EL SOL, LA TIERRA Y EL HOMBRE

 

Manuel Olimón Nolasco.

Universidad Iberoamericana.- Departamento de Historia.

 

Presentación del libro

CALVO, Thomas / MEYER, Jean. Colección de documentos para la historia de Nayarit, 5 vols., (2ª edición), Universidad Autónoma de Nayarit, Tepic, 2008.

 

Tepic, Nayarit, 5 de diciembre de 2008

 

1.-Puerta de entrada.

  En respuesta a la amable invitación que esta Universidad Nayarita me hizo para  de alguna manera ser testigo en la concesión merecida del Doctorado “honoris causa” al amigo y colega Jean Meyer, por tantas razones ligado a esta tierra, tomo hoy la palabra con especial complacencia.

  Considero obligado, en primer lugar, aclarar que estas páginas tienen como base las que, a solicitud del propio Jean, pronuncié en febrero de 1991 en la Casa universitaria del Libro de la UNAM de la ciudad de México, con motivo de la primera edición de estos documentos, reunidos y editados por él y por otro colega y amigo, el Doctor Thomas Calvo. El solo hecho de hacer memoria de lo que antecedió a esa publicación, a la presentación misma y a sus consecuencias, ha sido nuevamente motivo de gozo y de reflexión, pues, por una parte, lo que se ha realizado a partir de entonces en nuestros talleres de historiadores no sólo ha dado como fruto la maduración en el rescate de nuestro pasado sino la comprensión de él por encima de lugares comunes, prejuicios y posturas tomadas de antemano que tanto han perturbado la purificación de la memoria de quienes formamos parte del árbol frondoso en el que se posa nuestra identidad. Por otra parte, la menos importante, con el texto que entonces entregué al Doctor Meyer en el que quedaron fijadas mis palabras de ese día y que fueron publicadas en la revista Relaciones del Colegio de Michoacán, el Comité Mexicano de Ciencias Históricas me otorgó, dos años después, el premio a la mejor reseña histórica presentada al público en 1991.

  Así pues, en cierta manera, lo que en esta ocasión diré pertenece, en su mayor parte, a la memoria pública. No obstante, al volver a posar mis ojos sobre la revista aquella, me pareció que no se han marchitado o ajado sus conceptos fundamentales y que lo dicho mantiene, pues, bastante frescura. Sin embargo, no se trata de un “refrito” sino, creo, de una evocación, pues en realidad éste es otro texto.

 

2.- Primera impresión.

  Si se sobrevuela el territorio de Nayarit, brota sin esfuerzo una geografía de contrastes: el mar, el plan y la sierra, cada uno con sus características singulares y con su entramado de relaciones.

  El mar se interna en la tierra nayarita en forma de marismas y lagunas: el agua, en caudal creciente, atraviesa serpenteando la sierra y al bajar, fecunda los valles y desemboca en el mar, el inmenso Océano Pacífico. Se ven, entre rugosos paisajes, pozas de pasado volcánico, cráteres extinguidos y cráteres a veces humeantes así como todo un sistema de serranías boscosas que se entrecruzan por todas partes. Las diferencias entre la exuberancia tropical de las costas, el verdor equilibrado de los valles centrales y la aridez que va de mitigada a extrema en la región sur y en la gran sierra, da testimonio de la complejidad del terreno en el que conviven múltiples climas y variados matices de tierra, agua, flora y fauna.

  Por ello, antes de descubrir a los habitantes, mujeres y hombres también contrastantes, se percibe que este territorio es encrucijada, camino intermedio para viajes del sur al norte y del norte al sur, que es límite y a la vez puerta de entrada del Occidente mexicano.

  Lo anterior le da a la región cierto sentido de frontera, estimula el pensamiento a buscar mutaciones en su sendero histórico y a emitir un juicio paradójico frente a su ser y destino: posee una condición privilegiada, sí, pero también marginal.

