FRENTE A LOS CENTENARIOS.

 

9. CONVIENE PURIFICAR LA MEMORIA DE LA REVOLUCIÓN

 

Manuel Olimón Nolasco.

  Pasados ya los contingentes de esa especie de “Cirque du Soleil” mexicanoide que desfilaron en la capital del país la noche del 15 de septiembre, en el calendario celebrativo de este 2010 todo apunta a noviembre, mes en que se cumplirán cien años del comienzo de la revolución mexicana, “la primera del siglo XX en el mundo”, como se ha repetido.

  No obstante, además de la evocación de las “adelitas” sin rostro o con rostro colectivo, los trenes que han ocupado el espacio de los billetes conmemorativos de 100 pesos y un arsenal cinematográfico grande –pues la revolución ha resultado, en contraste con la independencia, fotogénica y apta para la pantalla—poco es lo que se tiene en la imaginación oficial para conmemorar el 20 de noviembre de 1910.

  La razón de la línea superficial que se asoma para ese día de otoño es sin duda que resulta difícil evaluar, aplicando un criterio de cierto rigor, el accidentado curso de esa etapa del siglo XX mexicano que se ha acortado o alargado de acuerdo a la política variable de los tiempos.

  El punto de vista desde el que se ha observado la época, incluso en esfuerzos serios y meritorios como los más de veinte volúmenes de la “Historia de la revolución mexicana” producida hace cuarenta años por profesores del Colegio de México, es el del triunfo de los sonorenses y el sexenio cardenista. Esa óptica ha permitido que parezca natural y hasta amable la transición de Madero a Carranza y de éste a Obregón y Calles, cuando en realidad no se trató de una transición sino de una ruptura. ¿Qué puede querer decir si no la famosa fotografía que muestra a Villa y Zapata sentados teniendo en medio al presidente surgido de la Convención de Aguascalientes en 1915, el casi desconocido Eulalio Gutiérrez? ¿Cómo integrar en la lista de “héroes”, más deslavada que la de los independentistas pues no han contado con un Carlos María de Bustamante, a los citados junto a Madero y Carranza? ¿Por qué tanta retórica sobre el período de Lázaro Cárdenas citado como modélico e ideal? Anoto las preguntas pero no tengo claras las respuestas que pertenecen a tareas pendientes para los historiadores.

  Ruptura y no transición, he afirmado. Y para escribir esto que puede resultar audaz, me convenció la lectura de un libro editado en Chihuahua, que se titula: “Felipe Ángeles, el legado de un patriota”. Don Felipe, militar a carta cabal, fue hecho a un lado primero y fusilado tras un juicio injusto después, a causa de las envidias de Carranza y los sonorenses, interesados más por el poder en sí mismo que por el seguimiento de ideales y convicciones. El conocimiento de su trayectoria permite dar un giro en la interpretación de los caminos revolucionarios. Escribió su autor, Jesús Vargas Valdés: “[…] La historia le puso nombre al chacal y éste se llamó Huerta, pero no era el único chacal, había otros en potencia, y como habían evolucionado las cosas también se pudo haber llamado Carranza, sólo que éste fue mucho más hábil que Huerta, porque supo esperar a que otros actuaran y asumieran…las culpas.”

  Por todo lo anterior –y no se trata sólo de asuntos de historiadores, pues de alguna manera afectan la actual convivencia entre los mexicanos—la celebración del centenario de la revolución desde las instituciones oficiales tendrá que ser superficial.

  ¿Hacia dónde, pues, orientar los caminos reflexivos, únicos que en realidad valen la pena? Creo que habrá de dirigirse al reconocimiento de los sufrimientos del pueblo sencillo, de los campesinos, de los rancheros, mucho más representados en los movimientos de Zapata y Villa y al de los católicos que, sin tener nada de antirrevolucionarios y siendo herederos de una tradición de aportar a la patria lo mejor de sí mismos, incluida su abnegación y aliento a las mejores causas, fueron vistos como estorbo para la realización de algo que nunca se tuvo claramente delineado.

  Con el paso de las décadas la memoria mexicana conserva aún esa confusión entre entusiasmo y miedo, entre arrojo y retracción que los viejos llamaron “la bola”, a la que niños y jóvenes se fueron sin saber por qué ni hacia dónde se dirigían y ese verbo que todavía dice mucho, sobre todo cuando se aplica a los políticos de toda denominación: carrancear, sinónimo entre jocoso y serio de robar.

  La memoria puramente negativa, sin embargo, hace daño a las personas y a las colectividades, pues permite que penetre el doloroso legado de la amargura, consejero infeliz y fuente ciega de más amargura. Llega la hora, me parece, y la cercanía de noviembre de 2010 es oportunidad de oro, de caer en la cuenta de qué necesaria es purificar nuestra memoria al traer a ella una realidad ambigua como la de los tortuosos caminos de la revolución. Al voltear la vista a esas décadas, puede reconocerse la defensa de la fe y la hora del martirio que llegó para la Iglesia mexicana; hora del martirio que, como para las viejas Iglesias en los tiempos de Diocleciano o Maximino fue el campanazo de la madurez como pueblo, alimentado desde siglos, a pesar de las fallas y los defectos, por la palabra divina y por el “sacramento de los fuertes”, la eucaristía, pues, como se ha dicho desde la época de la Iglesia primitiva, “la sangre de los mártires es semilla de cristianos.”