga de Granaditas para celebrar honras fúnebres en honor de esos héroes patrios en la iglesia de San Roque en Guanajuato, algo que hubiera sido imposible si hubiera seguido vigente la excomunión…

  En 1823 se ordenó reunir las cabezas y los cuerpos de los cuatro principales caudillos…para trasladarlos, con honores y responsos celebrados en diferentes iglesias a lo largo del camino a la ciudad de México, para ser depositados, asimismo con honores y responsos, al pie del Altar de los Reyes de la catedral…Estas acciones no hubieran podido ser realizadas de haber estado en vigor la excomunión.”[1]

  Cabe agregar que la solemnidad con la que se depositaron los restos en el recinto catedralicio fue singular. En nombre del Supremo Poder Ejecutivo, que ejercía la autoridad en la transición entre el final del Primer Imperio y la proclamación de la República así como del Soberano Congreso, tomó la palabra el Canónigo y Diputado por Michoacán, Francisco Argandar. En su Elogio fúnebre de los primeros héroes y víctimas de la patria, hizo una comparación entre los héroes del pueblo de Israel, principalmente los Macabeos, y los del levantamiento de 1810 en la Nueva España.[2]

  Así pues, los hechos acontecidos entre 1810 y 1823 y los naturales cambios de percepción y enfoque de los novohispanos y mexicanos de entonces, dan al historiador del siglo XXI una perspectiva que invalida la insistencia fixista en el tiempo detenido, por ejemplo, en los días de la redacción de la excomunión por Abad y Queipo o su reiteración por el Tribunal de la Inquisición. Da perspectiva también para la adecuada interpretación del lenguaje –exagerado y anacrónico ya en aquellos comienzos del siglo XIX—que utilizan los vetustos papeles en los que se compara al párroco de Dolores con “el pérfido Lutero” y otros “fautores de herejes.”[3] Una interpretación adecuada de los decretos de 1810 requiere, además de su contextualización histórica, conocimientos elementales de la teología de la época y del derecho público eclesiástico.

 Solicitar, pues “al Vaticano” nulificar una condena inexistente sólo puede entenderse como resultado de desconocimiento. Si en el caso de nuestros diputados y comentaristas podría verse con cierta benevolencia esa situación, en graduados en la ciencia histórica, que se han sumado al asunto,  la falta de  precisión y de perspectiva de interpretación no se justifica.

 

  2.- La Iglesia española en las postrimerías del Virreinato.

  Para el Papado, la larguísima duración del Patronato hacia las iglesias de Indias y, sobre todo, la interpretación abusiva del mismo que no lo consideraba ya un privilegio concedido a los Reyes hispánicos en orden a la primera evangelización del Nuevo Mundo, sino una auténtica regalía, es decir un derecho propio, introducía su ingerencia  en áreas que, aunque podía decirse que no eran parte de la “fe y las costumbres,” afectaban de hecho el ejercicio de la potestad papal y episcopal en cuestiones que habían sido delimitadas en el Concilio reformista de Trento (1548-1563).[4] Sin embargo, a pesar del espíritu conciliar, inclinado a reforzar la autoridad papal, en Trento se hizo excepción en materia de patronato en el caso de los Soberanos. Ésta, con el paso del tiempo, mostró ser riesgosa y prestarse a abusos.[5]

  La política eclesiástica de la Corona española, pues, se dirigía a tener el control de la actuación sobre todo de los obispos: su nombramiento, su adhesión mediante el juramento de fidelidad al Rey y el seguimiento de las rutas políticas sobre las que transitaba el Reino. El mantenimiento de la paz entre los habitantes del extenso territorio de las posesiones españolas no era únicamente tarea de los vigilantes y administradores de justicia, sino también del clero por medio de su ministerio y palabra. El rompimiento de la paz, sobre todo si era actuado o tolerado por el clero parroquial, que estaba en permanente contacto con la población, no podía asumirse sino como un acto que, al subvertir el orden y faltar al Rey, incidía en la misma misión religiosa.

  La implantación de un estilo de gobierno absolutista, autoritario en su proceder, que mostró su rostro abiertamente a raíz de la expulsión de los jesuitas (1767), fue incubando una tensión de tal intensidad que permeó a todos los sectores de la sociedad incluido, desde luego, el clero. El hecho del destierro mostró de cuerpo entero la realidad del absolutismo y contribuyó a la conciencia de la opresión sobre todo en los criollos. Las alusiones de escritores pertenecientes a este grupo acerca de los “trescientos años” de opresión, es posible que tengan como base las acciones borbónicas, más que la conquista del siglo XVI. [6]

  Las alteraciones de la política europea, desde la caída del Viejo Régimen francés que concentró su efecto de potente emotividad en la decapitación del monarca hasta la restauración de 1815 proyectada en Viena, pasando por la invasión napoleónica a la península ibérica, con las manifestaciones de resistencia popular de tanta profundidad y proyección, afectaron el equilibrio interno entre las fuerzas sociales tanto en España peninsular como en América.[7] La forja de este ambiente facilitó que fuera posible el ejercicio del autogobierno en no pocos lugares de la geografía y que la conciencia de esa realidad se solidificara a la manera de un proyecto de “mayoría de edad” para la emancipación de la población de los virreinatos y la configuración de nuevas naciones.

  Es conveniente recordar que las primeras reflexiones acerca de lo que acontecía en las turbulentas décadas del comienzo del siglo XIX no hablaban tanto de “independencia” y ni siquiera de autonomía y no subrayaban demasiado el aspecto revolucionario de la situación, sino que, con figuras tomadas del derecho romano en materia familiar y de servidumbre, se referían al caso como “emancipación.” El polémico sacerdote Agustín Rivera, calificado como auténtico liberal por los que lo fueron en la segunda parte del siglo XIX y promotor ardiente de la leyenda negra sobre la actuación de España en América así como de la excomunión de Hidalgo, escribió  en su libro Principios críticos sobre el Virreinato de la Nueva España y sobre la revolución de independencia: “La independencia de México fue una emancipación. Emancipación la llamaron los primeros jefes…la llamó Iturbide y casi todos los escritores públicos, defensores y no defensores del gobierno virreinal. Fue una emancipación, porque fue el término, la salida, de una tutela. El gobierno español no fue más que una tutela y, según el derecho de gentes no tenía razón de ser sino con ese carácter…Las obligaciones primarias de un tutor consisten en alimentar y educar al pupilo, procurando que conozca y practique todas aquellas cosas que son necesarias para que, concluida la tutela, pueda él solo vivir con moralidad y orden y administrar bien sus bienes.”[8]

  El binomio tutelaje-emancipación y los términos cuasipaternos y cuasifiliales en los que se movía la relación de los americanos con la Iglesia y el Papa por una parte y con el Rey español por otra, ayudan a descubrir un cauce de hondura insospechada en lo que, sin estas figuras tomadas de las relaciones humanas tanto afectivas como jurídicas, queda como mero trazo esquemático.

  Unas líneas magistrales de Pedro de Leturia, escritas bajo el signo de la anécdota, abren la puerta al mundo de influencias pluridireccionales que se forjó en esos años y que no se comprende sólo desde el análisis de enfrentamientos políticos o de influencias desencarnadas. Es en la configuración interior de una persona donde realmente puede irse a fondo: “… El verano de 1805 conoció personalmente Bolívar, joven entonces de veintidós años, al Papa Pío VII…Gracias probablemente a sus relaciones y aun parentesco con altas personalidades madrileñas, consiguió el apuesto criollo ser introducido a una audiencia por el embajador español Antonio Vargas Laguna, rígido absolutista que en 1801 había comenzado su influyente carrera diplomática de veinticuatro años ante la Santa Sede, una de cuyas más difíciles y trascendentales gestiones iba a ser bien pronto el ocaso del Patronato español en América…Dícese que Bolívar, contra las naturales protestas de su introductor, se negó a besar la cruz de la sandalia papal, dando por motivo que competía al signo de nuestra redención lugar más elevado.