  Quienes vivimos una intensa infancia y los albores juveniles antes de 1964 en Nayarit, intuíamos la complejidad de sus orígenes y de su historia. En los paseos dominicales con mi familia, descubrí restos de lo que habían sido las haciendas productivas: San Cayetano, Tetitlán, y la legendaria Miravalle donde, según oí, había habido un conde que le dio  también apellido a  otra, San José del Conde. Las antiguas fábricas textiles casi moribundas: Jauja, Bellavista. Y con una fascinación especial, miraba el viejo puerto de San Blas, sobre todo por las ruinas de su aduana y el “cerro de la Contaduría” con fuerte, cañones y vestigios de iglesia y cementerio. Sentí un cierto impulso, imposible de llevar a la práctica, de haber vivido allí cuando había auge y me impresionó mi primera lectura histórica sobre el puerto, San Blas y las Californias, de Marcial Gutiérrez  Camarena. De Compostela, ni qué decir, pues pronto supe no sólo que mi padre había sido presidente municipal ahí en 1930, cuando, invitado por su amigo el General Juventino Espinosa, gobernador del estado, esperó su reintegración al ejército tras superar los cargos presentados por el General Joaquín Amaro de que había sido “recomendado de Porfirio Díaz y protegido de Victoriano Huerta.” Me enteré también, en conversaciones con Don Salvador Gutiérrez Contreras y leyendo sus escritos sobre la efímera capital de la Nueva Galicia, que un lejanísimo pariente, Diego de Colio, fue de los primeros que se asentaron en esa población, llegados de Asturias en el siglo XVI. Apenas en el verano de 2004 pude pisar la única calle del caserío de Colio, situado cerca del cauce del Río Cares, que conduce a Los Picos de Europa en las cercanías de Potes y –como explica el elenco de conquistadores que llegaron con Cortés de San Buenaventura a la Compostela novohispana— Cabrales, la de los quesos. En la cabecera de la comarca, Lebeña--según me relataron--se refugiaron en la Edad Media los godos e iniciaron, cuando se sintieron fuertes, la reconquista cristiana de España. A casi cinco siglos de distancia, los feroces “conquistadores” de América me mostraron su verdadero rostro: cultivadores de la tierra y cuidadores de ganado ante los que se abrían horizontes nuevos.

  Dejando la vieja Asturias, de regreso con la memoria a Tepic, tengo presentes a los coras que tocaban un violín “hechizo” en los portales y sus lentos movimientos y melodías nostálgicas apuntaban a raíces remotas. Su paso casi imperceptible y su rostro taciturno planteaban más de un interrogante sobre su pasado y su presente.

 

3.- Una sociedad fronteriza.

  Los cinco volúmenes de documentos que comentamos, contienen testimonios que nos van dando el perfil que ha dejado la historia en los últimos cinco siglos sobre esta tierra. No son sólo una serie cronológica de textos acumulados, sino el seguimiento lógico, en ocasiones selectivo o ejemplar de una realidad desdoblada –el plan y la sierra—de una presencia humana en tensión y a veces interferida por factores externos: el tenue lazo de las instituciones españolas en América a lo largo de los tres siglos virreinales, las ambiciones internacionales y la presencia del “estira y afloja” en el siglo XIX entre el México cuya realidad como nación era todavía imaginada y el México de las comarcas y regiones. En este último contexto, “la cuestión de Tepic” fue un caso peculiar.

  Por lo anterior, el primer tomo constituye el cimiento sobre el que se va a poder construir después. Los tomos segundo y tercero se implican mutuamente y de la misma forma el cuarto con el quinto. Tal parece que el común denominador que identifica esta historia puede expresarse en esta frase: el campo define al hombre.

