LA INDEPENDENCIA Y EL ALMA DE UN PUEBLO

 

Manuel Olimón Nolasco.

Doctor en historia. Profesor fundador de la Universidad Pontificia de México (1982-2003). Académico del Departamento de Historia de la Universidad Iberoamericana (2003-2009)

 

Artículo escrito para la Revista Christus

Tepic, Nayarit, mayo de 2010

 1.-  El bicentenario: ocasión para un ejercicio reflexivo.

  Ocasión que invita no solamente a festejar y a levantar monumentos, a escuchar y reescuchar discursos cívicos que repiten frases trilladas es la que ha convocado en estos años a los hispanoamericanos: la de los bicentenarios. Y utilizo el término en plural y menciono a Hispanoamérica y no sólo a México, pues fue un período histórico bastante largo, entre 1808 y 1825, el que trajo consigo lo que conocemos como independencia para los pueblos de este vasto continente. La ocasión, pues, que si se atiende a esas fechas y espacios geográficos se prolongará muy adelante de este 2010, se presenta propicia para intentar una reflexión de largo aliento que teniendo como elemento fundamental el acercamiento histórico, toque nuestra interioridad y aliente compromisos constructivos. Sólo de esta manera, me parece, podremos superar la tentación de quedarnos en inauguraciones, fuegos artificiales, música y gritos al viento que, si bien conceden un rato o varios de alegría exterior, no dejan, una vez pasados, sino cierto sabor amargo. En la memoria mexicana queda impreso el contraste entre las “gloriosas fiestas del centenario” celebradas con esplendores y pompas en septiembre de 1910 y el inicio de la revolución dos meses después.

  Desde luego, para quien ha tenido la oportunidad de hojear cientos de papeles impresos y manuscritos dejados en los archivos por quienes vivieron los años recios del final del virreinato y los primeros pasos de naciones balbuceantes y tímidas nacidas del recio tronco hispánico, es mucho lo que el espíritu humano ha dejado plasmado en letras y tinta, testimonios que hay que apreciar, agradecer y en algunos casos lamentar. Cuando el historiador baja la cabeza para examinar un papel gastado y trata de descifrar sus líneas, no se asoma sólo a rasgos caligráficos más o menos finos o a vocablos enigmáticos o de fácil comprensión, se asoma a la vibración de una vida que acontece en corazones sensibles y que es anhelo, búsqueda, lucha, frustración y alcance. Que es también pregunta, duda, perplejidad y plegaria elevada al cielo. Más que las lecturas de muchos testimonios sobre la guerra de la independencia mexicana, sobre los difíciles años de la construcción de la primera nación y de los dolorosos rompimientos en su columna vertebral a lo largo del siglo XIX, fue la oración que mi madre repetía cotidianamente a la hora vespertina del rezo del rosario la que me adhirió a una patria que es no solamente historia sino proyecto, tarea y meta: “[…] Te pedimos, oh María, de la nación mexicana, unión y feliz gobierno.” Y es por ello que, a pesar de los pesimismos que rodean los análisis acerca de nuestra realidad actual y de las simplezas que se presentan en carteles y anuncios televisivos como razones para ser “orgullosamente mexicanos”, sigo repitiendo esa oración humedecida en esperanza y sigo agradeciendo a Dios haber nacido mexicano, ser hijo de una patria generosa. Y la patria, como lo dijo hace años el Padre Aurelio Espinosa Pólit[1], “[…]  es algo más que el suelo que nos vio nacer, es algo espiritual que debe informar [es decir, dar forma, dar sentido a] nuestra vida.”

 

 2.- No sólo guerras y héroes.

  La búsqueda dominante a la hora de dirigir la mirada doscientos años atrás (o algunos más) es la que se lanza en pos de los conflictos, las guerras, las contradicciones. Y, por supuesto, la tendencia también dominante en lo que puede uno encontrar sobre todo en los libros de texto de historia para los estudiantes va por esta línea.

  De esta manera, se presenta un panorama de encuentros sangrientos, de vencedores y vencidos que suele además resaltar a modo de contraste, crueldades de carácter infrahumano y heroísmos casi sobrehumanos. En pocas palabras, la vida cotidiana, el paso diario por caminos, veredas y calles; los trabajos creativos, el canto de arrullo a los recién nacidos y el llanto por los muertos quedan en silencio, como los sufrimientos y gozos del pueblo llano. Tal parece que en las épocas fuertes en cambios políticos, cesara la realidad cotidiana y sólo los hechos militares revistieran importancia.

