UN PECULIAR PERIÓDICO CLANDESTINO:

“DESDE MI SÓTANO”, 1926-1927.

 

Manuel Olimón Nolasco.

Universidad Iberoamericana.- Departamento de Historia.

  La difusión cada vez mayor y muy bienvenida de episodios “no oficiales” de nuestra historia mexicana del siglo XX parece que hiciera casi imposible hallazgos interesantes que permiten entrever acciones humanas de débil trazo pero relevante fondo. Sin embargo, la realidad es otra y los renglones que siguen podrán demostrarlo.

  El 3 de marzo del año que corre (2009), un amigo, el Doctor José Morales Mancera, me invitó a desayunar. Tiempo atrás me había comentado que quería regalarme unos papeles “de la época cristera” que su suegra había conservado.  Así pues, antes de dirigirnos al lugar señalado para el desayuno, pasé a su oficina situada a unos pocos pasos. Me entregó ahí una caja de lata un poco oxidada parecida a las que de niño conocí de la “Sal de uvas ‘Picot’” pero que había alguna vez contenido pastelillos franceses llamados “Biscuits du Château”, anunciados en el exterior de la caja con la figura de una casona, más que castillo, de hechura decimonónica. Sin abrirla, la pasé a la cajuela de mi coche y nos fuimos a desayunar sazonando con buena charla los platillos servidos, buenos también, por cierto. Cuando unas horas después abrí la misteriosa caja, me di cuenta, conforme hojeaba amarillentos papeles, que ahí se contenía un tesoro documental. Estaban entre otros, sin conciencia del paso de los años, un buen número de periódicos de pequeño formato cuyo título era: “Desde mi sótano.”

 Conforme pasé la vista por sus pequeñas páginas me di cuenta de lo atinado del nombre: la redacción breve, directa y casi siempre picante, revelaba a un observador atento que por una ventanuca se asomaba a la acera de su calle: veía los botines, choclos, borceguíes, huaraches y hasta uno que otro pie descalzo de los transeúntes sin poder ver sus caras. También desde su escondite oía rumores, completaba frases entrecortadas, escuchaba silbidos, pregones, ruido acompasado de motores y hasta disparos. Por medio de ese sistema y por las cartas, hojas sueltas y recortes de diarios que le pasaban por debajo de la puerta, percibía e interpretaba la tensión de una ciudad, de un país y del mundo.

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  “Desde mi sótano” es una publicación peculiar: fugaz, de paso breve. En los seudónimos de sus directivos y escritores y en ciertas características redaccionales, queda patente la clandestinidad y la vibración del riesgo de que esas letras impresas, por su contenido y origen, fuesen consideradas subversivas y perturbadoras del “orden”, con consecuencias para sus autores que no requieren de nuestra imaginación.

  La colección de la caja “du Château” va del 22 de agosto de 1926 al 24 de abril de 1927. No he podido saber si se trata de la totalidad de los números publicados o sólo de una parte, pero el hecho de que algunos estén repetidos e incluso haya dos docenas de un ejemplar, me ha indicado que esos pocos no fueron repartidos.

  El lema que preside muchos de los ejemplares es: DIOS Y MI DERECHO. De inmediato esa divisa nos conduce a una organización católica que a lo largo de varios años, pero sobre todo en los de la recia persecución del gobierno de Plutarco Elías Calles realizó una serie de actividades, casi todas clandestinas, en defensa de la legitimidad de la presencia de los católicos en la sociedad mexicana: la “Liga Nacional de la Defensa de la Libertad Religiosa”, conocida simplemente como “La Liga.” Una de sus líneas de trabajo era precisamente la propaganda escrita por medio de impresos, volantes de distintos tamaños, hojas mimeografiadas o mecanografiadas, físicamente realizados por algunos pocos impresores, jóvenes de ambos sexos que habían aprendido a utilizar el mimeógrafo o por secretarias que le robaban tiempo a su trabajo para hacer copias al carbón de escritos que golpeaban la estructura del gobierno “revolucionario” y la conciencia de mucha gente. Estos escritos se difundían casi siempre de mano en mano por mujeres valientes de la clase media que de esa forma colaboran a la causa y sobre todo mostraban la congruencia entre sus creencias y sus acciones. Se llegó a dar el caso de unas señoras que para lograr que un “manifiesto a los pueblos civilizados” escrito por el obispo de Huejutla, Jesús Manríquez y Zárate, se difundiera en lugares inhóspitos, arrojaron desde un aeroplano que sobrevoló la ciudad de México buen número de copias, algunos de los cuales no sólo cayeron en los patios de las casas de la Colonia Roma habitadas por gente “importante”, sino que no pocos fueron recogidos por sorprendidos soldados y oficiales en la Ciudadela, ocupada entonces por la Primera Zona Militar. El enojo del General Roberto Cruz y la “cacería de brujas” o más bien de aviadores que se realizó fue infructuosa en cuanto a saber quiénes habían cometido el “delito.”