  Thomas Calvo dibuja su propia personalidad al entrar en contacto con las realidades de los que llama “albores del Nuevo Mundo” en Nayarit. Desentraña de los papeles de archivo el sendero forjador que va de “la vereda del Poniente” a la “sociedad fronteriza.” Se asoma al mar, considerado en 1574 como esperanza y en 1680 más bien como puerta cerrada. Podemos enterarnos de la importancia que se le dio a la Bahía de Banderas como lugar de grandes perspectivas donde podría establecerse—como lo escribió Juan Fernández de Híjar al Virrey Martín Enríquez de Almanza—una armada compuesta por una “confederación de príncipes cristianos.”

  No obstante los sueños, las realidades de lo que equívocamente podemos llamar “Nayarit virreinal” fueron más modestas.

  Tres lugares tomaron cierta configuración urbana: Compostela (la de Santiago de la Mayor España), Ahuacatlán al sur y Acaponeta al norte. La “Villa del Espíritu Santo” no significó demasiado y los indios “de paz” fueron asentándose en la tierra o “trasplantados” de Tlaxcala. De habla náhuatl u otomí vivieron de modo predominante en Jalisco, Jala, Mexpan, Tequepexpan, Sentispac y otros sitios menores. Los indios indómitos, los serranos, se aislaron y se les conocía casi sólo de oídas. Ahí en lo alto estaban los parajes “del sol, el arco y las flechas”, del “mitote” y el culto idolátrico, pero también, quizá, del recuerdo de la primitiva predicación apostólica, allá en las nebulosas fechas de los inicios del cristianismo. A este propósito el franciscano Fray Antonio Arias y Saavedra escribió en 1673 a su provincial, en línea de mitigar la culpabilidad en materia de supersticiones: “[…] De…noticias confusas quedan…materiales [en] las escrituras. [Por ellas] me he llegado a persuadir muy probablemente a que fue apóstol o discípulo de Cristo, redentor nuestro, el que predicó a estas naciones bárbaras en aquel tiempo [pues] por la mucha antigüedad y larga distancia faltarían ministros y como el demonio es tan sutil les fue introduciendo errores fundados, según parece, en la doctrina apostólica.”[1]

  Una geografía mística cristiana fue, pues, sobreponiéndose a la física y humana del territorio. De esta manera, los apóstoles Santiago, Tomás y Mateo, que dejó sus huellas impresas en la arena de la costa de Chacala, trabajaron en Nayarit, escaso de predicadores. También, y sobre todo, quedó plantada la huella de la cruz de Jesucristo y sus efectos salvíficos en la “prodigiosa cruz de Tepique”, a la que dio fama mundial el jesuita José Ortega.

  Por otra parte, una economía de fuentes diversificadas: el cacao, la plata, el azúcar, y más tarde de manera dominante la ganadería, configuró el eje de una sociedad que se integraba. Algunos vivían, al paso del tiempo, pobremente, aunque fueran descendientes de los primeros colonizadores. Otros adquirieron riquezas y sus testamentos dan a conocer no sólo sus bienes diferenciados en géneros distintos, sino su manera de pensar, influenciada por la mentalidad de los “grandes” de otras latitudes.

  Los materiales publicados permiten, bien leídos y contextualizados, intentar una historia con muy pocos personajes, orientada a la reflexión antropológica y cultural. Dice Calvo: “[…] Por los años 1600 ya el México mestizo, ‘cósmico’ de los siglos XIX y XX se está construyendo en Occidente.”[2]  Y no cabe duda, pues más que la impronta de la personalidad de algún conquistador o algún religioso singular, es el trazo sólido de las personalidades colectivas del hacendado, el comunero y el ranchero, unidas a las entidades de la hacienda, el pueblo y el rancho, el que se expresa con nitidez. La cohesión comunitaria se vivió sobre todo en las cofradías, vínculos extraordinarios de solidaridad social y apoyo mutuo, aún poco estudiadas.  Pero como excepción en medio de las colectividades me encontré con un personaje del que querríamos saber más: Domingo Lázaro de Arregui, quien integró en su persona y actividad, no sin ciertos toques de extremismo, los rasgos de clérigo, terrateniente e intelectual. Caso singular, pues antes sólo hubiera podido tener ese conjunto de rasgos Bernardo de Balbuena, el poeta que fue párroco en San Pedro Lagunillas y ahí escribió, contemplando una erupción “del gran volcán de Xala”, su Grandeza mexicana en 1602.