  De esta manera y con estas prioridades, el siglo XIX fue, en los países hispanoamericanos, una “fábrica de héroes” cuyas figuras quedaron fijas en las historias que se fueron escribiendo y ocuparon su lugar en la enseñanza elemental que iba ensanchando su importancia. Estas historias, aunque no se dijo jamás de modo explícito, sirvieron de justificación al autoritarismo y al militarismo que muy pronto suplió a la tan cantada democracia a lo largo y ancho del continente.

  El ejemplo mexicano de historia oficial es claro: al paso de la consolidación de la dictadura del General Porfirio Díaz, entre 1884 y 1889, un grupo de literatos, abogados, parlamentarios y periodistas liberales, ciertamente eruditos y brillantes, dedicó tiempo y esfuerzo a la redacción de una obra magna que recibió el  título de México a través de los siglos. Estos volúmenes, de los que existen ediciones recientes, marcaron huellas profundas de interpretación del paso de los siglos al subrayar casi sin crítica el esplendor del México prehispánico, declarar “oscura” al modo de la Edad Media europea a la etapa del virreinato y presentar la nación configurada sobre el modelo del liberalismo, entonces presente, como la síntesis progresista y al fin pacífica de un sinfín de luchas.[2] El ideólogo del gobierno de Díaz, Justo Sierra, en un voluminoso libro titulado Juárez, su obra y su tiempo,[3] cuyo género literario es el discurso político y no el histórico, se encargó de delinear en escala ascendente la obra de configuración de México moderno personificándola en tres figuras elevadas al nivel de la epopeya: Miguel Hidalgo “el libertador”, Benito Juárez “el reformador” y Porfirio Díaz “el pacificador.” En las sombras y las tinieblas “medievales” quedaron, elevados a la categoría de antihéroes, conquistadores, virreyes, inquisidores y frailes, salvándose por una especie de milagro los primeros evangelizadores: Zumárraga, Las Casas, Gante, Quiroga y otros pocos. De hecho la herencia occidental, católica y española y el papel de la Iglesia no únicamente en sus aspectos institucionales sino en los de devoción y cultura, sólo empezó a revisarse y ponerse a plena luz por medio de los trabajos de los hermanos Méndez Plancarte y la pléyade ilustre de los colaboradores de la revista “Ábside” en la década de 1940.[4]

  Cuando la historia se relata y escribe exaltando a héroes que más que de hueso y carne se forjan de bronce y, a modo de contraste, se denigran personas e instituciones que, al igual que las que se exaltan no gozaban de impecabilidad, se simplifican con facilidad procesos complejos y adquieren apariencia plana y amorfa, con atrofiada vitalidad pueblos enteros. Cuando además, convocados por la dinámica de la fe cristiana, intentamos realizar un ejercicio de purificación de la memoria y de inicio y seguimiento de un itinerario de reconciliación lúcida y no ingenua, es obligado el discernimiento sobre la historia, que es un campo sembrado en que conviven el trigo y la cizaña.

  Por algunos pasos de este itinerario, en los que podemos atisbar la memoria popular, quiero transitar e invitar a hacerlo a quienes sigan estas líneas.

 

  3.- Huellas de agravios al final del virreinato.

   Todos los historiadores están de acuerdo en que el traslado de la corona española de la dinastía de los Habsburgo a la de los Borbón, después de una devastadora “guerra de sucesión” y la implantación de un régimen más moderno en lo administrativo y fiscal, más centralizado y autoritario, dotado de un ejército profesional y con la teoría y la práctica regalista, es decir, de predominio del rey sobre la Iglesia, produjo una fuerte conmoción en los habitantes de las tierras hispánicas. Los habitantes de poblados y barrios pobres de las ciudades, sintieron especialmente la carestía de los productos básicos y la especulación de los comerciantes sobre ellos y los pobres citadinos junto con los indígenas, el intento de control gubernamental sobre los bienes de las cofradías y la crítica sobre las prácticas piadosas tradicionales que fueron calificadas como “paganas” y la intención de cambiarlas por una piedad lineal, geométrica y fría, propia del movimiento cultural conocido como neoclásico. Estas dos últimas intenciones también tuvieron por objeto esa porción particularmente sensible y estimada de la sociedad virreinal: las monjas de clausura.