  El efecto de la difusión de estos escritos, que tenían cada uno más de un lector y muchas veces eran leídos en voz alta sobre todo en beneficio de quienes no sabían leer, fue doble: el primero deseado; el segundo, consecuencia natural de la situación que se vivía: mantenía viva la conciencia de una situación anómala y alimentaba la resistencia por una parte y, por otra, avivaba la búsqueda de los autores por parte del gobierno, sobre todo mediante el uso de la “inteligencia” de la famosa “policía secreta.” He conocido testimonios de cateos en casas donde se sospechaba la existencia del “sótano” y de revisiones en las casas comerciales --“la Bóker”, “La Helvetia” y otras del género—para encontrar a los compradores de mimeógrafos, “esténciles”, máquinas de escribir y tinta para imprimir.

  “Desde mi sótano”, a manera de parodia de los periódicos autorizados, decía en su primera página: “Registrado como artículo de primera necesidad.” El nombre del director era “Silvio Pellico” (personaje vestido de pieles rústicas; pastor de cabras montañesas). Los “responsables” de la publicación eran: “los causantes del conflicto” y su precio, “elástico: desde un centavo hasta el infinito.”

  La fecha del primer número, 22 de agosto de 1926, hace alusión a “la situación del momento:” “Han transcurrido veinte días sin abrir los templos religiosos. La Iglesia mexicana parece muerta. Vacíos los templos del Sacramento santo del Altar; perseguidos los ministros del Señor, calumniados los pastores de la grey católica, heridos de muerte los creyentes por las afiladas bayonetas de la tiranía.”

  Y es que, a partir de la promulgación de la “Ley Calles”, reglamentaria del artículo 130 constitucional y de las reformas al Código Penal en materia de delitos de culto religioso, realizadas a principios de año y a pesar del diálogo que se había tenido entre los representantes de los obispos mexicanos y el propio Presidente Calles, la vida de la Iglesia católica llegó al grado de la imposibilidad. El 31 de julio, a consecuencia del fracaso del diálogo, se cerraron los cultos en todas las iglesias del país y éstas quedaron bajo el cuidado de grupos de fieles.  Como respuesta a la negativa de celebrar el culto público, el gobierno federal declaró delito el culto privado, a pesar de que la misma constitución de 1917 decía que: “Todo hombre es libre […] para practicar las ceremonias, devociones o actos del culto […] en los templos o en su domicilio particular.” (Art. 24). De esta manera toda reunión y toda “propaganda religiosa” podía ser y de hecho era perseguida. “Desde mi sótano”, pues, entraría de cuerpo entero en esta última categoría.

  El citado medio llamaba en su primera salida a la defensa: “[…] ha llegado el momento de la defensa legítima. El camino para defendernos lo tenemos trazado. Es un camino que todos podemos recorrer, porque se trata DE NO HACER NADA.” ¿Por qué invitaba a “no hacer nada”? Porque la defensa trazada por la Liga era la de la resistencia civil: promover una especie de huelga de consumo –un “boicot”-- que llevaría a que, por medio de la restricción económica que repercutiría tanto en los comerciantes como en el gobierno, se escuchara la voz de los católicos y se transitara al cambio de la situación. La exhortación de la Liga proponía comprar sólo lo mínimo necesario, no asistir a espectáculos y, en la medida de lo posible, vestir de luto. No exhortaba a dejar de pagar los servicios públicos ni las rentas o deudas como algunos órganos oficiales de difusión se ocuparon en decir.

