UN CASO DE CONCIENCIA

Los argumentos de José María Cos frente al Cabildo de la Catedral de México. 1812.

 

Manuel Olimón Nolasco.

Universidad Iberoamericana.- Departamento de Historia.

 

Ponencia presentada en el Congreso Internacional

“La guerra de conciencias: Monarquía o independencia en los mundos hispánico y lusitano,”

Tlaxcala, 9 de septiembre de 2009.

“La gloria del hombre bueno está puesta en el testimonio de su buena

 conciencia.” (Tomás de Kempis, De la imitación de Cristo, Libro III, VI, 1.)

 

 1.-  José María Cos y los vaivenes de su vida.

  No siempre la congruencia acompaña el paso de la vida de los hombres, sobre todo cuando los hechos que la historia registra se precipitan en un alud tal que cimbran las ideas y la ponderación de los juicios sobre acontecimientos y personas.

  De tal índole fue la línea vital que se marcó en el Doctor José María Cos y Pérez al paso de los años turbulentos de 1811 a 1817, los del crepúsculo de la Nueva España.[1]

  Titubeante acerca de tomar el sendero de la opción por la emancipación americana, fue pronto no sólo atraído por quienes la buscaban por la vía militar, sino que puso al servicio de la causa su sólida preparación teológica y jurídica reforzada por la innata agilidad de su pluma y  la agudeza y aún exceso en su uso a la hora de calificar conductas y repartir epítetos. Sin embargo, quizá por la confusión que tuvo en su propio interior, pues uno de sus contemporáneos, casi siempre atinado en sus observaciones hizo alusión a su “[…] carácter altivo y tenaz y [a que era] muy inclinado a entrar en cuestiones de derecho en las que no economizaba dicterios a sus contrincantes”,[2]  entró en severo conflicto con los jefes insurgentes y con palabras más bien humillantes solicitó indulto al gobierno español que había considerado ilegítimo.[3] No es, sin embargo, ni remotamente, la intención de estas páginas penetrar en las cuestiones psicológicas o los vaivenes de la conciencia individual de este personaje, sino tocar en un punto concreto, de especial penetración intelectual, su participación en la “guerra de las conciencias” que tuvo lugar en ese tiempo de tanta densidad y conmociones como fue el del escenario de la búsqueda de los caminos de la emancipación americana.

  La obra de nuestro aludido es vasta y corre por las sendas de apertura que se transitaron en la segunda parte del siglo XVIII en ambientes eclesiásticos de ambos márgenes del Atlántico. Su inclinación crítica frente a la filosofía escolástica, la búsqueda de apoyo en la filosofía moderna y en el seguimiento racional en la solución de los problemas, lo sitúa entre los personajes que, desde el campo de las ideas, representaron una posición diferente y buscadora de soluciones al lado y no pocas veces enfrentados a la común aceptación acrítica y pasiva de las complejas e inéditas situaciones que el paso de los días presentaba en esa singular etapa de la historia. Esta característica del talante intelectual de Cos hizo que, sin demasiada complejidad, se identificara con los antecedentes reformadores que latían en la trayectoria intelectual de Don Miguel Hidalgo, cuyas fuentes iban mucho más allá del reciente entonces enciclopedismo francés: el dominico Melchor Cano, el benedictino Benito Jerónimo Feijóo y, en las cercanías mexicanas, el oratoriano Juan Benito Díaz de Gamarra. Una posición, pues, que tenía ya una cierta tradición y que de ninguna manera podía calificar de diletantes a sus cultivadores.[4]

  Sin duda, Cos llegó a formar parte de este recio tronco intelectual a partir de que se juntaron en su persona las inquietudes propias de un buscador de respuestas con la formación y horizontes amplios que recibió en el Seminario de Guadalajara, a donde también habían llegado vientos de renovación.

  Sus intervenciones públicas, realizadas al fragor de la lucha y, por consiguiente, portadoras del fulgor de una tea encendida, fueron impresas en rudimentarias prensas, distribuidas mediante volantes pasados de mano en mano, colocados en esquinas de calles pueblerinas o dadas a conocer por medio de la suscripción a periódicos insurgentes que encontraban infinitos obstáculos para llegar a su destino. Defendieron la causa de la emancipación americana con ardor, polemizaron con altos dignatarios eclesiásticos y frailes realistas y le dieron plena carta de ciudadanía a los periódicos como medio de difusión, comunicación y polémica. El Ilustrador Americano impreso “en la imprenta de la Nación” en el Real de Sultepec en 1812, su sucesor el Ilustrador Americano y su segundo sucesor el Semanario Patriótico Americano, levantaron polvaredas y atizaron furias pero, no cabe duda, también obtuvieron que más de una mente lúcida, tanto en América como en Europa, descubriera la justicia de la causa de la emancipación de las hijas de España ya mayores de edad.[5]

  2.- Un documento fundamental y su contexto.

  Dada la extensión que tienen los escritos del Doctor Cos y el número de temas de interés que a partir de ellos pueden elaborarse, he escogido sólo uno, que nos conduce a penetrar en la filosofía y el derecho público eclesiástico tanto en su aspecto legislativo como en el de su praxis, que fueron puestos de manera recta aunque audaz al servicio de la atención pastoral a los fieles que no podían ser dobles víctimas en una guerra: de la violencia y el desorden públicos y además, del olvido de las necesidades de su fe y práctica religiosa que los llevarían a ser tratados, en la práctica, como paganos o infieles. Se trata de la Refutación del Doctor Cos al edicto en que el Cabildo Eclesiástico de México fulminó varias censuras en su contra de diciembre de 1812.[6] Después de leer los cincuenta y nueve documentos publicados por Ernesto Lemoine en la antología de Cos, es el que me pareció más apto para una incursión preliminar a una veta que ofrece muy buenas perspectivas para la investigación.

  La presente investigación, pues, se limita a hurgar en el texto y contexto de ese documento,  emitido durante los años en que el movimiento insurgente buscó por medio de la Junta Suprema establecida en Zitácuaro a iniciativa de Ignacio López Rayón el 19 de agosto de 1811[7] en la que fue nombrado presidente él mismo y vocales José María Liceaga[8] y el Doctor José Sixto Verduzco, párroco de Tusantla (o Tuzantla) en el obispado de Michoacán[9], no sin problemas, organizarse como un gobierno estable que atendiera “[…] al buen orden, subordinación y utilidades de nuestras tropas, al sistema económico y legítima aplicación de los caudales nacionales y a la recta combinación de planes de ataque, en común aprovechamiento.” E igualmente, que sirviera de muro de contención a las posibilidades, no muy lejanas de la realidad de que sobreviniese “[…] la más funesta anarquía, el desorden, la confusión, el despotismo y sus consecuencias necesarias.” Los vocales que formaron parte de la Junta serían quienes “[…] llenen el hueco de la soberanía.”[10]

  En el tiempo de referencia, además, la “sombra” de Fernando VII cobijaba aún, si bien no en privado sí en público, las acciones de la Junta mexicana  y le otorgaba legitimidad sobre todo a los ojos de los dubitantes.[11] Para los miembros de ella y para las consecuencias que debían seguirse de modo lógico y natural,  se desconocía a la Junta Suprema establecida en territorio de la península y había que darle a sus actos la condición de nulidad jurídica y práctica. De esta manera, los nombramientos episcopales que hubiesen sido realizados por la Junta española y estuvieran esperando la confirmación de la Santa Sede (como el del electo para Michoacán Manuel Abad y Queipo),[12] no tenían valor. Asimismo, habría que desear y esperar que los cabildos de las diócesis novohispanas se adhirieran a la Junta, estuvieran persuadidos de que eran más bien los españoles peninsulares quienes se encontraban inficionados del anticlericalismo y la irreligiosidad propia de los franceses y concordaran con ella la concesión o la limitación de facultades eclesiásticas así como la posibilidad de enajenar en algunos casos lo recolectado en forma de diezmos.[13]

  No obstante, la manera como los cabildos actuaron a la hora de enterarse de la presencia y acción e incluso de los intentos de diálogo de los eclesiásticos que se encontraban con la insurgencia, fue de considerarlos en la práctica, fuera del seno de la Iglesia. Y aunque los pretextos políticos pesan mucho en los actos de los citados cuerpos colegiados y existen serias exageraciones a la hora de calificar a los sacerdotes insurgentes como “herejes y apóstatas” de la fe ortodoxa, el hecho de que un pastor de almas tomara en sus manos las armas, formara parte o encabezara una hueste y derramara sangre sí era condenable de acuerdo a los decretos del Concilio de Trento[14] y al mismo sentido de la vocación sacerdotal, pues no podía dejar de considerarse tal conducta como delictiva. Es conocido el Edicto de excomunión a Miguel Hidalgo emitido el 24 de septiembre de 1810 por “[…] Don Manuel Abad Queipo, canónigo penitenciario de esta santa Iglesia, obispo electo y gobernador de este obispado de Michoacán” que fue enviado por el prelado al Virrey Francisco Javier Venegas ese mismo día con la siguiente indicación: “[…] viendo la facilidad con que seduce los pueblos, me ha parecido medio conveniente y justo excomulgarlo…”[15] A él siguió, el 13 de octubre, otro decreto del tribunal de la Inquisición en que se le calificaba de “[…] hombre sedicioso, cismático y hereje formal” y se le achacaba que “[…] vuestras ideas revolucionarias…se dirigen a derrocar el Trono y el Altar, de lo que no deja duda la errada creencia de que estáis denunciado y la triste experiencia de vuestros crueles procedimientos, muy iguales, a los del pérfido Luthero en Alemania.”[16] Menos conocido es el documento que firmó el Doctor José Mariano Beristáin en su calidad de Secretario de Gobierno del cabildo metropolitano de México el 2  de diciembre de 1811 contra el Bachiller José Manuel Correa, párroco de Nopala, que fue motivado por los partes militares del Teniente Coronel José Andrade al Virrey Venegas y emitido después de que el canónigo José Sánchez, promotor fiscal del arzobispado solicitó una reunión plenaria del cabildo, que gobernaba sede vacante a causa de la muerte reciente del arzobispo Lizana y Beaumont para actuar contra el sacerdote. Ahí se indica la causa: “[…] por los escandalosísimos crímenes de traición al Rey y a la Patria e insubordinación a la potestad eclesiástica, en que ha sido contumaz, declarándose jefe y cabecilla de ladrones y asesinos y cometiendo los más atroces y públicos delitos, ha venido a declarar, como declara, por público excomulgado al citado Bachiller…y en su consecuencia, manda se fije por tal, como al presente se hace, en todas las iglesias de esta ciudad y arzobispado.”[17]

   3.- Las razones de una posición.

