LOS DESFILES Y LOS COHETES PASARÁN.

 

MIRADA REFLEXIVA A NUESTRO BICENTENARIO

 

Manuel Olimón Nolasco.

Párroco de Nuestra Señora de la Asunción, Jala, Nayarit, Diócesis de Tepic.

  Doctor en Historia

 

 

Para el número especial del semanario “Desde la fe” de la Arquidiócesis de México, 12 de septiembre de 2010

  La inminencia de la fecha conmemorativa de los doscientos años del comienzo del movimiento que en la antigua Nueva España condujo a la independencia y a la integración de una nacionalidad, nos ha acarreado una carga emotiva más fuerte que la normal. Y no creo que la razón de ese estado de ánimo sean los desfiles y los cohetes que darán luz y sonido peculiares al 15 y 16 de septiembre de este 2010. La razón –así creo y espero—es  que si en verdad nos consideramos hijos de esta nación mexicana la llegada de estos días no puede dejarnos indiferentes o con una impresión superficial.

  Para que esto sea así, no obstante, hace falta echar una mirada al paso de dos siglos con ánimo reflexivo, tratando de dar respuesta a preguntas que, a partir de signos que sin duda estarán de alguna manera presentes en este septiembre podrán abrirnos ventanas desde las que el asomo al pasado nos dará también una perspectiva de futuro.

 

¿La patria nació de un grito?

   De tal modo se ha evocado año con año un grito que pudo haberse dado o no en Dolores en 1810 que sus frases (que incluyeron, por ejemplo, en el tiempo del presidente Luis Echeverría un: ¡Viva el Tercer Mundo!) se han adaptado de acuerdo a las políticas en boga.

  Si de algún grito pudo tratarse en las décadas postreras del virreinato fue el que dieron en silencio los que se sintieron agraviados con el despótico decreto de expulsión de los jesuitas que eran padres de generaciones de jóvenes preparados en una cultura abierta y generosa y de indígenas de remotas sierras y semidesiertos. El que dieron los habitantes de tierras fértiles que vieron de pronto que advenedizos llegados de España se llevaron a muchos de ellos como peones a las minas. El que dieron quienes se vieron cargados de impuestos para pagar con ellos inútiles y sangrientas guerras en el continente europeo. El que dieron las monjas en sus recogidos monasterios al tener que hacer a la corona española préstamos forzosos que sabía que no iban a ser pagados.

  Esos gritos, nacidos de agravios concretos, prepararon a una nación que se sentía y sabía cobijada bajo el manto de la Madre de Guadalupe para tener conciencia de su mayoría de edad y de que había que ser libres.

  ¿No habrá en los tiempos que corren también gritos que en silencio pero no en pasiva resignación saldrán de los corazones de migrantes, víctimas de la violencia, oprimidos por la pobreza o marginados de la cultura? Seguramente sí. Momento es éste, creo, de descubrirlos y de darles, desde la fe cristiana que ha de transformarse en caridad actuante, caminos de crecimiento y madurez, de conciencia de formar parte de un pueblo que lleva en su corazón tesoros de valor incalculable que no pueden quedar encerrados. Santa María de Guadalupe sigue ahí acogiéndonos en su regazo.

 

  ¿Tres colores sin significado ni profundidad?

  En dulces y chiles en nogada y hasta en sombreros de ridículo tamaño nos encontramos en estos días con los colores patrios: el verde, el blanco y el rojo. Por todas partes ondea la enseña tricolor.

  Pero, ¿no cabria realizar una tarea de reflexión sobre lo que en ellos quisieron dejar impreso los próceres que en 1821 y de lo que podría decirnos hoy y mañana?

  Observando los documentos fundacionales de México y algunos dibujos alegóricos de esas fechas del amanecer patrio se trata de las “tres garantías”, es decir las tres columnas que habían de garantizar la vida de una nación aún niña.

  En un primer nivel de profundidad son: la independencia de cualquier otra nación o potencia (el verde); la religión católica, timbre fundamental de identidad (el blanco) y la unión de sangres entre españoles y americanos (el rojo).

  En un segundo nivel son nada menos que las virtudes teologales: la esperanza, la fe y la caridad, base formativa de la solidez no sólo de un pueblo que conjunta a hermanos, sino que se fortalece desde el amor fontal (fuente del amor) del Padre al que invocamos en la oración que nos enseñó Jesucristo: el Padre Nuestro. Se trata de un apunte hacia la solidez de un pueblo bautizado y por tanto invitado a trazar caminos concretos de seguimiento de Cristo.

  Tiempo es el de estos días bicentenarios para volver a encontrar significado y profundidad en la enseña tricolor que ondea y ondeará con entusiasmo sobre ciudades y campos. Y de preguntarnos: ¿qué hemos hecho y qué haremos de las garantías en que se fundó nuestra nación? Y sobre todo: ¿qué hemos hecho y qué haremos del dinamismo de nuestro bautismo?

  En el evangelio reconocemos esta impactante frase de Nuestro Señor: “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán.” Podemos --guardando desde luego las proporciones-- expresar: “Los desfiles y los cohetes pasarán; las palabras fundadoras de nuestra identidad no pasarán.”

  Este es mi mejor deseo y mi plegaria.