  Durante este período bastante largo (siete décadas, de 1700 a 1770) se recrudecieron o se gestaron problemáticas sociales, económicas y culturales (y entre éstas también religiosas) que el pueblo percibió como agravios, es decir, de acuerdo a la definición del Diccionario de la Real Academia Española, como “ofensas que se hacen a uno en su honra o fama con algún dicho o hecho.”[5]

  La lejanía temporal en la que nos encontramos, nos permite observar y ponderar una serie de reacciones a esos agravios que, a la vez, fueron preparando una clara identidad mexicana. Observemos algunos rasgos.

  En primer lugar, los descubrimientos arqueológicos, entre los que destacan el de la “piedra del sol” o calendario azteca y las exploraciones de Teotihuacan y Tula, así como el rescate de algunos códices que habían permanecido ocultos o no despertaban interés, ayudaron a la percepción de las civilizaciones prehispánicas que, inicialmente estampadas en la imaginación, pasaron a ser objeto de investigación científica. La audacia teológica de algunos, en cierta manera incentivada por los anteriores descubrimientos, llevó a preguntar, en sermones y tesis académicas, acerca de la recepción de la revelación primitiva, común a todas las naciones antes de la confusión de las lenguas y la dispersión de los pueblos en Babel por los habitantes originarios de las tierras americanas y acerca de la pertenencia de ellos a alguna de las tribus de Israel. Disputas intelectuales desarrolladas sobre todo en academias europeas, inclinadas a considerar todo lo hispánico (y por consiguiente, americano) como inferior culturalmente a lo francés e inglés, motivaron que de este lado del Atlántico se buscaran y enlistaran figuras e  instituciones distinguidas, tanto en el mundo prehispánico como en los años del virreinato, con aportaciones valiosas en las artes, las ciencias, la literatura, la poesía, la filosofía y la teología y se respondiera a acusaciones sobre la malignidad del clima, el desarrollo del cerebro humano y el origen de enfermedades.

  Como cúpula abarcante de lo anterior y síntesis que apuntaba más allá de la reacción, destacó la figura de la Virgen de Guadalupe, celebrada en sermones, certámenes literarios, defensa de tesis académicas, patronatos y profusión extensa de devociones populares. Como telón de fondo se encontraba la formulación de un protonacionalismo mexicano, de un timbre de identidad cada vez más distinguible y de la conciencia de un especial privilegio que respondía de manera multifacética a una pregunta más musitada que dicha en voz alta: ¿no será de mayor valía la fundación de la Iglesia mexicana por la misma Madre de Dios que la de la Iglesia española por el apóstol Santiago? La mejor comprobación de que de la respuesta afirmativa a este interrogante surgía un peligro para el nuevo estilo de gobierno se tiene en la rotunda negativa que la autoridad borbónica dio a la iniciativa de Don Lorenzo Boturini, ya aprobada en Roma, de que tuviera lugar la coronación pontificia de la imagen y la expulsión de este intelectual del territorio novohispano, habiéndole antes decomisado todos sus “papeles viejos”. Para la corte de Madrid sólo el rey de España podía ostentar una corona y reinar sobre los mexicanos, que debían mostrarse como súbditos sumisos.[6]

  Un hecho singular y de gran trascendencia, sin embargo, fue el que dio el campanazo para que los agravios se hicieran conscientes: la expulsión de los miembros de la Compañía de Jesús ordenada en 1767 por el rey Carlos III sin mayor explicación que “razones que se guardaba en su real pecho” y acompañada de la prohibición absoluta de cualquier protesta. Golpe mortal a la cultura y a un particular estilo de formación de la conciencia moral y del compromiso cristiano con el mundo, así como desamparo de las misiones lejanas en el Norte y Noroestes, fue este golpe del régimen español. Sin embargo, fue también estímulo para despertar la conciencia de mayoría de edad entre los mexicanos. Relatos y vestigios del paso de los jesuitas por el territorio de la Nueva España, leídos a más de doscientos años de distancia, permiten reconocer la profundidad del daño y, a la vez, la irreversibilidad de esa conciencia que con naturalidad condujo por a la búsqueda de la autonomía nacional. En el Archivo General de Indias en Sevilla se encuentran una serie de cartas confidenciales dirigidas al ministro de Marina e Indias entre el 26 de septiembre de 1767 y el 1 de enero de 1768, en la que desde México se informa de la gravedad de las rebeliones populares con motivo de la expulsión en San Luis Potosí y Guanajuato las cuales, por testimonios posteriores, fueron las mayores en toda la etapa virreinal hasta el levantamiento de Hidalgo en Dolores y la dura represión que se orquestó contra los rebeldes, en la que se llevaron a efecto varias ejecuciones, fue también la mayor.[7]