  Las anteriores citas hacen que no resulte sorpresiva la invectiva que los canónigos de la catedral metropolitana de México lanzaron contra Cos y otros clérigos que se encontraban en el bando insurgente el 30 de junio, que fue publicada en el Diario de México el 7 de julio de 1812, en términos muy parecidos a la dirigida contra Correa algún tiempo antes.[18] En el edicto correspondiente se hacía mención a que Cos, por medio de facultades que había obtenido de manera inválida como Vicario Castrense, “[…] procedió a remover a varios curas de sus respectivas parroquias, a prender y confinar a presidio a algunos eclesiásticos y a conceder dispensas matrimoniales.”[19] Asimismo, este documento se declaraba que los actos que se hubiesen realizado eran “[…] nulos y atentatorios, sujetos a revalidación de los matrimonios hechos por los curas intrusos e incursos en las censuras y excomuniones fulminadas por el derecho canónico el mismo Doctor Cos y todos los eclesiásticos que hubiesen ejercido cualquier acto de jurisdicción que no hubiese emanado del cabildo.”[20] El 3 del mes citado había sido hecho público también un edicto del Cabildo en el cual se prohibía la lectura y difusión del periódico Ilustrador Nacional destacando sobre todo que “[…] en el número 5 de dicho periódico vil se han estampado contra la persona, probidad y religión del Excmo. Señor Virrey de este Reino, cuyo nombre, según que representa a la Majestad verdaderamente legítima y soberana del Señor Don Fernando VII, debe ser religiosamente venerado por los hijos de esta Iglesia de Jesucristo y cuyas virtudes políticas, cristianas y religiosas, especialmente la prudencia, la dulzura y la piedad, sólo no confiesan los que se han apartado de sus deberes.”[21]

  Don José María Cos dio una respuesta vehemente y bien elaborada al edicto descalificatorio del cabildo de la ciudad de México. Comenzó  insistiendo en lo que en su Manifiesto y Plan de Guerra del 16 de marzo había sostenido, basado en doctrina impecable y usando además del sentido común: “[…] que los tribunales eclesiásticos deben contenerse dentro de los límites de su inspección sagrada y no entrometer sus armas espirituales en asuntos temporales que están ventilándose entre dos partidos opuestos, exponiendo sus censuras a la mofa y desprecio del pueblo, cuyo solo motivo es suficiente, en sentir de los teólogos y canonistas, para que los jueces eclesiásticos se abstengan de imponerlas, aun en el caso de haber delitos calificados sobre que recaigan.”[22] La alusión que hace en esas líneas al “sentir de los teólogos y canonistas” no es burda, sino que orienta la conciencia moral a partir de las consecuencias del escándalo, el desprestigio posible de la autoridad y la doctrina acerca del “mal menor.”

  Continuó su alegato con una respuesta a los cargos de que él había violentado a algunos eclesiásticos y que se había arrogado facultades que no le correspondían para remover párrocos, dar nombramientos y emitir dispensas matrimoniales. Los conceptos son precisos y elaborados, conocedores del derecho y requieren cuidadoso acercamiento: “[…] El venerable cabildo…se equivoca torpemente en creer que yo he dictado órdenes y providencias contra los eclesiásticos, mandándolos aprisionar públicamente y conducirlos con estrépito e ignominia a las cárceles, presidios y arrestos. Una de las causas que más nos recomienda en el mundo americano, es el respeto y veneración con que siempre han sido mirados los eclesiásticos…[Sin embargo], los sagrados deberes que nos impone la gloriosa carrera que hemos emprendido, nos autoriza para quitar los estorbos embarazosos a la consecución del objeto que nos hemos propuesto. Este derecho natural y divino prefiere a toda institución eclesiástica; y si quisiésemos sostenernos sobre los mismos principios que nuestros enemigos, pretenderíamos estar autorizados para cometer los mismos atentados, removiendo a los curas de sus feligresías y encargándolas a otros…

  “Es igualmente falso que se haya celebrado matrimonio alguno sin presencia del propio párroco o con dispensa dimanada de la Vicaría General Castrense. El existir en el arzobispado o en otra diócesis y el celebrar las órdenes sagradas, es consecuencia necesaria de la injusticia con que nuestros opresores nos hacen la guerra, y de los derechos incontestables, divinos y humanos, que nos autorizan para sostenernos contra ellos.”[23]

  Enseguida considera que el edicto, que parte de supuestos no probados y a causa de no haber respetado el derecho de que el acusado sea oído, “[…] es de ningún valor e injusto por su naturaleza. Es indispensable que un tribunal sufra claridades amargas cuando sin oír al que juzga reo lo condena. Ni el venerable cabildo, ni nadie, puede dispensar en esta obligación atropellando el derecho natural…” Y en directa alusión a la narración bíblica del Génesis (3, 8-20) donde el propio Dios interrogó a Adán y a Eva antes de condenarlos, Cos alegó: “[…] el mismo Dios no quiso desentenderse en la causa de los primeros pecadores.”[24] A propósito de esta grave falta del tribunal, que “[…] en la América y acaso en toda la monarquía española, no se había visto hasta ahora ejemplar de una causa pública o particular en que se procediese sin oír al interesado…¿Puede hacer un juez lo que Dios no hizo con el primer pecador..? ¿Puede condenarlo no estando los delitos calificados?”[25]

  Pasa a observar la relación entre los procedimientos del tribunal eclesiástico y el fondo de la causa que se juzga: la emancipación y la validez de la Junta nacional: y compara, en detrimento de la posición de los realistas, trayendo a colación su conducta poco apegada a la moral y aun las reglas comunes de trato y comparándola con la que sostienen los insurgentes“[…] sería indispensable demostrar que ésta era inicua, que la justicia residía en el partido opuesto y que el modo de sostener éste es conforme a los principios de la religión, de equidad natural y a las leyes civiles. Porque si la causa de los americanos es justa y para sostenerla tienen que contrincar con sus antagonistas, cuya conducta es antirreligiosa, inmoral y opuesta a los derechos más sagrados, los medios de que aquéllos se valen para sus pretensiones, deducidos del fondo de la misma verdad y justicia, todos son honestos.”[26]

  No era extraño que le llamara la atención que el cabildo metropolitano de México, sin jurisdicción fuera del territorio de la arquidiócesis de ese nombre, se arrogara facultades para imponer censuras a quienes como él y otros, no estaban incardinados a esa arquidiócesis. El abuso, claramente identificable como partidismo político, era patente. El argumento de respuesta, pues, es contundente: el fiscal y el cabildo de la arquidiócesis de México carecen de autoridad sobre su persona, pues él forma parte de la Iglesia particular de Guadalajara. Preguntó: “[…] ¿Reside en el cabildo facultad bastante respecto de los individuos de extraña diócesis para declarar censuras? O ¿debe sólo denunciarlos a su legítimo prelado para que éste lo haga con previo examen de la causa y con todas las formalidades prevenidas por el derecho?...Mi diocesano, el de Guadalajara,[27] es demasiadamente circunspecto para violentarse en asuntos serios sin todas las formalidades previas que se requieren, y es otra cuestión que debió resolver el promotor de México.”[28]

  Insiste, siguiendo la doctrina moral que apunta a que no puede actuarse contra una causa sobre cuya justicia hubiera duda, bastaría que ésta –la sostenida por los insurgentes--: “[…] fuese dudosa para que se abstuviesen los prelados de fulminar censuras, hasta averiguar en cuál de los dos partidos se halla la verdad.”[29]

  A partir del párrafo siguiente de la Refutación, el Padre Cos entra al meollo de la situación y anuda a su favor el lazo de la polémica: la legitimidad de la Junta de Zitácuaro como representante soberana de la Nación, de la figura del Rey y de la relación de la Corona con la Santa Sede y sus elementos jurídicos. Es importante subrayar que la soberanía, como quedó asentado en la constitución gaditana de 1812, el autor de la Refutación la hace recaer en la Nación, ente filosófico y jurídico ficticio y ya no en la persona del Rey, quien únicamente ejercerá el poder ejecutivo: clara evidencia del abandono del absolutismo del Antiguo Régimen y, al mismo tiempo, convocatoria a la unidad de “todos los españoles,” independientemente a su adscripción local o regional.[30]  En el caso presente, Don José María deriva el asiento de la soberanía en Zitácuaro, de la justicia de la causa que sostiene: “[…] Si la causa que defendemos es justa, la Suprema Junta Nacional es legítima y nadie puede dudar de la soberanía que representa de Fernando VII, cuyos derechos pretende conservar. Éste es el caso en que nos hallamos. La soberanía, que reside en la Nación, está reasumida en la  Suprema Junta, conservadora de los derechos del rey.”[31] Para Cos, pues, sobre las acciones que la Junta mexicana emprendiera no podría caer sombra alguna de duda respecto de su legitimidad.

  Sin embargo, para el Cabildo metropolitano de México, que siguió de manera institucional los pasos que se daban es España,  su liga con la Junta Central que residía en territorio peninsular era completa. Conviene lanzar una mirada retrospectiva a unos años particularmente abundantes en acontecimientos y tomas de posición:

  El 8 de octubre de 1808, apenas a unos días de que se constituyó en Aranjuez la Junta Central Gubernativa del Reino (el 25 de septiembre), el Virrey  Pedro de Garibay[32] hizo llegar al citado cabildo una circular “[…] en que se previene la obediencia y reconocimiento a la Suprema Junta Central Gubernativa de España e Indias.”[33] La acción correspondiente, sin embargo, se retrasó y el 2 de marzo del año siguiente, en sesión ordinaria: “[…] se acordó…que se preste por este Ilustrísimo Cabildo juramento de obediencia a la Suprema Junta Central, pero para que se ejecute en el modo más solemne y público que sea posible, como para que se señale el día que deba hacerse, será conveniente que se explore la voluntad del Ilmo. Señor Arzobispo.”[34] Éste, Monseñor Francisco Javier de Lizana y Beaumont, [35] respondió por escrito el 7 de marzo indicando que: “[…] la enfermedad que actualmente padezco no [me] permite salir de mi habitación” pero a la vez que conviene en que se efectúe el juramento “[…] con la primera ocasión que se proporcione.”[36] De hecho se efectuó tres días después, el 10, “[…] en el altar de los Santos Reyes.”[37]

  El 23 de marzo, en comunicación al cabildo, el mismo Virrey insistió en la postura de que sostener a Fernando VII era sostener la religión y pidió “[…] rogaciones públicas y privadas…para mantener la pureza de la religión, los derechos del Trono católico y la felicidad de la Patria.”[38] Como consecuencia de la petición, tuvo lugar un acto religioso a los pocos días y a él siguieron durante los meses siguientes varios más, unidos a diversos “préstamos patrióticos” que la arquidiócesis de México concedió a fin de sostener la guerra en España. Un impreso fechado el 28 de abril invitaba a la celebración de un triduo solemne de rogativas y a una procesión “[…] en desagravio de los ultrajes que ha recibido [el Santísimo Sacramento] de las sacrílegas manos de nuestros enemigos, y para que abatido su orgullo, sirvan de triunfo a la religión y a nuestro Católico Soberano el Señor Don Fernando VII, restituido al trono de su monarquía.”[39]

  A lo largo de 1809, en España se desarrolló una crisis respecto de las acciones de la Junta y sobre la probidad de sus miembros. A pesar de la defensa que ellos hicieron, tuvieron que convocar a Cortes en enero de 1810 y  el 31 de ese mes entregaron el poder a un Consejo de la Regencia.[40] El 14 de febrero este Consejo se dirigió a los españoles “de ambos hemisferios” haciendo pública la citada convocatoria. Entre otras cosas, decía: “[…] Desde este momento, españoles americanos, os veis elevados a la dignidad de hombres libres; no sois ya los mismos de antes, encorvados bajo un yugo mucho más duro mientras más distantes estabais del centro del poder; mirados con indiferencia, vejados por la codicia y destruidos por la ignorancia.” Invita a enviar “mandatarios” “[…] que vengan a contribuir con su celo y con sus luces a la restauración y recomposición de la monarquía; que formen con nosotros el plan de felicidad y perfección social en esos inmensos países y que, concurriendo a la ejecución de una obra tan grande, se revistan de una gloria que, sin la revolución presente, ni España ni América pudieron esperar jamás.”[41] Tan bellas frases se convirtieron en su camino casi en “letra muerta” a causa de las múltiples vicisitudes con las que se toparon las cortes gaditanas.  A pesar de las intenciones de cohesión entre los distantes Reinos españoles,  el fenómeno del “juntismo” americano no pudo detenerse.

