FRENTE A LOS CENTENARIOS.

2.- “NO HIZO IGUAL CON NINGUNA NACIÓN.”

 

Manuel Olimón Nolasco.

    La imagen del Padre Hidalgo levantando en alto el estandarte guadalupano está tan cerca de la memoria de todos como pocas en el arsenal de imágenes de nuestra historia. Y por si a alguno no le fuese cercana, la emisión conmemorativa de billetes de circulación oficial emitida en fecha reciente por el Banco de México con motivo del bicentenario del inicio del movimiento de independencia, la ha hecho circular profusamente con el valor de doscientos pesos.

  La memoria mexicana une con naturalidad al párroco de Dolores con la guadalupana, bandera de un pueblo en busca de algo mejor y si bien en el siglo XIX no todos estuvieron conformes con la vinculación de la Madre de Dios y una guerra cruel donde se derramó sangre de hermanos, el paso del tiempo solidificó esa memoria y la suavizó a la vez elevando su sentido más allá de las batallas, los sufrimientos y las interrogaciones planteadas en un tiempo recio.

  Conviene, de todas maneras preguntarnos: el estandarte de la Virgen de Guadalupe, ¿obedeció a una devoción privada de Hidalgo?, ¿a motivaciones predominantemente políticas?, ¿a la manipulación de sentimientos religiosos? A cualquiera de esas preguntas, sobre todo a las dos últimas, la respuesta es negativa, pues respecto a la primera, Don Miguel era devoto guadalupano como consta, entre otros datos, por un escapulario que después de su muerte fue legado por él a un monasterio de monjas de Querétaro. Para 1810, el arraigo del convencimiento de la predilección que a estas tierras y a sus habitantes tenía la Virgen María y del significado que la misma le daba a lo que se llamaba ya “mexicanidad”, era participado con amplitud y rompía barreras de orígenes y clases sociales. Por consiguiente, ningún pabellón más adecuado podía haber encontrado para apuntar y animar a una lucha en busca de un porvenir que tenía que formularse mejor que el presente.

  Si observamos en algún museo, por ejemplo en el de la Basílica de Guadalupe o en el “Franz Mayer” de la ciudad de México, los cuadros plasmados durante el siglo XVIII con ese tema, encontraremos que, además de la figura central de la Virgen amable y cercana, suelen estar a su alrededor el águila erguida con la serpiente en el pico sobre una roca solitaria en medio de la laguna, evocando la leyenda fundacional de la capital azteca o, a manera de guardias de honor, figuras alegóricas de Europa y América o de jerarcas españoles e indígenas custodiando el preciado tesoro de la imagen. Todo ello, sin duda, da testimonio, por una parte, del privilegio de tener en el centro de la vida a María y por otra, de que no era esa presencia una invitación a la división, sino llamado a la convivencia y la unidad de todos, no sólo indígenas, no sólo españoles y criollos, sino hijos de Dios renacidos en el bautismo y alimentados con los sacramentos.

  De igual manera, buena cantidad de sermones pronunciados durante el siglo citado insistieron en el singular privilegio de haber recibido, en los albores de la nación mestiza, la visita de una “señal del cielo” que pedía una casa para convivir con los moradores de estos fértiles campos y estas señoriales poblaciones. En más de un sermón, el entusiasmo ante la que fue llamada “maravilla americana y conjunto de raras maravillas” por el maestro pintor Miguel Cabrera, se acercó a la frontera con la heterodoxia cuando un predicador de fama comparó la presencia de la Virgen en la tela ruda dejada en el Tepeyac, con las especies eucarísticas que ocultan el verdadero Cuerpo de Jesucristo. Aunque quien habló así tuvo cuidado en usar un casi, la audacia quedó plasmada para la posteridad. Otro sermón, cuyos tintes políticos no pasaron desapercibidos sobre todo después de que Carlos III había expulsado a los jesuitas e implantado en la Nueva España un régimen absolutista, describió con tintes apocalípticos que llegaría el tiempo en que, implantada la apostasía en Roma y en España, tanto el Papa como el monarca hispano encontrarían acogida y tranquilidad en la montaña del Tepeyac. Al subrayar de palabra y en imágenes la singularidad del milagro continuado de Guadalupe y al referir la fundación de la Iglesia mexicana a un acto de la voluntad de Santa María, no se ocultaba que, comparando estos conceptos con la tradición de que la Iglesia de España había sido fundada por el apóstol Santiago, la nación mexicana poseía raíces de mucha mayor categoría, pues la cercanía de la Madre con el Hijo era superior, con mucho, a la que los apóstoles habían podido tener con Jesucristo. Al lado de estos rasgos, a este repetir “no hizo igual con ninguna nación”, atribuido a un Pontífice, estaba también un paso poco percibido, pero unido al anterior: la madurez de la Iglesia novohispana estaba asegurada con el martirio en el Lejano Oriente de uno de sus hijos: Felipe de Jesús. La devoción a este joven impregnado del amor ardiente a Jesucristo suplantó, por ejemplo, a la conmemoración de San Hipólito, soldado romano mártir, en cuyo día, 13 de agosto, la ciudad de Tenochtitlan se sometió al impacto de las huestes de Cortés.

  Todo lo anterior ayudó desde la experiencia de un pueblo, a sostener y fortalecer una conciencia de identidad propia, con elementos españoles, desde luego, pero también con otros más cercanos. Era natural que el contraste entre la dignidad que se reconocía en las raíces de un recio tronco y las acciones despóticas del régimen afrancesado de los nuevos reyes españoles, muy lejanos en magnanimidad y grandeza de Carlos V y Felipe II hiciera fecundo el pensamiento de que bien podía vivirse sin dependencia de Europa.

  Ninguna rareza, exotismo u oportunismo hubo, pues, en el hecho de que, en la madrugada del 16 de septiembre de 1810 según algunos, o unos días más tarde, durante su paso por el santuario de Jesús Nazareno de Atotonilco cerca de San Miguel el Grande, Don Miguel Hidalgo haya tomado como divisa y bandera a Nuestra Señora de Guadalupe.    

    El paso del tiempo no ha mermado aún el sentido de esa elección con la que los actuales mexicanos continuamos solidarizándonos y sintiéndola honor y responsabilidad.