DISCURSO PROGRAMÁTICO INAUGURAL.

Universidad Nueva Galicia

Tepic, Nayarit, México. 

25 de agosto de 2005.

 

Hodie

in terra haec

heri Nova nominata Galitia

Universitas surgit

omine fausto.

Hoy

en esta tierra

que ayer se llamó Nueva Galicia

surge la Universidad

con augurio de feliz destino.

 

Ilustres autoridades,

Claustro universitario fundador,

Comunidad estudiantil,

Amigos todos:

 Hace unos años oí de labios de Don Manuel Espinosa Iglesias esta frase  rotunda en su verdad: “…Fundar una universidad es realizar un acto de esperanza.”

  Por ello este día, en plena dinámica de futuro, realizamos un acto de esperanza.

  Y un acto de esperanza no es, como puede parecer a un desatento, la formulación de ilusiones, quimeras y caminos sin oriente. Parte de la solidez de un trazo que no hemos dibujado ninguno de nosotros, sino que hemos recibido como herencia y patrimonio. Pues si el porvenir ha de ser árbol robusto y no débil rama que el viento sacude y arrastra, tiene que abrevarse en el manantial antiguo pero no estancado de la sabiduría de todos los tiempos. Ha de actuarse con los pies fijos en una tierra que clama ser conocida y trasformada y con los ojos lanzados a lo alto, ansiando trascender el apego y la monotonía  con las huellas de lo esencial y perdurable y su difusión para que la vida humana no sólo se realice, sino tenga plenitud y sentido.

  En esa hondura y en esa altura tiene que situarse la universidad si quiere ser de veras lo que apunta un concepto tan lleno de contenido que, por desgracia, en los tiempos que trascurren, corre el riesgo de la trivialización y la confusión.

  Pues la universidad es, en primer lugar, un espacio de encuentros humanos, encuentro con lo hecho, dicho, discutido, propuesto y enfrentado por la humanidad de todos los tiempos y lugares. No hay ningún tema, polémica, razón, signo de alegría o de sufrimiento que no encuentre lugar en sus recintos. Es caja de resonancia del palpitar del mundo, laboratorio de análisis, de síntesis y proposición de las problemáticas de toda índole –desde el cálculo matemático y estadístico hasta los interrogantes sobre Dios—que afectan el desarrollo pleno de las facultades humanas y de la dignidad singular de su presencia sobre la tierra. La universidad por ello, aunque esté situada en el siglo XXI, no puede desentenderse del derrotero originario que se trazó en su arranque hace más de un milenio y que, no sin altibajos, vicisitudes e intentos de dependencias y servidumbres, ha permanecido en sus mejores formas institucionales: ser universitas magistrorum et studentium (comunidad de los maestros y los estudiantes) y ser universitas scientiarum (comunidad de las ciencias), es decir, dar lugar a la convivencia y el mutuo enriquecimiento entre quienes enseñan y quienes aprenden y la convivencia, compenetración y mutuo enriquecimiento de las ciencias y disciplinas, abiertas unas a las otras. Esto último –que falta en tantos lugares que se titulan universidad—es imposible de realizar sin el diálogo entre los maestros, especializados en distintos saberes, pero abiertos a los demás,  como personas y como especialistas en algún enfoque específico del conocimiento especulativo o de aplicación técnica. La vocación y el destino del profesor universitario, pues, no es  de simple enseñante, trasmisor o repetidor de lo que otros han ya difundido en impresos o por medio de la comunicación electrónica. Tiene que ser un pedagogo, es decir, alguien que acompaña en el camino de su vida a quien desea saber, alguien que no sólo trasmite conocimientos sino que los crea, alguien que va a las fuentes primeras, a donde se gesta el chispazo de la idea motriz y se investiga con seriedad y perseverancia haciendo avanzar a la ciencia. De ahí que, tendencialmente y en un plan de desarrollo gradual, entre los miembros del claustro universitario tendrá que darse una hermandad institucional y tendrá que existir un número, pequeño pero compacto, de profesores con estabilidad, de tiempo completo que sean también investigadores y no sólo o principalmente una cantidad cambiante de visitantes de las aulas que jamás se adhieren a las ideas que le dan vida a la universidad ni a los compromisos institucionales con la comunidad que la acoge y sostiene.  De ahí también que la universidad tenga que pensar y actuar en la preparación no sólo de los alumnos, sino de los maestros, que habrán de crecer y fortalecerse conforme se desarrolla la institución. Sería lamentable una enseñanza repetida, sin actualización ni innovación, a la que se condena sin remedio una universidad que no le da a sus docentes las oportunidades de formación permanente. Así podrá tener vigencia en el ámbito la libertad de cátedra responsable y una legítima autonomía frente a los poderes políticos, económicos e ideológicos.