  El espíritu de independencia que deja traslucir el hecho, había en efecto arraigado para entonces en el joven caraqueño. Señor de una pingüe fortuna, viudo a los diez meses de su boda, testigo y partícipe de todos los placeres de Madrid y París, viajero errante por los paisajes y las ciudades de Francia, Austria e Italia…adoraba ya en aquellas fechas la ideología democrática de la Revolución francesa, hasta pensar que Bonaparte había descendido al hacerse emperador…Durante esta misma estancia en la Ciudad Eterna, juró sobre el Monte Sacro emancipar a su América.”[9]

    En cierto modo, la figura de Simón Bolívar concentra la diversidad de elementos que entraron en juego en estos años y que condujeron a nuevos horizontes sociales, políticos, económicos y, desde luego, religiosos. Los caminos, sin embargo, fueron diferentes según diversas eran las condiciones regionalizadas de los virreinatos. Así, aunque el ideal bolivariano apuntaba a la unidad que daría también la fuerza, las acciones de los próceres y sus circunstancias, las reacciones militares y políticas del gobierno español, los vaivenes de la política europea, así como la ausencia o presencia del diálogo con la jerarquía eclesiástica, hacen que el estudio histórico presente, más que un panorama lineal, un mosaico de realidades.

  Para los Pontífices romanos y los organismos centrales de la Iglesia, los pasos que se daban significaban mucho más que un delicado ejercicio diplomático o una oportunidad política. Constituyeron, vistos en su integridad, una crisis de conciencia con dos vertientes bien definidas: la primera provenía del asunto de la legitimidad, o sea del hecho que el Papa, como Soberano, históricamente se había relacionado, salvo muy contadas excepciones, con otros Soberanos, quienes en cierta manera eran sus pares y solamente con ellos. La línea dinástica que en cada una de las naciones europeas se remontaba en algunos casos a la Edad Media, aseguraba que la relación era legítima y que los súbditos católicos eran a la vez miembros del reino y de la Iglesia. Esta situación, que cobijaba el orden jurídico en cuestiones tan concretas como el estado civil de las personas (registro del nacimiento en el bautismo, matrimonio, patria potestad, legitimación de la prole, obras pías, herencias y legados, defunción) suponía el acuerdo armónico entre las dos potestades: la civil y la eclesiástica. Hasta las primeras décadas del siglo XIX, la soberanía de los reyes europeos se extendía, en el caso de Portugal y España, al continente americano y los compromisos papales, consuetudinarios y escritos con ellos, eran abundantes.

  La segunda vertiente  provenía del centro mismo de la misión religiosa del Pontífice. Su ministerio, en consonancia con la tradición más pura de la Iglesia y sus fundamentos bíblicos, consistía en mantener unida la grey de Cristo y buscar la mejor manera para que, de acuerdo a la concepción teológica, el pueblo cristiano tuviera al alcance los medios para su salvación: los sacramentos, la atención pastoral de los obispos y los presbíteros, la instrucción religiosa. La lejanía de los territorios americanos y sobre todo las interferencias constantes de la Corte española, agravadas por las interpretaciones regalistas extremas, dificultaba la realización del ministerio en un ámbito de libertad, así como la orientación de las reformas necesarias al pulso de los tiempos. Las revoluciones americanas, si bien ponían dificultades en orden a la legitimidad  de los gobiernos que resultaran de ellas e incluso –se habló de ello una y otra vez—la posibilidad de un cisma eclesial, planteaban también que era posible una relación al fin directa y tal vez, de mejoramiento en cuanto a la atención pastoral. En Roma se tenía asimilada la experiencia del trato con Napoleón, calificada por los legitimistas de pragmatismo político que, no sin riesgos y cediendo en algunos puntos que pudieron parecer básicos, desligó a la Santa Sede del peso centenario de las regalías de los Borbones y permitió la relación directa entre el Papa y el episcopado francés, lenta pero seguramente en camino de abandonar la doctrina y la práctica del galicanismo. La experiencia traumática de la revolución francesa se superó y la Iglesia, alejada de su ligamen comprometedor con los estamentos superiores del Antiguo Régimen, fue obteniendo la libertad necesaria para el desarrollo de su tarea pastoral y espiritual.[10]

 

  3.- Contactos entre los emancipadores y la Iglesia en y desde América del Sur.

  La problemática de la legitimidad, mientras Napoleón reinaba y en “ambos hemisferios españoles” se “deseaba” a Fernando VII—es decir entre 1808 y 1815—no interfirió los contactos entre los dirigentes de las regiones americanas surgidos de la “voluntad popular” y no de la condescendencia española.

  En Caracas, por ejemplo, a pesar de cierta exaltación radical provocada por la acción de Francisco Javier Miranda, cuyas “...concepciones y proyectos [tenían] mucho de ensueño filosófico, y …su personalidad, tan atrevida y universal al concebir [resultaba] corta e irresoluta al obrar en el mundo real americano,”[11] la habilidad diplomática y sobre todo la apertura de espíritu y la calidad religiosa del arzobispo Narciso Coll y Prat, superó ya en 1811 el dilema entre lealtad política a España o la aceptación, con conciencia limpia, del nuevo régimen republicano. En un informe a la Santa Sede posterior al juramento que él y su cabildo hicieron ante la Asamblea Republicana el 15 de julio del año citado expuso: “…Sin caer en la herejía,…no puede decirse que el catolicismo conviene más a una monarquía y el protestantismo a una república. El Hijo de Dios no se presentó en el mundo para levantar imperios, monarquías ni repúblicas, sino para hacer de todos los pueblos uno solo…por esto su Iglesia se acomoda a todas las formas que se quieran dar a un Estado, con tal que su doctrina sea en él respetada, sus cánones guardados y nadie, sin su intervención altere por sí mismo la disciplina que la tradición, los Padres y los Concilios han mantenido.” [12] Y escribió más adelante: “El Estado se ha declarado libre e independiente de toda otra potencia temporal; sólo depende de Dios. Y mi Iglesia, verdadera hija, sabia y fiel discípula de la universal, católica, apostólica, romana, depende del vicario de Jesucristo, romano pontífice y del mismo Dios.”[13]

  La diafanidad de esa postura se reveló singular y ejemplar. Marcó una ruta distinta para las relaciones de la Iglesia y el Estado y sus ámbitos de acción diferenciados pero complementarios, entre las naciones de tradición bolivariana y el caso mexicano, afectado este último por contrariedades de doctrina y de hechos dentro del mismo clero. Dio elementos para la posterior elaboración de una teología de la Iglesia más inspirada en los fundamentos centrales de la doctrina y menos en cuestiones jurídicas sobre, por ejemplo, régimen, potestad y jurisdicción. Sentó una base firme para que en Roma  se pudiera pensar en la posibilidad de diálogos, negociaciones y acuerdos con las naciones que comenzaban sus balbuceos de mayoría de edad. Para el futuro de la República de Venezuela, concretamente, señaló el freno en su germen, de un cisma nacionalista  tal vez soñado por Miranda. Para Simón Bolívar y su línea de largo alcance en materia eclesiástica, la congruencia en cuanto a la superioridad de la acción pastoral del clero sobre sus filiaciones políticas. Cabe citar, como ejemplo de lo último y en cierta manera resumen de lo dicho, una carta que desde Pasto (sur de Colombia) dirigió el 10 de junio de 1822 al obispo de Popayán, Salvador Jiménez, cuando éste estaba tentado, por pensamientos de ilegitimidad del gobierno republicano, de partir hacia España: “…yo me atrevo a pensar que Vuestra Señoría Ilustrísima, lejos de llenar el curso de su carrera religiosa en los términos de su deber, se aparta notablemente de ellos, abandonando la Iglesia que el cielo le ha confiado, por causas políticas y de ningún modo conexas con la viña del Señor.

  …quiero suponer que V.S.I. está apoyado por firmes y poderosas razones para dejar huérfanos a sus mansos corderos de Popayán; mas no creo que pueda hacerse sordo al balido de aquellas ovejas afligidas y a la voz del gobierno de Colombia que suplica a V.S.I. que sea uno de sus conductores en la carrera del cielo…debe pensar cuántos fieles cristianos y tiernos inocentes van a dejar de recibir el sacramento de la confirmación por falta de V.S.I.; cuántos jóvenes alumnos de la santidad van a dejar de recibir el augusto carácter de ministros del creador porque V.S.I. no consagra su vocación al altar y a la profesión de la sagrada verdad. V.S.I. sabe que los pueblos de Colombia necesitan de curadores y que la guerra les ha privado de estos divinos auxilios…Mientras Su Santidad no reconozca la existencia política y religiosa de la nación colombiana, nuestra Iglesia ha menester de los Ilustrísimos obispos que ahora la consuelan de esta orfandad, para que llenen en parte esta mortal carencia.