  El balance, a pesar del daño, pues, no fue negativo. La labor de difusión de los avances que el cultivo de las letras, la historia y las ciencias eclesiásticas había alcanzado en América se reduplicó durante el destierro italiano de los jesuitas mexicanos que legaron a la humanidad obras de envergadura universal. Además, y no como menor herencia, imprimieron en la memoria devocional en los lugares donde habitaron, la imagen y el relato de las apariciones guadalupanas, tan cercano al corazón de los mexicanos. Los nombres de Francisco Javier Clavijero, Diego José Abad, Francisco Javier Alegre, Rafael Landívar y algunos otros tienen lugar único en la historia de la cultura. Si del primero son muy conocidas su Historia antigua de México y sus Disertaciones, entre sus contemporáneos tuvo mayor difusión y popularidad el Verdadero relato de las apariciones de la Virgen de Guadalupe de México cuya primera edición se hizo en lengua italiana.

 

  4.- Resistencia de los pueblos ante las tiranías.

  Cabe preguntar: ¿Estos agravios produjeron el movimiento de independencia? ¿Por qué hubo que esperar varias décadas para que de hecho tuviera lugar la independencia de México?

  Desde luego que la independencia no tuvo lugar ni podía haberlo tenido de manera brusca, inmediata o como algo mágico que viniera detrás del descorrimiento de una cortina. Fue un proceso doloroso y largo, sembrado de situaciones imprevistas, titubeos y vuelcos. Una de esas situaciones imprevistas fue la invasión de Napoleón a España, la abdicación de los monarcas españoles a favor del hermano del corso José Bonaparte y el levantamiento popular contra los franceses que se diseminó por la península y se conoce como “guerra de independencia.” Era lógico que estos sucesos llevaran a apelar al patriotismo español que debían mostrar los habitantes tanto de Europa como de América y a que los americanos se pusieran bajo la autoridad de las Juntas provisionales instaladas en la península y no pretendieran recuperar la soberanía y ejercerla en nombre de Fernando VII por medio de juntas propias. De manera astuta, la propaganda que llegaba de España presentó la guerra como una guerra de religión y a los franceses como ateos, blasfemos, destructores de la religión y asesinos de sus ministros. Una narración sobre ese tiempo dibujó este escenario de tiempos de la ocupación francesa del territorio español: “[…] se dignaban oír misa, los domingos y fiestas de guardar, aquellos hijos de Voltaire y Rousseau, bien que los generales y jefes superiores la oyesen, como ateos de más alta dignidad, arrellanados en los sillones del presbiterio y fumando descomunales pipas.”[8]

  La fidelidad al “rey católico”, defensor de la religión y protector de la Iglesia, pues, era lo que correspondía sostener frente a esta situación. Tuvieron que darse, conforme el movimiento insurgente fue avanzando y Fernando VII quedó en realidad como un mero pretexto o “ente de razón”, los abusos de obispos y cabildos en materia de excomuniones y entredichos, la extinción práctica del fuero eclesiástico y los fusilamientos de sacerdotes y de personas inermes por el ejército comandado por los virreyes militaristas Venegas y Calleja, pillajes reiterados a las aldeas, haciendas y ranchos, para que se viese que no estaba del lado realista la defensa de la religión ni el respeto a sus signos, ministros e instituciones. El “pueblo de a pie”, como siempre, llevó sobre sus espaldas las cargas más pesadas y los sufrimientos más amargos en medio de la violencia que parecía llegar de todas partes y que se prolongaba años y años.