  El cabildo de la Catedral de México, sin embargo, el 11 de mayo de 1810 juró solemnemente obediencia al Consejo de la Regencia establecido en Cádiz.[42] El 30 de noviembre de 1811, poco después de la muerte y funerales del arzobispo Lizana, los canónigos, encabezados por Juan de Mier y Villar y José Mariano Beristáin, se dirigieron al Consejo de la Regencia anunciando la sede vacante y solicitando instrucciones para la elección del sustituto en el arzobispado mexicano.[43] El 7 de diciembre de 1811 tuvo lugar una “Representación que en honor del Excmo. Señor Venegas hizo a Su Majestad este Ilustrísimo Cabildo” en la que se exhibió una carta al Rey y al virrey en que se reiteraba su pleitesía.[44] El 18 de septiembre del año mencionado se registró la primera súplica de un clérigo, el Bachiller Fernández Estrada, a fin de que se habilitara de nuevo para celebrar los sacramentos. Dice el escueto documento: “[…] [El cabildo sede vacante de la arquidiócesis de México] quedó informado de las causas de infidencia de los eclesiásticos de ella.”[45]

  En 1812, mientras los insurgentes trataban de consolidar los instrumentos legales y morales de su legitimidad, en la ciudad de México los acontecimientos siguieron acercando a quienes en España decían poseer los elementos de la soberanía y la representación de la gran Nación española: El mes de enero la escasez de recursos para la guerra contra los insurgentes se hizo extrema e incluso se dificultó la entrada a la capital del virreinato de alimentos, sobre todo de carne. El virrey Venegas quitó restricciones para el comercio del ganado y de otros productos y al mismo tiempo, trató de obtener dinero para los gastos bélicos: “[…] convocó…una junta de las principales autoridades de la capital, con el objeto de que propusiese los arbitrios que podrían adoptarse para reunir de pronto dos millones de pesos, por vía de suplemento provisional para los gastos que se tuviesen por más urgentes, y formar un fondo con qué pagar este adelanto…La junta acordó que los dos millones se aprontasen por el estado eclesiástico, propietarios y comerciantes de Méjico, Puebla y Veracruz, completándolos con los caudales que existían en poder de varias personas para remitir a España y Filipinas, cuyo envío impedía la interceptación de los caminos, y para el pago de estas sumas y cubrir el deficiente que por las circunstancias resultaba en los gastos que requería la administración pública y la situación actual del país, los eclesiásticos asistentes, que eran los comisionados del cabildo metropolitano y los prelados de las religiones, ofrecieron no sólo lo que pendiese de sus arbitrios, facultades y fondos que forman la dotación del clero secular y regular, sino también las alhajas todas y plata de los templos, reservando únicamente los vasos sagrados.”[46] Tan generoso ofrecimiento de parte de los eclesiásticos no tuvo realización sino que quedó como último recurso y garantía, pues un bando del 30 de enero exigió más bien, como “[…] más expedito y conforme a los principios de equidad…la entrega de toda la plata y oro labrado en vajilla y objetos de lujo de los particulares, en calidad de préstamo forzoso por el término de un año…quedando hipotecadas no sólo las rentas todas de la corona, sino también subsidiariamente, para el caso que aquellos arbitrios no bastasen a cubrir el capital y réditos, el oro y la plata de las iglesias, en virtud del ofrecimiento hecho por sus prelados.”[47] Éstas y otras “[…] providencias extraordinarias (entre las que se encontró, por ejemplo, el proyecto de comprar o recoger todos los caballos disponibles):…algunas se dictaron con acierto, muchas llevaron el sello de la necesidad y otras fueron tales, que sin poder producir  utilidad alguna, no sirvieron más que para aumentar el descontento, haciéndose mucho más sensibles, en un pueblo acostumbrado a ser gobernado blandamente, y para quien eran desconocidas las exigencias de la guerra.”[48] Los hechos relatados provocaron que mucha gente se inclinara a desconfiar de Venegas y acercarse al General Félix María Calleja, que mostraba decisión y capacidades estratégicas que habían quedado demostradas. De este modo, el 5 de febrero se le recibió con solemnidad en la catedral, probablemente en vísperas del  inicio de su campaña contra Morelos en Zitácuaro y Cuautla.[49] El 11 de ese mismo mes se dio a conocer la elección de Monseñor Pedro José de Fonte, quien pertenecía al cabildo y fue el último arzobispo español de México.[50] En esta línea de acercamiento, aunque cuidadoso, el virrey Venegas solicitó al cabildo mediante oficio del 3 de marzo, que se trasladara al templo máximo de la arquidiócesis la imagen de la Virgen de los Remedios y se realizara un novenario, sin duda para implorar el favorecimiento de su patrocinio como “generala” que era del ejército realista frente al trance que se encontraba el Reino.[51] La posibilidad de que los insurgentes entraran a la ciudad de México por esos días aumentaba, pues pequeñas partidas hacían incursiones rápidas a los aledaños de la capital. El 12 de marzo tuvo lugar un incidente en la villa de Guadalupe y éste hizo pensar al virrey en que pudiera ser tomada como rehén la venerada imagen de la Virgen, pues “[…] así como su nombre era para ellos la voz de guerra, su posesión la considerasen como un paladión que asegurase su triunfo.”[52] Propuso (o más bien ordenó) al cabildo de la Colegiata que se llevara a la catedral o a la iglesia adjunta al convento de Regina Coeli.[53] Con cierta resistencia, el abad estaba haciendo los preparativos, “[…] cuando los gobernadores de nueve pueblos comarcanos…dieron aviso que los indios de sus pueblos estaban muy conmovidos y resueltos a impedir la traslación y que para ello trataban de cortar los puentes de las calzadas de Méjico, ofreciéndose los mismos a custodiar y defender el santuario…Presentáronse en palacio con esta pretensión…acompañados de los de las parcialidades de San Juan y Santiago…y el virrey sobrecogido con una novedad que podía traer tan funestas consecuencias, mandó suspender la traslación de la santa imagen, y no se volvió a hablar de esto en adelante, contentándose con reforzar el destacamento que en aquel punto había.”[54]

  Sólo para completar las acciones de aceptación por parte del cabildo de la catedral metropolitana de la autoridad peninsular, anoto que el 23 de septiembre de 1812 el Virrey entregó la Constitución de la Monarquía Española a la citada corporación y el 5 de octubre se realizó por sus miembros, el “Juramento solemne de guardar la constitución política.”[55]

  Por lo que toca a la Junta de Zitácuaro, los calificativos del cabildo no podían ser sino excesivos. Va una frase: “[…] No solamente con indignación sana, sino con el rubor más vergonzoso, hemos leído…dar el nombre de Majestad Soberana a una Junta o Conciliábulo infame, compuesto de hombres traidores al Rey, desobedientes a la Iglesia, perturbadores de la paz pública, asoladores de su patria y autorizados por sí mismos…Tales son los nuevos soberanos, que se han levantado entre nosotros y colocado su Corte y Trono en los cerros y barrancas de Sultepec.”[56]

  4.- La Vicaría General Castrense.

  Leemos en la Historia de Alamán: “[…] Una de las providencias gubernativas de la junta [de Zitácuaro] fue el nombramiento del Doctor Cos de vicario castrense.”[57]

  Llegamos aquí al punto de mayor interés y profundidad en la polémica entre el Padre Cos y el cabildo: el asunto Vicariato Castrense, cargo que, en virtud de las concesiones papales a los reyes españoles podía ejercerse, sin límites territoriales y en beneficio de los combatientes y de las poblaciones civiles asentadas, en el espacio donde hubiese destacamentos militares sobre todo en tiempo de guerra. Si, como lo hemos visto, el rey se encontraba impedido y a la Junta radicada en España se le reconocía como ilegítima, mientras que a la mexicana se le consideraba única representante real y receptáculo de la soberanía, no debía haber problema en cuanto a las facultades eclesiásticas que fuesen reconocidas por esta última. Don José María, en su Refutación, tras subrayar que “[…] la soberanía que reside en la Nación está reasumida en la Suprema Junta conservadora de los derechos del rey…,” agregó: “[…] todas las gracias y privilegios concedidos al soberano por la Silla Apostólica, han recaído en la Suprema Junta. Y siendo uno de ellos el establecimiento de la Vicaría Castrense, el sujeto a quien Su Majestad[58] ha nombrado para este cargo, está autorizado con todas las facultades concedidas por bulas pontificias expedidas desde Clemente VIII [59]en beneficio espiritual de los fieles y ampliadas por Clemente X y por Benedicto XIV en sus bulas Quoniam in exercitibus. En estas constan las facultades de poder asistir a la celebración de los matrimonios, administrar todos los sacramentos a excepción de la confirmación y el orden, ejercer las órdenes sagradas en todas partes y otras muchas que se dirán oportunamente.” A manera de mitigación de afirmaciones tan contundentes, expuso más adelante: “[…] De ninguna, sin embargo, se ha usado hasta ahora, por un exceso de consideración, reduciéndolas a lo que la necesidad ha dictado en los casos particulares.”[60]

   Efectivamente, respecto a los ejércitos y la Armada españoles, existía una legislación particular peculiar que, para 1812 tenía solidez suficiente como para que hubiese sobre ella incluso doctrinas interpretativas para casos especiales.