  Sepa que una separación tan violenta en este hemisferio no puede sino disminuir la universalidad de la Iglesia romana y que la responsabilidad de esta terrible separación recaerá muy particularmente sobre aquellos que, pudiendo mantener la unidad de la Iglesia de Roma, hayan contribuido, por su conducta negativa, a acelerar el mayor de los males, que es la ruina de la Iglesia y la muerte de los espíritus en la eternidad.

  Yo me lisonjeo que V.S.I., considerando lo que llevo expuesto, se servirá condescender con mi ardiente solicitud y que tendrá la bondad de aceptar los cordiales sentimientos de veneración que le profesa su atento obediente servidor…”[14]

  En una entrevista personal que sostuvieron en París con Napoleón en 1813 dos enviados venezolanos,  Luis Delpech y Manuel Palacio Fajardo, el emperador les sugirió que contactaran a Fernando VII y al Papa Pío VII ambos, en esas fechas, en poder de Bonaparte. De acuerdo con el Duque de Bassano, Ministro de Relaciones Exteriores francés, esbozaron una serie de solicitudes al Pontífice: una encíclica a favor de la emancipación, la extensión de la “bula de la cruzada” muy relacionada con el viejo patronato y el nombramiento de obispos y quizá de un Patriarca para América, favorables a la causa independiente. Parece que no fue Palacio Fajardo sino un francés el que habló con el Papa. Sin embargo, “…el Pontífice intuyó, desde su lejano y forzado aislamiento lo que de hecho había sucedido en los movimientos autonomistas de Hispanoamérica: que habrían de buscar el contacto con la Silla Apostólica…[el] frustrado proyecto de encíclica al clero criollo, es un precedente, históricamente precioso, de las que más tarde dieron con signo opuesto el mismo Pío VII y León XII.”[15]

   La estrella rutilante de Napoleón dejó pronto de brillar. Con su ocaso, la restauración del absolutismo fue un hecho: el regreso de Fernando VII y la suspensión de la vigencia de la Constitución de Cádiz de 1812, así como el retorno a la corte pontificia del embajador español legitimista Antonio Vargas Laguna. De forma coincidente, en 1814 y 1815 las revoluciones en curso en el continente americano llegaron a un estado de inacción y letargo. Podía pensarse que los habitantes del inmenso territorio cubiertos por el manto hispánico volverían a ser pacíficos súbditos de Su Majestad Católica. El agente de Bolívar en París, Palacio Fajardo, recibió, ante la solicitud de ayuda para la emancipación, esta fría respuesta de las potencias que habían resultado victoriosas sobre el orgulloso emperador francés “…[que ellas] no debían mezclarse en la contienda de España con sus colonias, mucho menos cuando esa Nación fue la primera en levantar el grito contra el enemigo común.”[16]

  El embajador Vargas Laguna tenía muchos méritos en Madrid y en Roma: había protestado con vehemencia cuando el general francés Miollis encarceló al Cardenal Pacca en 1808 y en fechas cercanas (enero de 1809) “…se negó a reconocer a José Bonaparte firmando, con toda la Embajada, una encendida protesta contra los atropellos perpetrados en Bayona en ultraje de la Nación  y de la Corona de España. Se ganó con ello la prisión en el castillo de Fenestrella, allí mismo a donde Napoleón había hecho conducir al Cardenal Pacca…en 1814 no ambicionó de Fernando VII otro premio que volver a Roma…Se comprende fácilmente que instrumento tan apto e influyente habían de tener en un hombre así el rey  y los ministros absolutistas de Madrid, cuya política americana se estaba orientando, en gran parte, hacia el uso máximo del Patronato de Indias, actuado durante tres siglos y tantas veces confirmado por los Papas.” [17]

  El diplomático español trabajó con afán a fin de que se proveyeran las sedes episcopales vacantes en la vasta América. De acuerdo con el Ministro de Gracia y Justicia, Antonio Gómez Calderón, estudió minuciosamente a los propuestos a fin de que tuvieran calidad religiosa evidente y, a la vez, “…fidelidad y lealtad a prueba…para que…puedan sostener los derechos de la Iglesia y cooperar con su ejemplo y doctrina a conservar los de la soberanía legítima que reside en el rey nuestro señor.” [18] En este particular, comentó el Padre Leturia: “…Era esto tanto o más evidente que el afán inverso de Palacio Fajardo y Delpech para obtener poco antes en París obispos republicanos.”[19] Los nuevos prelados, entre los que se encontraba Antonio Joaquín Pérez, destinado a la mitra de Puebla de los Ángeles, fueron escogidos sin duda por sus preferencias legitimistas, pero en número mayoritario eran criollos y conforme las situaciones políticas en el continente americano señalaron hacia la irreversibilidad de la independencia, en la casi totalidad de ellos “…se sobrepuso la voz de la sangre a los respetos de la legitimidad.” [20] Como era de esperarse, las circunstancias promovieron el traslado de algunos obispos que se habían mostrado, a causa sobre todo de su solicitud pastoral, inclinados a la causa emancipadora: “…el arzobispo de Caracas, monseñor Coll y Prat fue, en una forma de destierro encubierto, llamado a España.” [21]

 

  4.- Una polémica política, jurídica y teológica en tierras mexicanas.

  La sombra de Fernando VII y de su legitimidad, antes de su retorno a la península a causa del declive napoleónico suscitó en lo que todavía se llamaba Nueva España, polémicas encendidas casi desde que el movimiento emancipador pareció quedar acéfalo por la muerte de Hidalgo y sus allegados. Una contienda intelectual que usó de los medios impresos para su difusión, se dio en 1812 y 1813 entre dos clérigos y un laico ilustrado: el obispo electo de Michoacán, Manuel Abad y Queipo, José María Cos, párroco de la iglesia de San Cosme en Zacatecas y Andrés Quintana Roo, abogado yucateco que sería Vicepresidente de la Asamblea Nacional Constituyente o “Congreso” de Chilpancingo en 1813. Los argumentos esgrimidos, que van de la teología al sentido común, dan luz para completar el cuadro que hemos ido armando con las diferentes facetas de la realidad histórica compleja frente a la que nos situamos. [22]

  El Padre Cos, el 16 de marzo de 1812, desde el Real de Sultepec, dio a conocer un “Manifiesto de la Nación Americana a los españoles que habitan este continente.”[23]En él se enfrenta, en su condición de criollo, a los peninsulares, mas no los considera enemigos, aunque lo serán si se alinean con la crueldad de las órdenes represivas que se reciben de España en contra de los patriotas. Extiende hacia ellos una invitación para unirse a la buena causa.

  Les hace saber a los peninsulares avecindados en México cómo se han beneficiado de la tierra a la que se han trasladado. Desde luego en lo económico pero, antes, de la prodigalidad de la naturaleza: “…apenas nacidos en la península, os habéis trasportado a este suelo desde vuestros tiernos años; habéis pasado en él la mayor parte de vuestra vida, os habéis imbuido en nuestros usos y costumbres, connaturalizado con la benigna temperie de estos climas, contraído conexiones precisas, heredado gruesos caudales de vuestras mujeres o adquirídolos por vuestro trabajo e industria, obtenido sucesión y creado raíces profundas…y desde que salisteis de la madre patria formásteis la resolución de no volver a ella.” [24] Estas palabras parecen evocar las descripciones que del territorio novohispano hicieron en el siglo XVIII los jesuitas desterrados Francisco Javier Clavijero y Rafael Landívar, este último feliz de haber nacido como mexicano en Guatemala, “bajo un cielo suavísimo.” (“Sub mitissimo coelo natus.”)[25]

  Invita a formar un gobierno propio, abierto y participado, pues “…ausente el soberano, ningún derecho tienen los habitantes de la península de apropiarse la suprema potestad y representar a la real persona en estos dominios. Todas las autoridades dimanadas de este dominio son nulas. El conspirar contra ellas la Nación americana no es más que usar de su derecho. Lejos de ser esto un delito de lesa majestad (en caso de ser alguno sería el de los gachupines), es un servicio digno del reconocimiento del Rey y una efusión de su patriotismo, que si el Rey estuviera presente, lo aprobaría.” [26]

  Teniendo en cuenta la realidad de la guerra que se está sosteniendo, propone la benignidad de ésta en cuanto al respeto al derecho de gentes en relación con los prisioneros. Que éstos no deben ser tratados con crueldad y menos como reos de lesa majestad y “…no sean perjudicados los habitantes de los pueblos indefensos.”[27]

  Concluye su “Manifiesto” con una exhortación: “…Acordaos que la suerte de América no está decidida, que la de las armas no siempre os favorece, y que las represalias en todo tiempo son terribles. Ciudadanos, abracémonos y seamos felices, en lugar de hacernos mutuamente desdichados.”[28]

  Si al comienzo de la lectura del documento de Cos, se me vino la evocación de Landívar, al finalizarla se me viene la que llegaría en 1821: el “abrazo de Acatempan” y las palabras del Jefe del Ejército Trigarante, Agustín de Iturbide, al entrar a la ciudad de México: “…ya sabéis la manera de ser libres; ahora os toca aprender a ser felices.”

