FRENTE A LOS CENTENARIOS.

1.    LOS AÑOS REDONDOS: SU MAGIA Y SU REALIDAD.

 

Manuel Olimón Nolasco.

  Casi sin sentirlo, hemos entrado al año de 2010. Año de los centenarios, se nos dice  por todas partes. Centenario de la independencia y centenario de la revolución, se agrega especificando.

  Y tal parece que las cifras redondas tuviesen algún efecto mágico y que el curso de los “años redondos” produjera cambios sorprendentes sin esfuerzo alguno.

  No obstante, de centenarios y otras conmemoraciones está lleno nuestro mundo y no dudo que en el momento que yo escribo y usted lee estos renglones, en algún punto del globo terráqueo hay quienes conmemoran algo. ¿De esa conmemoración saldrán diferentes y mejorados los conmemorantes? Tengo, por lo menos, la duda.

  Pues la idea de los efectos mágicos de las cifras redondas se disipa trayendo a la mente algunos centenarios relativamente recientes: el de 1992, “quinto centenario” que acabó así, sin referencia a “algo”, porque la polémica que se suscitó en torno a la fecha de 1492 –fatal o gloriosa según el anteojo ideológico con que se mirara—fue tal, que quedó sin referencia a un hecho concreto: ¿descubrimiento?, ¿encubrimiento?, ¿evangelización primera, clínicamente cercenada del choque de culturas y hasta de microorganismos patógenos? El hecho fue, que el peso de la polémica hizo casi imperceptibles los efectos que podían esperarse benéficos, por ejemplo, de la IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano celebrada en Santo Domingo en octubre del año referido, lastimada y herida de muerte por el peso y la mordacidad de una discusión a ratos acalorada que se mostró a la larga vana y estéril. ¿Quién hoy la recuerda?

  Y si de números redondos hablamos, ¿cuál podrá haber sido mejor que el año 2000, el “fin del milenio”? Fuimos testigos, como muy pocos, pues el año 1000 está en el penumbroso pasado, de ese tránsito milenario, portador de bienes sin fin o de calamidades horribles, para las mil supersticiones vigentes en la redondez de la tierra hace un milenio y en la actualidad, donde han vuelto a la vida los brujos y los horóscopos, los miedos de la falta de fe. Y aunque los catastrofismos e ilusiones de despertar del mileniose disiparon como el humo, ajena no estuvo la fecha de atentados y conspiraciones. La mayor de éstas fue la del silencio. Pues, a pesar de que la cuenta de los años conducía con naturalidad al nacimiento de Jesús, no era “políticamente correcto” en el actual ambiente de Occidente, celoso de la “laicidad”, hacer mención de tal suceso, pues—decían los entendidos— podría violentarse la pluralidad de opiniones, tan cara a nuestra época.

  Estas pinceladas, creo, nos ayudan a no poner delante de los centenarios del 2010 la espera de épocas de oro o por lo menos de plata. Nos dan, eso sí, la oportunidad de dar aliento a una reflexión que, “haciendo algo con el barro de la historia” (frase del poeta nicaragüense Pablo Antonio Cuadra acuñada a propósito de la presencia en 1929 de los “marines” en su tierra), pueda llevarnos a terrenos que dejen cierto fruto.

  Eso trataré de hacer a lo largo de este año, por medio de párrafos que se irán deslizando sin abigarramiento ni erudición.

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  Comencemos.

  Mi memoria, a la que ha seguido mi mano, ha encontrado en la parte baja de un librero, un volumen de gran tamaño y bella factura cuyo título es: Álbum conmemorativo de las fiestas del centenario de la independencia. El año de su edición: 1911. Ahí están, puestas a modo de índice hacia el futuro, la huella de las obras materiales, los discursos de mexicanos y extranjeros, las ceremonias alusivas entre las que destaca el magno desfile conmemorativo y la inauguración de la columna del Paseo de la Reforma con su “victoria alada” --que no “ángel”-- en la cúspide. A la par, en palabras e imágenes, se dejan oír las versiones “oficiales” de una historia que ya para entonces, con la ayuda sobre todo de Vicente Riva Palacio, Ignacio Manuel Altamirano y Justo Sierra,  habían convertido a los indios en piezas de barro folklórico, hecho de Hidalgo “un humilde cura de pueblo”, borrado a Iturbide y transformado en pesada mole de bronce a Benito Juárez, “el pastorcito oaxaqueño.”

  A la distancia de casi cien años, las “gloriosas fiestas del centenario” tan bien presentadas en el libro citado, se ven en grises tonos de drama y no en dorados de gloria. Pasaron apenas dos meses para que estallara la revolución y para que el que había sido calificado por el cazador de tigres Teodoro Roosevelt, “gran estadista del mundo”, Porfirio Díaz, se embarcara hacia Europa con el destino de México a cuestas.

  Algunas de las obras construidas con motivo de la cercanía del centenario están ahí, además de la columna de la Independencia: el palacio veneciano del Correo Central, el “puerto de altura” de Veracruz, el Gran Canal del Desagüe. Teatros “del Centenario” aun en pequeñas poblaciones rurales… Otras perdieron su original destino o incluso su existencia: la penitenciaría de Lecumberri y el manicomio de la Castañeda.

  En 2010 parece que vamos por el camino de los monumentos pero con menos tino que en el tiempo porfiriano: el “Arco del bicentenario” (al que Jacobo Zabludowsky ha llamado con humor gris “el monumento a la paleta Mimí”), “Circuito bicentenario”, carreteras, plazas y “rutas” del “bicentenario” por todo el país, relojes que en forma descendente quedarán detenidos la noche del 15 de septiembre, relecturas (o casi) de la historia oficial. En fin…

  Algo más tendrán que decir las fechas, me parece. Y decírselo, por qué no, a nuestra conciencia cívica y a nuestra conciencia cristiana. Quizá las “cifras redondas” puedan ser acicate para que nuestra memoria se ilustre y comprometa. Y tal vez haya algo más de qué hablar, más allá de las exterioridades. O de la memoria de bronce. O de la “fiesta cívica.”

  Hacia allá vamos…