   El Papa Pío V,[61] solicitado ya en 1571 por el Rey Felipe II promulgó el 27 de julio de ese año un breve[62] en el que se facultaba al propio Rey “[…] para nombrar a un sacerdote que fuera juez eclesiástico en la Armada y en los Ejércitos de Mar y Tierra. Se introdujo de esta manera la costumbre, por parte de los llamados ‘Capellanes Mayores’, de ejercer su acción pastoral sobre los militares, con independencia de los Ordinarios diocesanos donde radicasen dichos ejércitos.”[63] No obstante, fue hasta que Inocencio X,[64] por medio del breve Cum sicut Majestatis tuae del 26 de septiembre de 1645 creó propiamente una vicaría, es decir, un cargo con facultades permanentes, ordinarias, en la que sus titulares “[…] recibían sus facultades eclesiásticas directamente del Sumo Pontífice, sin limitación de territorio ni adscripción a diócesis determinada, pero circunscritas únicamente a tiempo de guerra.”[65] Fue el 4 de febrero de 1736 cuando el Papa Clemente XII [66] promulgó el breve Quoniam in exercitibus.[67] De acuerdo a su tenor, “[…] se establecía la existencia de una jurisdicción eclesial castrense exenta y permanente, tanto en tiempo de guerra como de paz, extensiva a los militares que estuvieran en campaña y a cuantas personas pertenecieran a los ejércitos reales y fuerzas auxiliares.”[68] El 2 de julio de 1741 Benedicto XIV[69] prolongó por siete años la vigencia del documento clementino. A partir de la reorganización del ejército en tiempos de Carlos III, el Vicariato Castrense recibió un estatuto con prescripciones rigurosas y con el nombre de Cum in exercitibus se emitieron varios breves pontificios, que prolongaban las facultades a la organización religiosa castrense. El más reciente, emitido bajo la autoridad de Pío VI[70] el 11 de octubre de 1795, amplió la jurisdicción del Vicario y los capellanes delegados por él “[…] a todas las personas, también de ambos sexos, así militares como los que de cualquier modo pertenezcan a los sobredichos Ejércitos y las que estén adictas a ellos, de suerte que en lo sucesivo le sea lícito al actual Vicario General…y al que en adelante lo fuese, sin ningún escrúpulo y tuta conscientia,[71] declarar las personas que hayan de gozar de los privilegios y facultades que se conceden por las presentes.”[72]

  Este paso “a vuelo de pájaro” por la documentación pontificia respectiva le daba al Vicario General Castrense nominado por la Junta de Zitácuaro una base argumentativa más que mediana para enfrentar a cualquier canonista que le discutiera. Líneas delante de las que hemos citado, la Refutación acude a la doctrina de la “urgente necesidad” que en la tradición eclesiástica suple lo que pudiera faltar de claridad en las leyes y preceptos: “[…] Aunque estas bulas no estuvieran tan claras ni tan amplias en las facultades que expresan, bastarían la urgentísima necesidad en que nos hallamos y la interpretación que en semejantes casos debemos hacer de la voluntad del Papa, quien, si estuviese instruido de nuestra situación, promovería de todos modos[73] nuestra felicidad espiritual, no escaseando estas facultades en tiempo en que las necesitamos.”[74]

  Y a continuación aplica al caso presente, que es un verdadero caso de conciencia, la doctrina de la epiqueya, término etimológicamente equivalente a equidad aunque de mayor contenido e historia, base para la actuación moralmente válida que frente a las leyes y sobre todo frente a su aplicación posiblemente injusta tal vez por un legislador injusto, proclama los derechos de la conciencia. A lo largo de los siglos, desde la época griega clásica, en la que Platón declaró a la “prudencia por encima de las leyes” y Aristóteles expresó que “[…] la regla [de vida] se adapta a las leyes y no al revés,”[75] Dentro del cristianismo, a la autoridad de los filósofos griegos, recuperada sobre todo en la Baja Edad Media, se unió el dicho de Jesús: “El sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado.” (Mateo 2, 28).

  Cos expresó: “[…] O la epiqueya es una voz vana, sin significado, o si alguna vez hemos de usar de ella, es la ocasión presente, que contamos con enemigos a los gachupines de todas clases que no tienen embarazo en postergar las obligaciones de su ministerio al amor propio de que se dejan arrebatar, dictando providencias directamente perjudiciales a los fieles y fomentando con su aprobación y aquiescencia los irreligiosos atentados de nuestros perseguidores. Se ha sufrido y aun aprobado que el clero americano sea despojado de su inmunidad y fueros de que está dotado por derecho natural y divino.[76] Se ha visto y se ve con indiferencia que los sacerdotes gachupines violen el sigilo sacramental con tal de que por este medio se descubran los insurgentes…[77] ¿Cómo han de reconocer los pueblos la jurisdicción eclesiástica de los prelados, cuando usan de ella para perjudicarlos..? ¿Cómo los han de mirar con aquella confianza respetuosa que exige la dignidad de su ministerio, cuando arman gente para quitarles la vida, aprueban providencias sanguinarias para su exterminio, aplauden la prostitución del ministerio de la palabra y la privación de los sacramentos? ¿Habrá quién se atreva a negar a los fieles el derecho que tienen de reclamar el ejercicio público de su culto religioso, y de proporcionarse con sus arbitrios el pasto espiritual que les ha usurpado la más injusta e insufrible opresión?” La susodicha opresión se compara con la sufrida por los primeros cristianos bajo el Imperio Romano, tema muy socorrido en los ambientes católicos a partir de la revolución francesa que trajo en los hechos y en la memoria a los primeros mártires y confesores: “[…] Considerándose constituidos en una situación muy semejante a la de los fieles de la primitiva Iglesia, ¿no deberán convertir sus miras hacia aquellos sacerdotes que pueden aliviar sus penas..? ¿No debió el gobierno americano tratar de organizar al clero que milita bajo sus banderas, nombrando un jefe que cuidase de la pureza de la religión, de la observancia de la disciplina y del arreglo de las costumbres entre los fieles abandonados por sus pastores al error y a la inmoralidad?”[78]

   Con semejante visión de las situaciones resulta patente la posibilidad de aplicar la epiqueya en beneficio de la comunidad de creyentes, sobre todo de aquellos  que se encuentran en territorio insurgente. La tradición es unánime al respecto y el Padre Cos no lo ignora. Es bastante posible que haya abrevado la doctrina en el Compendium Morale Salmanticense de la Universidad de Salamanca, una de cuyas ediciones entonces recientes circuló en México y estuvo sin duda en las bibliotecas de las instituciones eclesiásticas novohispanas. En ese libro se explicaba, a propósito del término epiqueya: “[…] Es la enmienda o excepción sobre la ley en un caso particular…Más propiamente, la justicia atemperada por la misericordia. No es [la] justicia, sino una virtud que la dirige y una especie de regla superior de los actos humanos.”[79]

  A la hora de finalizar su Refutación, el Doctor Cos expone el error y abuso en los que han caído las autoridades eclesiásticas novohispanas exponiendo su ministerio al escarnio y a la burla y a los fieles a la orfandad: “[…] aun cuando hubiese habido temores bien fundados de que estos movimientos [de independencia] amenazaban a la religión, ¿podía los prelados indemnizar su fuga a los ojos de Dios y de los hombres? ¿En qué ocasión podía verificarse en América lo prevenido por el Evangelio en aquellas palabras: el buen pastor da la vida por sus ovejas, pero el mercenario y el que no es verdaderamente pastor, huye luego que ve venir al lobo?[80] ¿Los pueblos no deben tener justo motivo de resentimiento al hacer recuerdo de que los sacerdotes gachupines de primera jerarquía han estado muy presentes en medio de su rebaño en tiempo de prosperidad y cuando libres de riesgos sólo recibían las adoraciones de los fieles y el fruto del sudor de su frente…pero cuando han oído un rumor popular han echado a correr vergonzosamente olvidados de sus más sagrados deberes y mandado a los demás eclesiásticos que hagan otro tanto, entregando a la desolación el sagrado depósito encomendado a su cuidado?”[81]

  Y formula una última pregunta, en reiteración enfática de la seguridad, justicia y legalidad por los cuatro costados de su causa. Como eco incesante parece escucharse aquello de que “la soberanía reside esencialmente en la Nación”, pues Nación eran los fieles que reclamaban la atención de sus pastores: “[…] ¿Habrá algún teólogo cristiano que opine, con el cabildo de México, que el Vicario General de los Ejércitos Americanos es una autoridad intrusa, estando apoyada en el consentimiento de los fieles que se hallan perjudicados por sus obispos, en la necesidad de sostener los derechos de la religión, de la Iglesia y de la disciplina, en la epiqueya más exacta y rigurosa, en el nombramiento de la Suprema Junta, conservadora de los privilegios y prerrogativas del soberano, en las bulas pontificias, especialmente la de Clemente X Quoniam in exercitibus, dada en Roma a 4 de febrero de 1736?”[82]

  5.-  Lámpara encendida y caja de resonancia.

  Más que de una polémica cualquiera, incluso “polémica intelectual,” más que una errática posición subversiva del orden, algo muy distinto a un “enfrentamiento de poderes,” es esta discusión que utilizó los privilegios de la letra escrita para manifestarse, pero que, en el fondo, expresaba lo que el corazón de la naciente Nación mexicana, que aún no podía llamarse con este nombre, sufría y padecía aunque no siempre ni en todas partes en forma de heridas de muerte, sí en forma de confusión, desasosiego y desamparo. Cos fue lúcido intérprete, con todo y los exabruptos de su carácter y los sinsabores que sus palabras y hechos le dieron, de la búsqueda de la luz en medio de la oscuridad, nítida huella del paso de lo verdaderamente humano por la tierra.

  Zitácuaro y su Suprema Junta fueron lámpara encendida y caja de resonancia,  en ningún momento ajena a la escucha de los clamores de un pueblo que sabía levantar los ojos al cielo para esperar el alba. Uno de los miembros de ella, José Sixto Verduzco, considerado por Don Lucas Alamán como “[…] uno de los hombres más ignorantes…que yo he sostenido,”[83] los levantó en ese tiempo y lugar a la Guadalupana con un soneto ahí proclamado que rompió el solemne silencio de los que acababan de prestar el juramento de acatar lo que la soberanía ordenara, en voz de entusiasmo y no de ignorancia:

“Si cubierta de luto y amargura

Un año, dulce América, has llorado,

Ya te ofrece el consuelo suspirado

La benigna María, la Madre pura.

Ya en Zitácuaro insigne te asegura

Lo que allá en Tepeyac dejó firmado,

Que habías de ser un pueblo afortunado

Y el objeto feliz de su ternura.

Lejos, pues, la inquietud, tiemble medroso

El cruel Calleja y su comparsa impía

Que han llenado de horror tu suelo hermoso.

Porque al fiero compás de su porfía,

Cual ejército invicto y poderoso

Verán los bellos ojos de María.”[84]


 

[1] No está clara la fecha del nacimiento de Cos, si bien puede suponerse alrededor de 1770 en Zacatecas. Cursó la carrera eclesiástica en Guadalajara donde recibió los grados de bachiller, licenciado y doctor en teología, los dos últimos en 1798. Fue profesor en el Seminario Tridentino de ese lugar y a la vez ejerció en distintas parroquias el ministerio pastoral. En 1810 se encontraba en “…el insípido burgo de San Cosme” (Ernesto Lemoine Villicaña, Estudio preliminar, en: José María Cos, Escritos políticos, México (2)1996, XXX), lugar cercano a Zacatecas. Ahí recibió noticias del levantamiento de Hidalgo y recibió del intendente Conde de Santiago la encomienda de entrevistarse con los insurgentes. Se dirigió posteriormente a la ciudad de México con la idea de ser recibido por el Virrey Venegas, lo que logró pero le causó que fuese vigilado por las autoridades españolas. Recibió la orden de regresar a su curato pero en el camino lo interceptó el insurgente José Manuel Correa. Se adhirió a la causa y desde Sultepec desarrolló una importante labor de difusión de ideas y de periodismo de combate y sostuvo importantes polémicas con autoridades eclesiásticas. La Junta de Zitácuaro lo nombró Vicario General Castrense y tuvo diversos cargos recibidos por la Junta citada. Firmó la constitución de Apatzingán en 1814 y fue miembro del Poder Ejecutivo del Congreso ahí organizado. Tuvo más adelante disputas con el gobierno insurgente e incluso fue condenado a muerte y después perdonado. En 1817 pidió el indulto al Virrey Calleja, abjuró de sus ideas radicales y dejando la diócesis de Guadalajara, fue admitido en la de Valladolid. Radicó en Pátzcuaro sus últimos días: “[…] Un derrame biliar, producto de uno de sus habituales corajes y un enfriamiento súbito, fueron las causas inmediatas de su muerte, ocurrida el 17 de noviembre de 1819, en paz con la Iglesia y con el Trono, aunque no sabemos si también con su conciencia.” (Lemoine, LXXXIX). (Datos tomados de: Diccionario Porrúa de Historia, Biografía y Geografía de México, México (6)1995, 979.)