  El franciscano Fray Diego Miguel de Bringas y Encinas[29], en su respuesta al documento del “rebelde,” va muy lejos en sus argumentos: le parece, en primer lugar, que los papeles del Padre Cos y “…los mamotretos hallados entre los despojos en varios ataques, inducen una vehemente sospecha…que este papel es obra de los enemigos disimulados del Estado y de la Religión que desde la capital preparan la lección que después deben dar al público los insurgentes.”[30]

  Y continúa dando, según, él, con la razón de la sedición: que el diablo se ha aprovechado de la ignorancia del pueblo: “…se valió Hidalgo, abusando de la religión y del nombre de Fernando para engañar a los sencillos e ignorantes…las voces criollo y gachupín no puede menos de haberlas sugerido el espíritu maligno para dividir los corazones de los individuos de una misma nación. Se asienta la proposición que la ignorancia teológica y política es la causa de la insurrección y de aquí se deduce la necesidad de un catecismo real político y cristiano que sirva para instruir al pueblo en las obligaciones respectivas de un hombre como vasallo, como ciudadano y como cristiano.” [31]

  Asienta: “La España es dueña legítima de las Américas. Por consiguiente, el Superior Gobierno que tiene establecido en ellas tiene un derecho inconcuso para conservarlas, defenderlas y castigar a sus invasores…Aun cuando apareciere un legítimo sucesor de Moctezuma, siendo la España un país católico, podrían sus reyes continuar legítimamente.” [32]

  Otros farragosos argumentos, adosados con citas de documentos jurídicos de diversas épocas presenta el franciscano. En el fondo de ellos, no solamente se justifica el dominio español sobre los territorios americanos sino la guerra represiva que se desarrolla sobre ellos. No obstante, quizá la mejor frase de Bringas sea ésta, idílico resumen de la historia virreinal: “…Los americanos no han padecido opresión alguna del gobierno español, sino una dulce libertad.” [33]

  Además del Padre Cos, hemos mencionado a Andrés Quintana Roo.

  Éste, en el verano de 1812, por medio de cuatro números de su “Semanario Patriótico Americano,”[34] dirigiéndose también a los españoles, planteó la situación en que se encontraba España sin su Rey legítimo y, al mismo tiempo, la de la Nueva España, donde la crueldad de la represión contra los patriotas era un baldón para los españoles quienes, además, por esos tiempos tenían en la península gobiernos autónomos al desconocer los impuestos por los franceses: “..La América española, a ejemplo de la península, trató de la erección de juntas nacionales que reasumiesen la autoridad ya inerte en manos del gobierno antiguo. Nada extraña, nada injusta pareció esta pretensión al Excmo. Sr. D. José de Iturrigaray…¿Qué pecho americano no se sintió inflamado de indignación al ver frustradas las esperanzas que tenía puestas en la utilidad y conveniencias de la junta?” [35]

  En referencia a la invasión napoleónica a España, no descarta que se haya tratado de un castigo divino a causa de la prolongada opresión a los americanos: “…Opresos nos hallábamos tres siglos había, cuando cansada la paciencia del Dios que nuestros tiranos ultrajaban con nuestra servidumbre, estremeció los quicios de las puertas de la metrópoli, derramó sobre ella el vaso de su ira, y su venganza, provocada por sus excesos, se hizo sentir en la cruel invasión con que fue acometida por el más poderoso usurpador que ha hecho gemir a los hombres.” [36] ¡Qué postura tan opuesta a la visión de Fray Diego Miguel!

  En el número del 9 de agosto, retrata en líneas vehementes lo que había de ser un buen gobierno, reconoce que le parece que el movimiento encabezado por Hidalgo inició un camino del que no habría de regresarse y prevé que si la crueldad sigue reinando en la represión a la insurrección, ésta tendrá más claro éxito. Invita a que se tome en cuenta el llamado a la paz del Doctor Cos. Dirigiéndose a  los españoles expone: “…vuestras tropas, a ciencia y paciencia del virrey, no han sido una expedición pacificadora cuyo objeto haya sido restituir la tranquilidad a los lugares sublevados, sino más bien una furia espantosa de caníbales que han ido a sembrar el horror y la muerte por todas partes…no veo otro resultado que la devastación del reino y que la América, por más que se quiera ocultar es hoy más insurgente que al principio: los pueblos fueron castigados severamente en Aculco, Guanajuato y Calderón, ¿pero ellos han escarmentado? Un fuego abrasador consumió a Zitácuaro, Cuautla y otros  muchos pueblos. Pero, ¿se ha disminuido el número de los que se llaman rebeldes? Perecieron ya en el suplicio (según se dice) los primeros jefes de la insurrección; mas por eso, ¿han faltado cabezas que comanden las expediciones? Los papeles públicos nos refieren multitud de hazañas casi milagrosas, sin perdonar medio ni diligencia para recomendar la causa de vuestro gobierno. ¿Y por eso varía o se disminuye la opinión pública? Luego, este medio tan porfiadamente seguido no es el más oportuno para lograr la pacificación. Luego, vuestro gobierno delinque contra el bien común y se precipita como un río impetuoso, siguiendo obstinadamente unos medios tan inútiles como destructores.”[37]

  Hace un comentario a propósito del abuso en materia de excomuniones en medio de la guerra: “…nada prueba con evidencia más convincente su barbarie…como el haber pretendido aterrorizarnos con las excomuniones que hizo fulminar al tribunal de la fe, siempre dispuesto a prestar su influjo maléfico al despotismo que lo abortó de su envenenado seno. Creyó el sapientísimo gobierno que el fuego inextinguible de la insurrección quedaba infaliblemente apagado al punto que cayese sobre él la gran rociada de excomuniones mayores; y no previó que la ignorancia del pueblo y el respeto que siempre ha profesado al tribunal, no podían en el caso favorecer sus miras, pues que era fácil demostrar aun a los más sencillos e idiotas de la plebe, que censuras fulminadas por gachupines a favor de gachupines y contra criollos en causa de criollos, era difícil que no tuviesen en su contra el espíritu de las reglas canónicas que con severidad tan inflexible prohíben este torpe abuso de las armas de la Iglesia…(los tiranos) han visto con cuanta razón dijo Melchor Cano [38] a Carlos V que censuras semejantes se destruyen a cañonazos y que la religión de un pueblo, cuando no ha degenerado en fanatismo, se contiene en los límites de un justo respeto a los castigos de la Iglesia y detesta el abuso de los que quieren imponerle contra la dulce sabiduría de sus reglas.” [39]

  Frente a la situación que se presentaba en 1812 y a los argumentos planteados por los escritos citados, decidió intervenir el obispo electo de Michoacán, Manuel Abad y Queipo. Lo hizo mediante una larga “Carta pastoral” fechada en Valladolid el 26 de septiembre y un aún más largo “Apéndice,” redactado como respuesta a los periódicos insurgentes. [40]     

  Abad es durísimo en su juicio acerca de Hidalgo –a pesar de que se habla de que era su amigo-- a quien llama “enemigo de Dios y de la patria” [41] y considera “nuestra infeliz insurrección” a la que le concede antecedentes en Caracas, Santa Fe de Bogotá y Buenos Aires, como “…un sistema concebido por el apóstata Hidalgo y por algunos otros de igual complexión y conducta, el más feroz, exterminador e inhumano que podía concebir el mismo Lucifer, y del que no se halla ejemplar en la historia de los crímenes de los hombres.” [42]

  Le dedica varias páginas al tema de la necesaria sumisión al gobierno y para ello pone, además de las citas tradicionales de San Pablo, ejemplos extremos, como el de Lutero en su respuesta a los campesinos anabaptistas en 1525 [43] o el del “impío Rousseau.” Pasa revista, además, al comportamiento del ejército español en la guerra y lo pone muy por encima de la actuación de los insurgentes. Indica igualmente  que es en España donde se ha resistido a “Buonaparte” y que, en todo caso, los levantados americanos son los que vendrían a ser filofranceses.