  Número a número, “Desde mi sótano” daba noticias acerca del éxito del boicot que tenía por espacio de realización no solamente las ciudades mexicanas sino también porciones de las ciudades de Estados Unidos con porcentaje elevado de católicos. Insistía en que se continuara con ahínco, que no se rompiera y que estuvieran los lectores atentos a las falsas noticias que difundían los seguidores del gobierno y a las acciones que podían llevar a cabo las organizaciones afiliadas al régimen, sobre todo la CROM de Luis Morones. Igualmente, no se detenía para denunciar por nombre y apellido a los comerciantes que no seguían la propuesta y exhortaba a que se hicieran “listas negras” de casas comerciales, de consumidores y de asistentes a funciones de cine. Así, por ejemplo, el 5 de septiembre exponía: “[…] Las grandes casas comerciales de la ciudad de México han empezado a anunciar, con mucho ruido y pocas nueces, […] baratas nunca vistas, ventas extraordinarias de artículo apolillados y pasados de moda para contribuir a romper el boicot de los católicos. […] No nos extrañan estas cosas de los hijos de Mercurio, pero sí nos extrañan en un Señor Arellano, católico romano, que al primer peso perdido abandona sus convicciones y se porta como un cismático. ¡Menguado catolicismo que se rige por la elocuencia de los números! Debemos estrechar nuestro círculo de inactividad en torno de las grandes casas comerciales y sobre todo de “El Paje” [el establecimiento de Arellano].”

  La colonia española, abundante en la capital del país, pareció dividirse en cuanto a la ruta a seguir: celebrar sin misa ni procesión la fiesta de la Virgen de Covadonga del 8 de septiembre y apoyar o no el boicot. “Desde mi sótano” no se reprimió para comentar: “[…] Han querido explicar su actitud alegando miedo a las represalias de Calles. ¿Un español con miedo? […] ¿Y celebrar por miedo una fiesta que es toda del valor de un puñado de españoles capitaneados por Pelayo contra una morisma furiosa? No son los descendientes de Cortés, que delante de Moctezuma, rodeado de una indiada furiosa derribó a tajos y mandobles los ídolos del adoratorio los que ahora tiemblan como niños chiquitos ante un problemático enojo de Calles…

  “Gachupín quiere decir ‘cabeza de víbora’ y como víboras que muerden el seno donde se crían se han portado. Pero, Señores gachupines: lo que habéis hecho no se olvida tan fácilmente. Sabemos distinguir, y muy bien, entre gachupines y españoles. Y nos veremos las caras muy pronto. ¡Mueran los gachupines! Y ¡Vivan los españoles!” (9 de septiembre).

  El 12 del mes citado la primera página preguntaba: “¿Se tocará este año la campana de Dolores?”: “[…] Esa campana lanzó al aire la buena nueva de la libertad de un pueblo. Un sacerdote fue el campanero y fue valiente traducción en bronce del aliento de su alma: ¡abajo la opresión! ¡Viva la Virgen de Guadalupe! [Su] alegre repiqueteo arrancó de sus hogares a hombres y mujeres y los plantó gozosos ante la parroquia de Dolores, abierta de par en par a la esperanza de la Religión y de la Patria.

  “¡Ay del pueblo que [hoy] tiene una campana…de dolores! ¡Ay de la campana que tiene que llorar, herida no por el Padre Hidalgo…sino por el compañero Calles! Seguramente que su alegre y claro tan, tan,  se cambiará este año en un sonido ronco, engañoso, graznante; en algo así como: crom, crom…Yo por mi parte, (agregamos: desde mi sótano), no la oigo.”