[2] Lucas Alamán, Historia de Méjico desde los primeros movimientos que prepararon su independencia en el año de 1808 hasta la época presente, IV, Imprenta de J.M. Lara, México 1851, 284 (Edición facsimilar, Instituto Cultural Helénico / Fondo de Cultura Económica, México 1985).

[3] José María Cos no fue el único clérigo que, después de luchar en las filas insurgentes solicitó el indulto a las autoridades españolas. Puede verse, por ejemplo, el caso del presbítero José Manuel Correa: Antonio Cadena Guerrero (comp.), Fuentes para la biografía del bachiller José Manuel Correa, cura independentista de Nopala, Gobierno del estado de Hidalgo, [Pachuca]1996. Leemos en Eric van Young, La otra reblelión. La lucha por la independencia de México, 1810-1821, FCE, México 2006, 458: “[…] De los 419 sacerdotes del centro de México considerados en los informes de 1813-1814 (casi 60% del total de nuestra ‘muestra’), una cuarta parte (26%) fueron clasificados como rebeldes declarados o fuertemente sospechosos de actividades o inclinaciones insurgentes.” (El tema, con mayor amplitud: Id., pp. 441-481: La construcción social de la subversión y la rebelión de los sacerdotes.) A propósito de José Manuel Correa, 513-544. Don Manuel Payno escribió en 1843 esta interesante reflexión: “[…] Los ‘hombres del pensamiento’ no son a veces los más valientes, así es que cuando ‘los hombres de armas’ se atufan, los primeros suelen plegar las alas y esconderse.” (Iturbide en Padilla. Reproducido en: Episodios históricos de la guerra de independencia, tomo II, Imprenta de “El Tiempo” de Victoriano Agüeros, México 1910, 275. (Ed. facsimilar: Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones en México, México 2008.)

[4] El tema de la introducción del método filosófico moderno a la Nueva España, con especial atención a Juan Benito Díaz de Gamarra, autor de sus Elementa recentioris philosophiae, ha sido tratado con amplitud en un libro que se ha convertido en clásico: Bernabé Navarro, La introducción de la filosofía moderna en México, El Colegio de México, México 1948. (Hay ediciones posteriores) También escribió: Filosofía y cultura novohispanas, UNAM, México 1998. Un tratamiento amplio del tema: Rafael Moreno, La filosofía moderna en la Nueva España, en: VV. AA., Estudios de historia de la filosofía en México, UNAM, México 1963, 145-202. Por lo que respecta a Hidalgo, dice Gabriel Méndez Plancarte: “[…] Paréceme pues, innegable…que la Disertación…debe considerarse como un exponente no despreciable de aquel profundo movimiento reformador de nuestra cultura que, iniciado por los jesuitas criollos en la segunda mitad del siglo XVIII, tuvo como sus más insignes representantes –además de los iniciadores—a Díaz de Gamarra, a Guevara y Basoazábal (éste desde Roma) y al presbítero José Antonio Alzate.” (Hidalgo, reformador intelectual, 49). Es interesante el estudio y la antología de textos hecha por el propio Méndez Plancarte: Humanistas mexicanos del siglo XVIII, UNAM, México… También: David A. Brading, Espiritualidad barroca, política eclesiástica y renovación filosófica. Juan Benito Díaz de Gamarra (1745-1783), Centro de estudios de Historia de México Condumex, México 1993. Una visión de conjunto de las ideas que circularon en el tiempo preciso de la independencia mexicana: Luis Villoro, Las corrientes ideológicas en la época de la independencia, en: Estudios de historia de la filosofía en México, UNAM, México 1963, 203-241.

[5]  Traté con alguna amplitud el tema en: La Iglesia católica en la emancipación mexicana e Hispanoamericana, Revista 20/10. Memoria de las revoluciones en México, 1 (junio-agosto, 2008), 77-91. El asunto de la prensa durante la insurgencia: José María Miquel i Vergés, La independencia mexicana y la prensa insurgente, ed. facsimilar: Comisión Nacional para las celebraciones del 175 aniversario de la independencia nacional y 75 aniversario de la revolución mexicana, México 1985. (Ed. original: El Colegio de México, México 1941). Acerca de la polémica con el obispo electo de Michoacán Manuel Abad y Queipo es interesante: María Cristina Torales Pacheco, Presentación e introducción, en: Carta pastoral. Obispo Electo Manuel Abad y Queipo, Sociedad Mexicana de Bibliófilos, México 2006. (Con facsímiles documentales). Muestra de la “furia” frente a la publicación del Manifiesto de la Nación Americana a los Europeos que habitan en este continente, es el título que dio a su intento de respuesta Fray Diego Miguel Bringas, franciscano del Colegio de Propaganda Fide de Querétaro: Impugnación del papel sedicioso y calumniante que bajo el título, Manifiesto de la Nación Americana…, abortó en el Real de Sultepec, el 16 de marzo de 1812, el insurgente relapso Doctor Don José María Cos, ex cura de San Cosme, reo de Estado fugitivo de la ciudad de Querétaro. Escribíala para antídoto de los incautos, para desengaño de los ignorantes, para confusión de los insurgentes, Fray Diego Miguel… (Facsímil de la portada en: Miquel y Vergés, 30.) El Manifiesto está reproducido facsimilarmente en Carta Pastoral… (folleto autónomo) y está transcrito en: Miquel y Vergés, 87-97 y en: José María Cos, Escritos políticos, ed. Ernesto Lemoine, 15-22, de acuerdo al texto que se encuentra en el Archivo General de la Nación, Infidencias, tomo 180, ff. 213-218. Acerca de la libertad de imprenta sobre todo en lo que corresponde a los temas religiosos, es fundamental: Miguel Ángel Hernández Fuentes, Discusión religiosa en el espacio público mexicano, 1812-1827, (tesis de doctorado en historia), Instituto de Investigaciones Doctor José María Luis Mora, México 2007.

[6] Texto original en el Semanario patriótico americano, nn. 22 y 24. (13 y 27 de diciembre de 1812).  José María Cos, Escritos políticos, (Lemoine) doc. 18, pp. 99-110. El título parece ser de Lemoine.

[7]  “La mañana del lunes 19 de agosto… se reunieron en la sala capitular de la villa de Zitácuaro 13 personas para acordar la instalación de un órgano rector de la insurgencia, elegir mediante un plebiscito a sus dirigentes y jurar obediencia al gobierno establecido. Ante la propuesta que les hizo el abogado [López Rayón], de crear una Suprema Junta Nacional Americana compuesta de cinco individuos, que llenara el hueco de la soberanía que había quedado suspensa por la cautividad de Fernando VII, todos acordaron que se llevara a efecto, pero que sólo tres representantes del gobierno fueran elegidos al instante y se guardaran las otras dos plazas para ‘cuando la actitud, mérito y representaciones de los ausentes lo exijan.’” (Moisés Guzmán Pérez, Ignacio Rayón. Primer Secretario del Gobierno Americano, INHERM, México 2009, 53.)Dice al propósito Alamán: “[…] Rayón, con mejores luces que los demás que habían tomado parte en la revolución, conocía que ésta no podía hacer verdadero progreso, no obstante las ventajas obtenidas en el Sur por Morelos y por él mismo…mientras no hubiese un centro de autoridad de quien todos los jefes dependiesen y que pudiese dirigir uniforme y acertadamente todos los movimientos: en una palabra, mientras no hubiese algo a que pudiera dársele nombre de gobierno…la pretensión de Rayón era fundada y la ambición particular estaba conforme con la conveniencia pública, lo que no suele ser común, pues no había entre todos los jefes insurgentes ninguno que pudiese desempeñar como él el gobierno; pero necesitaba revestirse de un nuevo título, porque la autoridad que tenía delegada por Allende e Hidalgo y el carácter de ministro de este último, no era reconocida aquella ni respetado éste por ninguno de sus compañeros.” (Historia de Méjico, 2, 377s.) Acerca de la Junta el Doctor Guzmán Pérez escribió dos obras que no pude tener a la mano: La Junta de Zitácuaro, 1811-1813. Hacia la institucionalización de la insurgencia, Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo-Inst. de Invs. Hists., Morelia 1994 y: La Suprema Junta Nacional Americana. Soberanía, representación y gobierno durante la independencia, Cámara de Diputados: LX Legislatura/UMSNH, México/Morelia 2008. Son útiles: Felipe Remolina Roqueñí, Vigencia y positividad de la Constitución de Aptzingán, Federación Editorial Mexicana, México 1972 y: Carlos Herrejón Peredo, Ignacio Rayón, primer legislador de México, Universidad Autónoma del Estado de México, Toluca 1982.

[8] Vaya la opinión de Don Lucas acerca de él: “[…] era un joven de Guanajuato de buena familia y algunas propiedades, pero de mala conducta, por lo cual había sido echado antes de la revolución del regimiento de dragones de Méjico en el que tomó los cordones de cadete, y era conocido en el lugar de su nacimiento por un apodo ridículo.” (Historia de Méjico, 2, 379s).

[9] Había sido condiscípulo de Ignacio López Rayón en el Colegio de San Nicolás en Valladolid. “Verduzco…aunque doctor, era uno de los hombres más ignorantes y preocupados que yo he sostenido.” (Alamán, Historia, 2, 380.) Preocupados, quizá en el sentido como el habla popular dice: preocupones. Que yo he sostenido. Tal vez Alamán había sustentado sus estudios por medio de una beca.

[10] Textos en: Juan E. Hernández y Dávalos, Colección de documentos para la historia de la guerra de independencia de 1808 a 1821, México 1877-1891, doc. nn. 96 y 76. Citados por: Carlos Herrejón Peredo, Morelos y la crisis de la Suprema Junta Nacional, en: Documentos inéditos de vida revolucionaria, El Colegio de Michoacán, Zamora (México) 1987, 35. López Rayón, en unión a Liceaga había escrito a Calleja desde Zacatecas el 22 de abril de 1811 solicitando que se estableciera un “Congreso o Junta Nacional” en la que españoles y americanos estuviesen de acuerdo en que, “[…] conservando nuestra legislación eclesiástica y cristiana disciplina, permanezcan ilesos los derechos del muy amado señor don Fernando VII.” (Cita en: Ernesto Lemoine, Morelos y la revolución de 1810, UNAM-Facultad de Filosofía y Letras, México (3)1990, 204.) La propuesta fue rechazada. Comentó Lemoine: “[…] Sorprende la candidez de Rayón. Él, que se ostentaba como ‘heredero’ directo de Hidalgo, parecía ignorar la historia inmediatamente anterior: la suerte de los precursores de 1808, el ‘grito’ de Dolores, la implacable reacción realista, la virulencia de la literatura política insurgente fomentada por Hidalgo en Guadalajara, la negativa tajante del sector español a admitir un cambio sugerido por los rebeldes, en fin, la guerra a muerte que ya entonces se tenían declarada ambos bandos. Podría interpretarse el sondeo…como una maniobra meramente diplomática o un recurso para ganar tiempo; pero el hecho de que años después, ya radicalizada la revolución, don Ignacio siguiera sustentando, más o menos, las mismas ideas, indica que éstas formaban parte sustancial de su pensamiento político. El resultado no se dejó esperar: Calleja contestó su carta con balas.” (Morelos, 205).