  Vuelve al caso de Hidalgo, le atribuye palabras no dichas y dibuja un escenario demoledor: “…Nadie ha abusado de la religión con tanto escándalo como nuestros insurgentes y nadie lo ha hecho tampoco con igual suceso. Hidalgo, tomando la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe por signo de la insurrección, gritó al pueblo: Venid a la sombra de la Virgen a defender conmigo la religión y la patria contra sus enemigos, que son todos los que no me sigan y obedezcan. Perezcan a nuestras manos, y quedaremos señores de sus bienes y soberanos del país. Desde ahora quedáis libres de toda autoridad y de toda obligación. Y he aquí esa chusma inmensa de indios y castas, que sin otra prueba ni convencimiento, se pone a sus órdenes en aptitud furiosa para emprender y debastarlo todo. Con esto trastornó de un golpe la fe y la moral, la Iglesia y el Estado. Mahoma…necesitó algún tiempo y sólo debió sus progresos a la fuerza irresistible de sus armas y a los recursos de una política profunda; pero nuestro pequeño Mahoma, apático y voluptuoso, no necesitó más esfuerzos que abrir la boca, para vomitar calumnias y blasfemias.”[44]

  La respuesta que da a los argumentos sobre la guerra y la paz de Cos y Quintana Roo está poblada de anécdotas, favorables a la magnanimidad de los españoles. No es éste el lugar para un análisis detallado.

  Es interesante y lo destaco, cómo el electo michoacano discrepa y coincide con el escritor del “Semanario Patriótico” en ciertos temas.

  Difiere en su juicio acerca de la constitución y el gobierno de Cádiz. Para Quintana Roo, “…la regencia creada en Cádiz dejó perdidas las esperanzas de sus propios autores; y el congreso de Cortes representativo de la soberanía de ambas Españas, no presenta en su seno más que el fermento de muchas partes heterogéneas que chocan entre sí, cuyos debates siempre acalorados y nunca avenidos, parecen pronosticar el irreparable desconcierto de sus miembros y en él la ruina de sus conmitentes.”[45] Abad escribió: “…La constitución política de la monarquía española…ese monumento eterno de sabiduría y patriotismo (tal vez ya traducido en todos los idiomas de la Europa no obstante la oposición del tirano) trasmitirá su gloria a la posteridad más remota. Los diarios de las Cortes hacen asimismo un testimonio perpetuo de la uniformidad y rectitud de intención de los señores diputados, en cuanto al fin de salvar la patria. Nada se ha visto tan admirable como esta uniformidad ni aun en el senado de Roma, en el tiempo feliz de sus virtudes y su gloria.” [46]

  A propósito de la posibilidad de que el Estado disponga de los bienes eclesiásticos, el abogado Quintana Roo plantea, según el modo escolástico, la duda que el gobierno de Cádiz esté facultado para ello, pero si lo está, suponiendo la resolución de la duda en sentido afirmativo, lo estará también el gobierno que quede “una vez concluida la insurrección,”  “…pues los principales motores de ella no son, como preconiza la ignorancia, una reunión de ladrones o gavilla de hombres desnaturalizados y sin principios, sino por el contrario, un congreso de hombres talentosos y de luces nada vulgares, hombres de honradez y probidad notoria, hombres que han sacrificado sus intereses, su comodidad, sus honores y representación al interés común de la patria y en la fundada opinión de éstos, la insurrección, aunque arriesgada en sus progresos y fin, es noble y justificada en sus motivos: que el sostenerla es proteger la religión de nuestros padres.”[47]

  En materia de disposición de los bienes de la Iglesia, el electo michoacano es regalista por todo lo alto. Escribió sobre las facultades del gobierno gaditano: “…todas las potestades supremas de las naciones cristianas pueden decidir soberanamente sobre las inmunidades eclesiásticas personal, real y local. Y nuestros católicos monarcas han decidido siempre sobre las temporalidades de la iglesias y sus ministros, en orden a amortización e inobediencia, como lo testifican las leyes y la práctica.” [48] Con esta afirmación tan tajante, no sólo de hecho Abad y Queipo renuncia al fuero eclesiástico para el juicio de los clérigos insurgentes bajo su jurisdicción, sino viene a ser precursor de la posición del liberalismo mexicano que, en materia eclesiástica, indudablemente abrevó en fuentes regalistas. [49]

    Los textos a los que me he referido, levantaron, en medio de la lucha, un baluarte de discusión intelectual que se reflejó en un debate entre conocedores de la teología y el derecho público eclesiástico. El obispo electo se identificó demasiado, apasionadamente, con un estado coyuntural de la política española y le concedió espacios exagerados a la identificación, difícilmente sostenible dentro de una sana doctrina católica, entre lo religioso y lo político, corriendo riesgos, desde luego y sobre todo, lo religioso. No me parece aventurado suponer que fue presionado por las autoridades españolas para fustigar a los insurgentes, sobre todo porque quienes encabezaron el levantamiento eran miembros de su clero o de su Iglesia diocesana. Era una manera, además, buena para “hacer méritos.” Los intelectuales insurgentes mostraron, por otra parte, además de un impecable método de argumentación, bebido en manantiales de tradición filosófica y jurídica escolástica, suficiente mesura como para ser escuchados y, a la larga, resultar visionarios.

  “Cos cuestionó su autoridad [la de Abad]  con base en que la Regencia no tenía facultad de nombrar obispos en ausencia del Rey. El prelado declaró hereje a Cos, en tanto que éste tuvo al obispo por excomulgado vitando y pidió a los fieles que no lo obedecieran…Abad…continuó su gobierno hasta 1815, cuando el monarca lo llamó a la Metrópoli ‘necesitándole cerca de su Real Persona para aprovecharse de su talento y luces.’ Los insurgentes interpretaron el retorno a España de Abad y Queipo como un triunfo.”[50]

  Desde la perspectiva hispanoamericana sabemos que este retorno obedeció a la política de la restauración llevada adelante, en nombre de Fernando VII, nuevamente monarca absoluto, por su embajador en Roma, Vargas Laguna. Dos posiciones antagónicas, la del arzobispo Coll y Prat de Caracas y la del prelado de Michoacán, condujeron al mismo destierro disimulado. En el caso de Abad, me parece que entre las razones de su llamado, pudo encontrarse su excesivo entusiasmo por las Cortes, la Constitución y el gobierno de Cádiz.

 

  5.- La Iglesia católica que vive en Hispanoamérica independiente.

     Desde Roma, a pesar de la tradición jurídica legitimista y del largo trato que los Papas y sus organismos habían tenido con los soberanos europeos y los privilegios que éstos usaban en materias eclesiásticas, la preocupación por América se fue orientando por senderos marcados por el celo pastoral. La posibilidad de un cisma o de la organización de Iglesias nacionales al estilo inglés, con obispos puestos directamente por los gobiernos, fue un nubarrón que no dejó de estar presente en los alrededores de la Plaza de San Pedro.

  Los contactos de las nuevas naciones desde 1814 hasta 1831 fueron casi constantes. Y la seguridad que daban los regímenes constitucionales que se implantaron de conformar una nación católica, aunque no estaba exenta de rumores de continuidad regalista o de separación, debían ser tomados en serio si Roma no quería aislarse de esa enorme grey.

