VOCES Y SILENCIOS EN LA HISTORIA DE NAYARIT

Discurso de ingreso a la Academia Mexicana de la Historia

 

Distinguidos Académicos, Señoras y Señores:

 Una mañana de febrero de 1962 –cursaba el tercer año de secundaria—subí en Tepic a un autobús un tanto desvencijado que me llevó a Compostela, la ahora modesta ciudad fundada con la intención de ser la capital del reino de la Nueva Galicia y su obispado en 1540. Llevaba conmigo un retrato de mi padre, el General Jorge Olimón Colio, tomado hacia 1930, cuando él, entonces Coronel del Ejército, fue presidente del Ayuntamiento compostelense. Esa fotografía, rescatada y renovada por mi hermano Fernando, quien vivía en Toluca, iba acompañada de unas líneas escritas en máquina rubricadas con su firma inconfundible en tinta morada, la que se vio por años en las cartillas del Servicio Militar Nacional emitidas por la 13ª Zona Militar que comprendía el estado de Nayarit. Sabía yo, por relatos contados en pedacería, que uno de los fundadores de esa nueva “Santiago de Compostela” era un remoto ancestro llamado Diego Colio, originario del caserío de Colio “de Cabrales en Asturias”, lugares que tuve la fortuna de visitar en el verano de 2004.

  El destinatario de carta y retrato era Don Salvador Gutiérrez Contreras, historiador originario y vecino de esa ciudad. Tenía planes de integrar un museo local con vestigios arqueológicos e históricos y había pensado colocar en él una galería de alcaldes.

  Fue ese mi primer encuentro en vivo y mi primer diálogo con alguien cuya dedicación era la historia.

  Salí de la casa de Don Salvador con más de un proyecto imaginativo y con libros y folletos en las manos. De su autoría: Geografía física, histórica, económica y política del municipio de Compostela, Nayarit,[1] Compostela de Indias. Su origen y fundación,[2] Breve historia del obispado de Compostela,[3] Tepic. Su pasado y su presente,[4] Chacala en la historia y la leyenda[5] y Tierras para los indígenas y autonomía de Nayarit, fueron los ideales de Lozada.[6] Además, otros estudios relevantes: el segundo volumen del Estudio histórico del estado de Nayarit de la independencia a la erección en estado,[7] de Everardo Peña Navarro, antiguo estudiante del Seminario de Guadalajara y militante maderista, pionero indiscutido de la historiografía local, (el primer volumen con dedicatoria firmada el 3 de agosto de 1953 “con mi sincero afecto para el Gral. Jorge Olimón Colio” se encontraba ya en la casa),[8] San Blas y las Californias. Estudio histórico del puerto,[9] de Marcial Gutiérrez Camarena y tres libros que con el tiempo pude reconocer como “joyas bibliográficas”: el Compendio de geografía física, política, económica e histórica del estado de Nayarit, publicado en 1923 por el “Ingeniero topógrafo” Juan Francisco Párkinson,[10] Apuntes históricos para la historia del estado de Nayarit,[11] de Ignacio Ramírez López y Nayarit. Aportación para algunos capítulos de su historia[12] de Luis Aranda del Toro quien, en horas de campaña presidencial en 1952, dedicó su trabajo “para mi amigo don Adolfo Ruiz Cortines.”

  Regresé, pues, con abundante lectura y, como a la distancia lo valoro, con más razones de arraigo para la tierra.

  Sin embargo, fue entre la primavera y el otoño de 1964 cuando amplié mis horizontes y tuve conciencia clara de mi vocación dual pero no antagónica: al sacerdocio y a la historia.

  Con algo de dinero en el bolsillo, “premio” por mis “buenas calificaciones” al terminar la preparatoria, visité librerías en la ciudad de México; compré libros de historia y algunos de gramática, pues las “letras” también me interesaban y si pensaba escribir, tendría que hacerlo en buen castellano: los Tesoros documentales de México, Priego, Zelis, Clavijero, compilados por el Padre Mariano Cuevas, los Apostólicos afanes de la Compañía de Jesús en edición con portada festiva de la “Editorial Layac” del jesuita José Ortega, varios pequeños volúmenes de la benemérita Biblioteca del Estudiante Universitario (Poesía indígena de la altiplanicie de Ángel María Garibay, México en 1554 de Francisco Cervantes de Salazar, Grandeza Mexicana de Bernardo de Balbuena, entre otros), así como la Gramática histórica española de Ramón Menéndez Pidal, la Gramática de la lengua castellana de Andrés Bello y las Apuntaciones críticas sobre el lenguaje bogotano de Rufino José Cuervo. La cima fue el Diccionario Porrúa de historia, geografía y biografía de México en su primera edición. A mi regreso a Tepic, contra toda buena costumbre, leí este grueso volumen de la A a la Z y me atreví a enviarle al Padre Ángel María Garibay, coordinador de la obra, algunas “correcciones”. Al poco tiempo recibí una carta de la Editorial Porrúa agradeciéndolas acompañada de un recibo y un cheque por trescientos pesos, cantidad interesante para aquellos días. En el “Suplemento”, publicado en 1966 quedaron impresas mis “correcciones.”

  La curiosidad y la afición por la historia son, en mi caso, pues, casi connaturales. La oportunidad de hacer estudios profesionales vino más tarde.

  Cursaba el segundo año de teología en el Seminario de Montezuma, mexicano pero en territorio estadounidense, cuando recibimos la visita de nuestro obispo de Tepic, Don Adolfo Suárez Rivera, después cardenal arzobispo de Monterrey. A la pregunta de si quería continuar mis estudios al término de los teológicos, le respondí afirmativamente y le plantee el de la historia. Así, en octubre de 1974, con un año de sacerdote, entré a las aulas romanas de la Pontificia Universidad Gregoriana. Ahí tuve un entrenamiento dominado por el rigor investigativo (nulla afirmatio sine probatio, ninguna afirmación sin prueba) de profesores europeos, todos jesuitas, a excepción del Profesor Lájos Pázstor, erudito húngaro que había salido de su país a causa de la dominación soviética y había recibido del Papa Pío XII la rara ciudadanía vaticana. Tengo nítidas las sesiones con los Padres Wilhelm Kempf, hermano de un cardenal y un director de orquesta sinfónica en cuyas clases de historia medieval me sentí perdido entre tantas tribus bárbaras,  Burckhart Schneider, admirador del “fascino personale dell Napoleone”, Vincenzo Monachino, expertísimo en la “antigüedad tardía”, Pierre Blet, editor de la documentación vaticana sobre la Segunda Guerra Mundial, Giacomo Martina, biógrafo crítico de Pío IX y el lituano Paulius Rabikauskas, quien insistía en la tentación de los historiadores de hacerse novelistas y cuidaba la exactitud en las transcripciones paleográficas medievales. Ellos se habían formado en la escuela de Malet, Huizinga, Pirenne y sólo un poco con Marrou. Comenzaba su magisterio el Padre Heinrich Pfeiffer, actualmente  autoridad mundial en la historia del arte cristiano y tuve la oportunidad de asistir a un curso sobre la Iglesia en Estados Unidos de América con Monseñor John Tracy Ellis, el biógrafo del Cardenal Gibbons, patriarca indiscutible de la Iglesia estadounidense. De esa etapa exigente y de extraordinaria significación obtuve la sensibilidad a la que invitaba el Profesor Marrou: “[…] Sólo un acercamiento complejo, el conocimiento rico y profundo, una curiosidad insaciable y sin prejuicios pueden ayudar a encontrar en los repliegues del pasado los escenarios donde los seres humanos han dejado las llaves de lo que estaban construyendo. Son esas llaves las que tenemos que buscar.”[13]

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  Refiero sólo estos principios y no sigo haciendo memoria: lo que he publicado puede hacerlo por mí: las relaciones complejas entre la Iglesia y el Estado dentro de la inacabada modernidad de nuestros siglos XIX y XX han sido sobre todo, aunque no únicamente, los lugares sobre los que he ejercido esa “búsqueda de las llaves”, con respeto a las fuentes y en diálogo con la sinfónica comunidad de los historiadores mexicanos, algunos de los cuales me honran hoy con su presencia.