[11] Muy pronto se acudió a José María Morelos a fin de que formara parte de la Junta. Su adhesión fue condicionada: “[…] En cuanto a Morelos, para ganarlo, la junta se lo asoció nombrándolo cuarto individuo de ella, y como se manifestaba descontento de la superchería de seguir gobernando en nombre del rey Fernando VII, cuando las miras que se tenían eran las de la independencia, porque como dijo en su causa: ‘no era razón engañar a las gentes haciendo una cosa y siendo otra…’: la junta le escribió una carta reservada, que me ha parecido copiar aquí, porque ella manifiesta el sistema que la junta se había propuesto seguir. ‘Habrá sin duda reflejado Vuestra Excelencia, le dice, que hemos apellidado en nuestra junta el nombre de Fernando VII…nosotros ciertamente no lo habríamos hecho si no hubiéramos advertido que nos surte el mejor efecto: con esta política hemos conseguido que muchos de las tropas de los europeos desertándose, se hayan reunido a las nuestras; y al mismo tiempo que algunos de los americanos vacilantes por el vano temor de ir contra el rey, sean los más decididos partidarios que tenemos.” (Alamán, Historia, 2, 381s.) El tema de esa “sombra” o “máscara” es tratado por: Marco Antonio Landavazo, La máscara de Fernando VII. Discurso e imaginario monárquicos en una época de crisis: 1808-1822, El Colegio de México/El Colegio de Michoacán/UMSNH, México 2001. Es interesante lo que dice al respecto Eric van Young en el subcapítulo El enigma del deseado, dentro del capítulo XVIII: Mesías enmascarados y utopías truncadas. (La otra rebelión, 800-808.)

[12] Entre el Doctor Cos y Abad y Queipo se realizó una interesante polémica. Los documentos: Bando…en el que impugna la legalidad del nombramiento episcopal de… (27 de marzo de 1814)(Lemoine, doc. 34, pp. 145-152.) Réplica de Abad y Queipo al Bando… (18 de mayo de 1814) (Id., doc. 40, pp. 173-177.) Contrarréplica del Doctor Cos… (16 de julio de 1814)(Id., doc. 42, pp. 179-184.

[13] Don José María Morelos documentó este último asunto varias veces, por ejemplo: “[…] En la provincia de Teipan y siguientes, se están cobrando los diezmos para que la Iglesia no los pierda, llevando cuenta individual para que los pague la caja nacional por estar sirviendo estos frutos a las tropas.” (Noticias dadas por Morelos sobre diezmos, insurrección en Sudamérica y en Manila, puerto de Zihuatanejo y reciento de batallas, Tixtla, 13 de agosto de 1811. (Biblioteca Pública del Estado, Guadalajara, Fondos especiales. Documentos sueltos, f. 258. Carlos Herrejón, Morelos. Documentos inéditos de vida revolucionaria, doc. 10, p. 113) El 2 de septiembre de 1811, Ignacio Ayala envió a Juan José Solís para recoger los diezmos en la “Nueva ciudad de Guadalupe” a causa de la negligencia de Juan Nepomuceno Cabrera nombrado por la Haceduría de la diócesis michoacana: “[…] En el excelentísimo señor general don José María Morelos residen facultades como conquistador de esta demarcación para disponer de estos intereses y de cuantos se encuentren más sagrados para el progreso de su conquista…” (Ignacio Ayala dispone sobre los diezmos de Coaguayutla porque Morelos es ‘conquistador de esta demarcación’, Archivo de Haceduría, Catedral de Morelia, caja 111. Herrejón, Documentos, doc. 13, p. 117.) Es evidente que para estas acciones los insurgentes tenían en cuenta la legislación de Indias, que concedía la intervención estatal en materia de diezmos y primicias. La legislación se encuentra recopilada en el texto de Antonio León Pinelo, Recopilación de las Indias (Madrid 1680): Título XVII. De los diezmos y primicias. (Edición reciente cuidada por Ismael Sánchez Bella, Escuela Libre de Derecho/ Gobierno del estado de Chiapas/ Gobierno del estado de Morelos, UNAM-Instituto de Investigaciones Jurídicas/ Universidad Cristóbal Colón (Veracruz)/ Universidad de Navarra (Pamplona)/ Universidad Panamericana/ Miguel Ángel Porrúa, librero-editor, México 1992, I, pp. 241-243.

[14]   Sesión XIII,  capítulo IV, De reformatione. 11 de octubre de 1551: “Cómo se han de degradar los clérigos cuando lo exija la gravedad de sus delitos.” Texto en español: página electrónica: Biblioteca Electrónica Cristiana. VE Multimedios. (Consulta: 24 de agosto de 2009.)

[15]  La carta y el decreto se publicó en la Gaceta extraordinaria del gobierno de México, n. 112, 28 de septiembre de 1810. (Original en la Hemeroteca Nacional, Fondo Reservado. Copia facsimilar de la p. 807: 20/10. Memoria de las revoluciones de México, 1 (junio-agosto 2008, 79).

[16] Impreso. Archivo del Centro de Estudios de Historia de México CARSO (antes Condumex), fondo CCLXXXVII. Reproducido en: Tesoros de papel. Documentos del Centro de Estudios de Historia de México Condumex, Museo Soumaya/ CEHM Condumex, México 2006, 203. A propósito del contenido de este documento dice Guadalupe Jiménez Codinach: “[…] Huelga anotar que el abuso de la Inquisición en mezclar razones políticas con supuestos cargos de herejía sólo menguó la credibilidad de las autoridades eclesiásticas en los once años de cruenta guerra civil…El Padre Hidalgo se vio obligado a responder a estas imputaciones y a deslindar lo político de lo religioso: ‘Estad ciertos –afirma don Miguel--que si no hubiese emprendido libertad nuestro reino de los grandes males que le oprimían…jamás hubiera yo sido acusado de hereje.” (Tesoros de papel, 202). El asunto de la excomunión de Hidalgo y sobre todo de su permanencia póstuma, que a algunos aún preocupa, fue tratado y resuelto hace ya tiempo: el arzobispo de México Don Luis María Martínez, en el año del bicentenario del nacimiento de Hidalgo solicitó a los historiadores Canónigo Jesús García Gutiérrez, José Bravo Ugarte SJ y Juan B. Iguíniz la investigación respectiva. Ellos en su Dictamen sobre la excomunión del cura Hidalgo concluyeron que sólo pudo atribuírsele la excomunión latae sententiae (es decir, sin necesidad de expreso decreto) a causa de la violencia, prisión y muerte de algunos clérigos y religiosos, pero que la misma y otras censuras le fueron levantadas antes de su muerte. En esa línea, el excelente artículo de Jiménez Codinach, La excomunión de Hidalgo en: La Jornada, 22 de octubre de 2007. No obstante, Alicia Mayer ha escrito un texto en que pretende profundizar en la acusación de “luteranismo” de Hidalgo: Hidalgo como heresiarca luterano, 20/10. Memoria de las revoluciones en México, n. 1, 49-61. Y la fantasía llega al extremo en estas líneas que cito: “[…] El investigador Héctor Palhares apunta que:…don Miguel fue aprehendido el 11 de marzo de 1811…Luego de numerosas declaraciones, como parte de la ceremonia de degradación eclesiástica que promovió el Santo Oficio, al cura le cortaron las yemas de los dedos y la superficie de las manos con el argumento de arrancarle la potestad para sacrificar, consagrar y bendecir.” (Tesoros documentales, p. 202). (Texto que, desde luego, no escribió Guadalupe Jiménez.)       

[17] Impreso. Archivo del Cabildo Catedral Metropolitano de México, Libro 65, Actas de las sesiones ordinarias y extraordinarias del Cabildo, sin foliar. (Copia microfilmada en el CEHM Carso, rollo 1230.) Antecedentes documentales del caso: Antonio Cadena, fuentes para la biografía del Bachiller…, pp. 35-55. 

[18] La fecha la da Don José María en su Refutación. (Lemoine, p. 99.)

[19] Alamán, Historia de Méjico, 3, 150s.

[20]  Id., p. 151.

[21] Impreso. Archivo del Cabildo de México, Libro 65. (CEHM, rollo 29). Miquel y Vergés apunta: “[…] El Virrey Venegas es motejado desde las páginas del Ilustrador Nacional, de visir, de nuevo Robespierre, de ateo, materialista y masón.” (La independencia mexicana y la prensa insurgente, p. 65.) El Ilustrador Americano n. 31 del 14 de noviembre de 1812 publicó una “fuerte amonestación” del presbítero Cos al Virrey Venegas. Le dice, a propósito del impacto de los escritos insurgentes y de los avances militares: “[…] La opinión produce triunfos y los triunfos aumentan la opinión. Ésta mina sordamente el trono de Vuestra Excelencia que, cercado de enemigos, no tiene a dónde volver los ojos y en todas partes, a todas horas, ve colgado sobre su garganta el terrible cuchillo que en breve debe libertarnos de la fatalidad de su presencia. Vuestra Excelencia decreta infatuado la destrucción del país y con esto acelera la suya. Es semejante a un rabioso que devorando cuanto encuentra para apaciguar la violencia de sus males, los aumenta y enfurece, precipitándose así a la muerte que ha de terminar sus agonías.” (Lemoine, p. 94.) La razón de fondo de los epítetos que Cos lanza contra Venegas es, sin duda, el bando de éste emitido el 25 de junio de 1812 y publicado en la Gaceta el día 30 (núm. 253, folio 685) en el que coloca bajo la jurisdicción militar a los eclesiásticos sin respetar el respectivo fuero: “[…] Los eclesiásticos que fuesen aprehendidos haciendo armas contra las tropas reales, debían ser juzgados y ejecutados lo mismo que los legos, sin previa degradación.” (Alamán, Historia de Méjico, 3, 215s). “[…] El cabildo eclesiástico que gobernaba la mitra en sede vacante, tuvo un cabildo pleno (junio 30) en que se discutió si debería darse algún paso en defensa de las inmunidades eclesiásticas: pero prevaleciendo en aquella corporación el número de españoles europeos o siendo preponderante su influjo, se decidió que en las circunstancias no convenía hacer cosa alguna. Sabida esta resolución, muchos individuos del clero secular en número de ciento diez, presentaron al mismo cabildo una representación reclamando su protección en favor de la inmunidad, (7 de julio) y entre los que la suscribieron se contaban casi todos los curas de la capital…El cabildo mandó pasar esta representación al promotor fiscal Doctor Sánchez, que la calificó de asonada, aunque él mismo había sostenido con calor la inmunidad en la causa formada en septiembre del año anterior a los tres agustinos complicados en la conspiración contra el virrey.” (Id., 217s). En este punto puede palparse tanto el esprit de corps de los clérigos que no distinguía fronteras políticas como la exageración de algunos miembros del cabildo, como Sánchez, en su inclinación favorable más a una irracional defensa “del Trono y del Altar” que a razonar sobre el abuso de poder actuante en las autoridades virreinales. Alamán dedicó al asunto buen número de páginas (213-221.)