  La acción de la Embajada en Roma se mantuvo decididamente legitimista y llegó a provocar más de una crisis, en una de las cuales incluso se rompieron las relaciones diplomáticas. El Papa Pío VII (1800-1823) estuvo a punto de llegar al nombramiento de obispos para América. León XII (1823-1829), bajo la fuerte presión del embajador Vargas Laguna invitó a los americanos a continuar en su fidelidad a la monarquía española. Los efectos fueron negativos, especialmente en México. Pío VIII (1829-1830) tenía preparada la decisión favorable a la restauración del episcopado, pero la muy breve duración de su pontificado se lo impidió. La crisis se resolvió, después de mucho tiempo y  variadas vicisitudes, a favor de los pueblos americanos, y, por consiguiente, a la vez, a favor de la catolicidad de la Iglesia.

    El 27 de febrero de 1831, el Papa Gregorio XVI, a poco tiempo de haber asumido el pontificado, dirigió a Fernando VII una carta autógrafa. En ella le decía que, “para no lastimar de ningún modo los derechos de su real corona,” había decidido nombrar “motu proprio” (es decir, sin la intervención de los gobiernos independientes), obispos para las antiguas posesiones españolas de Ultramar. Escribió el Papa: “…hemos debido calcular los peligros espirituales que pudieran sobrevenir; y por ello, con la solicitud que debe tener el padre común de los fieles, nos hemos ocupado en prevenirlos, de tal manera que de nuestra parte nos encontráramos preparados para cualquier evento desagradable.

  Vuestra Majestad por tanto, en su ilimitada piedad y religión, comprenderá que estos tiempos angustiosos reclaman que nuestro primer cuidado sea asegurar que haya pastores en las Iglesias, y entre éstas, dárselos también a las Iglesias mexicanas, en las que la necesidad es más urgente porque mayor es el abandono en el que se encuentran desde hace tanto tiempo por la ausencia de obispos…Nuestro corazón estaría más lastimado si a nuestras angustias temporales se agregaran las que surgirían de un espíritu amargado por el remordimiento de ver que por nuestra culpa, a causa de mayores dilaciones, se perdieran millones de almas cuya salvación nos ha sido confiada.” [51]

  Entre la política y la pastoral, entre el respeto a las estructuras tradicionales y la innovación se dio en los años que hemos visitado la vida de la Iglesia. Las relaciones de alto nivel, las búsquedas de los creyentes y las polémicas intelectuales, son parte de una misma realidad: la Iglesia que está presente en el núcleo de los pueblos y que con acercamientos y tensiones se apega a las libertades esenciales más que a los privilegios. El paso de los siglos y los vaivenes de la política así como las mutaciones económicas y sociales han dejado, a pesar de todo, un “radical sustrato católico”[52] en la vida y cultura de los pueblos hispanoamericanos.

  En 1823, como quedó dicho, la Catedral Metropolitana de México fue escenario de un solemne ejercicio litúrgico en honor de los próceres de la emancipación. En 1910 el Papa Pío X envió al episcopado mexicano una carta alusiva al centenario y hubo solemnidades de recordar. El Pontífice escribió, después de repasar las asechanzas que consideraba que afligían a la comunidad cristiana en el mundo en el que vivía, esta reflexión: “…Porque la raíz de todos los bienes que, por favor divino, posee la nación mexicana, consiste en la fe y sabiduría cristianas, las que, no sólo protegen al hombre en el camino de la salvación eterna, sino que también influyen poderosamente en la misma prosperidad civil, como lo testifica la historia, vuestra debe ser la solicitud para que vuestros compatriotas conserven incorrupta la herencia que les legaron sus mayores. Mas la guardarán, con tanta mayor diligencia, cuanto más perfectamente la conocieren. Por tanto, queremos que, durante estos días, no sólo se prediquen en todas partes los preceptos y las enseñanzas de la fe, sino que también se establezcan algunas obras perpetuas, que sirvan para la instrucción cristiana del pueblo y principalmente de la juventud.” [53]

  Seguramente en muchas catedrales e iglesias grandes y pequeñas se celebró el centenario. Ha de haber forma de investigarlo, aunque no en la “Crónica oficial del Primer Centenario de la Independencia de México,” [54] y quizá tampoco en la revista “El Mundo Ilustrado.” Transcribo lo que prescribió el obispo de Tepic, Andrés Segura y Domínguez en ese punto: “…mandamos que en nuestra Santa Iglesia Catedral y en las parroquias de nuestra diócesis, se celebre el 16 de septiembre del presente año una misa solemne y un ejercicio vespertino; que después de la misa todos los fieles se consagren al Sacratísimo Corazón de Jesús…y a continuación se cante un Te Deum con las preces in gratiarum actione…y que el día 17 se celebre una misa, también solemne, por el eterno descanso de los egregios caudillos de nuestra independencia.” [55]

  La romanidad de la Iglesia, con su levedad y su peso, siguió y sigue presente en la comunidad católica mexicana e hispanoamericana. A este propósito escribí en julio de 1989: “…La ‘romanidad’…es un factor históricamente determinante para la unidad eclesial…para la Iglesia mexicana del siglo XIX significó una afirmación de identidad frente al regalismo que pretendió continuarse en el régimen independiente. Propició la formación de nuevas generaciones de obispos y sacerdotes, aunque también favoreció la dificultad de comprender el liberalismo, que en su expresión concreta mexicana, no equivalía al liberalismo de Francia o Italia, sufrido en carne propia por Pío IX y las Iglesias europeas.”[56]

 

Santa Fe, D.F., 15 de febrero de 2008.


 

[1] La “excomunión” de Hidalgo, La Jornada, 22 octubre 2007.

[2] Se publicó en un folleto de pequeño formato de 56 páginas con este largo título: Elogio fúnebre de los primeros héroes y víctimas de la patria que el 17 de septiembre de 1823 en la Iglesia Metropolitana de México, a presencia de una Diputación del Soberano Congreso, del Supremo Poder Ejecutivo, demás Corporaciones y Oficialidad, dijo el Dr. Francisco Argandar, Diputado por Michoacán. México 1823. Imprenta del Supremo Gobierno, en Palacio. Sobre el tema escribí un estudio analítico: Héroes bíblicos y héroes de la patria mexicana. Un sermón patriótico de 1823, en: Daniel Landgrave (coord.), Palabra no encadenada y  pro-vocativa, Universidad Pontificia de México, México 2005, 47-72.

[3] El obispo electo de Michoacán, Manuel Abad y Queipo firmó el documento de excomunión el 24 de septiembre de 1810. El 13 de octubre, los Inquisidores Apostólicos emitieron un decreto “contra la herética pravedad y apostasía” atribuida al “Bachiller Don Miguel Hidalgo y Costilla, Cura de la Congregación de los Dolores en el Obispado de Michoacán, titulado Capitán General del Ejército de los Insurgentes.” En él se exponen en su contra asuntos de fe y costumbres difícilmente probados y se extiende a los que apoyen su movimiento o traten con él de cualquier modo, la complicidad en el “crimen de fautoría,” pues “…vuestras ideas revolucionarias…se dirigen a derrocar el Trono y el Altar, de lo que no deja duda la errada creencia de que estáis denunciado y la triste experiencia de vuestros crueles procedimientos, muy iguales, así como la doctrina, a los del pérfido Luthero (sic) en Alemania.” (Impreso. Centro de Estudios de Historia de México CARSO, Fondo CCLXXXVII. Reproducción: Tesoros de papel. Documentos del Centro de Estudios de Historia de México CONDUMEX, Museo Soumaya / Centro de Estudios de Historia de México CONDUMEX, México 2006, 203).