  Los puntos anteriores, a cuya reflexión los invito, hacen la diferencia, fundamental y crucial, entre la universidad y la escuela y marcan el derrotero de una crítica a fondo a quienes –abundantes en el México actual—con mentalidad escolar y no universitaria, dividen la educación en básica, media y superior, concibiendo a esta última como una tercera etapa de simple traslado de conocimientos y no como espacio creativo de saberes que lleven a quehaceres y de interacción de conocimientos que conduzcan a compromisos reales y verificables con el entorno humano y de la naturaleza. La universidad, es decir, sus componentes, deberán impulsar un dinamismo continuo e interactivo entre la enseñanza, el aprendizaje, la investigación de pensamiento y de experimentación, la inserción social y el servicio. Un auténtico universitario tiene confianza en la razón y a la vez reconoce los límites de la propia opinión, escucha antes de hablar y trata de comprender antes de ponerse a enseñar. De esta manera, una comunidad de universitarios auténticos, hará del recinto donde se comunican los saberes y las habilidades un lugar donde se formulan preguntas y sólo después se enseñan doctrinas o se dan claves de acceso a los sistemas interpretativos de la realidad circundante. Es el lugar de la superación de lo simplemente emotivo, del impacto que en las cuerdas más sensibles de la interioridad humana producen las noticias trasmitidas con la velocidad del rayo pero que rara vez son sometidas a crítica. Aquí se asimilan y trasforman en un bien para la cultura y la vida cotidiana. Es el lugar del equilibrio, del balanceo entre la identidad local, regional y de nación y la globalidad universalista; entre el cuerpo y el espíritu, entre la tradición y la novedad, entre la aridez de las fórmulas matemáticas y la frescura de la poesía, la música y las artes plásticas, entre los olores, sabores y colores de lo cercano y la aspiración y anhelo por lo remoto, entre la superación personal competitiva y la donación y entrega de sí mismo al servicio de los demás.

  De esta manera, primeramente como dinamismo tendencial y poco a poco como metas alcanzadas, la universidad logrará pasar de ser un centro de ciencia a ser un faro de sabiduría y los universitarios, con la mirada puesta más allá de sí mismos, superarán la tentación de la soberbia con la honestidad intelectual, la congruencia de vida y la trasformación de la búsqueda de una “carrera” lucrativa en el encuentro sensible y amoroso con la obligación de atender a la elevación de un pueblo en marcha al que tanto debemos.

  La educación será así, en primer lugar, una apertura creativa a la cultura y la base del desarrollo humano y social.

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  En este punto de mi discurso, más de uno está exclamando en su interior: ¡son ideales muy elevados, inalcanzables, lejanos, irrealizables! O se pregunta: ¿eso no exige mucho esfuerzo, mucho dinero? ¿No bastará conformarnos, sobre todo en Tepic, en Nayarit, con menos? ¿No será suficiente abrir una escuela de estudios superiores y medirnos con las que casi simultáneamente inician sus labores, la Universidad Marista y la Universidad Autónoma de Guadalajara, al extender su oferta más adelante  de la preparatoria? ¿No convendrá competir haciendo más cortas las carreras y ofreciendo mayores facilidades?

  Sólo podemos responder a esas preguntas con respuestas universitarias, es decir, no simplistas ni inmediatistas, sino complejas e incitantes para un horizonte temporal de largo alcance.

  Un plantel universitario tiene fecha de nacimiento pero no, si es auténtico, fecha de caducidad o sentencia de muerte. No es tarea ni siquiera de una, dos o tres generaciones humanas, mucho menos de un grupo o de una persona, por recia y formada que sea. No es únicamente efecto del tino mercadológico del momento, de una inversión económica sustancial en su comienzo y mucho menos de una alta y ascendente cotización de las cuotas de los estudiantes unida quizá a bajos salarios, contratos de mínima temporalidad y escamoteo de prestaciones a los docentes. Es fundamental sostenerse con constancia a la escucha de las necesidades educativas y de investigación y establecer una no buena sino excelente planeación económica, con la participación de la sociedad civil, de recursos públicos destinados al bien común y de fundaciones nacionales e internacionales. En una sociedad democrática y no sometida, todo esto debe ser posible.

  Alguien también puede estar pensando y con razón: ¿no son ya muchas, incluso en nuestro medio, las universidades? ¿Qué puede aportar otra más, en un mercado competido y con dificultades en cuanto a la generación de espacios de trabajo y realización personal para técnicos y profesionales?

