FRENTE A LOS CENTENARIOS.

 

7. MADERO O LOS PROYECTOS PERDIDOS

 

Manuel Olimón Nolasco.

 A pesar de que nadie deja de reconocer el papel fundamental de Francisco I. Madero en el inicio de la revolución mexicana, su trayectoria como empresario e intelectual, su personalidad y las decisiones que tomó durante corta presidencia, son poco conocidas y mal aquilatadas. En fechas recientes algunos escritores han exagerado de tal forma los rasgos en realidad débiles de su “espiritismo” que queda la impresión de que su vida entera hubiera estado guiada por las respuestas –erráticas y enigmáticas y en realidad inexistentes—de sus consultas en la sombra a las ánimas de los difuntos, ilustres o no. Se trata de una evidente exageración morbosa.

  La manera  mejor de conocer a Madero es acercándose a su libro, dado a luz en su primera edición en 1908, “La sucesión presidencial”, mencionado a menudo, pero raramente leído.

  En esas páginas el autor, heredero de una próspera familia que había realizado buenos negocios con el gobierno y que pertenecía de hecho a las clases privilegiadas, se mostró cuidadoso en la emisión de juicios y cauteloso en la propuesta de soluciones. Parece que las consultas que tuvo que realizar a su padre y a su abuelo –patriarca familiar—lo obligó a sostener esa actitud La forma como se refiere al ejercicio presidencial del General Díaz, por ejemplo, da la impresión de que casi le suplica que deje el poder en otras manos y se retire con aura heroica.

  A pesar de que en el escrito de Don Francisco existen elementos claros de crítica y diferencias con la posición del liberalismo extremo del grupo de los “científicos” que dominaron el último gabinete de Díaz, diagnosticó los males de México sobre todo en  el terreno de la política y propuso como remedio casi infalible la ampliación del sufragio y la democracia electoral. Él sin duda era un demócrata convencido, pero su sensibilidad hacia los campesinos y a la creciente problemática obrera era débil.

  En suma, Madero no era revolucionario en el sentido radical del término, alguien que incitara a la subversión del orden. Representaba más bien la corriente de la democracia liberal y sus propuestas contrastaban con las de los Flores Magón y otros revolucionarios y no se diga con cierta corriente poco amplia pero real de los anarquistas mexicanos.

  Ninguna duda hubo acerca de la legitimidad de la elección de 1911. Ni tampoco del apoyo al nuevo presidente de amplios sectores, incluidos los católicos.

  En referencia a estos últimos y su contribución a la patria, en su discurso electoral en Saltillo expuso su convicción sobre el anacronismo de las leyes de reforma y a lo largo de su campaña pudo comprender la importancia del catolicismo social que ya tenía cierto arraigo en el país.

  A propósito de esta línea de pensamiento y acción, la encíclica Rerum Novarum de León XIII de mayo de 1891 sobre la “cuestión social” y obrera tuvo importante eco en México. Reuniones que tuvieron lugar en distintos lugares del país estudiaron las situaciones y perfilaron propuestas en los últimos años porfiristas. El Padre jesuita Alfredo Méndez Medina, formado en la Doctrina Social en Bélgica, indiscutido paladín de esta corriente, no sólo recorrió el territorio mexicano para conocer las situaciones y mentalizar sobre el tema, sino que organizó grupos de conciencia y presencia en el mundo proletario a la vez que dialogó con hacendados y empresarios. Tuvo la oportunidad de hablar personalmente con el Presidente Madero y de proponerle soluciones concretas en materia de organización obrera, mecanización del campo, derechos de la familia, cajas de ahorro, lucha contra el alcohol y otras áreas de necesidad para el anhelado equilibrio social.

  Sin embargo, la presidencia de Madero fue efímera y mal comprendida por sus mismos partidarios y colaboradores. Los resabios del viejo militarismo, las facciones revolucionarias que querían imponer sus propios criterios, rencores acumulados y legítimas reivindicaciones sobre todo campesinas, se conjuntaron para su caída y marcaron en la memoria mexicana el baldón su muerte injusta y violenta en febrero de 1913, costosa para todos y que cambiaron el curso de la historia.