FRENTE A LOS CENTENARIOS.

3.- HIJAS CRECIDAS DE LA MADRE PATRIA.

 

Manuel Olimón Nolasco.

    Costumbre poco favorecida entre los mexicanos es la de dirigir la mirada hacia el Sur del continente, hacia pueblos hermanos bautizados por Rubén Darío “sangre de Hispania fecunda.” Tal vez una especie de aspiración extraña y un poco enfermiza, radicada en el llamado “inconsciente colectivo”, oriente los ojos con automatismo, más hacia el Norte, visto todavía, contra la realidad palpable, como tierra de promisión o hacia Europa, con cuya sensibilidad y aliento cultural tenemos tantos elementos de sintonía.

  No obstante, a la hora de remontarnos a los años bicentenarios, sería un error quedarnos anclados en lo que fue lo largo y lo ancho del territorio de la que se llamaba Nueva España. La extensión de lo que abarcó el imperio español, que en alguna fecha pudo nombrarse como aquel “donde no se ponía el sol”, llenó el espacio continental de modo admirable. Bástenos recorrer los nombres de lugares que nos propone la geografía: hay un Santiago en Chile al borde de los Andes y un Santiago en el norte de Nuevo México, en los lindes de las Montañas Rocallosas pasando por Santiago de Querétaro, Santiago Tianguistenco y Santiago Ixcuintla, por mencionar sólo unos pocos, en el país nuestro. En la costa canadiense cercana a la bahía de Vancouver hay un poblado con el nombre de Córdoba y Valdez se llama un pequeño puerto en Alaska. Un distinguido arquitecto que ha recorrido el Pacífico insular, me contó, para mi sorpresa, el hallazgo de metates y molcajetes usados por la diáspora tlaxcalteca en las Islas Marianas, las Carolinas y Guam, a la que no arredró la distancia ni la bravura del mar para llegar y asentarse ahí. El parecido en costumbres populares y devociones católicas entre mexicanos y filipinos sorprende al visitante o a quien en televisión contempla algún documental y quien me contó acerca de las huellas tlaxcaltecas en esos puntos remotos, me refirió también que en el sitio donde se recibe el equipaje en el aeropuerto de Guam, un cartel dice en el híbrido idioma nativo: recoger petaca.

  Vino a ser natural, por consiguiente, que cuando los cambios “modernizadores” de los reyes de la casa de Borbón cayeron con todo su peso sobre los súbditos dispersos por ese ancho mundo, la primera reflexión sentida y compartida haya tenido como línea de fuerza la convicción de que las naciones “hijas” de España habían alcanzado una madurez que pedía y casi exigía la emancipación.

  Así, el concepto de independencia política o de “libertad, igualdad y fraternidad” al modo de la revolución francesa, no fue el que alimentó las mentes de los próceres y de las élites del pensamiento como lo han enseñado los libros de historia de corte liberal, sino el más familiar y próximo, EMANCIPACIÓN, procedente del derecho romano que había atravesado los siglos y que tenía un significado concreto: al llegar a la mayoría de edad, los hijos o los “pupilos” puestos estos últimos bajo la potestad de un tutor, eran emancipados o manumitidos (es decir, tenían a partir de entonces “manos libres” en el mejor sentido del término) y podían tomar decisiones, formar una familia e integrar un patrimonio por sí mismos.

  Los pueblos, pues, que habían sido tutelados en su crecimiento por las instituciones españolas al modo de pupilos que requerían cuidados, podrían y deberían, llegada la hora de su madurez, asumir su mayoría de edad plena, es decir, organizar su vida en todos los planos: su forma de gobierno, sus instituciones, sus relaciones internacionales, sus quehaceres cotidianos.

  No obstante, fue unánime en el tiempo al que nos referimos la convicción de que las naciones nuevas querían seguir perteneciendo a la grey universal de la Iglesia católica y que los vínculos con el Papado tendrían que no sólo conservarse sino reforzarse, aligerando el yugo de los abusos que la monarquía española había acumulado dentro de la figura al principio benigna del patronato real sobre la Iglesia. La emancipación de los pueblos americanos y la constitución de naciones autónomas pero vinculadas por una tradición que era ya casi tricentenaria, dejaría por vez primera abierto el camino para que el padre común de los fieles, el sucesor de Pedro, conociera la realidad de esa porción de la enorme grey que Jesús le había confiado y podría, en un futuro que quizá tardaría en llegar, escoger a los miembros del episcopado con libertad y no con la estrechez del criterio político de la corte de Madrid. Emociona leer la carta que, ya en la década de 1830, le escribió el Papa Gregorio XVI al rey Fernando VII dándole a conocer que en virtud de su responsabilidad pastoral va a nombrar obispos para América sin consultar a su gobierno. Emancipados e independientes los pueblos, sí, pero católicos.

  Lo escrito en los párrafos anteriores nos ayuda, espero, a sacar del arcón de la historia “cosas nuevas y viejas” para encontrar o volver a encontrar razones para mirar hacia el Sur, espacio seguro para sustentar una fraternidad que a veces se arrincona u olvida.

  Y en ese ejercicio de búsqueda de razones dejo aquí testimonio de una experiencia que me ayudó a intentarla y proseguirla: en diciembre de 1980 me tocó participar en una misa celebrada por Su Santidad Juan Pablo II en el esplendoroso marco de la Capilla Sixtina con motivo de los 150 años de la muerte de Simón Bolívar. ¿Por qué esta conmemoración y esta solemnidad? Bolívar fue un prócer de mirada limpia aunque de destino dramático. Él habló personalmente con el Papa Pío VII sobre la emancipación americana mucho antes que se iniciaran los movimientos bélicos; juró en el Monte Capitolino de Roma que habría de libertar a su patria; durante las campañas militares que desarrolló en los extensos campos suramericanos y que fueron obligadas pero no deseadas, según un historiador, a causa del empecinamiento español similar al del faraón egipcio delante de la

salida del pueblo de Israel del cautiverio, dialogó todo lo que pudo con los obispos locales que encontraba a su paso exponiéndoles con palabras convincentes, las ventajas de apoyar la emancipación para obtener la plenitud de su oficio de pastores, liberados de  ataduras políticas.

  En una carta que dirigió Bolívar al General Santander el 22 de febrero de 1826 le decía: “Según algunos, nadie puede ser grande sino a la manera de Alejandro, César y Napoleón. Yo quiero superarlos a todos en desprendimiento, ya que no puedo igualarlos en hazañas.”

  ¿Seguiremos desviando la mirada para no ver hacia el sur? ¿Bolívar ocupa al menos un pequeño lugar en nuestro sentimiento patriótico?