FRENTE A LOS CENTENARIOS.

 

MÁS ALLÁ DE LAS REVOLUCIONES

 

Manuel Olimón Nolasco.

   A mediados del mes de octubre del presente año asistí, invitado por la comisión correspondiente de la CEM a la V Jornada Académica organizada a propósito de los centenarios en la ciudad de Monterrey que tuvo como tema general la Iglesia católica y la revolución mexicana. Teniendo en cuenta la complejidad de la temática, pensé que sería de provecho no intentar una incursión en lo que comúnmente se piensa a la hora de pronunciar la palabra “revolución”, sino concentrarme en algún momento fuerte y poco apreciado dentro de los años de nuestra historia que se consideran “revolucionarios”. Sin muchos titubeos, me decidí por fijarme en un acontecimiento que tuvo lugar en 1924, dentro del paréntesis de aparente paz del régimen de Álvaro Obregón y que alentó la expresión abierta de la fe de los mexicanos y puso a prueba –no resistida— la tolerancia del gobierno revolucionario en la materia. Se trató del Congreso Eucarístico Nacional, espléndida manifestación en honor de la mayor de las presencias y el mayor de los consuelos para el alma cristiana: Jesucristo en la Eucaristía, “fuente y cumbre de toda vida cristiana.”

  Al final de mi exposición, tras haber hecho alusión a la interrupción autoritaria del congreso y al intento de consignar penalmente a los “delincuentes” que adornaron las fachadas de sus casas en la ocasión, hice una referencia al himno que para esa ocasión compuso el Padre Julio Vértiz y que se oye todavía, aunque no con la frecuencia que merece, en actos eucarísticos: “Cantad, cantad, la patria se arrodilla al pasar Jesucristo Redentor. Un nuevo sol para nosotros brilla: sol del amor…Hostia, sol del amor, tu luz inflama el corazón de México leal…” Y ante esa referencia me pregunté: “¿Dónde están hoy Carranza, Obregón, Calles y su revolución? ¿La CROM (Confederación Revolucionaria de Obreros Mexicanos) de Morones (organización que bloqueó el acto cultural con el que finalizaría en congreso)?”

  Durante varias décadas todos los discursos políticos tenían casi obligatoriamente, que mencionar elogiosamente a la revolución. Elogios en cuanto a la justicia de sus postulados y, desde luego, a sus realizaciones, como si cuanto pasara de bueno en el país proviniera de ese “cuerno de la abundancia” adjetivado como revolucionario. Año con año se daban a conocer las cifras del reparto agrario, de tal modo exagerado que mi padre comentó más de una vez: “—Seguramente ya van en el sexto piso.”

 Y aunque ya ha sido superado el discurso revolucionario y la atribución a ese complejo movimiento de los avances de México, cualesquiera que fuesen, todavía quedan, en algunos lugares del país, como en donde yo vivo, “polvos de aquellos lodos”.

  Me tocó ver pasar por la calle un desfile formado, primeramente, por contingentes de adultos pertenecientes a los sindicatos de maestros, comerciantes, agricultores y otros grupos; más adelante los pequeños de los jardines de niños vestidos (como era previsible), ellos de zapatistas con carrilleras de cartón, bigotes postizos y calzón de manta y ellas de “adelitas”; después los contingentes de las primarias y secundarias con vestimentas similares y con algunos elementos de cierto peso ideológico: unos “catrines” y damas con vestidos largos sobre un auto deportivo (bello anacronismo) representando a “la alta clase porfiriana”, un ferrocarril de cartón en cuyos vagones se leía (me parecieron “logros revolucionarios”): “creación de la CNC”, “creación del IMSS”, “creación del SNTE”.

Más tarde tuvo lugar una representación teatral breve donde no sólo se confundieron los personajes y se repitieron frases gastadas, sino que se cantó el corrido de Valentín de la Sierra (canto cristero) como zapatista. Creo que se trató de algo que no se ve ya en las ciudades pero, ¿aun en eso están marginadas las comunidades semirrurales?

  Sin embargo, la revolución mexicana existió, fue un fenómeno social ambiguo, recogió ecos de clamores populares y de muy legítimas aspiraciones y tuvo y tiene que ocupar un lugar en la memoria mexicana. Pero, creo, en la memoria crítica, fundamental y urgente en todo auténtico proceso educativo. Y si en México se ha detectado como problema central y necesitado de remedio la educación, no podrá soslayarse trabajar en esa línea.

  Al llegar al término de las once colaboraciones que con gusto escribí para responder a una gentilísima invitación, dejo la palabra al documento reciente de la Conferencia del Episcopado Mexicano “Conmemorar nuestra historia desde la fe para comprometernos hoy con nuestra historia” como invitación reflexiva y programática: “[…] Con profunda gratitud hemos contemplado la presencia de Jesucristo en la historia de nuestra Nación. Hemos valorado las acciones de muchos hombres y mujeres que con sus virtudes, e incluso sus defectos, han participado decididamente en la construcción y desarrollo de nuestra Patria, especialmente en los momentos más decisivos de la historia como ha sido el movimiento de independencia y la revolución mexicana. Debemos también ser veraces al reconocer que muchos no supieron seguir los caminos de paz, no supieron acordar consensos en el diálogo, la concordia, la construcción de instituciones. Incluso, muchos cristianos ilustrados no supieron regir, en todo momento, su conducta con criterios de fe, esperanza y caridad…Lo diremos siempre: una visión maniquea de la historia, que busque sintetizar en un ‘todo bueno’ o ‘todo malo’, es injusta. Estamos llamados a ver con objetividad la historia y desentrañar sus enseñanzas que son más positivas que negativas, en su contexto.” (n. 51)