 

  Iré, pues, a las voces y silencios de la historia nayarita.

  El actual estado de Nayarit y antes el territorio de Tepic y el Distrito Militar del mismo nombre, es un accidente político. Fueron la afiliación a las corrientes centralistas y conservadoras, la expansión de la economía preindustrial e industrial, ambiciones internacionales y la pertinacia de la resistencia indígena a la implantación de las instituciones liberales encabezada por el legendario Manuel Lozada, “el tigre de Álica”, las que forzaron su separación del estado de Jalisco en 1867.[14]

  La geografía física, el clima y los asentamientos humanos antiguos y recientes muestran contrastes notables. La historia no sólo tiene tareas sino requiere una metodología adaptable a esos contrastes. Olas políticas temporales, como la de situar geográfica y cronológicamente en la isla de Mexcalitán la “cuna de la mexicanidad”, que no resiste la periodización científica o la identificación de lo nayarita con lo cora o huichol han dañado y dañan la imagen real del pasado y el acercamiento sereno a lo que es plural y no unívoco.

  Por mucho tiempo, en la lógica de “héroes y villanos”, se realizó un excesivo desgaste para ubicar a Lozada como “liberal” o “precursor de la revolución mexicana”, salidas políticamente correctas pero distorsionadoras de la complejidad contextual.[15]

  Fue Mario Alfonso Aldana Rendón quien en 1983, con trabajo archivístico y de contexto, dio pie a una mejor comprensión del difícil siglo XIX y el papel de Lozada y los indígenas en transición a campesinos dentro de él.[16] Poco más tarde, Jean Meyer en Esperando a Lozada[17] y algunas publicaciones colectivas, aportaron más elementos.[18] Un enfoque particularmente interesante que desató tal vez el nudo de modo definitivo al exponer la “construcción” periodística de una imagen negativa, fue el de la tesis de doctorado de María Herrerías Guerra, Las construcciones de la idea del indio rebelde en la prensa del siglo XIX: el caso de Manuel Lozada.[19]

  La labor histórica indudablemente ha cambiado la imagen apocalíptica que, alarmado, imaginaba el periódico tapatío El estado de Jalisco del 13 de febrero de 1873: “[…] ¿Qué es lo que quieren esas hordas salvajes? ¿Invocan algún principio político? ¿Los alienta alguna idea religiosa? ¿Vienen, como los bárbaros del norte, en busca de un clima mejor? No; vienen alentados por la impunidad a destruir la civilización, a repartirse las propiedades, a aniquilar a Jalisco.”[20]

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  En 1982 se imprimió, bajo el sello de la Secretaría de Educación Pública, dentro de una serie de “monografías estatales” destinada a los estudiantes de primaria, un texto de Jean Meyer, Nayarit. Magia en la sierra, riqueza en los valles.[21] La revisión que sufrió este intento de exponer de manera sencilla pero fundamentada el paso del tiempo por ese ámbito geográfico por parte de organismos educativos oficiales lo deformó de tal modo que esa “edición experimental”, maltratada por la política, quedó en la triste sombra de las bodegas. No obstante, el mismo Jean ha hecho aportaciones definitivas para la síntesis y posterior investigación de la historia nayarita: la Colección de documentos para la historia de Nayarit en cinco volúmenes,[22] compilada con la ayuda de Thomas Calvo, indispensable para dar con las abundantes fuentes para historiar la región. Quien desee conocer los efectos del tiempo en Nayarit tiene al alcance su Breve historia de Nayarit, publicada en la serie “Breves historias de los estados de la República Mexicana,”[23] que corrió con mejor suerte que la Magia en la sierra. El carácter señero del cariño y los empeños de Jean lo hicieron merecedor de un Doctorado honoris causa de la Universidad Autónoma de Nayarit. Fue un gusto haber estado ahí y tomado la palabra, como lo hice años atrás por invitación suya en la Casa Universitaria del Libro y en la librería “Octavio Paz” del Fondo de Cultura Económica a propósito de los Documentos y la Breve historia.

  

   En un coloquio que tuvo lugar en Tepic del 22 al 24 de mayo de 2002, con el objeto de realizar un balance sobre la investigación regional en todo el país,[24] Pedro Luna Jiménez presentó una guía útil sobre la historiografía sobre Nayarit: Notas para una historia de la historiografía sobre el siglo XX nayarita.[25] Al repasar este acervo, salta a la vista un entorno natural contrastante que es a la vez don y tarea, solución y problema: el mar –el vasto y casi siempre amable Océano Pacífico—las tierras del altiplano y la serranía.

  Pacientes trabajos arqueológicos de más de un siglo y tienen aún muchos enigmas, apuntan a asentamientos humanos en la costa –el antiquísimo “complejo Matanchén” cerca de San Blas—desde hace cinco mil años. El “mar y sus conchas” fueron su riqueza. Escribió Gabriela Zepeda García Moreno: “[…Existe]  un depósito conchal de tres metros, que incluye conchas, martillos de piedra, pedacitos de obsidiana y hueso. Es la ocupación más antigua descubierta…Estos recolectores explotaron el ecosistema conocido como costa-estuario, seleccionaron el género y especie de varias conchas de fondos marinos. Esta recolección fue esencialmente alimenticia y utilizaron esta materia para la manufactura de cuentas, pulseras, pectorales, anillos, orejeras y otros objetos ornamentales. La explotación de [estos] ecosistemas fue de enorme importancia y base de intercambios regionales a larga distancia. Su explotación se remonta hasta 3000 años antes de Cristo y continúa en nuestros días.”[26]

  “[…] Y continúa en nuestros días…”, pues el baño de las aguas del océano y la ingente red hidrográfica que fecunda valles y montes es presencia continua no sólo en la propaganda reciente de la “Riviera Nayarit”, sino en el flujo de la historia.

  Admiración e impulso reflexivo me causó hace pocos días descubrir en una de las vitrinas del Museo Británico de Londres, un “depósito conchal” proveniente de las costas nórdicas de Europa al que se le atribuye aún mayor antigüedad que al de Matanchén. Sin duda la humanidad ha partido de un origen común y ha de tener por tanto, un destino común.[27]

  Volvemos al mar y a Nayarit.