  Los caminos de esos siglos se trazaron al nivel de la tierra, desde luego, pero entraron en contacto en los relatos con entidades celestes y las interioridades humanas. Thomas Calvo intuye y se queda esperando documentos escritos al respecto, cuando a propósito de 1648 dice: “[…] Aunque apenas tengan unas décadas de existencia, ciertos santuarios, como el de Lagos, ya extienden su influencia hasta regiones tan lejanas como Nayarit. El culto mariano no conoce distancias.”[3]  Por algo a ese indio misterioso venido “a la voz del Rey” (para decirlo con el título de una obra de Jean Meyer) al modo de un profeta en el ocaso del virreinato, se le conoció como “el indio Mariano.”

 

4.- Encuentros y separaciones. El siglo XVIII.

  En Jean Meyer se reconoce una especial intuición para descubrir los pasos de los miembros comunes del pueblo, contemplar la profundidad de sus convicciones y creencias y sufrir con sus derrotas militares y políticas que, en realidad son sólo derrotas estructurales pero no pocas veces, triunfos del espíritu humano. Esto se nota en los documentos  que recogió y en ocasiones paleografió del “Gran Nayar” en el siglo XVIII.

  La tierra nayarita de la zona de los valles y los pueblos definió en ese siglo estructuras de relación que se mantuvieron vigentes por largo tiempo. La sociedad entera adquirió características rurales definidas y la actividad económica integró un estilo de existencia estable sólo interrumpido por las disonancias que lleva en ocasiones la vida cotidiana: pleitos entre colonos, dificultades entre frailes y clérigos, riñas, borracheras, “malos tratos” hacia los indígenas, líos con las herencias, deudas que no se saldan a tiempo, robos, juego de naipes, esclavos empeñados, incontinencia y adulterio a costa de mujeres “decentes” y más.

  El gran laboratorio para el historiador, el etnólogo, el lingüista e incluso el teólogo, de ese siglo XVIII, es el Gran Nayar. Una sierra por fin penetrada, fuente de entusiasmos y perplejidades, de satisfacciones y angustias para los corazones misioneros, de apertura hacia nuevos mundos para los exploradores y de desencanto para los indígenas.

  Los materiales de estos años aquí reunidos abren grandes posibilidades para el conocimiento y la síntesis y bien podrían ponerse junto al clásico del Padre José Ortega, jesuita, Maravillosa reducción y conquista de San José del Gran Nayar.[4]

  Aquí se descubre, al intentar una observación finamente antropológica, el azoro ante la aceptación aparente a los hechos consumados de la conquista pero junto a ella, la percepción de una latente amenaza de sublevación y de la recia resistencia de la idolatría a la ortodoxia cristiana. Los indios y a veces los mismos soldados y capitanes españoles eran “[…] chacuareros, bailadores y bebedores”,[5] se daban constantes consultas a los brujos, a los chamanes, se visitaban cuevas consideradas sagradas, se manipulaban los huesos de los antepasados, se hacían peregrinaciones al mar para abluciones rituales, se buscaban los hongos sagrados. Todo ello, a la vez que fascinaba e inclinaba a una rigurosa observación y análisis, “ponía los pelos de punta” –decía Ortega—por su casi segura relación con las fuerzas malignas. ¿De qué lado había que situarse?, ¿con la reducción o con la libertad?, ¿con la tradición occidental sin más o forjando en una nueva tradición? Mucho más que el relato de una expedición de conquista, que los intentos de conversión, o que el llamativo “auto de fe” cadavérico a los huesos del viejo que personificaba a los nayaritas, era ese complejo universo que espera todavía un riguroso estudio que una el rigor al afecto al modo, por ejemplo, de lo que ha realizado Jesús Jáuregui con El mariachi.[6]

 

5.- La resistencia de la tierra.

