FRENTE A LOS CENTENARIOS.

 

8. DESPUÉS DE MADERO…EL DILUVIO.

 

Manuel Olimón Nolasco.

Se le atribuye a Napoleón Bonaparte la frase: “Después de mí…el diluvio.” Palabras que, sin duda, apuntaban hacia un futuro difícil –como lo fue—para Europa, continente que tendría que soportar divisiones y dificultades de gran envergadura.

  Y si a futuros difíciles nos referimos, la frase de Bonaparte puede aplicarse hasta con mayor realismo a Madero y al diluvio que se vino encima de los mexicanos a raíz de su muerte violenta.

  Es cierto que quienes se han detenido a analizar los desatinos políticos del Don Francisco han encontrado más de una razón para su fracaso, entre otras no haber querido contar con el apoyo de la experiencia del eficiente Secretario de Hacienda porfiriano José Yves Limantour y haber sostenido al ejército federal que sobre todo en sus jefes tenía, más que lealtad institucional, lealtad personal al presidente Díaz. No obstante, y a pesar del peso efectivo de esos motivos, la explosión que sobre México se produjo a partir de 1913 fue consecuencia casi natural de la enorme cantidad de problemas que se habían mantenido encerrados en una especie de olla de presión.

  De hecho, la elección presidencial de Madero, a pesar de su impecable limpieza, sólo contuvo por un poco de tiempo la infinidad de cuestiones que más temprano que tarde explotarían con consecuencias imprevisibles.

  La disección que puede hacerse de las facciones revolucionarias que no tardaron en mostrar sus propias pugnas más allá del pretexto de la larga dictadura, a la distancia de casi cien años en la que nos situamos muestra un espectro de tal diversidad que no extraña la irreconciabilidad dentro de él: el radicalismo socialista de los floresmagonistas y buen número de organizaciones obreras, las ancestrales demandas de los campesinos frente a la situación en que la aplicación ortodoxa del liberalismo económico los había colocado en manos de latifundistas y agiotistas, las reivindicaciones, muy distintas a las del centro y sur del país, de los norteños, mucho menos estudiadas y comprendidas y –no pueden hacerse un lado—las sombras de los conflictos internacionales: la razón expansionista de Alemania imperial que asomaba su vista a América Latina con particular interés y ambición y la omnipresencia ambigua del vecino más cercano que se encontraba en ese tiempo en plena pujanza industrial sobre todo en materia petrolera…y México guardaba petróleo en las entrañas.

  Y si de sombras se trata, volvía a ennegrecerse, sobre todo entre la corriente carrancista y obregonista, la vieja tiniebla del anticlericalismo con tintes más o menos recios, dependiendo de personas, grupos y lugares, de anticatolicismo e incluso de odio a la religión.

  Hasta la saciedad se ha repetido que la “complicidad” de la Iglesia (sic) con Victoriano Huerta motivó esa tendencia. Y aunque algunos elementos (pocos) de la jerarquía, tuvieron ciertas esperanzas de que ese régimen  pudiera ser positivo –esperanzas compartidas por más gente de la que se suele aceptar—el embate anticlerical y lo que sólo puede llamarse verdadera persecución religiosa, no puede ser explicado por algo tan simple.

  En realidad es un misterio que no creo que pueda resolverse sino en clave teológica este embate contra los católicos que dominó el centro mismo de las acciones y la ideología revolucionaria carrancista. Fue un embate que, en primer lugar, atentó contra la cultura mexicana al impedir la formación de candidatos al sacerdocio, decomisar sus edificios que había sido construidos con “el óbolo de la viuda”, arrojar a la calle bibliotecas que habían tardado décadas en organizarse; al derribar el árbol de la red escolar y de las organizaciones de laicos. Pero fue, en medio de tanta destrucción, ocasión privilegiada y única para la maduración definitiva de la Iglesia que, desde el siglo XVI, había peregrinado en México, pues no puede decirse que una Iglesia local ha llegado a su madurez sino cuando entre sus hijos surgen los candidatos a la palma del martirio y el odio a la fe es respondido con el testimonio insigne de la sangre derramada por Cristo y por el prójimo. Ya en 1914, al comienzo del embate carrancista que avanzaba hacia el centro del país, fue ofrendada la vida del Padre Cristóbal Magallanes, quien repartía auxilios espirituales a heridos sin pensar en el bando al que pertenecieran y ese mismo año y los siguientes, sacerdotes y laicos dejaron la indeleble huella del testimonio supremo del amor fecundo. Ya nuestra patria había tenido mártires: el protomártir San Felipe de Jesús crucificado en Japón, “primicia de la fe de nuestro pueblo” y también en el Imperio del Sol Naciente el beato franciscano Bartolomé Laurel, pero ahora depositaban su aliento en la tierra mexicana como semilla de liberación del cautiverio para el pueblo.

  Toda la complejidad a la que me he referido en estos renglones hace que resulte tan difícil para las organizaciones oficiales que se están encargando de los centenarios, celebrar o siquiera conmemorar la revolución mexicana. ¿Hacia dónde dirigir la mirada para encontrar héroes? ¿Qué hacer, por ejemplo, con la memoria zapatista, con Domingo Arenas y los reclamos justos de los indígenas tlaxcaltecas? ¿Con maderistas de la primera hora como Pascual Orozco? ¿Con la misma intención democrática de Francisco I. Madero?

  Para evitar el intento de respuesta a estos y semejantes interrogantes, parece que todo el peso celebrativo cae sobre el “bicentenario” ya más lejano y por lo mismo menos preocupante. La reflexión acerca de la revolución es necesaria, precisamente por su cercanía y porque trae a la mente cuestiones preocupantes.