  El más ambicioso proyecto marítimo –grandioso aunque imposible—fue obra del impulso borbónico e inició con la fundación del puerto de San Blas en 1768, fecha inmediatamente posterior a la expulsión de los jesuitas de las misiones del Noroeste y del inicio de la segunda ola franciscana alentada por Fray Junípero Serra.[28] Recientemente se ha restaurado la celebración festiva de la Virgen del Rosario “la marinera”, cuya imagen original, venida de España con los ingenieros y marinos fundadores fue víctima del fuego y del tiempo. La imagen actual fue obsequiada a la parroquia sanblaseña hace once años por el rey Juan Carlos, heredero de los Borbones que proyectaron el puerto.[29]

  Lo que quedó de San Blas y su gloria efímera ha sido y es evocación romántica. La soledad de sus vestigios pétreos, la inmensidad tropical de sus esteros poblados de manglares y la modorra de sus cálidos días han inspirado a poetas, novelistas y cineastas: ahí filmó Nicolás Echevarría a propósito de Álvar Núñez Cabeza de Vaca, “hidalgo de Jerez de la Frontera” y sus “Naufragios”.[30] Fue, sin embargo el estadounidense Henry Wadsworth Longfellow quien a pocos días de su muerte en 1882 escribió el poema “The bells of San Blas” (“Las campanas de San Blas”) motivado por un artículo que leyó en la revista “Harper’s”, el que inmortalizó el lugar y su nostalgia.[31]

  No obstante, las expediciones hacia el Pacífico del Norte en los años finales del siglo XVIII, que tocaron las costas actualmente canadienses y de Alaska fueron realidad y no romanticismo. De ese extraordinario esfuerzo dio testimonio una publicación hecha con afecto y solidez: San Blas y las Californias. Estudio histórico del puerto, de Marcial Gutiérrez Camarena, publicado póstumamente en 1956.[32] Y fue la obra monumental San Blas de Nayarit de Enrique Cárdenas de la Peña, publicada bajo el patrocinio de la Secretaría de Marina en 1968 a raíz del bicentenario de la fundación del puerto,[33] la que aportó documentación definitiva sobre este último impulso de España y Nueva España para ampliar los horizontes hacia el extremo Pacífico norteño y tratar de impedir los avances rusos e ingleses sobre esa área que ya se percibía como estratégica.[34] Al ver con cuidado un mapa de las costas canadienses y de Alaska descubrimos nombres españoles: Córdoba, Valdez, Matute. El autor de los volúmenes mencionados no pudo dejar de escribir estas líneas conclusivas con peso de mal augurio, por desgracia comprobable: “[…] San Blas se desploma con verticalidad vertiginosa. Nada ocurre después, que le engrandezca, nada, excepto el toque poético genial de un extraño…,”[35] desde luego, Longfellow.

 

  Y si el mar tiene esa voz y esos silencios, ahí está la tierra: la altiplanicie, el esplendor verde de la “riqueza en los valles.”

  La ocupación prehispánica de la “tierra de adentro”, más allá de los conchales y esteros fue gradual, marcada por el paso de la agricultura de temporal y conllevó la complejidad y sofisticación de las ocupaciones, las creencias y las formas de convivencia social. Cerámica de tipo “chinesco” encontrada en las cercanías de Compostela, San Pedro Lagunillas y Santa María del Oro, testimonia un ritmo de vida ya sedentario y agrícola: las figuras “[…] se distinguen por los rasgos de tipo oriental, la completa desnudez de sus personajes y una tendencia al empleo de un solo color…Las adornaron con múltiples aros en las orejas y en la nariz. Los rostros serenos y majestuosos se matizaron con ojos almendrados.”[36] Vino más tarde el estilo de vida reconocible en las “tumbas de tiro”, vislumbrado en ofrendas rescatadas que atestiguan detalles materiales y espirituales de la cotidianidad en aldeas. Superado el primer milenio de nuestra era se solidificaron las influencias toltecas y del centro de México y en la agricultura repercutió el empleo de los metales: “[…] varios estudiosos coinciden en que los conocimientos de los metales, su fundición y elaboración, fueron introducidos por vía marítima desde Colombia, Perú y Ecuador y posteriormente [se desarrollaron] por las culturas del Occidente de México.”[37] El pasado prehispánico tiene aún conjeturas y misterios en abundancia y el trabajo para arqueólogos e historiadores es amplio y fascinante.

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  Prejuicios antihispanos, la idealización de las culturas antiguas o su confusión con un “gran imperio azteca” así como el acento en la crueldad sanguinaria y metálica de la conquista, han nublado el acercamiento al “momento del contacto” en el siglo XVI. Excepción de equilibrio épico entre vencedores y vencidos es: Conquista en el ahora estado de Nayarit. Narración en verso, de Everardo Peña Navarro.[38]

  Sin embargo, el trabajo magistral de Marina Anguiano, Nayarit. Costa y altiplanicie en el momento del contacto[39], dado a la luz en 1992 y poco utilizado, es el que proporciona claves básicas para seguir la pista a rompimientos y continuidades.[40] El apunte de los accidentes orográficos, hidrográficos, climáticos y los consiguientes sobre fertilidad o esterilidad y el aislamiento de las etnias, sólo vistas de conjunto por los llegados del otro lado del Atlántico, da pistas fundamentales al historiador atento. En el prólogo a esta obra escribió Don Miguel León-Portilla: “[…] Es innegable que a partir de ese encuentro se fue forjando el nuevo ser del pueblo nayarita y del norte de Jalisco. Mestizajes de sangre y cultura trajeron consigo nuevos rostros y nuevas formas de vida: las de los antepasados de tantos hombres y mujeres contemporáneos nuestros que, con sus propias tradiciones e identidades, participan hoy en la suma de realidades en que se finca el ser de la nación mexicana.”[41] Y en inteligente observación, asentó Alí Chumacero a propósito de los cronistas de ese tiempo privilegiado: “[…Ellos] conforman el punto de arranque…para enterarnos de cómo fue el encuentro entre una cultura poderosa, señaladamente firme y unificada y las culturas nativas de Nayarit, diversas no sólo en sus modos de vivir y de pensar, sino en sus maneras de concebir los medios para alcanzar la plenitud de su carácter.”[42]

  Esa época primera y su continuación bajo la égida de la dinastía de los Austrias, vio el asentamiento definitivo de poblaciones españolas, el florecimiento de la minería, la agricultura diversificada y la ganadería, cuya importancia llegó a ser notable.

  La primera evangelización tuvo tonos franciscanos pero muy pronto –ya en 1540—se crearon parroquias diocesanas con beneficios para clérigos seculares, obteniéndose así, desde el principio, líneas plurales en cuanto a la atención pastoral de la población, compuesta no sólo por neófitos indígenas sino por “cristianos viejos”, menos dóciles a la mansedumbre evangélica.

  Las fuentes más socorridas para cubrir esta parte de la historia son los cronistas Alonso de la Mota y Escobar, Antonio Tello, Domingo Lázaro de Arregui y Matías de la Mota y Padilla. Sin embargo, enormes acervos archivísticos en Sevilla, México y Guadalajara (el de la arquidiócesis está casi intocado) y los más modestos de las parroquias antiguas de la diócesis de Tepic tienen la posibilidad de ayudar a matizar nuestros conocimientos sobre la época y a evaluarla en sus perfiles locales y en su interrelación con el inmenso mundo hispánico. Este trabajo, iniciado a nivel más amplio por José Miguel Romero de Solís en Andariegos y pobladores. Nueva España y Nueva Galicia (siglo XVI)[43] y llevado adelante a base de interesantes estudios genealógicos en España, México y Estados Unidos, tendrá que continuarse. He aquí una tarea abierta a nuestros jóvenes con vocación para la historia.

  Lo dicho abre caminos para el rechazo documentado de la ideología folklorizante, fomentada sobre todo en los años de las presidencias de Luis Echeverría y José López Portillo que artificialmente le da a los nayaritas raíces e identidad cora o huichola y que, a nivel oficial estatal suplantó en el centro del escudo de Nayarit las armas de Nuño de Guzmán –conquistador polémico sin duda-- por una garza transformada en águila de la “cuna de la mexicanidad.”