 

 

[4] Aunque se trata de una definición extemporánea, la que da el Código de Derecho Canónico de 1917 es útil para la comprensión de un concepto histórico como el de Patronato: “…la suma de privilegios, con algunas cargas, que competen por concesión de la Iglesia a los fundadores católicos de iglesia, capilla o beneficio, o también a aquellos que tienen causa con ellos.” (Cánon n. 1448). Siguiendo analógicamente el modelo de las concesiones papales a los reyes de España para la “reconquista” de Granada y la evangelización en las Canarias, Alejandro VI (1492-1503), Julio II (1503-1513)León X (1513-1521) y sobre todo Adriano VI (1522-1523) extendieron el privilegio de ser patronos de las nuevas iglesias a la “conquista espiritual” en las Américas. El ejercicio del mismo fue dando forma a una especie de “iglesia nacional española” conforme la Corona consolidó la concentración de su autoridad. Al implantarse la dinastía borbónica a comienzos del siglo XVIII, los usos y teorías franceses (conocidos bajo el nombre genérico de galicanismo) radicalizaron la cuestión inhabilitando de hecho a la Santa Sede para su intervención en los dominios americanos. Una excelente y sintética introducción histórica al problema: León Lopétegui SJ, Introducción general a la ‘Historia de la Iglesia en la América Española’ en: León Lopétegui / Félix Zubillaga  SJ, Historia de la Iglesia en la América Española. Desde el descubrimiento hasta comienzos del siglo XIX. México. América Central. Antillas, (Biblioteca de Autores Cristianos (BAC) 248), La Editorial Católica, Madrid 1965, s.t. pp. 123-163. El seguimiento de los acontecimientos históricos relacionados con el Real Patronato: Pedro de Leturia SJ, Relaciones entre la Santa Sede e Hispanoamérica, vol. I: Época del Real Patronato, 1493-1800, (Analecta Gregoriana, 101), Pontificia Universidad Gregoriana / Sociedad Bolivariana de Venezuela, Roma / Caracas 1959. A pesar del tiempo que ha trascurrido, el mejor estudio sobre el tema continúa siendo: Antonio de Egaña SJ, La teoría del Regio Vicariato español de Indias,  (Analecta Gregoriana, 95), Pontificia Universidad Gregoriana, Roma 1958.

[5] Véase: Lopétegui, Introducción, 124.

[6]  La salida de los jesuitas de los territorios ibéricos afectó, desde luego, áreas muy sensibles de la vida social y cultural en América española y portuguesa. Su estancia en Europa modificó también la imagen que se tenía ahí del Nuevo Mundo. Un interesente relato sobre la ruta de la expulsión: Benno Francisco Ducrue, Relatio expulsionis Societatis Iesu ex provincia mexicana et maxime e California, anno 1767. Texto latino con traducción al inglés, introducciones y notas: Ernest J. Burrus SJ, Ducrue’s account of the expulsion of the Jesuits from Lower California (1767-1769), (Sources and Studies for the History of  the Americas, 2) Jesuit Historical Institute / Saint Louis University, Rome / Saint Louis (Missouri, U.S.A.) 1967. Estudios reunidos sobre su impacto en Europa: Manfred Tietz (ed.), Los jesuitas españoles expulsos. Su imagen y su contribución al saber sobre el mundo hispánico en la Europa del siglo XVIII, (Bibliotheca Ibero-Americana, 76), Vervuert / Iberoamericana, Frankfurt am Main / Madrid 2001.

[7] La invasión napoleónica y el vacío de poder que significó para los pobladores de la península y desde luego para los americanos, continúa siendo un punto fundamental y sólido para la comprensión de las trayectorias hacia la independencia en América. Véase: Roberto Breña, El primer liberalismo español y los procesos de emancipación de América, 1808-1824. Una revisión historiográfica del liberalismo hispánico, El Colegio de México, México 2006, s.t. 73-83.

[8] Fue publicada originalmente en Lagos de Moreno en 1888. He utilizado la edición (que contiene un prólogo y una biografía del autor escrita por Alfonso Toro en 1916), de la Comisión Nacional para las conmemoraciones cívicas de 1963, México 1963, 247. A  propósito de Hidalgo y Abad y Queipo, Rivera le dirigió al último este apóstrofe: “… Mas ¡oh dolor!, llamado a desempeñar una alta misión social en pro de la patria, llamado a la inmortalidad, una vil pasión te hizo morir teniendo en la cabeza de tu cruz, de la cruz común a la humanidad, este INRI, este padrón de infamia: Traidor a su conciencia, excomulgó a Hidalgo.” Id., 936. Sobre el Padre Rivera, sus obras y estilo, dijo Emeterio Valverde y Téllez: “…Agrádanos sobremanera el estilo cáustico; estimamos el grande valor y especial eficacia de la sátira, para desterrar preocupaciones y abusos, así como para inculcar ideas y sentimientos; pero en tal copia de escritos sería exagerado suponer que siempre se adunan el acierto, la discreción, la imparcialidad y el derecho de gentes que sería la urbanidad de la guerra…Suponemos la más recta intención en el Sr. Dr. Rivera a favor de su patria y de la humanidad, por eso nos atrevemos a desear que el cauterio de su fecunda pluma se aplicase también a los gravísimos vicios de la dominación liberal en México y en casi todas las naciones de sangre latina.” (Crítica filosófica o Estudio bibliográfico y crítico de las obras de filosofía escritas, traducidas o publicadas en México desde el siglo XVI hasta nuestros días, México 1904, 395s.) Una introducción breve a su persona y obra: Sergio López Mena, Agustín Rivera: historiador, canónigo y juarista, La Jornada Semanal, 18 noviembre 2001.

[9] Relaciones entre la Santa Sede e Hispanoamérica. 1493-1835. Vol. II: Época de Bolívar. 1800-1835., (Analecta Gregoriana, 102), Pontificia Universidad Gregoriana / Sociedad Bolivariana de Venezuela, Roma / Caracas 1959, 17s. La fórmula del juramento fue la siguiente: “Juro por el Dios de mis padres, juro por ellos, juro por mi honor y juro por la patria, que no daré descanso a mi brazo ni reposo a mi alma, hasta que haya roto las cadenas que nos oprimen por voluntad del poder español.” Id., 18.

[10] Esta temática ha sido dada a conocer en dos estudios que en la actualidad pueden considerarse clásicos: Pierre Blet SJ, Les assemblées du clergé et Louis XIV de 1670 à 1693, Università Gregoriana Editrice, Roma 1972, para conocer la situación entre el absolutismo regio y la Iglesia durante el Antiguo Régimen y: André Latreille, L’Église catholique et la Révolution Française, 2 vols., Cerf, Paris 1970. (Cuidadoso análisis de los acontecimientos y las cuestiones suscitadas tanto en la etapa anárquica como en la napoleónica.) Aportaciones recientes al estudio de la época, sus planteamientos problemáticos y sus soluciones: Jacques-Olivier Boudon, Napoléon et les cultes. Les religions dans l’Europe à l’aube du XIXe siècle.1800-1815, Fayard, Paris 2002.

[11] Leturia, II, 22.

[12] Id., 78. (76-80). Las cursivas se encuentran en la trascripción aquí citada.

[13] Id., ib.

[14] Trascripción en: Miguel Acosta Saignes, Antología de Simón Bolívar, (Biblioteca del Estudiante Universitario, 104), Universidad Nacional Autónoma de México, México 1981, 254s. (253-255)

[15] Leturia, II, 87. Véase: 83-87

[16] José Gil Fortoul, Historia constitucional de Venezuela, vol. I, Caracas 1930, 505. Citado en: Leturia, II, 87.

[17] Id., 88s.

[18] Documento en el Archivo de la Embajada española en Roma. (Actualmente en el Ministerio de Relaciones Exteriores, Madrid) Núm. 918, cuaderno 5. Citado por Leturia, II, 90. Énfasis mío.

[19] Id., ib.

[20] Id., 91.

[21] Id., 92, nota 30, citando a F. Blanco y R. Azpurúa, Documentos para la historia de la vida pública del Libertador de Colombia, Perú y Bolivia, vol. V, Caracas, 1875-1878, 272.

[22] Las polémicas periodísticas son, en esta época, muy importantes para la formación de lo que ya se llamaba opinión pública. Entre la bibliografía existente puede verse: Roberto Castelán Rueda, La fuerza de la palabra impresa. Carlos María de Bustamante y el discurso de la modernidad, 1805-1827, Fondo de Cultura Económica / Universidad de Guadalajara, México 1997 y la tesis de doctorado en historia de Miguel Ángel Hernández Fuentes, Discusión religiosa en el espacio público mexicano, 1812-1827, Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora, México 2007.

