FRENTE A LOS CENTENARIOS.

5.- EL PRIMER PROYECTO DE NACIÓN MEXICANA.

 

Manuel Olimón Nolasco.

  Un antiguo refrán, con su caudal de sabiduría sobre los hombros dice: “Los árboles no dejan ver el bosque.” Así apunta a que por fijarnos en algo que está en el primer plano o en la superficie, no llegamos a cabal conocimiento de la sustancia del asunto o de la complejidad del proceso.

  Hago esta referencia porque todavía se discute acerca de quiénes han de ser reconocidos como “héroes” al repasar la historia de doscientos años. Si el único criterio es la belleza de las estatuas o la calidad de los rasgos de un cuadro, no cabe duda que los villanos ganan, pues conservan elegancia y buen ver. Hasta el poco agraciado de Victoriano Huerta no se ve mal y ni qué decir de Iturbide o Maximiliano con sus capas imperiales de armiño y su cetro en la mano o del pecho tachonado de medallas del General Díaz. Por el contrario: véanse las botas que le ponen a Hidalgo en muchas estatuas y la simetría errónea de su cuerpo. Durante mis años de primaria en Tepic íbamos a homenajearlo los días 8 de mayo en su busto en “la plazuela Hidalgo”; por su pelo largo, pensé mucho tiempo que se trataba de mi tía Ema, que así lo usaba. Ni qué decir de  la desproporción y fealdad de un cuadro de Juárez en la Secretaría de Gobernación hecho por Siqueiros en que Don Benito cuida el compás y la escuadra masónicos y detrás aparece la escena de unos sujetos derribando con piquetas una iglesia y la del fusilamiento del archiduque, mensajes nada “subliminales.” ¡Y en ese salón asistí una vez a una reunión del “día de la tolerancia”! Abel Quezada hace tiempo, ante una emisión nueva de billetes de cinco pesos con la efigie de Josefa Ortiz de Domínguez y mencionar la belleza de que Dios la dotó en vida exclamó: “—Si así [de fea] salió la Corregidora, ¿cómo saldría Golda Meier?” Esta última era Primera Ministra de Israel y no se caracterizaba por su hermosura.

  Y aquí le paramos, aunque podríamos seguir el desfile de horrores, por ejemplo, en un catálogo de la obra patriótica de los muralistas del siglo XX.

  En vista de ello –y de otras cosas más-- no vale la pena discutir la heroicidad de Iturbide que furtivamente logró estampar su efigie en una moneda de cinco pesos conmemorativa del bicentenario. Sólo cito la versión original del Himno Nacional de 1854 que en una estrofa suprimida dice: “[…] De Iturbide la sacra bandera, ¡Mexicanos!, valientes seguid.” Y una línea de Amado Nervo: “[…] No se puede borrar tu nombre de la historia, sin borrar de la enseña los colores.”

  Los colores nacionales: verde, blanco y rojo, son las señales indicativas de nuestro primer proyecto de nación. Una nación nueva convidada a la felicidad, ligada a la tradición y con la vista en el porvenir. Una nación estructurada sobre las “tres garantías”, en el orden de los colores: la independencia de España, la religión católica y la unión  y no la división, entre españoles y americanos. Ideales elevados aunque posibles, proyecto “imaginado” pero con raíces de un árbol en espera de que flores y frutos brotaran en sus ramas.

 Los pasos para hacer realidad lo pactado fueron lentos. Los caminos llenos de obstáculos. Por lo que toca a la independencia, ciertos intentos fallidos de recuperación por algunos españoles de La Habana no tuvieron importancia. Pero las influencias de cierta ideología práctica que indicaba el “destino manifiesto” estadounidense de tutelar a las nacientes naciones no se dejaron esperar. Samuel Poinsett, el primer embajador en México y el círculo masónico que formó y dejó en el país, marcaron un derrotero que invitaba a olvidar la herencia hispánica y proponía un modelo distinto que mirara al norte. La insistencia en que el territorio necesitaba poblarse fue pretexto para plantear la tolerancia de cultos pues, se decía, los colonos protestantes harían prosperar mejor un espacio virgen de tanta amplitud. Por ahí se coló la ambición, primeramente de los que deseaban penetrar en Tejas y después de quienes consideraron natural que la frontera estuviese en el Río Bravo y, por qué no, incluyera Sonora y Baja California. Por ahí también corrió el derrotero del pensamiento liberal, tan a veces unido al ideal norteño que Lorenzo de Zavala, yucateco de origen, fue feliz cuando se reconoció tejano.

  Las heridas de la guerra de independencia en cuanto a la administración de los sacramentos, la baja calidad de la formación cristiana y más concretamente la de los candidatos al sacerdocio, así como la disciplina relajada en conventos de varones y mujeres, marcaron huellas profundas e indicaron negros augurios.

  Una incorrecta interpretación del juramento de fidelidad al rey español alejó a los obispos del pastoreo de sus fieles y dejó en la orfandad a una nación que venía a la vida con el intento de ser una república católica. La claridad con la que Morelos en la constitución de Apatzingán expuso la catolicidad como timbre de identidad nacional se expresó también con todas sus letras al surgir la república federal en la carta magna de 1824: “La religión de la nación mexicana es y será perpetuamente la católica, apostólica y romana.” De ese modo se indicaba como elemento fundamental de la unidad nacional el vínculo con la unidad religiosa, pues no eran los mexicanos quienes individualmente o en familia la profesaban, sino la nación que surgía, es decir, los vínculos sociales que la integraban. No era de poca importancia la adjetivación romana, pues esta calidad ponía a los gobernantes en la obligación de acudir al Romano Pontífice para darle nueva vitalidad a la Iglesia que no debía cargar ya el yugo que abuso tras abuso le había impuesto el autoritarismo español.

  Pero tan finas intenciones vieron venir también retos y frustraciones. Por un lado, la necedad de la corte de Madrid en sostener privilegios sobre un pueblo católico que no era ya suyo; por otro, la pretensión de los gobernantes mexicanos de heredar el patronato sobre la Iglesia y por otro más, las ideas y las acciones consecuentes que veían en las “riquezas del clero”, en realidad de los pobres y necesitados, una oportunidad de oro para equilibrar las finanzas públicas, obtener préstamos del exterior o –se decía—hacer circular los bienes de las “manos muertas.”

  Fueron muchos los intentos de pláticas y negociaciones. Pocos los resultados. El pueblo bautizado y semievangelizado seguía rezando: “Te pedimos, oh María, de la fe santa el aumento…de la nación mexicana, unión y feliz gobierno.”