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  Las tierras nayaritas y sus gentes han dado, a pesar de enigmas y silencios, mucho para hablar y para escribir.

  La “cuestión agraria” es honda, persistente y discutida, dramática y amarga en los años recientes en que la retórica de “los logros de la revolución mexicana” ha sido hecha a un lado ¿Quién se atrevería hoy a sostener lo que en 1951 sostuvo sinceramente Gutiérrez Contreras?: “[…] La posesión de la tierra para el que la trabaja es considerada como una de las bases fundamentales de justicia social, porque la dotación de tierras a los campesinos en forma justa y equitativa vendrá a consolidar su situación económica y es ya fuente de vida que perfeccionada cada día ha de crear una gran riqueza agrícola que hará de México un país fuerte y progresista.”[44]

  Fue la exportación a México en sus primeros años de nación independiente del modo de pensar británico acerca de la “riqueza de las naciones” –restricciones mínimas  para la libre empresa--, la necesidad de insumos para la industria internacional y el liberalismo económico que propugnó la puesta en circulación de los bienes comunitarios que habían sido jurídicamente considerados intocables –“de manos muertas”-- la que, al llegar a la ciudad de Tepic, a la costa nayarita y al macilento puerto de San Blas, cuestionaron la tenencia de la tierra y sus modos legales consuetidinarios. A pesar de los pocos habitantes de Tepic, el cosmopolitismo tocó a sus puertas y bajo la capa de “consulados de países amigos” se establecieron entidades de contrabando “con valija diplomática.”

  La desamortización de los bienes comunitarios --en su inmensa mayoría de comunidades indígenas, ayuntamientos y cofradías laicales—tocó el corazón de los habitantes de la tierra y de su relación con ella en el siglo XIX.

  Sobre los antecedentes de las cofradías, Pedro López González rescató documentos de algunas fundadas en Tepic en los siglos XVII y XVIII.[45] Acerca de la introducción de las primeras empresas agroindustriales es fundamental La Casa Barron, Forbes y Compañía: formación y desarrollo de una empresa en el México del siglo XIX de Jean Meyer[46] y para el tema de la desamortización el estudio del mismo titulado: La desamortización de 1856 en Tepic.[47] Es interesante el descubrimiento de la trama de los negocios en Tepic hecho a partir de las disposiciones testamentarias por Pedro Luna en su estudio Negocios y vida cotidiana en Tepic, 1839-1910.[48] En esas páginas hay buena “tela de dónde cortar” para reconstruir a la sociedad tepicense de esos años.

  Aunque del territorio de Tepic no puede identificarse tanto un personaje con su historia en el porfiriato como en Nuevo León con Bernardo Reyes, Tlaxcala con Próspero Cahuatzin o Morelos con Pablo Escandón, la figura del General Leopoldo Romano, Jefe político del territorio de 1885 hasta su muerte acaecida en 1897 se vincula íntimamente a la historia política y social de la región, a la consolidación de su economía y comercio y a la agudización de los problemas sociales. Su bisnieto, Leopoldo Romano Morales, publicó buen número de documentos sobre el General, que son base para una biografía.[49]

  Un folleto de 26 páginas, pequeño en su forma pero grande por su contenido informativo y de opinión es el que Ignacio Morales publicó en 1943 con el título Breve reseña sobre el periodismo y su influencia moral y económica en el pueblo de Nayarit.[50] En medio de  datos escuetos que recorren el tema de 1884 a 1942, su pluma dejó líneas ardientes de su experiencia negativa de la política “revolucionaria” en materia de libertad de expresión. Al hablar de la tercera época del periódico “Lucifer” (1934) escribió: “[…] La madrugada del 17 de noviembre de aquel fatídico año la dinamita aniquiló este órgano de la genuina prensa libre, porque no quedaba al gobierno local otro recurso a qué apelar…”[51] El hecho lo llevó a quedarse pensativo y concluir: “[…] Algunos sostienen que desde 1911 se habla y escribe bajo la sombra de la libertad, como afirmación categórica de una de las conquistas de la revolución. Es interesante apuntar [al respecto] el fenómeno de 1934 que repercutió hasta el extranjero, como el más negro borrón que registra la historia de [nuestro] periodismo.”[52]

  Un tema también poco estudiado es el que abordó Angelina Gutiérrez Arriola en su publicación de 1985, El movimiento obrero en Nayarit: 1894-1916.[53] La buena síntesis de la problemática, el uso de las fuentes hemerográficas y la mención documentada de las relaciones de los obreros de Bellavista y Jauja con los de la Casa del Obrero Mundial abrió caminos de interés, todavía poco transitados.

  El quinto volumen de los Documentos para la historia de Nayarit compilados por Jean Meyer,[54] contiene materiales de importancia sobre los conflictos agrarios entre 1917 y 1940 que, bien utilizados, pueden ayudar a un balance sobre la cuestión. Dos amplios trabajos de José Mario Contreras Valdez, La oligarquía del territorio de Tepic, 1880-1912. Sus negocios y política[55] y Reparto de tierras en Nayarit, 1916-1940. Un proceso de ruptura y continuidad,[56] ayudan a evaluar las vinculaciones y desvinculaciones de la cambiante población nayarita en relación con la productividad de su tierra. Cabría, por ejemplo, continuar las líneas que abrió al final de su Reparto de tierras: “[…] La alteración económica más perjudicial para el futuro crecimiento económico de la región sucedió en la ligazón que se tenía con el sector externo, espacio al que durante el siglo XIX se destinaba anualmente una parte importante del producto agrícola de la región y se realizaba la ganancia. Después de 1940 el gobierno descuidó el vínculo entre los ejidatarios y los mercados internacionales, ya que en la cabeza de los diseñadores de la política económica sólo cabía la vía del desarrollo nacional a través de la industria para sustituir importaciones.

 “Algunos aspectos…necesitan una investigación acuciosa…: el papel de los administradores de las haciendas en la expansión de estas unidades económicas y en el momento del reparto de tierras; el despoblamiento que sufrió la zona serrana de la entidad en la década de 1930 y su contraparte, el repoblamiento de la zona costera…  ¿cómo los gobiernos local y federal resolvieron o atendieron los problemas de servicios…en las nuevas localidades surgidas con el reparto de tierras? Falta…saber más del papel que jugaron las mujeres en el cambio de la estructura agraria, entre otros.”[57] A esas zonas de silencio agrego otras: la dialéctica cristeros-agraristas y la división que pasó en el seno de las familias y de las comunidades sobre todo en el sur de Nayarit y otras secuelas, la actitud de los párrocos en esas coyunturas y la escisión religiosa originada principalmente por la diferente respuesta al agrarismo en poblaciones cuyos habitantes dependían de las haciendas.[58]

  Pude apenas hojear un poco la publicación más reciente del Doctor Contreras, Historia breve. Nayarit,[59] importante síntesis del paso del tiempo por esta tierra y su gente. Las páginas dedicadas a las últimas décadas en sus capítulos Llega la modernidad y Del corporativismo a los avatares del siglo XXI hacen pensar, con sus datos, en que los drásticos cambios en cuanto a la vocación agrícola de la región, las mutaciones poblacionales y de ocupación a causa de la orientación turística y la orientación de los planes educativos, mantienen una severa crisis que pesa en el futuro de los nayaritas, cuyo rumbo exige serio estudio y reflexión. Urge, me parece, darle forma al conocimiento certero sobre el peso y las razones de la emigración que continúa en aumento, así como de las tendencias mejores para poder mirar el porvenir con realismo.