  Por eso vale la pena rescatar, en este tiempo de los bicentenarios, relatos perdidos en la memoria de los pueblos que exaltaron héroes anónimos y no pocas veces legendarios ligados a los movimientos de independencia. De su entraña podremos obtener más de una enseñanza y más de un matiz que deriva la heroicidad no a “personajes” sino a los pueblos y podremos vislumbrar cómo una herencia común, atada a raíces milenarias fecundadas con el rocío del evangelio, hacía y hace natural la fraternidad de los hispanoamericanos o, ampliando el panorama, de los latinoamericanos. También este ejercicio brinda ayuda a la hora de superar la pretensión de que sólo los triunfos y no las acciones simbólicas tienen importancia para la historia y sobre todo para la cohesión e identidad de las naciones. Si por algo tiene relevancia el levantamiento de Hidalgo es por su carácter de acción simbólica.

  De la guerra de independencia de España la memoria popular dejó un icono que está impreso en la imaginación de muchos con toda su emotividad: la pintura de dramáticas pinceladas de Francisco de Goya sobre “los fusilamientos del 2 de mayo de 1808”, llevados a cabo por el poder represivo de Bonaparte: un hombre de camisa impecablemente blanca levanta los brazos y, al ponerlos en forma de cruz, evoca sin temor a duda la crucifixión del Redentor. También la memoria popular concibió la leyenda del “fosforero de Valencia”, un humilde vendedor de cerillos que asumió el liderazgo de la defensa de la ciudad por encima de las pusilánimes autoridades. Un relato sobre la forma como un poblado de leñadores y carboneros llamado Lapeza  cercano a Guadix, en el viejo reino de Granada, lidereados por su alcalde también carbonero logró rechazar a los invasores franceses en febrero de 1810 con armas muy inferiores y puso ejemplo al propio Guadix, cuyo jefe militar huyó antes que de enfrentar a las tropas napoleónicas, corrió por todos los rumbos de España en su tiempo, perduró décadas como memoria viva y pasó a la posteridad con el título de “el carbonero alcalde.”[9]

  Recuerdo que pasó de real a legendario fue el de la rebelión del Indio Mariano de Tepic en Nueva Galicia. Pues real fue el proceso que se siguió sobre los implicados en el caso,[10] pero la leyenda de que “el máscara de oro,” cabecilla de los indios rebeldes sería coronado rey y ocuparía el lugar del monarca español, coloreó la situación, bastante nublada de temores varios en los años de la vuelta del siglo (1799-1803) de tintes apocalípticos, pues lo que fue en realidad una oposición de los indígenas a la elevación de Tepic a calidad de villa de españoles a causa de los privilegios que ellos podrían perder, tocó la imaginación ya alterada por rumores de conspiraciones revolucionarias e invasiones inglesas a los dominios españoles de América: “[…] durante unos días…se pudo creer en México que se trataba de un levantamiento general de los indios del Occidente desde el río Colorado hasta Tepic, apoyado por la flota inglesa y unos revolucionarios criollos.”[11]

  De entre los destellos de heroicidad en gente común referidos propiamente a los años de la guerra por la independencia mexicana, brillan con luz propia la leyenda de “El Pípila”, hombre rudo y corpulento que abrió con una tea encendida la puerta de la alhóndiga de Granaditas en Guanajuato y Narciso Mendoza, “el niño artillero” que tuvo un papel decisivo en el prolongado sitio de Cuatla por las tropas de José María Morelos al encender el fuego de un cañón que alejó a los realistas por un buen tiempo. En el estilo propio del romanticismo, Don Carlos María de Bustamante exaltó al “Pípila” por medio de este apóstrofe lírico: “[…] Tomó…una losa ancha de cuartón de las muchas que hay en Guanajuato, púsosela sobre su cabeza afianzándola con la mano izquierda para que le cubriese el cuerpo; tomó con la derecha un ocote encendido y casi a gatas marchó hacia la puerta de la alhóndiga burlándose de las balas enemigas. No de otra manera obrara un soldado de la décima legión de César, reuniendo la astucia al valor, haciendo uso del escudo y practicando la evolución llamada “de la tortuga”…¡Pípila! Tu nombre será inmortal en los fastos militares del valor americano; tú, cubierto con tu losa y armado con tu tea, llamarás la atención de las edades venideras y recibirás el voto que merece el valor denodado.”[12]

  Si he unido relatos populares distantes en la geografía, aunque no en el tiempo, no fue sólo por establecer un puente literario sólo existente en mi mente, sino porque la vibración de los pueblos ante las tiranías y sus efectos tiene mucho en común. En Cádiz, durante la celebración de las cortes para dar una constitución al imperio español en 1812 se oyó la voz de toda la hispanidad y se plasmó en el primero de sus artículos que “la nación española” estaba constituida por los españoles “de ambos hemisferios.” Plasmación tardía de un gran ideal que pronto se transformó en letra muerta a causa sobre todo de la primacía que el militarismo y el caudillismo tuvo en todas partes suplantando los ideales de libertad participada y democracia, de equilibrio entre poderes y de reconocimiento de méritos en las personas más que de privilegios dinásticos de viejo o nuevo cuño.