[23] He tenido a la mano la edición facsimilar que se publicó junto con las de la Carta pastoral de Abad y Queipo y ejemplares de los periódicos Semanario Patriótico Americano y El Ilustrador Americano (Sociedad Mexicana de Bibliófilos, México 2006).  En la edición que utilizo, se encuentra, además de parte del Manifiesto impresa en El Ilustrador, un manuscrito que contiene el mismo, “…escrito por el rebelde Dr. D. José María Cos,” y el “extracto de la impugnación que ha hecho…el P. Fray Diego de Bringas, con algunas reflexiones críticas sobre el mérito de esta obra.” Original en el archivo del Centro de Estudios de Historia de México CARSO. (Ms. En papel sellado: FERDIN(ANDUS) VII D(EI) G(RATIA) HISP(ANIAE) ET IND(ORUM) REX, AÑOS DE MIL OCHOCIENTOS Y ONCE Y MIL OCHOCIENTOS Y DOCE. Resellado: …AÑOS DE 1812. 1813. En el primer folio se indica: “Enero. 1812.” María Cristina Torales dice: “…En desacuerdo con la causa de Hidalgo, [Cos] acudió a Sultepec a instancias del XI Conde de Santiago en busca de los insurgentes con miras a procurar una conciliación entre los novohispanos. Ya en ese real fue seducido por la causa insurgente y el 16 de marzo de 1812 publicó su Manifiesto de  la Nación Americana, en el periódico que él mismo produjo, El Ilustrador Americano.” (Presentación e introducción, 14).

[24] Manifiesto,  n. 22.(Sin paginación. Los folios están numerados a partir del 11.)

[25] Rusticatio Mexicana, (Por los campos de México) Ed. bilingüe latín-español de Octaviano Valdés, Jus, México 1965.

[26] Manifiesto, nn. 30-33.

[27] Id., n. 53.

[28] N. 64.

[29] “Capellán del Regimiento de San Carlos y Guardián del Colegio de Misioneros de Propaganda Fide de la Santa Cruz de Querétaro.” (Manifiesto, fol. 1r.)

[30] Folio 18 v.

[31] 18 r.

[32] 19 v. 20 v. Esta posición del franciscano exhibe su ignorancia acerca de las discusiones en el siglo XVI sobre el dominio de los reyes españoles en América llevadas adelante sobre todo por Fray Francisco de Vitoria, Fray Bartolomé de Las Casas y Fray Alonso de la Vera Cruz. Véase, p. e: Lopétegui, Introducción, 123-129. Alberto Carrillo Cázares, El debate sobre la guerra chichimeca, 1531-1585. Derecho y política en Nueva España, 2 vols., El Colegio de Michoacán / El Colegio de San Luis, 2000. Fray Alonso de la Vera Cruz, Sobre el dominio de los indios y la guerra justa, (Roberto Heredia, ed.), UNAM- Facultad de Filosofía y Letras, México 2004.

[33] Manifiesto, 20 r.

[34] El primero sin fecha (probablemente el domingo 19 de julio de 1812) y los números 3 y 4, fechados los domingos 2 y 9 de agosto. Edición facsimilar, Sociedad Mexicana de Bibliófilos, 2006. En ésta no se incluye el núm. 2.

[35] Semanario Patriótico Americano, n. 3. 2 agosto 1812, p. 30.

[36] Id., 27.

[37] Id., 40.

[38] Teólogo dominico de la Escuela de Salamanca muerto en 1560. Participó activamente en las discusiones de su tiempo acerca de las potestades pontificias y reales así como sobre las guerras de conquista y la justicia en las guerras. Su obra principal fue De Locis Theologicis (Los lugares teológicos) publicada de manera póstuma en 1563. Un acercamiento a la problemática jurídicoteológica de la época en relación con Hispanoamérica: Josep Ignasi Saranyana (dir.) Teología en América Latina. Vol. I: Desde los orígenes a la Guerra de Sucesión (1493-1715), Iberoamericana / Vervuert, Madrid / Frankfurt am Main 1999.

[39] Semanario, 33s.

[40] Ed. facsimilar, Sociedad Mexicana de Bibliófilos, México 2006. En total el documento cuenta con 118 páginas, las 68 primeras de la Carta y sus Notas.

[41] P. 2.

[42] P. 32.

[43] En su clásico libro sobre el reformador, expone Lucien Fevbre: “…Los campesinos dicen: ‘Tenemos razón y ellos (los terratenientes) no. Somos oprimidos y ellos son injustos.’ Posiblemente. Lutero va más lejos. Dice: lo creo. ¿Y qué? ‘Ni la maldad ni la injusticia justifican la rebeldía.’ El Evangelio enseña; ‘No resistáis al que os hace daño; si alguien te pega en la mejilla derecha, pon la otra.” ¿Lutero ha sacado alguna vez la espada? ¿Ha predicado la rebeldía? No, sino la obediencia. Y precisamente por eso, a despecho del Papa y de los tiranos, Dios ha protegido su vida y favorecido los progresos de su Evangelio. Los que ‘quieren seguir a la naturaleza y no soportar ningún daño’ son los paganos. Los cristianos no combaten con la espada o el arcabuz. Sus armas son la cruz y la paciencia. Y si la autoridad que los oprime es realmente injusta, pueden estar sin temor: Dios les hará expiar duramente su injusticia. Mientras tanto, que se dobleguen y sufran en silencio.” (Martín Lutero. Un destino, (Breviarios, 113), FCE, México 1972, 225. La primera edición francesa es de 1927). Llama la atención cómo Abad y Queipo acudió al ejemplo del “heresiarca” Lutero y a su doctrina pacifista evangélica para descalificar a los insurgentes.

[44] Pp. 49s. Las letras cursivas están en el original.

[45] Semanario, s.f. (¿19 de julio de 1812?), 2.

[46] Carta pastoral, 83s.

[47] Semanario, n. 4, 9 de agosto de 1812, 45s. Con el título de “Congreso de hombres talentosos” nomina a la Junta de Zitácuaro. A ella la llama Abad y Queipo: “la ridícula junta nacional” y a tres de sus miembros, Rayón, Liceaga y Verduzco, “…herejes dogmatizantes…heresiarcas separados de la Iglesia católica y jefes de otra cismática y diabólica.” (Carta pastoral, 39).

[48] Carta pastoral, 108s.

[49] Véase al respecto mi estudio que en su primera versión fue tesis doctoral (Universidad Iberoamericana, México 2005): Un obispo en la polémica. Clemente de Jesús Murguía y el incipiente liberalismo de Estado en México, principalmente el capítulo III, Fuentes galicanas del liberalismo mexicano, en prensa.

[50] María Cristina Torales, Presentación e introducción, Carta Pastoral, 19. Con citas de García Icazbalceta, Biografías y de Alamán, Historia de Méjico, Apéndices.

[51] Texto original conservado en el Archivo Histórico Nacional, Madrid, Estado 5779, caja 2, antecedente 43. Publicado en: Alfonso Alcalá Alvarado, Una pugna diplomática ante la Santa Sede. La restauración del episcopado en México, 1825-1831, (Biblioteca Porrúa, 35) Porrúa, México 1967, 382s. (Texto en italiano; traducción mía). Una bibliografía mínima para seguir las largas negociaciones de los gobiernos hispanoamericanos, además de Leturia y Alcalá: Luis Medina Ascencio, México y el Vaticano, vol. I: La Santa Sede y la emancipación mexicana, Jus, México (2) 1965, Roberto Gómez Ciriza, México ante la diplomacia vaticana. El período triangular, 1821-1836, FCE, México 1977, Carlos Bosch García, Problemas diplomáticos del México independiente,  UNAM-Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, México (2) 1986, Alfonso María Pinilla Corte, Del Vaticano a la Nueva Granada. La internunciatura de Monseñor Cayetano Baluffi en Bogotá, 1837-1842, primera en Hispanoamérica, Biblioteca de la Presidencia de la República, Bogotá 1988.

[52] III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, Puebla 1979, n. 7.

[53] A nuestros Venerables. Hermanos los Arzobispos y Obispos de la República Mexicana, Roma, 23 de febrero de 1910. Documento inserto en: Sexta Carta Pastoral que el Obispo de Tepic [Andrés Segura y Domínguez] dirige a sus diocesanos con ocasión del centenario de la proclamación de la independencia nacional, Tepic, Tipografía de Sr. S. José a cargo de M. Navarro, abril de 1910. (La carta del Papa: pp. 18-21. La cita, 19).

[54] Genaro García (dir.)…Talleres del Museo Nacional, México 1911. (Ed. facsimilar, Centro de Estudios de Historia de México CONDUMEX, México 1991).

[55] Id., 21-

[56] Nuestro destino nacional: de la ambigüedad a la definición, en: Tensiones y acercamientos. La Iglesia y el Estado en la historia del pueblo mexicano, Instituto Mexicano de Doctrina Social Cristiana, México 1990, 94.