  El binomio tierra-hombre, el balanceo entre lo urbano y lo rural como líneas culturales, entre el espíritu explorador de lejanías y el inquisitorial de secretos cercanos, la novedad y la tradición, el pensamiento individual y la conciencia colectiva, estuvieron presentes con vigor en el siglo XIX mexicano y nayarita como conflicto y conciencia y, en cierto modo, todavía lo están, a pesar de la aplastante caminata de la posmodernidad homogeneizante y plana.

  Para Nayarit, el gran fracaso modernizador fue, en la última parte del siglo XVIII el proyecto, de inmenso alcance, del puerto de San Blas, lugar de confluencia con el oriente, puerta de las exploraciones al Pacífico del Norte (Canadá, Alaska y quizá Siberia), astillero pensado para configurar una nueva Real Armada que llegase a hacer del Pacífico un mare clausum hispánico como lo había sido el Atlántico de Felipe II, lugar de abastecimiento para las Californias y punto de comunicación con los virreinatos de América del Sur. Además, habría de ser salida para la defensa ante las amenazas inglesas, rusas y de la potencia emergente ya pronto vecina, Estados Unidos de América.

  De San Blas quedaron ruinas y durante todo el siglo XIX un persistente y molesto comercio, o más bien contrabando apenas velado bajo las banderas de buques ingleses, franceses y alemanes, protegidos por los “cónsules” de sus naciones residentes en Tepic.

  En realidad, la independencia mexicana, o con más propiedad, la conciencia plena de que México era una nación independiente, no fue tan fácilmente asimilada en esta región a la cual los vaivenes de las primeras décadas o le afectaron de distinto modo o no le afectaron.

  El personaje clave para penetrar en la historia singular de Nayarit en esos tiempos es Manuel Lozada, con quien habían tenido más suerte los literatos que los historiadores: la leyenda del bandido cruel e implacable pero generoso y magnánimo toca fibras sensibles en pueblos heridos como el que formamos. La historia de un individuo que se había mantenido del lado de conservadores y reaccionarios, que mostraba rasgos de clericalismo pero que había hecho pactos con los terratenientes a favor de los indígenas y había lanzado proclamas clasificadas por algunos como revolucionarias, anarquistas y hasta comunistas, resultaba contradictoria, extraña y molesta. Sabían que en lides guerreras había derrotado a connotados generales liberales como Sánchez Román, Santos Degollado y Ramón Corona; que el temido “chinaco” Antonio Rojas no había podido con él y que tanto el presidente Comonfort como el propio Juárez  lo respetaron y, cuando hizo falta, lo protegieron. Sólo Sebastián Lerdo de Tejada se dejó influenciar por el vengativo Corona y por el débil gobernador Ignacio Vallarta y en la práctica lo condenó a muerte. En Guadalajara existe un monumento con estatua incluida que recuerda la hazaña de Corona contra las “hordas lozadeñas” y en Tepic se erigió una columna en honor a Lerdo por los “changos” (liberales) encabezados por la casa de Aguirre, que al fin habían vencido a los “macuaces” (conservadores), Barrón y los Rivas en la élite y Lozada y su “indiada” en el pueblo llano.  Una tesis de doctorado presentada en noviembre de 2007 en la UNAM por María Herrerrías Guerra, hizo un detallado e interesante repaso por la hemerografía jalisciense, sinaloense y del Distrito Federal de esos años en la que puede seguirse la vía para la construcción del “indio rebelde” personificado en Lozada, bandido y antihéroe.[7]

  Más allá de los rasgos épicos de esos años, pueden verse las consecuencias negativas de las políticas de desamortización y nacionalización de bienes comunitarios llevadas adelante por la reforma liberal, ya advertidas por Andrés Molina Enríquez en su célebre ensayo sobre Los grandes problemas nacionales. En lo que hoy es Nayarit, la nacionalización y posterior privatización de los bienes comunitarios de las cofradías, que contribuían a mitigar las duras condiciones de los pobres, sólo benefició a la formación de grandes latifundios y jamás fomentó la formación de pequeños propietarios.