 

  5.- Una nación nacida y nutrida por las “tres garantías.”

  Elocuentes para comprobar que más que triunfos espectaculares o “nombres inmortales” la mirada que se dirige atrás doscientos años ha de superar la superficie y dar con la firmeza radicada en el interior para dar con  ideales perdurables, han sido, me parece, las páginas anteriores.

  El camino de México independiente se inició los días 27 y 28 de septiembre de 1821 y la referencia a esas fechas es obligada a pesar del innegable peso simbólico de la madrugada del 16 de septiembre de 1810. Esas jornadas de fiesta y regocijo, de augurios de felicidad y abrazos fraternos, concentraron la línea de sus ideales para el futuro de la nación naciente, en unos colores que dieron aliento al lábaro patrio y en un grito que se oyó al final del banquete oficial que les dio sentido de signos: “¡Viva por don de celestial clemencia, la religión, la unión, la independencia!”[13]

  Son esas “las tres garantías” que en la visión fundadora de la nación le dieron cohesión a su inicio y habían de dársela a su continuidad en el tiempo.

  La independencia, es decir, la soberanía ejercida por un pueblo libre, mayor de edad y capaz de integrarse en el concierto de las naciones con personalidad y aportaciones singulares. Una independencia que, desde luego, no podría entenderse como aislamiento y desarrollo de espaldas al mundo que ampliaba sus horizontes.

  La unión, que en la temporalidad concreta de 1821 se orientaba sobre todo a superar los rencores que tanto daño habían hecho y podrían seguir haciendo entre “gachupines” y “criollos” y a tomar en cuenta los postulados que quienes representaron a la Nueva España en las cortes de Cádiz de 1812 habían sostenido en cuanto reconocer la ciudadanía también a los miembros indígenas, negros y mulatos que formaban parte del conjunto de la nación. Se trataba de algo fundamental para poder dar marcha a un proyecto que realmente fuera digno de que tantos esfuerzos no resultaran vanos: que nadie se viese excluido de participar en la construcción del futuro.

  La religión, que en el tiempo quedaba entendida sin sombra de duda como católica, apostólica, romana, se reconocía tanto como elemento básico de la identidad histórica y cohesión social como vínculo fundamental de pertenencia a la gran comunidad católica extendida por el mundo. Los redactores de la primera constitución federal en 1824 tuvieron clara la intención, manifestada en el adjetivo romana, aplicado a la religión y a la Iglesia, de abrir el diálogo con el Papa a fin de que la pertenencia a la catolicidad, que había estado mediatizada por siglos por la corona española fuera a un tiempo abierta a la universalidad y definidamente mexicana.

  Las tres garantías, estoy convencido, penetradas en su esencia y asumidas con el peso de la experiencia de lo que el mundo entero ha vivido durante este ya largo período temporal,  tienen hoy mucho que decirnos, más allá de la nostalgia o el conservadurismo estériles y más allá también de un pesimismo arrollador que atrofia muchas fuerzas y capacidades del pueblo y las comunidades de las que formamos parte. Aunque ya casi nadie capta su aliento, los colores de la bandera continúan exponiendo día a día esos ideales. Independencia, unión y religión han modificado al paso de los siglos algunos de sus elementos, tal vez muchos, pero no el ímpetu de su sustancia. Por tanto, vale la pena tratar de reconocer lo que significan y lo que pueden significar teniendo en cuenta de modo muy especial, las enseñanzas del Concilio Vaticano II en materia del compromiso de los cristianos con las realidades temporales y con la inspiración de la sociedad, la economía, la cultura y la política.