  Según parece, a causa de la delación de algún o algunos “chismosos”, la policía secreta dio con “Silvio Pellico” al que “se lo llevó la trampa.” Por ello, el 10 de octubre se anunció un nuevo director: “El Lic. Verdad,” nombre que lleva inscrito una doble alusión: al Licenciado Primo de Verdad y Ramos, complotista en 1808 y precursor de la independencia mexicana y a la Verdad,  elusivo concepto sólo perceptible sin el miedo. El citado “Lic.” anunció: “Con motivo de las inundaciones recientes, de las clausuras de imprentas, los ciclones y las ventoleras y de otros fenómenos meteorológicos, a Silvio Pellico, nuestro primer director, se lo ha llevado la trampa. Recojo con gusto la herencia que nos dejó y de hoy en adelante, tras breve interrupción de nuestro ‘periódico de primera necesidad’, tendré la honra de cargar con su peliaguda dirección.” Peliaguda, sí, de pelambre enhiesta y que podía “parar los pelos.”

   En esa misma página se trascribía una anécdota reveladora de incongruencias no pequeñas: “[…] Hace unos cuantos días, ‘El Imparcial’ y ‘El Universal Gráfico’ nos daban unas estupendas declaraciones del jefe de la policía: […] ya tenían localizadas a unas criminales tratantes de blancas, pero se interpusieron ‘altos personajes’ y se vieron obligados a desistir de su empresa. Esos ‘altos personajes’ son los que mandan a las cárceles por repartir hojitas de propaganda religiosa a señoras y señoritas distinguidísimas y valientes…” Y a propósito de la eficiencia policíaca para encontrar maleantes, el 7 de noviembre relataba que “el hombre de la macana”, “ser misterioso”, criminal buscado empeñosamente, no había sido encontrado. Comentaba “Desde mi sótano”: “[…] si se tratara de un sacerdote que ejerce su sagrado ministerio en la casa de un católico cualquiera o de una de las valientes señoritas que reparten su propaganda de la Liga, la policía ya hubiera hecho una aprehensión y habría formado [en su informe] un complot tremendo.”

  Blanco directo de la crítica eran los presidentes sonorenses, Álvaro Obregón y Plutarco Elías Calles, el primero de ellos listo ya, una vez reformada la constitución, para ser de nuevo candidato presidencial. A este propósito comentó nuestro periódico en el mismo número: “[…] El mundo oficial –triste mundo por cierto—se ha deshecho en alabanzas y ha barbeado de lo lindo al GRAN hombre de la revolución. Y la Cámara, para borrar quizá ciertas malas impresiones, al solo anuncio del viaje de don Álvaro, reformó el artículo 83 aniquilando en unas cuantas horas otra de las conquistas de la Gloriosa: la no reelección.”

  De Calles se habló con profusión y se usaron para el efecto términos ácidos, a la par no exentos de cierta gracia. Por ejemplo, después que el diario “Excélsior” publicó un reportaje sobre las habilidades del Presidente como agricultor, demostradas “en vivo”, se comentó lo visto “desde el sótano”: “[…] Decimos que erró su vocación. Y la verdad que fue una lástima. En vez de los quebraderos de cabeza que debe tener a todas horas, y de los quebraderos de cabeza que nos causa con su manía de hacer leyes sectarias…Nunca es tarde, Señor Calles, para ‘desfacer el entuerto.’ Tiene usted la afición, las fuerzas y la habilidad para cultivar las fértiles tierras de Sonora en compañía de su compadrito don Álvaro. Porque como gobernante está usted arruinando la patria, nos está cubriendo de ignominia ante todo el mundo, nos está amargando con las lágrimas de nuestros ojos el poco y caro pan que comemos; está haciendo la desgracia de todo un pueblo; y como agricultor, si se va usted de cabeza a alguna zanja, la cosa no será tan grave, aunque muy sensible.” (16 de diciembre de 1926).

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  “Para muestra” –como se dice—“basta un botón.”

  El periódico clandestino que hemos levemente explorado abre las puertas a toda una manera de ver lo que pasaba desde un lugar privilegiado y congruente pero también riesgoso y difícil. El boicot de los católicos, a pesar de que se ha hablado poco de él, fue un mecanismo de presión que funcionó, junto con otros, a fin de que se abriera una mesa de diálogo multilateral en la que participó el mismo Calles. Si bien en la ciudad de México, plural y cosmopolita ya en esos años, concentradora de muchos intereses económicos y archivigilada por la “secreta”, tuvo resultados medianos, no fue así en Guadalajara, Morelia, Aguascalientes, Colima o Durango donde incluso “[…] dos Cámaras de Comercio [en dos de estas ciudades] fueron disueltas a causa del boicot.” (10 de octubre).

