FRENTE A LOS CENTENARIOS.

 

6.- DE LA INDEPENDENCIA A LA REVOLUCIÓN:

UN CAMINO SEMBRADO DE PIEDRAS

 

Manuel Olimón Nolasco.

  A una de las últimas preguntas que respondió el intelectual, poeta y amigo Carlos Montemayor, fallecido hace poco, fue a la siguiente: “--¿Qué rescataría, si hay acaso algo que rescatar, de la independencia y la revolución mexicanas?” Respondió: “—1.- Rescataría el proyecto de hacer de México un país independiente. 2.- Rescataría el proyecto de hacer de México un país más justo.”

  Esas dos búsquedas, incesantes en el paso de los siglos sobre los mexicanos, son referencia obligada a la hora de  hacer alusión seria a nuestro pasado como nación y pueblo. ¿Dónde han quedado los proyectos de independencia? ¿En qué cajón arrumbado se encuentran los anhelos comunes de justicia?

  Y si las preguntas permanecen y las respuestas quedan en el aire, quiere decir que no basta conmemorar y menos festejar y celebrar la llegada de los “doscientos años de ser libres” o la de los cien en que la revolución ha hecho por fin justicia. Por algo la gente sigue diciendo, aunque un poco menos que hace tres o cuatro décadas, cuando algún gobernante entrega como dádiva y pide agradecimiento ante lo que es simple cumplimiento de su deber: “al fin te ha hecho justicia la revolución.”

  Sin embargo, las raíces de muchas ramas secas y de frutos podridos que se perciben en nuestro tiempo, tienen su origen en el siglo XIX que, por una parte, fue el de la construcción en buena parte ficticia de una historia “oficial” poblada de “héroes” más o menos reales y de la consolidación de lo que a muchos les parecía la maravilla de los siglos: el liberalismo en sus distintas vertientes, la ideológica, la económica, la política y, desde luego, la cultural, donde debía tener y tuvo lugar el intento de trasformación religiosa.

  El eje sobre el que gira la historia oficial en cuanto a ese período del paso del tiempo sobre la vida de los mexicanos es el que gira alrededor de lo que se le ha dado el nombre de Reforma (escrito así, con inicial mayúscula). Y por todas partes nos encontramos con estatuas, nombres de calles y referencias cada vez menos comprensibles a ese fenómeno. Hasta en el más pequeño pueblo encontramos la calle “Juárez”, nombre que en la ciudad de México, por ejemplo, repetido hasta la saciedad en docenas de colonias, ha de ser quebradero de cabeza para carteros y repartidores de pizzas. No faltan también las plazas dedicadas a la “Constitución del 57” o simplemente a la “Reforma”. Ni qué decir del parisino “boulevard” o “Paseo de la Reforma” de la capital mexicana, flanqueado por estatuas de próceres de ese acontecimiento que sólo un verdadero erudito podrá reconocer y decir algo sobre el por qué se encuentran ahí. Pero donde el ataque a la racionalidad y el desconocimiento histórico se extrema es en los nombres oficiales de dos estados del país: Michoacán “de Ocampo” y Veracruz “de Ignacio de la Llave”. El primer artículo posesivo dedicado a Melchor Ocampo, pillo de primera línea y el segundo, a un oscuro militar decimonónico.

  En realidad, el siglo XIX  y con él la “Reforma”, fue para el pueblo mexicano un tiempo dramático: la ambición del vecino norteño, las rencillas de los “notables”, aferrados a partidismos políticos “conservadores” y “liberales”, la decadencia en la formación del clero y la flojera y la rutina apoderadas de los miembros de las órdenes religiosas, la poca calidad de algunos gobernantes como Antonio López de Santa Anna y un desorden generalizado no podían conducir a buenos resultados.

  Quien “pagó el pato” –como dice el lenguaje vernáculo—fue el pueblo mexicano, sobre todo en sus clases más necesitadas: los indígenas y los marginados urbanos.

  Cuando en 1856 el gabinete liberal del presidente Comonfort quiso poner en vigencia la Ley de desamortización de bienes de las corporaciones civiles y eclesiásticas (más conocida como “Ley Lerdo”), la exposición de motivos redactada por el ministro de Hacienda apuntaba a que, en lugar de que la riqueza estuviera inactiva y atesorada diera lugar al nacimiento de una nueva clase propietaria de granjeros a la manera de los de Indiana, Iowa y las praderas del centro de Estados Unidos, las del “Corn Flakes” y los potajes de “Aunt Jemima”. La verdad fue que a la hora de aplicarse esa ley, se empobreció aún más a los indígenas –los que sostenían necesidades sociales a través del trabajo y el ahorro comunes en las cofradías (corporaciones civiles)—y algunos liberales mexicanos y extranjeros aprovechados crearon no una nueva clase de productivos granjeros, sino de terratenientes despóticos y desalmados. Entre éstos, desde luego, los “héroes” Melchor Ocampo y Manuel Doblado, pillo radicado en Guanajuato en honor del cual hay calles y plazas en ese estado.

  El liberalismo económico condujo, a lo largo de los treinta y poco más años del gobierno presidido por el General Díaz, al empobrecimiento y proletarización (palabra que quiere decir que los pobres ya no tienen ningún bien más que su “prole”, es decir, sus hijos, convertidos en fuerza de trabajo) de las mayorías.

  El sometimiento a la Iglesia mediante el recurso legal de “la supremacía del poder civil”, la pérdida para ésta de las instituciones para ayudar a los enfermos, minusválidos y pobres y cierta timidez en los mismos católicos, agravaron las situaciones. Como lo reconoció en los años finales del siglo XIX Su Santidad León XIII en la “Rerum Novarum” y como al poco tiempo lo reconocieron en México los primeros promotores de la doctrina social de la Iglesia, hacía falta tomar en cuenta que el empobrecimiento y la proletarización de multitudes de hombres y familias no era sólo un asunto de economía mal llevada, sino un asunto de conciencia cristiana y de solución en el ámbito del pecado y la Gracia.

  Desde las sombras del porfiriato asomó la luz de los promotores de la doctrina social cristiana, poco percibida por los “grandes” pero apreciada por los pequeños. Asomó la luz de la posibilidad de hacer realidad los inveterados anhelos de justicia. Desde ellas también surgieron los motivos que condujeron a la eclosión de un movimiento social de perfiles contrastantes y de historia mucho más accidentada que lo que podría pensarse: la revolución mexicana.