  Acerca de La guerra olvidada. La cristera en Nayarit, Enrique Bautista González escribió un texto chispeante que señala, por ejemplo, la participación en el movimiento de batallones de indígenas serranos. Sin embargo, el tema del levantamiento cristero y sus repercusiones está todavía abierto.[60]

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  La historia del catolicismo y de las manifestaciones religiosas en la región tiene más silencios que voces.

  La lectura de los cronistas franciscanos ciertamente arroja luz para la etapa inicial pero no puede suplir la historia diocesana de Guadalajara que si bien llena los volúmenes ya cincuentenarios de José Ignacio Dávila Garibi,[61] aún tiene muchas preguntas, cuyas respuestas están quizá en los archivos diocesanos y parroquiales. La atención pastoral en general, los contenidos de la catequesis, de la predicación, las visitas episcopales y las evaluaciones periódicas sobre el “estado de las almas”, la formación de los clérigos y la aportación del Seminario a la vida intelectual de la región, el celo mayor o menor del clero frente a su encomienda, el impacto del Concilio Vaticano II que pronto estará a cincuenta años de distancia, así como la génesis y el desarrollo de las devociones populares, la sustitución de cultos ancestrales por patronos del santoral católico, la transformación de los movimientos laicales frente a los cambios socioculturares y muchísimos otros aspectos de la complejidad de una religión encarnada en la humanidad, esperan el ojo y las manos del historiador para ser conocidos y reflexionados.

  A partir de 1891 la ciudad de Tepic comenzó a ser sede episcopal. Aún carecemos de biografías de sus titulares contextualizadas en el paso del tiempo mexicano. Del primer obispo, Don Ignacio Díaz y Macedo sabemos de su fama de buen predicador y de santidad y barruntamos su simpatía con los obreros, en línea con León XIII a quien escuchó personalmente durante su participación en el Concilio Plenario de América Latina en 1899. Del segundo, Don Andrés Segura y Domínguez, acusado por Álvaro Obregón de “huertista”, sabemos del despojo y dispersión salvaje de su magnífica biblioteca por los carrancistas encabezados por Rafael Buelna en 1914 y la leyenda de que era su anillo el que llevaba Obregón cuando un cañonazo le cercenó el brazo en la batalla de Celaya. Del tercero, Don Manuel Azpeitia y Palomar, se ha ahondado un poco acerca de su postura crítica frente al resto del episcopado durante la persecución religiosa y su antiliberalismo radical bebido en fuentes de Europa latina como El liberalismo es pecado de Félix Sardá y Salvany[62] y las obras de Cesare Cantù, Ausonio Franchi y Vázquez de Mella, difundidas profusamente en ambientes integristas de ambos continentes.[63] Un personaje un tanto enigmático, Don Manuel Piña Torres, obispo auxiliar de 1958 a 1970 publicó algo parecido a unas memorias con el título de Decíamos ayer.[64] Preparada ya para la imprenta está la biografía del Cardenal Adolfo Suárez Rivera, sin cuya acción no puede entenderse la normalización de las relaciones entre la Iglesia católica y el Estado mexicano al final del siglo XX.

  Por otra parte, la pluralización religiosa reciente, favorecida por la fisonomía urbana cambiante, las inmigraciones internas y la vinculación, por ejemplo, entre el movimiento “La Luz del Mundo” y el PRI y la CNC en materia de transformación de tierras ejidales en suburbanas merece buenos estudios. La concentración autoritaria del poder religioso y  los estilos de vida utópicos (“La nueva Jerusalén”, “la comunidad cristiana primitiva”) merecen un acercamiento intelectual. El descubrimiento de rasgos de crear una sociedad alterna en ese movimiento así como la “milagrería” relacionada con otros grupos, nos ponen ante interesantes realidades contraculturales en estos tiempos de comunicación global y de secularización galopante.

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  Sitio aparte en la historiografía y en ciencias afines como la etnología, la lingüística y la antropología cultural tiene la región serrana nayarita y jalisciense, objeto además, en el siglo XX de los vaivenes de las políticas y planes “indigenistas.”

  La Sierra Madre Occidental constituye casi una frontera entre la altiplanicie nayarita y el resto del país. El comienzo y las líneas históricas de su ocupación por las etnias cora y huichol tienen todavía enigmas. La conquista o “reducción” de esos pueblos a la soberanía española fue tardía y sus hechos, transformados en epopeya, los nombró “maravillosos” el Padre José Ortega, jesuita, cronista de esos años. Su Maravillosa reducción y conquista de la provincia de San Joseph del Gran Nayar,[65] es fuente clásica para conocer esos aconteceres y Jean Meyer en el tercer tomo de los Documentos para la historia da elementos para un mejor acercamiento. Gutiérrez Contreras en su texto Los coras y el rey Nayarit,[66] presentó un buen estado de la cuestión. Los estudios del “explorador, naturalista y antropólogo” francés León Diguet, quien visitó la sierra a fines del siglo XIX y continuó interesado hasta la década de 1920 han sido traducidos y reunidos en un libro titulado Por tierras occidentales. Entre sierras y barrancas.[67] Las fotografías de Diguet del noroeste mexicano entre 1893 y 1899, testimonio de fisonomías humanas y naturales entonces casi incontaminadas, complementan el acervo anterior, que aún aporta elementos para nuestra actual comprensión y para evitar, como lo notó Meyer, “[…] la ‘aztequización’ de los huicholes realizada por Konrad Preuss…[Pues] no podemos hacer la misma operación intelectual [después de] leer a Diguet.”[68] Junto a esas obras tenemos a la mano también los Ensayos sobre el Gran Nayar. Entre huicholes, coras y tepehuanos de Phil C. Weigand,[69] la Bibliografía del Gran Nayar reunida por el anterior, Jesús Jáuregui y Beatriz Rojas,[70] la relación de la Visita de las misiones del Nayarit realizada por el Presbítero José Antonio Bugarín al año de la salida de los jesuitas[71] y un trabajo histórico que abarca un arco temporal de más de tres siglos: Los huicholes en la historia[72] de Beatriz Rojas. Gran rescate antropológico de piezas sueltas que bien podían haberse perdido, hizo Jesús Jáuregui en su compilación extraordinaria: Música y danzas del Gran Nayar.[73] Esta obra fue un avance a la obra magna de este autor que, sin centrarse sólo en el Occidente mexicano, se fincó en él para su amplio horizonte. Me refiero a El mariachi. Símbolo musical de México.[74]

  El pensamiento huichol a través de sus cantos de Ramón Mata Torres,[75] da pie a vislumbrar el reflejo de la naturaleza, sus ciclos y sus ritmos en la vida indígena, aunque su enfoque hace parecer que se trata de una cultura incontaminada, algo imposible en la modernidad que se impone. Jorge Alberto González Galván en su Derecho Nayerij. Los sistemas jurídicos indígenas en Nayarit,[76] aporta la transcripción de relatos judiciales simbólicos y concretos y los analiza desde su originalidad y en contraste con el sistema oficial mexicano. Cecilia Gutiérrez Arriola nos ha ilustrado con su estudio de la arquitectura serrana en el fugaz tiempo jesuítico en: Misiones del Nayar: la postrera obra de los jesuitas en la Nueva España.[77]

  Todavía con la fascinación serrana brillan los destellos de la lingüística: el antiguo Vocabulario de las lenguas castellana y cora del jesuita Ortega,[78] la mención erudita en la Geografía de las lenguas de Don Manuel Orozco y Berra[79] y los Estudios gramaticales con aplicación al idioma cora escritos para los estudiantes del Seminario Diocesano de Tepic en 1905 por el Presbítero Aniceto M. Gómez.[80]

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  Por último, tocaré el punto de la microhistoria, esa maravillosa “linterna mágica” para iluminar lo cercano y entrañable, aportación metodológica fundamental de Don Luis González y González, maestro de muchos.