  Este conjunto de documentos posibilita plantear ciertos interrogantes que podrán ser contestados a través de la investigación, todavía en espera de que alguien la realice. Los historiadores que se han acercado a Lozada antes de Meyer han tenido dificultades a causa de sus prejuicios liberales, arraigados y seguidos sin crítica sobre todo durante la época de la falsa síntesis de México a través de los siglos  y las obras de Justo Sierra que borró las diferencias entre Juárez, Lerdo, González y Porfirio Díaz, hizo héroes a González Ortega, a Corona y a otros de menor estatura poblando las aceras del Paseo de la Reforma de la ciudad de México con personajes que actualmente nadie puede reconocer.

  Meyer, después de trabajar en su estudio Esperando a Lozada, dado a la luz en 1984,[8] lo ha encontrado ya y nos ha puesto ante la necesidad de iniciar rectificaciones a la figura trasmitida del singular personaje. Me han llamado la atención las líneas que indican la existencia de puentes de comunicación entre el pueblo indígena de la sierra y el pueblo campesino del plan, entre las creencias religiosas y las reivindicaciones populares y entre el saber y el expresar letrado y la astucia y sabiduría ancestrales que trascienden la política de coyuntura. Invita a la reflexión, por ejemplo, que los días 17 de enero se realicen en la sierra nayarita los cambios de autoridades tradicionales, fecha que anualmente coincide con la emisión del “Plan libertador” lozadeño que el Congreso de Jalisco calificó de “[…] monstruosidad, guerra de castas y la más arbitraria y escandalosa expropiación territorial.”[9]

 

6.- Reacomodos y búsquedas.

  La manera de manejar políticamente el asunto de la tierra dejó heridas abiertas en el siglo XIX y mucho tiempo después. De la desamortización que dejó sin créditos al campo y propició el agiotismo, del dudoso enriquecimiento debido al comercio y el lucrativo contrabando exportador de capitales, se pasó a la formación de grandes latifundios cuyos dueños acapararon las decisiones sobre los cultivos, el ganado y el renovado auge de las minas. El reparto agrario posterior, ya en el siglo XX, de gran valor emotivo sobre todo para sus beneficiarios políticos, debió haber reconocido que a la hora del nacimiento del estado de Nayarit en 1917, éste llegó acompañado de un fuerte desequilibrio social y de las consecuencias de lo que, a la distancia, resultó error económico y, sobre todo, humano. El periodista nayarita Antonio Pérez Cisneros, que fue testigo y actor del reparto agrario, citado por el Doctor Meyer escribió: “[…] La destrucción de las haciendas fue un error económico porque se perdió un valioso instrumento de producción, forjado a través de muchos años de trabajo. Cuando repartimos La Laguna, en Tepic, que era una cuenca lechera de la Casa de Aguirre, ésta fue destruida para dar paso a siembras del humilde maíz. Después pudimos advertir lo grande de este error. ¡Cuánta riqueza desperdiciada!”[10]

   Algo, además, no se corrigió: Las casas explotadoras de la riqueza nayarita en el siglo XIX comenzaron un cambio ecológico que se acercó al desastre. Un informe enviado a Londres en 1852 expuso: “[…] el bosque costeño ha sido literalmente arrasado.”[11]