[22] Lemoine, 99s. El Manifiesto de la nación americana a los europeos en edición facsimilar sobre un manuscrito al que se agrega la respuesta de Fray Miguel Bringas: Carta pastoral. Obispo electo Manuel Abad, folleto autónomo. Transcripción junto al Plan de Paz y Plan de Guerra: Lemoine, doc. n. 4, pp. 15-28. (Tomado del expediente del AGN, Infidencias, tomo 180, ff. 213-218.)

[23] Lemoine, 100s.

[24] Id., 102.

[25] Id., ib.

[26] Id., 103.

[27] Trátase de Don Juan Cruz Ruiz de Cabañas y Crespo (1752-1824), nacido en Espronceda (Navarra) y fallecido en la Estancia de los Delgadillos, cerca de Nochistlán. Fue trasladado a Guadalajara desde León en Nicaragua en 1796. Gobernó la diócesis hasta 1824. Fue un hombre moderado, prudente, que puso empeño en la instrucción y celo pastoral del clero e incentivó obras de beneficencia, entre las cuales la más famosa es el “Hospicio Cabañas.”  Apoyó a Don Agustín de Iturbide en el último tramo del movimiento de independencia que llevó a la consumación de ésta. (Datos tomados de: José Bravo Ugarte, Diócesis y obispos de la Iglesia mexicana (1519-1965), Jus, México 1965, 54 y Diccionario Porrúa, 3034).

[28] Lemoine, 104.

[29] Id., ib. (Líneas arriba de las líneas citadas bajo el número anterior.)

[30]  Resulta interesante la reflexión de Francois-Xavier Guerra: “[…] Después del asilamiento de los primeros momentos [de la invasión napoleónica], en que cada ciudad y cada región deben pronunciarse casi solas sobre la actitud a adoptar ante la desaparición del rey, diríase que cada una de estas comunidades descubre asombrada, al recibir las noticias y los escritos de las demás, la extraordinario unidad de sentimientos y de referencias culturales y políticas de todas las partes de la Monarquía…Desde entonces se insiste, sobre todo, en que ante sus intereses superiores, deben desaparecer o posponerse las diferencias e intereses parciales: ya no hay ni castellanos, ni gallegos, ni asturianos, ni catalanes, sino sólo españoles…” (Modernidad e independencias. Ensayos sobre las revoluciones hispánicas, Mapfre/FCE, México (3)2001, 158s.

[31] Id., 104s. El punto relativo a la “soberanía que reside en la Nación”  y sus derivaciones, se expresa en la Constitución de la Monarquía Española promulgada en Cádiz el 18 de marzo de 1812 de esta forma: “Art. 1°: La Nación española es la reunión de todos los españoles de ambos hemisferios. Art. 2°: La Nación española es libre e independiente y no es ni puede ser patrimonio de ninguna familia o persona. Art. 3°: La soberanía reside esencialmente en la Nación y por lo mismo, pertenece a ésta exclusivamente el derecho de establecer sus leyes fundamentales…Art. 12: La religión de la Nación española es y será perpetuamente la católica, apostólica, romana, única verdadera. La Nación la protege por leyes sabias y justas y prohíbe el ejercicio de otra alguna. Art. 13: El objeto del gobierno es la felicidad de la Nación, puesto que el fin de toda sociedad política no es otro que el bienestar de los individuos que la componen. Art. 14: El gobierno de la Nación española es una monarquía moderada hereditaria. Art. 15: La potestad de hacer las leyes reside en las Cortes con el Rey. Art. 16: La potestad de hacer ejecutar las leyes reside en el Rey. Art. 17: La facultad de aplicar las leyes en las causas civiles y criminales reside en los tribunales establecidos por la ley.  El tema en torno al concepto de Nación y su problemática en la época de las independencias hispanoamericanas: Benedict Anderson, Imagined communities, Verso, London/New York 1991. Francois-Xavier Guerra, Modernidad e independencias, sobre todo los capítulos, V: Imaginarios y valores de 1808 y IX: Mutaciones y victoria de la Nación. Roberto Breña, El primer liberalismo español y los procesos de emancipación de América, 1808-1824. Una revisión historiográfica del liberalismo hispánico, El Colegio de México, México 2006. Tomás Pérez Vejo, La construcción de las naciones como problema historiográfico: el caso del mundo hispánico, Historia Mexicana 210(2003), 275-311. Un apunte breve acerca del asunto de la soberanía, las razones del nacionalismo y los aspectos sociales y políticos de la liberación: John Lynch, Las revoluciones hispanoamericanas. 1808-1826, Ariel, Barcelona (10) 2007, 308-312. Valdría la pena releer dos ponencias presentadas en el VIII coloquio de antropología e historia regionales (Zamora 1986): Herón Pérez Martínez, Nacionalismo: Génesis, uso y abuso de un concepto y: Benedict Anderson: El efecto tranquilizador del fratricidio: O de cómo las naciones imaginan las genealogías. (Cecilia Noriega Elio (ed.), El nacionalismo en México, El Colegio de Michoacán, Zamora 1992, 27-81. 83-103.) Para el tema de la relación entre la monarquía española y la Santa Sede bajo el “antiguo régimen” es fundamental: Antonio de Egaña SJ, La teoría del Regio Vicariato en Indias, Pontificia Università Gregoriana, Roma 1958.

[32] (1729, Madrid-1815, México) Virrey efímero que ocupó el cargo de forma interina ante la deposición de José de Iturrigaray en septiembre de 1808 por ser el militar de mayor graduación presente en la Nueva España, “(…) Gobernó sometido a la Audiencia y al partido peninsular, a quienes debía el mando.” (Diccionario Porrúa, 1414.)

[33] Archivo del Cabildo Metropolitano,  libro 65 (CEHM, rollo 29), ff. 16-24v.

[34] Ib.

[35] (1750, Arnedo de la Rioja (Logroño)-1811, México) Doctor en derecho canónico, después de ocupar varios cargos en el obispado de Zamora (España), fue canónigo, vicario general y obispo auxiliar en la sede primada de Toledo. En 1801 pasó a ser obispo residencial de Teruel y de ahí al arzobispado de México el año siguiente. Fue Virrey de la Nueva España de 1809 a 1810: “[…] mostró su virtud y su celo en el cumplimiento de sus obligaciones y su carácter dulce y caritativo. Fundó en la universidad la cátedra de disciplina eclesiástica y en Guanajuato el pueblo de la Concepción de Arnedo. De virrey, favoreció la política de los criollos en medio de sus titubeos de gobernante anciano y enfermo, sometido a varias influencias.” (Diccionario Porrúa, 2016.)

[36] Archivo del Cabildo, ib., fol. 24v.

[37] La narración del acto: id., ff. 28-30. (Se repite: ff. 387-389.)

[38] Id., f. 46v.

[39] Id., f. 50v. Texto completo: “El Deán y Cabildo de esta Santa Iglesia Catedral Metropolitana suplica a usted se digne concurrir en los días 1,2 y 3 del mes que entra, al triduo que se ha de celebrar ante el DIVINÍSIMO expuesto y a la solemne procesión en que ha de salir en triunfo el último día por la mañana en desagravio de los ultrajes que ha recibido de las sacrílegas manos de nuestros enemigos, y para que abatido su orgullo, sirvan de triunfo a la religión y a nuestro Católico Soberano el SEÑOR DON FERNANDO SÉPTIMO, restituido al trono de su monarquía. Abril 28 de 1809.”  (Ortografía ligeramente modificada. Las palabras en letras mayúsculas se encuentran así en el original.)

[40] Datos al respecto y reflexión historiográfica: Roberto Breña, El primer liberalismo español, 104-110.

[41] Transcrito en: Albert Dérozier, Quintana y el nacimiento del liberalismo en España, Turner, Madrid 1968. (Cita en: Breña, 111, del original francés: Joseph Manuel Quintana et la naissance…, 298s. De las vicisitudes que sobrevinieron: Breña, capítulos II y III: España y América (1810-1814): las Cortes de Cádiz.

[42] Archivo del Cabildo, libro 65, f. 397.

[43] Id., Libro 66, ff. 46-49.

[44] Id., libro 65, ff. 272-274.

[45] Libro 65, sin foliar.

[46] Alamán, Historia de Méjico, 3, 137s.

[47] Id., 138s.

[48] Id., 137. Acerca del asunto de los caballos: “[…] Para proveer al ejército de los que necesitaba para su remonta, y todavía más, para evitar que hiciesen uso de ellos los insurgentes, concibió el virrey Venegas el extravagante proyecto de comprar todos los caballos que había en el país, pertenecientes a toda persona de cualquier estado, dignidad o condición que fuese…condenando a la pena capital a todos los que, quince días después de publicado el bando en la cabecera de su distrito se encontrasen a caballo sin [licencia por escrito]. El descontento que estas disposiciones produjeron fue tal, que varias personas se pasaron a los insurgentes por no deshacerse de sus caballos, entre las cuales una fue Don José Antonio Pérez, hermano del magistral de Puebla y diputado por aquella ciudad en las Cortes. Como sucede siempre con todas las falsas medidas, ésta produjo un efecto contrario al propuesto, y hallándola impracticable, fue preciso no insistir en su ejecución, sin derogarla por eso; proceder ordinario pero pernicioso de las autoridades superiores cuando yerran y no se atreven a confesarlo.” (Alamán, 3, 140s.) (El “magistral de Puebla,” participó en las Cortes de Cádiz, fue elegido obispo de la diócesis angelopolitana el 19 de diciembre de 1814 y ordenado en Madrid el 5 de marzo de 1815. Murió en Puebla el 26 de abril de 1829.) (Bravo Ugarte, Diócesis y obispos, 80.)

[49] Libro 66, f. 98. Todavía no era Virrey. Sin embargo: “[…] retirado a México después del sitio de Cuautla tenía en su residencia…su pequeña corte, adonde concurrían los descontentos con el gobierno de Venegas, a quien acusaban de falto de plata e impotente para contener y terminar la revolución.” (Diccionario Porrúa, 539.)Sobre su interesante actuación en Cádiz, muy de la mano con la del diputado Guridi y Alcocer: Alamán, 3, 15-29

[50]  Pedro José de Fonte y Hernández de Miravete (1777-1839), nacido en Linares (Jaén en Andalucía) vino a México con el arzobispo Lizana y en la arquidiócesis ejerció los cargos de juez de testamentos, provisor, vicario general, párroco del Sagrario, canónigo doctoral, inquisidor honorario y primer catedrático de disciplina eclesiástica en la universidad. Fue arzobispo de México efectivo hasta el 30 de enero de1823, día en que salió hacia España por no estar de acuerdo en conciencia con la independencia. En un oficio al cabildo metropolitano de esa fecha, firmado en Huehuetlán, sólo avisó que: “[…] sale de la diócesis.” (Creo que se trata de Huehuetlán (“el Grande” o “el Chico”) en Puebla, pues existe otra localidad con el mismo nombre en la Huasteca potosino en el que muy difícilmente pudo haberse encontrado.) El Papa Gregorio XVI le exigió la renuncia en 1837 y falleció en Madrid en 1839. (Datos tomados en parte del Diccionario Porrúa, 1326, en donde se dan otras fechas de su renuncia y fallecimiento. Los demás son de Bravo Ugarte, Diócesis y obispos, 64.)

