FRENTE A LOS CENTENARIOS.

 

10 SEMILLA DE CRISTIANOS

 

Manuel Olimón Nolasco.

 

  Hace unos días terminé de leer un libro impactante. Se titula: “Pío XI entre la República y Franco”. Su autor es Víctor Cárcel Ortí, conocido por obras anteriores de historia de la Iglesia en España contemporánea. El impacto viene de que, al tener el autor a su alcance, gracias a la apertura de ese sector en el Archivo Vaticano, los documentos del pontificado del Papa Pío XI, situado en el dificilísimo tiempo de entreguerras (1922-1939), ha salido a flote la VERDAD de una persecución cruenta e irracional contra la Iglesia, comunidad arraigada en España desde el primer milenio del cristianismo y elemento integrador de su identidad. Y he puesto en grandes letras el término VERDAD, pues corrientes actuales, dotadas de enorme agresividad cultural, pretenden distorsionar en las mentes de los contemporáneos lo que la memoria y ahora la historia escrita tienen claro: la realidad de una persecución y el surgimiento del martirio en un siglo que se ha vanagloriado de reconocer como ninguno los derechos humanos, efecto no deseado pero glorioso y fecundo pues, como lo escribió Tertuliano en los primeros siglos de vida de la comunidad cristiana, “sangre de mártires, semilla de cristianos.”

  Cuando en España comenzaba y arreciaba la persecución, en México también los católicos sufrían una, más prolongada que la española y percibida por Su Santidad Pío XI como integrada en el eje Moscú-Madrid-México, es decir, con intenciones de arrasar con todo vestigio de religión, de suplantar con “la dictadura del proletariado” ideales de libertad y democracia vivos entre el pueblo y de vaciar los contenidos educativos en una ideología única y totalitaria, supuestamente “revolucionaria.” Un sobreviviente de la imposición de la dictadura soviética en Checoslovaquia que fue presidente de su país, Vaclav Havel, al reflexionar sobre los tentáculos de las persecuciones, afirmó: “en los intentos totalitarios de nuestro siglo se persiguió por igual a los que piensan y a los que rezan.” Y ello, seguramente, porque quien piensa y quien reza sabe que la supremacía y la “última palabra” no están en autoridades terrenas poderosas y armadas, sino en Alguien que trasciende la pequeñez humana y que en el espectáculo de la naturaleza y en la semilla de eternidad sembrada en el hombre ha dejado la huella indeleble del amor y no del odio.

  Conforme se ha ido investigando la historia mexicana del siglo XX y se han deshecho a base de trabajo serio los mitos revolucionarios, han salido a flote las convicciones profundas que llevaron a muchos de nuestros compatriotas a defender con denuedo su fe frente a los intentos de desarraigarla de los espacios públicos y de los corazones y el testimonio del martirio en muchos hijos de esta Iglesia que había vivido ya cuatrocientos años. Ha salido también a flote la solidaridad del Papa Pío XI y la Santa Sede y la de una Iglesia local de la que los mexicanos sabemos poco y le debemos mucho: la de Estados Unidos de América. Personalmente tuve la dicha de sumergirme en el mar de documentos que componen el archivo de la Conferencia Episcopal estadounidense y que mostró la labor paciente y múltiple que desarrolló sobre el caso mexicano entre 1925 y 1938 e hizo surgir la figura de un sacerdote de origen neoyorquino, el Padre John Burke, hombre que no me pareció lejos de la santidad, con quien tenemos una gran deuda por la paz religiosa obtenida no sin episodios dolorosos y decisiones que, a corto plazo, resultaban no sólo incomprensibles sino hasta erróneos y lastimosos.[1]

  El hecho que nuestra Iglesia, que la comunidad cristiana peregrina en nuestra patria haya sido fuente de mártires es signo inequívoco de madurez, pues sólo cuando alguno de los miembros de una comunidad ha probado su fe de ese modo puede decirse que ha llevado su condición de discípulo a un nivel superior y que la enseñanza de las generaciones anteriores a la suya no ha sido estéril. La tierra mexicana había dado frutos de martirio en el Lejano Oriente en los siglos del virreinato pero en el siglo XX los dio con gotas de sangre que cayeron en los surcos de nuestros campos y que indudablemente les dieron aliento a los perseguidos y fecundidad a la aridez.

  No puede caber la duda respecto al reconocimiento que nos merecen nuestros mártires, los canonizados y los que aún no lo son: laicos --algunos quizá ni siquiera conocidos—y sacerdotes de la talla de David Galván, victimado en Guadalajara en 1914, a la hora de la invasión carrancista cuando auxiliaba espiritualmente a los combatientes de ambos bandos; Miguel Agustín Pro, acusado con falsedad y fusilado sin previo juicio en 1927 o el Padre Maldonado, masacrado en Chihuahua cuando el horror parecía superado, entrado ya 1937. Este reconocimiento, desde luego, ha de llevarnos a los cristianos de hoy no tanto a dar lugar a un recuerdo enfermizo y mucho menos vengativo, sino a considerar la grandeza de la obra de Dios en sus hijos, pues Él es quien puso en sus manos la palma del martirio y coronó sus sienes con el laurel de la victoria.

  Es urgente, me parece, que  en los tiempos que corren, nos tomemos el trabajo de  conocer este pasado que aún no es remoto y sobre todo de que las jóvenes generaciones, tan poco habituadas a mirar atrás y más aún a pensar sobre él a causa de un exceso de mirar hacia un futuro que aún no existe, se enteren a qué calidad de cristianos debemos nuestra libertad y gracias a quiénes la fe tiene realidad entre nosotros.

  Las pruebas a nuestra fe, como lo ha subrayado muchas veces Su Santidad Benedicto XVI, son en la actualidad mucho más sutiles y disfrazadas, en ocasiones hechas más de silencio, burla en voz baja, rumor generalizador u omisión, pero llenas de espinas y riesgos como lo fueron los embates de la ola revolucionaria que en el mundo se dispersó en el ya concluido siglo XX.

 Nos corresponde estar agradecidos y al mismo tiempo alertas.


 

[1] De esta investigación salieron 5 libros entre 2007 y 2008: Diplomacia insólita, Paz a medias, Confrontación extrema, Asalto a las conciencias y Hacia un país diferente. Pueden adquirirse en el Instituto Mexicano de Doctrina Social Cristiana (IMDOSOC): tel. 55-56613043. Página electrónica: www.imdosoc.org.mx.