FRENTE A LOS CENTENARIOS.

4.- LA FELICIDAD DE LOS MEXICANOS: ANHELO PERENNE.

 

Manuel Olimón Nolasco.

  De acuerdo a “Las memorias de Blas Pavón”, obra históriconovelada debida a la amena pluma de José Fuentes Mares, historiador chihuahuense insigne, no ha habido día en los fastos de México en que de tal modo se desbordara la alegría como la soleada mañana del 28 de septiembre de 1821, jornada de la recepción popular y solemne del Ejército trigarante a la flamante capital del nuevo Imperio mexicano. Gritos de alborozo, canastas de dulces, tinajas de pulque, corridas de toros, peleas de gallos y otras manifestaciones populares, compitieron con el desfile marcial, las flores que las muchachas arrojaron a los soldados, los repiques de las iglesias y el “Te Deum” en la catedral, presidido a regañadientes por el arzobispo Pedro Fonte, peninsular de origen.

  Algunas pinturas un tanto “naïf” del acontecimiento, realizadas al vuelo del entusiasmo y como “del natural”, muestran ese ánimo festivo: ampulosos vestidos y altos peinados de las damas, morriones y plumajes en los sombreros militares y centenares de otros detalles coloridos. Tal parece que si acercamos el oído a la tela podemos escuchar las músicas al viento, los ¡hurras! y los ¡vivas! de ocasión tan señalada. ¡Un acontecimiento sin par!

  En medio del ruido de un día que se antojaba que no llegara a su fin, se hizo el silencio o al menos se intentó hacerlo, pues algún pregón, el llanto de un niño apretado por la multitud y más de una voz rasposa y altisonante a causa de los humores del pulque se siguieron oyendo a lo lejos.

   Para “escuchar” ese silencio, cierro las “Memorias” de Don Blas y abro las páginas de la “Historia de Méjico” de Lucas Alamán, que recibió noticias de “buena fuente”, como lo dejó escrito, pues tal vez le pareció poco digno de su categoría aparecerse en persona. Acallados los gritos y las melodías, el jefe del Ejército, Agustín de Iturbide, tomó la palabra y pronunció el discurso más breve de los tantos que se han dicho en casi dos siglos. Sólo dijo a voz en cuello: “--¡Mexicanos! Ya sabéis la forma de ser libres. Ahora os toca aprender a ser felices!”

  ¡Menuda tarea la que nos dejó Don Agustín!

  Todavía en la actualidad, como es sencillo comprobarlo, la forma de ser felices no es parte de los conocimientos que día a día utilizamos. Pero cuando se dieron los primeros balbuceos de la patria independiente y sus primeros pasos en un ambiente internacional hostil y desconocido, las dificultades eran tales que la posibilidad de ser felices se veía aún más remoto y casi quimérico.

  Hablo de ambiente internacional hostil, pues, a partir de la definitiva derrota de Napoleón en Waterloo en 1815 y del Congreso de Viena celebrado meses después para restaurar el orden entre las potencias europeas e intentar dejar todo como antes de la revolución francesa, parecía que España iba a recibir ayuda para que en América todo regresara al estado anterior. No obstante, esa ayuda sólo llegó en forma de exhortaciones. Inglaterra, cautelosa y astuta, inclinada a expresar en palabras lo que no tenía en la mente, no apoyó de manera abierta la búsqueda de la emancipación porque temió no recibir de España el pago exigido por la defensa antinapoleónica y prefirió ponerse en secreto en contacto con quienes buscaban la independencia para, en su momento, aprovechar la apertura comercial que vendría y hacer que los bancos ingleses colocaran préstamos en manos de los nuevos gobiernos y comenzara a integrarse una deuda que los ligaría a ellos y a su hija americana, los Estados Unidos. No ha de asombrar, pues, que quienes se apresuraron a reconocer la independencia de las naciones nuevas fueran las dos mencionadas.

  Difícil era el concierto internacional. Y no menos el panorama interno de quienes estrenaban vida emancipada.

  En América del Sur el sueño de unidad continental alentado por Bolívar fue perdiendo fuerza y las rivalidades entre caudillos ocuparon un lugar tan destacado que acabó amargando al Libertador y alejándole del centro de las decisiones. En México, si rastreamos este fenómeno nos encontramos que, desde el comienzo del movimiento en 1810, el liderazgo moral que Hidalgo podía haber sostenido sin mayor ambición quiso transformarlo en liderazgo militar, neutralizando la estrategia que, con conocimientos específicos y disciplina interiorizada, habría conducido mejor Ignacio Allende. Más adelante, los compañeros de Morelos, creyente éste en la división de poderes, en Zitácuaro y Apatzingán, dejándose llevar de mezquindad y ambiciones personales, desaprovecharon las cualidades que el antiguo párroco de Carácuaro había puesto al servicio tanto de la estrategia bélica como, sobre todo, de la configuración de un Estado. A Iturbide, la fascinación del poder, la adulación y las “zancadillas” de quienes se decían sus amigos, lo llevaron por el camino de la gloria efímera y en poco tiempo, a la muerte inmerecida. El 6 de enero de 1825, en una carta que Bolívar le dirigió a Santander reflexionaba el primero, formulando una lección para todos los potenciales caudillos hispanoamericanos: “[…] Dios nos libre de la carrera y de la suerte de Iturbide…El tal Iturbide ha tenido una carrera meteórica, brillante y pronta como una exhalación; este hombre ha tenido un destino singular: su vida sirvió a la libertad de México y su muerte a su reposo; no me canso de admirar que un hombre tan común como Iturbide hiciese cosas tan extraordinarias. Bonaparte estaba llamado a hacer prodigios; Iturbide no; y por lo mismo los hizo mayores que Bonaparte.”

  A ese pronto derrumbamiento de los caminos de la felicidad tenemos que unir la problemática en la que se encontró la fe cristiana y las prácticas católicas. Nos hemos acostumbrado a ver a Hidalgo y Morelos, sacerdotes ambos, como líderes guerreros. Hemos tenido menos en cuenta la acción de otros dentro de las filas insurgentes y realistas y que en todos estos casos la guarda de la disciplina eclesiástica estuvo en jaque y el escándalo de los fieles a la orden del día. Por más que se quieran hacer maromas mentales, el ejercicio del sacerdocio y el derramamiento de sangre son incompatibles. El uso y abuso de las armas espirituales –la excomunión y el entredicho—por motivos políticos sobre todo por los prelados españoles, debilitó mucho a la autoridad eclesiástica. La ausencia de los obispos, quienes se fueron a España en fidelidad al Rey y la falta de diálogo de los insurgentes causaron males muy grandes que dejaron huella indeleble en el sendero independiente de México.   

  “--Ahora os toca aprender a ser felices” sigue ahí, en el aire.