[51] Libro 66, f. 112. El antecedente sobre el traslado de la imagen se dio el 31 de octubre de 1810 cuando, ante el temor de que las huestes del Padre Hidalgo entrasen a la ciudad de México, a instancias del virrey se transportó de su santuario con discreción interrumpida por la devoción de muchos indígenas que tomaron en su trayecto el lugar de las mulas que arrastraban el carruaje que la llevaba:“[…] Entró a la ciudad a las cinco de la tarde y cuando llegó a la Catedral Metropolitana fue colocada en el altar mayor. Venegas se presentó…y ante una pequeña comitiva y los canónigos del templo, puso al pie de la imagen su bastón de mando, la declaró generala, le colocó la banda que identificaba el grado y la declaró protectora de la ciudad…El primero de noviembre fue muy tenso; la gente circulaba con miedo en el día de Todos los Santos. Hidalgo se mantuvo en Cuajimalpa y sólo envió pequeños grupos para que incursionaran en Santa Fe, San Ángel, Coyoacán y San Agustín de las Cuevas…Al día siguiente se supo que Hidalgo emprendía la retirada sin razón aparente…la capital recuperó su espíritu y su paz. En medio de festejos y acciones de gracias, la gente devota lo atribuyó a la generala de los Remedios, que ganaba su batalla frente a la insurgencia sin necesidad de que se disparase un solo tiro.” (Othón Nava Martínez, La generala que salvó a la ciudad, 20/10. Memoria de las revoluciones en México, n. 1 (junio-agosto 2008),187.)

[52] Alamán, 2, 551. “Paladión: Objeto en que estriba o se cree que consiste la defensa o seguridad de algo.” (Diccionario de la Real Academia Española.)

[53] Se trataba de uno de los monasterios de monjas más antiguos e importantes de la ciudad. Lo habitaban religiosas concepcionistas. Véase: María Concepción Amerlinck, Regina Coeli, en: Conventos de monjas. Fundaciones en el México virreinal, Grupo Condumex, México 1995, 51-54.

[54] Alamán, 2, 551-553.

[55] Libro 66, ff. 196r-203. 214v-216. Puede ser que la fecha que aquí cito como del juramento sea más bien la de la reunión posterior del cabildo y del acta levantada de ella, pues en el relato de las solemnidades se dice: “[…] el 30 [de septiembre] reunidos en el salón principal del palacio del virrey, audiencia, ayuntamiento y todas las demás autoridades y corporaciones que suelen asistir a tales ceremonias, se leyó la constitución por un secretario del rey [¿virrey?] e inmediatamente el virrey, audiencia y demás concurrentes, hicieron juramento de cumplirla ante una imagen de Jesucristo crucificado, colocada en una mesa delante del retrato del rey, que bajo dosel estaba en la cabecera del salón. Enseguida, el virrey con toda la comitiva pasó a la Catedral, donde se celebró la misa por el arcediano Beristáin, quien después del Evangelio hizo un discurso exhortando al fiel cumplimiento de lo que se acababa de jurar. Cantóse el ‘Te-Deum’ y vuelto el virrey al palacio, fue cumplimentado por todas las autoridades.” (Alamán, 3, 278.) Transcribo un dato interesante: “[…] La plaza llamada hasta entonces Mayor, debía tomar el nombre de ‘Plaza de la Constitución.’” (Nombre que hasta ahora lleva.) (Alamán, 3, 281.)

[56]  Edicto del 3 de junio de 1812 prohibiendo la lectura del Ilustrador Americano. Impreso. Archivo del Cabildo Metropolitano, Libro 65, sin foliar.

[57] Alamán, 3, 150.

[58] Es decir, la Junta. En el lenguaje protocolario de los insurgentes en estos años se utilizaron títulos propios del tratamiento monárquico: Majestad, Alteza Serenísima (se le aplicará al Generalísimo Morelos) y otros.

[59]  Ippolito Aldobrandini, Papa de 1592 a 1605.

[60] Lemoine, 104s. Bula: (Nombre a partir de un sello que llevaba en forma de bola (bulla en latín). “Documento pontificio relativo a materia de fe o de interés general, concesión de gracias o privilegios o asuntos judiciales o administrativos, expedido por la Cancillería Apostólica y autorizado por el sello de su nombre u otro parecido estampado con tinta roja.” (Diccionario de la Real Academia Española.)

[61] Antonio Ghislieri. Pontífice de 1566 a 1572.

[62] Breve: “Documento emitido por el Papa y redactado en forma menos solemne que las bulas.”(Id.)

[63]José María Contreras Mazario, La asistencia espiritual en derecho canónico y concordado, Centro de Estudios Ramón Areces/ Universidad Carlos III de Madrid, Madrid 2001, 60.

[64]  Gianbattista Panphili. Papa de 1644 a 1655.

[65] La asistencia espiritual, ib.

[66]  Lorenzo Corsini. Ejerció el papado de 1730 a 1740.

[67] Cos, quien podía estar citando de memoria, mencionó a Clemente X y no al XII del mismo nombre. Quizá también por citar de memoria, o a fin de darle mayor fuerza a su argumento, llamó bulas y no breves a los documentos que aludió.

[68]  La asistencia espiritual, 61.

[69] Prospero Lorenzo Lambertini, Pontífice Romano de 1740 a 1758.

[70] Giannangelo Braschi, Papa de 1775 a 1799.

[71]  “Con conciencia segura,” es decir, sin que pudiera pensar en la invalidez de los actos emprendidos en materia sacramental.

[72] La asistencia, 62. Otros breves pontificios respecto del Vicariato: Apostolicae Benignitatis de 14 de marzo de 1764. Cum in exercitibus, 27 de agosto de 1768 de Clemente XIII y otros del mismo nombre: 6 de octubre de 1775, 21 de enero de 1783 y 20 de abril de 1790, de Pío VI. (Id., ib.)

[73]De todos modos.” Es decir, de alguna manera.

[74] Lemoine, 105.

[75] Retórica, 1,13, 137s. Ética a Nicómaco, 5/10, 1137 a - 1138 a.

[76] Sobre el asunto, la acción del virrey Venegas, la reacción del clero de la arquidiócesis de México y el silencio y la contrarreacción del cabildo, véase la nota 21.

[77]  Edicto del 3 de junio de 1812: “[…] mandamos a los confesores así del clero secular como del regular de todo el arzobispado, que adviertan a los penitentes sobre esta delicada materia cuanto enseñan los Doctores Católicos de la más sana doctrina; y a los predicadores que declamen y combatan desde el púlpito contra esta nueva máquina infernal que ha inventado el padre de la discordia [o sea, el diablo] para arrancar de nuestro suelo la semilla de paz que debemos fomentar.” Véase nota 56. De hecho el mandato se dirige a exhortar, no a denunciar. Acerca de la utilización del púlpito en medio de la crisis, es muy importante: Carlos Herrejón Peredo, Del sermón al discurso cívico. México, 1760-1834, El Colegio de Michoacán/El Colegio de México, Zamora/México 2003, sobre todo el capítulo VIII: Identidades y crisis de la monarquía.

[78] Lemoine, 105-107.

[79] La alusión es a Santo Tomás de Aquino. Compendium, I, Pamplona 1805, 100-102. (Algunas palabras están citadas en latín. Traducción mía. Los antecedentes de una tradición continua: San Alberto Magno (1200-1280): “[…] Por su misma naturaleza, los actos humanos son inestables y están sometidos al cambio. Hay que respetar esta continua variabilidad y no pretender abarcar todas las acciones humanas dentro de una sola y misma ley universal. Lo real no debe acomodarse a la regla, sino la regla a lo real.” (Comentario a la Política de Aristóteles, III, 300). Santo Tomás de Aquino (1225?-1274): “[…] Por ser los actos humanos sobre los que recaen las leyes,…no fue posible establecer una ley que no fallase en un caso concreto…Sería pernicioso cumplir la ley a rajatabla…Dejando a un lado la ley [corresponde] seguir lo que pide la justicia y el bien común.” (Suma Teológica, II-IIae, questio 120, art. 1). Francisco Suárez (1548-1617): “[La epiqueya actúa] cuando es razonable obrar contra la ley buscando una mejor aplicación para bien del individuo.” San Alfonso María de Ligorio: “[Se aplica] en los casos en que el legislador no quiso obligar.” (Theologia Moralis. De legibus, I, q. 138, 829.) La posición contemporánea, incluso después del Concilio Vaticano II (1962-1965) al respecto: Antonio Hortelano, Problemas actuales de moral, I, Sígueme, Salamanca 1981. Bernard Häring, La ley de Cristo, I, Herder, Barcelona 1967, 336-338. La virtud de la epiqueya, en: VV. AA., El mensaje de la hora presente, Herder, Barcelona 1968, 240-249.

[80] La cita (hecha probablemente de memoria por el autor) es de Juan 10, 11b. 12b. El contexto de ella dentro del evangelio es el enfrentamiento entre Jesús y un grupo de fariseos a propósito del cumplimiento de la ley después de la curación de un ciego de nacimiento. (Jn, 9, 1-34) Este último relato, de alta calidad imaginativa, lleva en su línea de profundidad la lucha entre la luz y las tinieblas, siendo Jesús la Luz que juzga al mundo, tema omnipresente en la escritura joánica. Buen pastor o Pastor bueno. El adjetivo lleva el peso de la palabra griega kalós, que no se refiere a la bondad entendida como mansedumbre, sino que, además de aludir a la belleza y su esplendor (como espléndida, brillante o reluciente es la verdad y la bondad), apunta hacia la nobleza y la condición humana ideal. La imagen de Jesús como el buen pastor “que da la vida por sus ovejas” pertenece a la tradición cristiana primitiva acerca del valor de su pasión y muerte. Su trasferencia a los “pastores de la Iglesia” (obispos, sacerdotes y ministros), como en este documento es citado el texto, se hace de modo tranquilo a lo largo de la Edad Media. (Datos a partir de: Pheme Perkins, The Gospel according to John, en: VV.AA., The New Jerome Biblical Commentary, Prentice Hall, Englewood Cliffs, New Jersey 1990, cap. 61,  n. 138, p. 968 y los títulos y notas correspondientes a la cita en: Biblia de América, La Casa de la Biblia, Madrid 1994.

[81]  Lemoine, 107s.

[82] Id., 108s.

[83] Historia, 2, 380. Véase nota 10 de este texto.

[84] A la Virgen de Guadalupe. (Con el epígrafe: Terribilis ut castrorum acies ordinata, (Terrible como ejército en orden de batalla), Cant (Cantar de los Cantares) 6, 4.) Publicado en: Jesús García Gutiérrez, Cancionero histórico guadalupano, Jus, México 1947, 141 y más recientemente en: Adolfo Castañon (Prólogo y cosecha), Arca de Guadalupe. Cinco siglos de inspiración, Jus, México 2007, 177s. La fecha que dan ambos a la elaboración del poema es 1811. Me parece que debió haberse escrito en 1812, teniendo en cuenta la fecha en que se organizó la Junta de Zitácuaro.