  Sobre el viejo señorío de Xalisco, lugar de Nayarit que le dio el nombre a la región, se publicaron algunos raros documentos en castellano y en náhuatl sobre los tiempos de la conquista que refieren, además de los problemas suscitados por la presencia española, las relaciones de dominio y sometimiento entre los mismos indígenas que el desconocido amanuense describió en los términos del centro de México: “nahuas y otomíes”, es decir, como opresores y oprimidos.[81] Una lectura inteligente de ellos arroja mucha luz sobre ese particular tiempo con su peso propio y de la huella franciscana vista sin idealismos.

  De Xalisco ya como parroquia, pueblo y ciudad, su cronista ha sido Pedro López González en su Reseña histórica de la ciudad de Xalisco[82] y Anales de la parroquia de Xalisco: exconvento de San Juan Bautista.[83]

  Xala: un pueblo, un destino de Miguel González Lomelí,[84] es un trabajo que rescata un haz de costumbres que le dan especial fisonomía. Estoy seguro que al emprender trabajos archivísticos, locales y en Guadalajara, saldrán muchos más elementos para comprender más esta “fragua del alma colectiva” a la que se asoma el autor.

  Sobre Tepic se ha escrito algo más: un retrato físico y de la flora y fauna del valle en el que se encuentra la ciudad antes de la explosión de la caótica mancha urbana que actualmente lo deforma y degrada, realizado con acuciosidad y cariño por el Profesor Jesús Ruiz Aguilar en 1963: El valle de Matatipac.[85] Tepic, su pasado y su presente de Salvador Gutiérrez Contreras,[86] La población de Tepic bajo la organización regional (1530-1821)[87] y Mosaico histórico de la ciudad de Tepic,[88] de Pedro López González, contribuyen a tener una idea mejor sobre su fundación y desarrollo, las actividades económicas y la forja cultural y política de sus habitantes. Nítida síntesis histórica es: Tepic: aproximación a su historia urbana[89] de Pedro Luna y repaso gráfico de detalles: Estampas de la ciudad de Tepic de Pedro López.[90]

  Aún de más detalle, en amalgama de historia, vida cotidiana y arquitectura son: Así nació la Cruz Roja en Tepic de Alberto Gutiérrez Camarena[91] y las monografías: La catedral de Tepic,[92] Jauja: una fábrica textil del Tepic provinciano,[93] La casa Fenelón. Tepic, tiempo y patrimonio [94] y El tiempo sobre la piedra. Historia y arte en el panteón Hidalgo de Tepic.[95]

  Santiago Ixcuintla, la calurosa ciudad del norte del estado en cuyas cercanías existen vestigios arqueológicos de más de mil años de antigüedad ha sido abordado en su historia por Pedro Castillo Romero[96] y Pedro Luna.[97] Ahuacatlán, en el sur, y lugares circunvecinos ha tenido su cronista en Rubén Arroyo quien, hasta la fecha ha publicado tres investigaciones: Ahuacatlán. Tiempo y espacio, siglos XIII al XX, [98] Ahuacatlán 2. Por la señal de la Santa Cruz…[99] y Ahuacatlán 3. Santa Cruz de Camotlán…a la sombra de la historia.[100]

  Una publicación que combina la fluidez del lenguaje con la seriedad de investigación sobre las áreas de Santa María del Oro y Jala y presenta fotografías artísticas tomadas por Jorge Gutiérrez Núñez y Fernando Arciniega es: Cofradía de Acuitapilco: historia comarcal de una hacienda nayarita también de Pedro Luna.[101] Ojalá se presentaran otras monografías con esta calidad.

  Estoy seguro que lo hecho abunda más que lo que este esbozo expresa, pues tuvo como campo de investigación un librero de mi biblioteca. También sé de la labor callada de los cronistas municipales que batallan, como todos batallamos, en esta época de la cultura del instante y del desecho, para poder financiar y publicar lo investigado.

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Después de más de una veintena de años en la ciudad de México, he regresado a Nayarit. Vivo ahora en Jala, cerca del volcán del Ceboruco, que sirvió de lámpara al universitario y poeta novohispano Bernardo de Balbuena, párroco en San Pedro Lagunillas a fines del siglo XVI y principios del XVII, del otro lado de donde vivo, también como párroco:

“El gran volcán de Jala, monstruo horrible

del mundo, y sus asombros el más vivo,

que ahora con su roja luz visible

de clara antorcha sirve a lo que escribo.”[102]

 

 El obispo cronista Alonso de la Mota y Escobar, apuntó en 1602, al mismo tiempo que Balbuena escribía: “[…] Está arrimado al propio volcán un pueblo llamado Xala…de temple frío y sumamente regalado; dánse muy bien muchas frutas de Castilla y de la tierra.”[103]

  Al término de estas palabras, digo que las dediqué a Nayarit y a sus historiadores y cronistas porque como corresponsal en esas tierras de esta benemérita Academia Mexicana de la Historia me siento obligado a reconocer sus labores y en cierta manera a representarlos. Las voces y los silencios de esa porción de nuestra patria son testimonio a reconocer y tarea a realizar.

  Agradezco a los colegas historiadores que, entre tanta gente meritoria, me eligieron para formar parte de esta corporación. En especial, es deber grato mencionar a la Doctora Josefina Zoraida Vázquez quien, junto con el Doctor Andrés Lira, del que recibí unas líneas con su “consideración y aprecio de muchos años”,[104] propuso mi candidatura y hoy tomará la palabra. De ella leí en 1979 su Nacionalismo y educación en México[105] y posteriormente varios de sus estudios sobre las relaciones entre México y Estados Unidos de América. Fueron, sin embargo, su ojo crítico cuando a invitación del Licenciado Javier Villarreal, Director del Instituto Coahuilense de Cultura, presenté en Saltillo una ponencia en el bicentenario del nacimiento de Don Benito Juárez y la inútil polémica que sostuvimos del mismo lado con un seudohistoriador que escribió sobre “México mutilado” y “México ante Dios”, los hechos que nos hicieron en verdad colegas.

  Aquí están Don Miguel León Portilla a quien conocí antes en sus escritos que en su persona y de quien sólo he recibido deferencias, el Doctor Jean Meyer, con quien he recorrido más de un camino, el Doctor Manuel Ceballos, cuya obra he acompañado desde sus tiempos del “Tercero en discordia”, el Doctor Álvaro Matute con quien he compartido temas del siglo XIX, la Doctora Elisa Vargaslugo y su amor indefectible a nuestro patrimonio cultural.

  A más gente debo agradecer y lo hago con sinceridad. Menciono a quienes viajaron para estar aquí presentes y al Señor Obispo de Tepic, Don Ricardo Watty Urquidi, quien me había manifestado su deseo de venir pero fue llamado a la Vida Eterna hace exactamente una semana.

  Doy gracias a Dios porque en su Providencia entrañable me ha dado la oportunidad de descubrir en el paso de los tiempos su huella y la de la siembra luminosa del bien que tantos miembros de la humanidad han realizado y que supera con creces a la del mal y sus sombras.