  El correr de los años decimonónicos y de las primeras décadas del siglo XX fue escenario de buen número de levantamientos populares. La guerra de independencia dejó huellas aun en la desaparición de asentamientos humanos y  los cambios políticos y socioeconómicos del siglo antepasado hicieron surgir descontentos y rencillas. No pocas divisiones entre habitantes fueron motivadas por las opciones tomadas a favor de los liberales o los conservadores y sólo la revolución, que pasó con rapidez, a bordo del tren, por Nayarit, reconcilió, por ejemplo a los de Ixtlán con los de Ahuacatlán. Levantamientos poslozadeños cubrieron, con el ahínco y la persistencia propios de las reivindicaciones populares el tiempo porfiriano donde, con el hilo directo establecido con la capital del país en cuanto territorio federal, se definieron los rasgos particulares de Nayarit, su diferenciación del estado de Jalisco y la fisonomía de la ciudad de Tepic que pudo ser capital del estado.

  Jean Meyer advirtió que el quinto volumen de esta serie presenta un vacío documental que tendrá que llenarse con paciencia e imaginación. Pienso en que ese “silencio porfiriano” del que habla, tuvo algo de ruido, por ejemplo, en el ensanchamiento de los latifundios y sus consecuencias para la gente. Ésta vio la construcción de las torres de la catedral de Tepic, la visita pastoral de Don Pedro Loza y Pardavé y la solicitud para que se erigiera la diócesis, la respuesta a ella en 1891 del Papa León XIII y la fundación del Seminario Diocesano, el cual, hasta que fue arrasado y su biblioteca echada a la calle por los constitucionalistas en 1914, fue la única institución de estudios superiores en la región. La gente seguía naciendo y muriendo, festejando y vistiéndose de luto, vendiendo y comprando. La escuela primaria nacional, “obligatoria, gratuita y laica” hizo salir de la ignorancia a muchos. Hasta hace poco todavía había quienes ostentaban con orgullo su certificado de primaria elemental con la firma del Presidente Díaz. Los periódicos representaron luchas de ideas en ocasiones con riesgo de muerte para sus redactores y directivos, acercaron sucesos remotos, hicieron llegar corrientes novedosas de pensamiento e informaron bien o mal pero dieron material abundante de conversación. La atracción del santuario de Talpa fue en aumento y sus romerías fueron lazo de unión entre los nayaritas y esa región jalisciense que permaneció y permanece aún dentro de la diócesis de Tepic. La nueva clase media tepicense se inclinó por las devociones al Sagrado Corazón y al Purísimo Corazón de María, en sus templos nuevos. En el camino hacia Jauja y Bellavista se levantó la iglesia dedicada a San José, patrono de los obreros. En fin…ni deseo ni puedo llenar ese vacío que exige dedicación especial.

 

7.-La historia como proyecto.

  La tarea del historiador consiste, siguiendo a Henri-Irenée Marrou, en “[…] ir de los documentos a la historia.” Nayarit, lo sabíamos, no tiene sólo geografía, sino también historia. A fin de poderla escribir y difundir, para seguir la huella pionera del Padre Ortega o de nuestro más cercano Everardo Peña Navarro, hacía falta contar con una buena colección de documentos. Las páginas de estos cinco tomos son una base excelente.

  Haciendo una disección a los volúmenes vistos, descubro la posibilidad de enfocarlos hacia el resultado historiográfico entre los que pueden ser extremos difíciles de conciliar en el quehacer científico del historiador: el representado por la historia cuantitativa, la del peso, número y medida y la historia cualitativa, la de la intensidad y la apertura. La mística del sol, el trazo de la flecha en el aire y el sitio sagrado delimitado con claridad en el tiempo y el espacio cora y huichol nos acerca a la verdad. Las huellas del apóstol Mateo, la Santa Cruz de Zacate, el cabalgar del Señor Santo Santiago por las costas de Occidente y las manos abiertas al tamaño de los elotes más grandes que se producen en Jala de la Virgen de la Asunción nos acercan a la verdad. Los intereses de Barron y Forbes, de la casa de Aguirre y de la familia Delius también. E igualmente, por qué no, las acciones realizadas por Guillermo Flores Muñoz en el reparto de tierras en 1934 y el informe político del Departamento Agrario de 1939.