  Importancia especial tuvo en el punto del diálogo la dimensión internacional que adquirió el tema, que los representantes diplomáticos y consulares mexicanos trataron de minimizar inútilmente, en el que esas modestas hojas tuvieron un papel protagónico. El número del 9 de septiembre reprodujo un artículo que el Padre John Burke, secretario de la Conferencia Católica de Obispos Estadounidenses y “héroe desconocido” de la conciliación mexicana publicó en “The New York Times” al día siguiente de la suspensión de los cultos: “[…] La Iglesia católica ve claro que la libertad religiosa, la libertad de enseñanza, la de prensa, debe conquistarse cueste lo que cueste. […] Obligados por el Estado a aceptar un número de sacerdotes que él nombre, los obispos han declarado que no aceptarán la esclavitud y han retirado a los párrocos y a los sacerdotes de las iglesias. Éstas permanecerán abiertas, el pueblo asiste, pero el sacrificio de la misa no se dirá. Los obispos han pedido a los fieles que recen, que se abstengan de lujos, que ayunen. […] La Iglesia de México está combatiendo con su vida, está luchando por los principios de libertad en que se basa nuestro país [Estados Unidos]. ¿Podremos ver con indiferencia los ataques infames de un gobierno que ha llegado al poder con el auxilio del nuestro?”

  El 5 de diciembre de 1926 anunció no sin cierto orgullo: “[…] Nuestra humilde publicación ha recibido en otros países honores que ciertamente no esperábamos y que se deben a la mucha caridad con que nuestros hermanos católicos de aquellos pueblos miran todas las cosas del catolicismo mexicano. En los Estados Unidos se ha reproducido en la prensa por la fotografía algún número de nuestro periódico, con artículos encomiásticos para nuestro valor y decisión. En Bélgica una simpática revista titulada ‘L’Effort’ (‘El Esfuerzo’), [seguramente órgano de un movimiento obrero católico] publicó íntegros algunos de nuestros artículos y tiene la bondad de comparar nuestro ‘Desde mi sótano’ a la inmortal ‘Libre Belgique’ que fue durante la guerra el sostén más simpático de los heroicos belgas.” (Este periódico de tendencia católica social, polémico y muy aceptado por el público se fundó en 1884 y se publica desde entonces en Bruselas).

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  Etapa compleja y difícil para el pueblo mexicano, lastimado en el corazón de sus tradiciones y de la más íntima de las libertades, la de conciencia, fue la que vivió y pulsó “Desde mi sótano” o, más bien dicho, vivieron y pulsaron sus editores, distribuidores y lectores, que aunque anónimos para nosotros, resultan admirables por su valentía y congruencia. La revolución mexicana estaba entonces lejos ya de la apertura maderista;  los sonorenses y quienes los seguían creían poder borrar de un plumazo una línea continua que la historia de un pueblo llevaba en su mismo timbre de identidad. Las amarillentas hojas que mostraron sus frutos al salir de  la prisión amable de la caja de los “Biscuits du Château” han puesto ante nuestros ojos una faceta real poco conocida de la resistencia tenaz de los católicos en circunstancias extremas.

  Aunque, como decía al comienzo de este escrito, la difusión cada vez mayor y muy bienvenida de episodios “no oficiales” de nuestra historia está presente y actuante, de tal manera lo “cristero”, que no es sino una pequeña parte de la multifacética realidad de los católicos en la época ha llegado a ser tópico de estudio y hasta de conversación, que el aspecto de persecución religiosa, mucho más sólido y definido al hurgar en varias décadas del siglo XX se ha oscurecido o, para decirlo de mejor manera, no ha podido develarse bien su luz propia.

  Ojalá estas pocas páginas contribuyan a despertar al menos cierta curiosidad. Ella es, sin duda, el principio de todo conocimiento y de toda ciencia.