 

Jala, Nayarit, 4 de noviembre de 2011.

Ciudad de México, 8 de noviembre de 2011.


[1] Edición del autor, Compostela 1945.

[2] Edición del autor, Compostela 1949.

[3] Edición del autor, Compostela 1950.

[4] Edición del autor, Compostela 1954.

[5] Edición del autor, Compostela 1954.

[6] Edición del autor, Compostela 1954.

[7] Edición del autor, Tepic 1956.

[8] Estudio histórico del estado de Nayarit. De la conquista a la independencia, Edición del autor, Tepic 1946.

[9] Editorial Jus, México 1956.

[10] Imprenta de Teodoro S. Rodríguez, Tepic 1923. (“2ª edición notablemente corregida y aumentada”).

[11] Imprenta Ruiz.-Editor, Tepic 1942.

[12] Edición del autor, México 1952.

[13] Nota dell’editore: Henri-Irenée Marrou, Decadenza romana o tarda antichità? III-VI Secolo, Jaca Book, Milano 2007, p. 9. (Texto en la traducción italiana. Original en francés).

[14] Véanse: Pedro López González/ José Ramón Medina Cervantes (coords.) La problemática del Distrito Militar de Tepic y génesis del territorio de Tepic, Universidad Autónoma de Nayarit, Tepic 1984. Margarita Blanco Rugerio, La revuelta agraria de Manuel Lozada y la separación de Tepic, en: Nayarit: del séptimo cantón al estado libre y soberano, vol. 2, Universidad de Guadalajara/ Instituto Mora, México 1990, pp. 92-107 y Pacificación del distrito militar, pp. 109-120. José María Muriá, La cuestión de Tepic, pp. 121-125. Jean Meyer, La cuestión de Tepic. El sentido de la separación de facto del séptimo cantón en 1867, pp. 125-131. Salvador Gutiérrez Contreras, El distrito militar de Tepic, pp. 132-142. Pedro López González, Hacia la pacificación del distrito militar de Tepic, pp. 143-161.

[15] Desde la década de 1950 se realizaron coloquios para valorar a Lozada, uno de los elementos de fricción con el estado de Jalisco por mucho tiempo, pues en la ciudad de Guadalajara se encuentra aún un monumento al General Ramón Corona, “vencedor de las hordas de Lozada.” El primero tuvo lugar en Tepic el 27 y 28 de mayo de 1950. En la “reunión de discusión de la personalidad de Manuel Lozada, el 1º de marzo de 1951 en la Biblioteca del Centro Escolar “Miguel Alemán” de Tepic”, Gutiérrez Contreras presentó su ponencia: Tierra para los indígenas y autonomía de Nayarit. (Véase nota 5).

[16] Rebelión agraria de Manuel Lozada: 1873, SEP/ FCE, México 1983.

[17] El Colegio de Michoacán/ CONACYT, Zamora/México 1984.

[18] VV.AA., Manuel Lozada. Luz y sombra, Cámara de Diputados/ Universidad Autónoma de Nayarit, Tepic 1999. VV. AA., Manuel Lozada hasta hoy, INAH/ El Colegio de Jalisco, Guadalajara/ México 2007.

[19] UNAM-Facultad de Filosofía y Letras, México 2007.

[20] Cita en: María Herrerías Guerra, Las construcciones…, p.2.

[21] SEP, México 1982.

[22] 1ª edición, Universidad de Guadalajara/ Centro de Estudios Mexicanos y Centroamericanos, Guadalajara/México 1990. 2ª edición, Universidad Autónoma de Nayarit, Tepic 2008.

[23] El Colegio de México/ Fondo de Cultura Económica, México 1997.

[24] José Mario Contreras Valdez/ Pedro Luna Jiménez/ Pedro Serrano Álvarez (coords.), Historiografía regional en México. Siglo XX, Universidad Autónoma de Nayarit/ INHERM, Tepic/ México 2009.

[25] En: Historiografía regional, pp. 789-823.

[26] Síntesis arqueológica de Nayarit, CONACULTA-Centro INAH Nayarit/ Fundación Nayarit, Tepic 2000, p. 9.

[27] Sección Ancient Europe, 10,000-4,000 B.C. Subsección Europe before farming.

[28] Sobre el tema de la expulsión de los jesuitas y su repercusión en Nayarit, véanse: Ernest J. Burrus S.J. (ed.) Ducrue’s Account of the Expulsion of the Jesuits from Lower California (1767-1769), Jesuit Historical Institute/ St. Louis University, Rome/St. Louis Mo. U.S.A. 1967. José Antonio Bugarín, Visita de las misiones del Nayarit, 1768-1769, ed. Jean Meyer, CEMCA/ Instituto Nacional Indigenista, México 1993. Sobre Serra es abundante la bibliografía, sólo cito su clásica biografía: Fray Francisco de Palou, Vida de Fray Junípero Serra y misiones de la California septentrional, (publicada junto a: Francisco Javier Clavijero, Historia de la Antigua o Baja California), ed. Miguel León Portilla, Porrúa, México 1970.

[29] Pedro López González, El templo de San Blas de las Californias. Nuestra Señora del Rosario La Marinera, BBVA/ Lunwerg Editores, Madrid 2000.

[30] Naufragios y comentarios, ed. de Dionisio Ridruejo, Taurus, Madrid 1969.

[31] Véase: José Manuel Piña Torres, The Bells of San Blas…Las campanas de San Blas, (Tepic 1972).

[32] Editorial Jus, México 1956.

[33] 2 volúmenes. Secretaría de Marina, México 1968.

[34] Véanse: Francisco Santiago Cruz, Fronteras con Rusia, Editorial Jus, México 1967. Willian Shaler, Diario de un viaje entre China y la costa noroeste de América efectuado en 1804, ed. de Guadalupe Jiménez Codinach, Universidad Iberoamericana-Departamento de Historia, México 1990. Miguel Mathes, La frontera ruso-mexicana. Documentos mexicanos para la historia del establecimiento ruso en California, 1808-1842, Secretaría de Relaciones Exteriores, México 1990.

[35] San Blas de Nayarit, vol 1, p. 241.

[36] Gabriela Zepeda, Síntesis arqueológica de Nayarit, p. 14.

[37] Id., p. 23. Sobre el último aspecto véase: Celia Islas Jiménez, Metalurgia prehispánica y colonial en el oeste de Nueva Galicia, CONACULTA-Centro INAH Nayarit/ Fundación Nayarit, Tepic 2000.

[38] Edición del autor, Tepic 1963.

[39] UNAM-Instituto de Investigaciones Antropológicas, México 1992.

[40] Sin embargo, recientemente se ha valorado este trabajo por Mario Contreras Valdez: Breve historia. Nayarit, El Colegio de México/ FCE, México (2) 2011, p. 241.

[41] En: Marina Anguiano, Nayarit. Costa y altiplanicie, p. 12. (Fechado: Ciudad Universitaria, 5 de febrero de 1986.)

[42] La continuidad histórica, (texto leído en la presentación de Nayarit. Costa y altiplanicie el 10 de noviembre de 1993 en el Instituto de Investigaciones Antropológicas de la UNAM), Antropológicas 9(1994), p. 99.

[43] El Colegio de Michoacán/ Archivo Histórico del Municipio de Colima/ Universidad de Colima, Colima/ Zamora 2001. Es importante también: José Ramón Martínez/ Rogelio García/ Secundino Estrada, Historia de una emigración: asturianos a América, 1492-1599, Universidad de Oviedo, Oviedo 1992.