  Tengo que decir al respecto dos expresiones fuertes:

  En primer lugar, pocas instituciones de las que asumen el título de universidad lo son de verdad: se trata de escuelas que trasladan conocimientos y habilidades que capacitan apenas para un nivel mínimo de competitividad y arraigo profesional. Tal parece que se trata de ofrecer una titulación de licenciatura rápida, dejando a un lado la necesidad de la constancia y perseverancia que requieren la seriedad de los retos actuales. Si en los años que corren alguien decide conformarse con un título de licenciatura y no reconoce la necesidad de su formación permanente, está en realidad fuera de la vida profesional y de incidir en el ambiente.

  En segundo, ya es hora que en Nayarit dejemos el complejo de ser menores, rezagados, marginales e incapaces de alternar con altura frente a otros lugares y conjuntos humanos incluso cercanos al girón de tierra que constituye el estado. Esta situación, enquistada en la psicología colectiva, actúa como freno a la creatividad y al desarrollo integral y propicia la prolongación de estados de inercia que en pleno siglo XXI dan lugar anacrónico al paternalismo y al caciquismo con sus contrapartes. El ámbito natural para vivir la libertad y la creatividad es precisamente el ámbito universitario.

  Por todo ello, me permito imaginar la identidad específica y el derrotero peculiar de esta Universidad Nueva Galicia, más allá de las líneas de formación profesional y de su sistema de organizar los tiempos académicos con los que abre sus puertas y que han sido estudiados y elegidos con cuidado. Más allá también de la demanda inmediata que pueda tener conforme a las peticiones de los padres de familia, la sociedad y quienes han involucrado su interés y recursos económicos en este proyecto. Me parece fundamental tener puesta la mirada mucho más delante de lo que en este momento parece ser lo necesario e incluso lo urgente.

  Después de una etapa primera de iniciación y prueba, evaluada con cuidado y generosidad, convendrá abrir un centro en el que se piense la realidad de la región y se descubran y potencien conocimientos que se trasformen en senderos de crecimiento y superación que impacten en la vida regional. Pienso, por ejemplo, en encontrar vías para la utilización de la reserva acuífera y la riqueza en biodiversidad, únicas en el país; para la sustitución de los cultivos agrícolas y el cambio de la relación entre las personas y el campo; para el estudio de las raíces históricas que nos dan una peculiar identidad y razones para afrontar el porvenir con la frente en alto; para el conocimiento que conduzca al respeto de las tradiciones, lenguas y estilo de vida autóctonos que están a punto de desaparecer; para acortar las distancias entre los niveles divergentes de educación, situaciones económicas y oportunidades; para valorar la condición de la mujer y promover su dignificación; para ubicar las áreas de necesaria intervención de los valores éticos ante las huellas de la corrupción y la falta de respeto a los derechos humanos; para el análisis político concreto; para la lectura crítica de los medios de comunicación locales y regionales; para valorar las manifestaciones artísticas y de la sensibilidad presentes en nuestra historia y geografía; para insertar nuestra realidad en el actual mundo de la comunicación cibernética y la interdependencia globalizada sin detrimento de lo propio, de la riqueza humana, la sinceridad y la sencillez de nuestra gente.

  Esta universidad que nace no podrá crecer ni solidificarse de manera aislada y menos aún sólo compitiendo, con cortedad de miras, por  “nichos de mercado” cómodos, cercanos y de corto plazo. Convendrá que inicie y sostenga un diálogo institucional con otros centros universitarios, comenzando por los públicos, en el caso, la Universidad Autónoma de Nayarit, el Instituto Tecnológico Regional y las Universidades Tecnológicas. Habrá que tener en cuenta, igualmente, el apoyo que puede recibirse de entidades como la UNIVA y el ITESO, teniendo al alcance, en el primer caso, la experiencia de una institución que se ha ido solidificando sin estridencias y con cercanía a las necesidades formativas reales y, en el segundo, el ofrecimiento concreto de ayuda formulado en el año de 2003 y la posibilidad de contactar, a través suyo, con los recursos académicos de impresionante envergadura de la red de universidades jesuitas en México, América Latina, Estados Unidos de América y el mundo entero. Habrá que vincularse en un día no lejano con los organismos de relación mutua y de certificación interuniversitarios para asegurar y no solamente anunciar la calidad de lo que se ofrece. En especial, me permito sugerir la vinculación con AMIESIC, el órgano que reúne en México a las universidades que, por decisión libre, han optado por enriquecerse mediante la inspiración cristiana y su visión trascendente de la vida.