  Al modo como cada uno de nosotros, a fin de iniciar o continuar caminos ásperos y desechar las tentaciones de desánimo que acechan sobre todo en momentos definitorios requiere purificar la memoria trayendo a ella los ideales originarios que nos llevaron a decidir seguir tal vocación o a comprometernos en tal proyecto, la hora de los bicentenarios y su llamado a la purificación de la memoria de los pueblos hispanoamericanos pide recuperar y reactivar en acción de esperanza reflexiva las garantías que fundaron nuestra nación, arraigaron en su alma y son incentivos para continuar adelante.


 

[1] Jesuita ecuatoriano, maestro de muchas generaciones y alma de la Universidad Católica de Quito. Esta expresión la dijo en un discurso en 1930.

[2] Un interesante trabajo sobre esta obra y su ideología sustentante es un folleto del Padre Xavier Cacho S.J.: “México a través de los siglos” a cien años de su publicación, 1884-1889, Archivo General del Estado de Nuevo León, Monterrey 1988.

[3] Ballescá Editores, Barcelona 1906.

[4] A propósito de esta revista y el rescate cultural efectuado en la primera década de su publicación, está a punto de presentarse en la Universidad Iberoamericana de la ciudad de México una tesis de maestría por el alumno Iván Mora Muro con el título de: La modernidad repensada. Gabriel Méndez Plancarte y la revista “Ábside” (1937-1949).

[5] 1ª acepción. 22ª edición, 2001. La 4ª acepción dice: “Humillación, menosprecio o aprecio insuficiente.”

[6] Los temas expuestos en los últimos párrafos los traté en un artículo que todavía considero válido en sus afirmaciones fundamentales: Dos aspectos de la cultura mexicana en el siglo XVIII. El guadalupanismo. La idea de historia, Efemérides Mexicana 2/8 (1985), 21-80. Un caso particular de sermón, el pronunciado por el Padre Carranza, jesuita, en el santuario de Querétaro, lo traté en otro artículo: Círculo de tradiciones. Historia y destino en un sermón guadalupano de 1748, Ef Mex 20/60 (2002), 323-338.

[7] AGI, Estado, Leg. 20, 40 ff. Mención en: J. Ignacio Rubio Mañé, Fuentes documentales para la historia de la independencia de América, II: Estudio preliminar y panorama europeo, Instituto Panamericano de Geografía e Historia, Caracas 1976, p. 561. En el mismo archivo se encuentra el “Dictamen del Consejo Extraordinario de Estado presidido por el Conde de Aranda para tratar del estado de la rebelión en Nueva España por la expulsión de los jesuitas.” Madrid, 5 de marzo de 1768. (Audiencia de México, Leg. 2778, 39 ff.) (Rubio Mañé, p. 507).

[8] Pedro Antonio de Alarcón, El carbonero alcalde. Transcrito en: Carlos González Peña, Florilegio de cuentos, Editorial Patria, México (4) 1954, p. 189. (El cuento completo: pp. 188-205.)

 

[9] Véase la nota anterior en este artículo.

[10] Los datos están consignados en: Jean Meyer, Colección de documentos para la historia de Nayarit, II: Nuevas mutaciones. El siglo XVIII, Universidad Autónoma de Nayarit, Tepic (2) 2008, pp. 301-310. Los documentos del proceso (29 cuadernos y 2939 fojas) se publicaron en tres volúmenes bajo el título de La rebelión del Indio Mariano. Documentos procesales, Gobierno del estado de Jalisco, Guadalajara 1985. En el Archivo General de Indias (Estado, leg. 29, 7 ff.) se encuentra una primera noticia del asunto en la carta número 52 del Virrey Félix Berenguer de Marquina al Ministro de Estado Mariano Luis de Urquijo firmada en la ciudad de México el 26 de febrero de 1801. (Rubio Mañé, p. 550).

 

 

[11] Jean Meyer, p. 303. De hecho en el Archivo de Sevilla se encuentran cercanos al documento aquí citado varios en que el virrey Marquina informa al Ministerio de Estado en Madrid sobre conspiraciones criollas para “[…] independizar a Nueva España con ayuda de los ingleses.” (Rubio Mañé, pp. 546-548) y poco más adelante acerca de los planes de Francisco de Miranda, Antonio Nariño y Pedro Fermín de Vargas para independizar toda la América española de acuerdo con Inglaterra. (Id., pp. 548-552).

[12] Cuadro histórico de la revolución mexicana, (ed. original), México 1846, tomo I, p. 39.

[13] Referido en: Lucas Alamán, Historia de Méjico, (ed. original), México 1849, tomo V, p. 333.