[44] Tierras para los indígenas y autonomía de Nayarit, p. 25.

[45] Las cofradías en Nayarit. Capitán Juan López Portillo y Rojas, pionero del desarrollo socioeconómico en Tepic en el siglo XVII, Edición del autor, Tepic 1980

[46] En: Esperando a Lozada, pp. 199-218.

[47] Id., pp. 141-170.

[48] Universidad Autónoma de Nayarit, Tepic 2004.

[49] Leopoldo Romano Morales (comp.), El Nayarit de los años del General Romano. La historia documental de un gobernante, UAN, Tepic 2001.

[50] Edición del autor,

[51] P. 23.

[52] P. 25.

[53] UNAM-Instituto de Investigaciones Económicas, México 1985.

[54] De cantón de Tepic a estado de Nayarit. 1810-1940, UAN, (2) 2008, pp. 232-289.

[55] (Tesis de doctorado) UNAM-Facultad de Filosofía y Letras, México 2006.

[56] INHERM/ UAN, México/ Tepic 2001.

[57] Reparto de tierras, p.140.

[58] Los cinco volúmenes de Moisés González Navarro, Cristeros y agraristas en Jalisco, El Colegio de México, México 2000-2003, pueden servir de pauta para un trabajo similar, guardando las debidas proporciones.

[59] ColMex/ FCE, México (2) 2011.

[60] Tepic 2008.

[61] Apuntes para la historia de la Iglesia en Guadalajara, 5 vols., Editorial Cultura y Editorial “Libros de México”, México 1961-1977.

[62] 1ª edición: Librería y Tipografía Católica, Barcelona 1884.

[63] Véase mi artículo: Un obispo reflexiona sobre la Iglesia en México en 1922. En torno a la Tercera Carta Pastoral de Manuel Azpeitia y Palomar, obispo de Tepic, en: Juan Carlos Casas (ed.), Iglesia, independencia y revolución, Universidad Pontificia de México, México 2010, pp. 287-309.

[64] 5 tomos. Edición del autor, Tepic 1977-1990.

[65] Editorial Layac, México 1944. La edición original, que hace algunos años fue transcrita por el Instituto Nacional Indigenista: Apostólicos afanes de la Compañía de Jesús, escritos por un padre de la misma sagrada religión de su provincia de México, Barcelona 1754. Véase mi artículo: “Aposstólicos afanes.” Presencia de los jesuitas en la sierra de Nayarit, 1722-1767 en: Simposium de las Misiones tarahumaras, Universidad Autónoma de Chihuahua, Chihuahua 2011, pp. 25-36.

[66] Edición del autor, Compostela 1974.

[67] Ed. de Jean Meyer y Jesús Jáuregui, CEMCA/ INI, México 1992.

[68] Presentación, en: León Diguet, Fotografías del Nayar y Baja California, (ed. Jean Meyer), CEMCA/ INI, México 1991, p.9.

[69] CEMCA/ INI, México 1991.

[70] CEMCA/ INI, México 1991.

[71] Visita de las misiones del Nayarit, 1768-1769 por el cura José Antonio Bugarín, ed. Jean Meyer, CEMCA/ INI, México 1993.

[72] CEMCA/ INI/ El Colegio de Michoacán, México 1993.

[73] CEMCA/ INI, México 1993.

[74] CONACULTA-INAH/ Taurus, México 2007.

[75] Ed. del autor, Guadalajara 1974.

[76] UNAM-Instituto de Investigaciones Jurídicas, México 2001.

[77] Anales del Instituto de Investigaciones Estéticas 91(2007), pp. 31-68. Es de interés también: Marie-Areti Hers, Los coras en la época de la expulsión jesuita, Historia Mexicana 105 (julio-septiembre 1977), pp. 17-48.

[78] Ed. del Gobierno del Estado de Nayarit, Tepic 1936.

[79] Geografía de las lenguas. Carta etnográfica de México. Precedidas de un ensayo de clasificación de las mismas lenguas y de apuntes para las migraciones de las tribus, Imprenta de J. M. Andrade y Escalante, México 1864. (Ed. facsimilar: Sociedad Mexicana de Bibliógrafos, México 2007). Al idioma cora lo considera dentro de la familia ópata-tarahumar-pima (pp. 39s) y a la lengua huichola, “sin clasificación”. (P.49).

[80] Ed. de Manuel Olimón Nolasco, CEMCA/ Seminario Diocesano de Tepic, México/ Santa María del Oro 1989. (Revista Umbral, 3/1989). Tiene interés también la reedición de dos estudios toponímicos: José Luis Iturrioz Leza, Toponomástica huichola, originalmente publicado por El Colegio de Jalisco en 1993 y Nombres geográficos de Nayarit y su toponimia presentado por el Departamento de Estudios Económicos de la Secretaría de Economía Nacional en 1939, El Colegio de Jalisco/ Fundación Nayarit, Tepic 1999.

[81] Thomas Calvo/ Eustaquio Celestino/ Magdalena Gómez/ Jean Meyer/ Ricardo Xochitemol, Xalisco, la voz de un pueblo en el siglo XVI, CIESAS/ CEMCA, México 1993.

[82] Edición del autor, Xalisco 1976.

[83] Edición del autor, Xalisco 1990.

[84] CONACULTA-FONCA Nayarit, Jala 2009.

[85] Edición del autor, Tepic 1963.

[86] Edición del autor, Tepic 1954.

[87] Universidad Autónoma de Nayarit, Tepic 1984.

[88] Bancomer, S.A. Centro Regional Tepic, Tepic 1979.

[89] UAN/ Fundación Nayarit, Tepic 1999.

[90] Fundación Vizcaína Aguirre, Bilbao/ Xalisco 2007.

[91] Edición del autor, Tepic 1972.

[92] Pedro López González…Obispado de Tepic, Tepic 1979.

[93] Pedro Luna Jiménez…UAN/ XXXVII Ayuntamiento de Tepic, Tepic 2007.

[94] Pedro Luna Jiménez…UAN/ Patronato Universitario, Tepic 2007.

[95] VV.AA…Consejo regional de “Adopte una obra de arte”, Tepic 2011.

[96] Santiago Ixcuintla, Nayarit, cuna del mariachi mexicano, Costa-Amic Editores, México 1973.

[97] Santiago Ixcuintla. Notas para hilvanar su pasado, UAN, Tepic 2008.

[98] CONACULTA/ PACMYC/ Amate Editorial, Zapopan 2001.

[99] CONACULTA/ PACMYC/ Amate Editorial, Zapopan 2007.

[100] CONACULTA/ Consejo Estatal de la Cultura y las Artes de Nayarit/ XXXVIII Ayuntamiento de Ahuacatlán, Tepic 2010.

[101] UAN, Tepic 2010.

[102] El Bernardo o la Victoria de Roncesvalles, Libro XVIII, en: Bernardo de Balbuena, Grandeza mexicana y fragmentos de El Siglo de Oro y el Bernardo, ed. Francisco Monterde, UNAM, México (3) 1963, p.102. Acerca del Ceboruco: Pedro López González, El Ceboruco. Maravillas y leyendas, Amate Editorial, Zapopan 2002.

[103] Descripción geográfica de los reinos de Nueva Galicia, Nueva Vizcaya y Nuevo León, ed. facsimilar, Instituto Jalisciense de Antropología e Historia/ Ayuntamiento de Guadalajara, Guadalajara 1966, p. 39.

[104] Carta electrónica del 13 de octubre de 2011.

[105] El Colegio de México, México (2) 1975.