  Igualmente, habrá que considerar como prioridad servir a la comunidad adulta que tiene interés en ocupar productivamente su tiempo o que no ha podido tener acceso a los estudios universitarios. También a la actualización de los profesionistas, maestros de enseñanza básica y media y los funcionarios públicos, por medio de cursos, diplomados y talleres pensados con sentido de responsabilidad, cualificados y a la vez flexibles. La gama temática  de estos servicios universitarios es prácticamente infinita, pues tiene importancia tanto la capacitación para la comunicación computacional, la puesta al día de los sistemas contables o de administración de negocios, la orientación adecuada de la mercadotecnia como los idiomas, el desarrollo humano, la terapia de familia, la música, la literatura, la historia, las artes y el conocimiento serio y sistemático de la sabiduría teológica y de la riqueza que está presente en la dimensión religiosa de la existencia.

  En suma, no podemos conformarnos, si bien nacemos como una pequeña semilla, frágil y trémula, con un proyecto universitario –usando lenguaje futbolístico—de segunda o tercera división. Habrá que vertebrar un proyecto de instancia y presencia crítica y constructiva, lejano a toda ingenuidad, simplismo y sobre todo irresponsabilidad en un momento de la historia de tanta densidad y acoso a los valores humanos centrales.

  No resulta inútil insistir—me parece--en que los tiempos que corren y sus signos invitan a fortalecer el humanismo, a privilegiar lo esencial por encima de la acumulación de datos y claves tecnológicas y a dejar clara la identidad de las personas y comunidades así como su valor único, por encima de los mecanismos y las estructuras simplemente materiales. La presencia universitaria ha de ser un foco de alerta todo el tiempo encendido frente a los frecuentes embates deshumanizantes que se han convertido, para mal, en pan cotidiano. De esta forma, la universidad y los universitarios ejercerán con madurez y sin sombra de sentimientos de superioridad, una especie de paternidad sobre la comunidad de su entorno, es decir, el impulso que los lleva a abrirles caminos y a darles oportunidades para alzarse con dignidad. De este modo, el cultivo de la educación y el enriquecimiento de la cultura serán base e instrumento reales del desarrollo personal y social.

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   Casi al final de esta intervención, presento y hago mías unas palabras del Padre Peter-Hans Kolvenbach, general de la Compañía de Jesús, tomadas del mensaje que envió el 7 de marzo de 2003 con motivo del sexagésimo aniversario de la apertura de la Universidad Iberoamericana de la ciudad de México: “…La Universidad no está para simplemente conocer la verdad, sino también para formar y aprender a hacer el bien con la verdad conocida. La comprensión de la realidad nacional, hoy inserta inexorablemente en un mundo globalizado, exige una visión de conjunto compleja y multipolar…

  Hay…cambios culturales que afectan profundamente a los valores humanos esenciales: por ejemplo, la creciente cosmovisión secularista y de individualismo progresivo tiende a desterrar de la sociedad y de la universidad la fundamental pregunta sobre el sentido último de la vida  y reta a la antropología solidaria que la fe en Jesucristo nos comunica. De ahí que, como tal vez nunca antes, debemos buscar la formación integral y el cultivo de los valores y de la responsabilidad, haciéndonos nosotros hoy la antigua pregunta de Dios a Caín: “¿Dónde está tu hermano?” (Génesis 4,9)…

  En la sociedad mexicana hay muchos miles de jóvenes hoy, que buscan la excelencia académica universitaria, pero ellos y la sociedad entera claman por una academia puesta al servicio de la vida de las mayorías y capaz de contribuir a la construcción de una sociedad inclusiva con verdaderas oportunidades para las esperanzas de los pobres.

  Una universidad no es tal si silencia lo inhumano de la actual abundancia global, ni si mira a otro lado para no ver las iniquidades que claman al cielo. Tampoco basta denunciar la pobreza, la injusticia o el deterioro del medio ambiente. Es necesario hacerlo universitariamente, con sabiduría espiritual y con el cultivo existente de los saberes necesarios para construir nuevas realidades más justas y más humanas. Por eso hoy más que nunca necesitamos una Universidad que, en la formación de los jóvenes, en sus investigaciones y en su voz en la sociedad, se distinga por su conexión con las necesidades de los pobres y sus aspiraciones legítimas, al mismo tiempo que hace de puente con el mundo empresarial y con la gestión pública, para que juntos puedan construir una sociedad inclusiva con oportunidades de vida digna para todos.”

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  Hoy y aquí estamos realizando un acto de esperanza.

  El potencial de tanta alegría, anhelos, búsquedas y encuentros presentes en este momento, el potencial de las semillas que depositamos en el surco húmedo de una tierra generosa, nos hace vislumbrar un “feliz destino,” “faustum omen.”

  Será el esfuerzo de cada uno puesto al servicio de todos, el que hará de lo que este día es deseo y esbozo, realidad vibrante y gozosa. El rocío fecundante de la bendición divina que invocamos a fin de que inunde esta tierra que un día se llamó Nueva Galicia, le da solidez a esta esperanza.

  Gracias.