  Si Nayarit quiere asomarse al futuro con tino y la frente en alto, tiene que asomarse a su pasado. Así podrá descubrir los caminos más aptos para sustentar una identidad fecunda y abierta, superando la estéril visión plana y desarraigada del tiempo que deja las manos libres a cualquier interés mezquino. Estas tierras de los huicholes, de los coras, del Indio Mariano, de Nuño de Guzmán, de Domingo Lázaro de Arregui, de Lozada y Carlos Rivas, Sanromán y Leopoldo Romano son también nuestras y requieren esfuerzos de integración y decisiones pensadas y tomadas en común. Requiere tomar en serio la educación, básica, media y  universitaria para reflexionar y proyectar sobre su cosmos, un periodismo y otras esferas de opinión sanos, políticos y profesionistas con sentido ético y participativo. La tierra sigue siendo proyecto prioritario: no puede retrasarse más una revisión cuidadosa, por ejemplo, de la sustitución de cultivos, teniendo en cuenta la situación internacional en relación con la caña de azúcar y  el tabaco, así como el orden en los asentamientos humanos, que en manchas urbanas que se amplían pero no mejoran la calidad de vida, incuban o ya tienen problemáticas sociales preocupantes. La pesca, que estuvo en las primeras prioridades de formación profesional a la hora de fundar la Universidad de Nayarit, está en espera de ser una realidad que impulse a sus habitantes a buscar nuevos horizontes. ¿Por qué no pensar en el cacao, el lino, la explotación racional de los mantos perlíferos, la reserva acuífera, la floricultura en gran escala? El turismo, es importante decirlo, es una perspectiva ambigua. Con facilidad, como se ha probado en otras regiones de México, transforma casi sin sentirlo a campesinos en sirvientes y no facilita la realización de proyectos familiares o comunitarios.

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  Agradezco esta oportunidad, que es la segunda, nunca esperada, con renovado gusto y con el deseo aún más ferviente que hace diecisiete años de que nuestro estado se asome al porvenir con decisión y fuerza. La oportunidad me la han dado estos libros, pero, sobre todo, la confianza de los amigos, valioso tesoro que da confianza en la humanidad y en sus huellas. Me alegro, por consiguiente, de la presentación, ahora en la capital de Nayarit y en ésta su máxima casa de estudios, de esta nada pequeña colección, que merece no quedar colocada en un estante y reconocida ahí, sino ser base para estudios aún por hacerse. Nayarit es, en este caso, el pre-texto, es decir, la lectura previa; el texto es el ser humano que ha poblado y dado sentido a esta tierra fecunda y que es el único que hace historia. Por ello esta Colección no es de interés para unos cuantos.  Es para todos los que se interesan en el  universo del hombre. Por consiguiente, el lema de nuestra universidad, “por lo nuestro a lo universal”, no podía ser más adecuadamente pronunciado como se pronuncia hoy.

Tepic, Nayarit, 5 de diciembre de 2008.


 

[1] Texto en: Colección de documentos, I, p. 298. (En la 1ª edición, Universidad de Guadalajara/ Centre d’études mexicaines et centraméricaines, México 1990.)Sobre esta edición haré todas las citas.

[2]  Id., p. 313.

[3] Id., p. 154.

[4] Edición original, Barcelona 1754.

[5] Colección, II, p. 121.

[6] El mariachi. Símbolo musical de México, CONACULTA-INAH/Taurus, México 2007.

[7] María Herrerías Guerra, Las construcciones de la idea del indio rebelde en la prensa del siglo XIX: el caso de Manuel Lozada, (tesis), UNAM/ Facultad de Filosofía y Letras, México 2007.

[8] El Colegio de Michoacán/CONACYT, Zamora/México.

[9] Colección, IV, p. 233.

[10] Id. V, p. 205.

[11] Id., p. 60.