RESCATE LITERARIO E HISTÓRICO DE LA CULTURA CATÓLICA  EN MÉXICO A MEDIADOS DEL SIGLO XX.

—El caso de la revista Ábside—

 

Manuel Olimón Nolasco.

 

Discurso de ingreso a la Academia Hispanoamericana de Ciencias, Artes y Letras

Correspondiente a la Real Española

 

San Sebastián Chimalistac, Ciudad de México,

17 de mayo de 2006

 

   Excmos. e Ilmos. Sres. Académicos:

   Colegas y amigos todos:

   Con ánimo abierto y agradecido dirijo hoy la palabra reconociendo, en primera instancia, el honor de ser invitado a formar parte de una corporación insigne como la que este día ha convocado a reunirnos, la Academia Hispanoamericana de Ciencias, Artes y Letras.

   Quiero considerar, al comienzo,  los conceptos de los que se integra el nombre de esta Academia, que lleva, como otras instituciones fundamentales de la cultura el México, el agregado no exento de legítimo orgullo de familia: “correspondiente a la Real Española.”

  Hispanoamérica es un concepto de gran riqueza. Es el resultado de siglos de forja que condujeron al ingreso de pueblos y naciones de un continente considerado “nuevo” al poderoso tronco de Occidente, a la porción de la humanidad integrada en difícil y abierta síntesis por la herencia judeocristiana, la sensibilidad y el ejercicio de la mente propia del helenismo así como la estructuración jurídica y la vocación universalista de Roma, instancia última y columna eterna. Para las naciones surgidas a la mayoría de edad en el siglo XIX, en esta porción del mundo, España es todo un legado multiforme y rico: la vieja Iberia de las culturas originarias, tan cercanas a Cartago y a su aportación silenciada; la Hispania romana que al paso de los años fue cristiana y visigótica; la veta árabe, jardinada y misteriosa de Al- Andalus y la Sefaradi judía, más nuestras de lo que tantas veces reconocemos. Decir, pues, Academia Hispanoamericana es decir siglos y milenios, es dar cuenta de soles y lunas, relámpagos y eclipses.

  Por otra parte, las ciencias, las artes y las letras –conceptos cada uno de formidable peso—son construcciones que enlazan las grandes herencias del espíritu entregadas por el pasado y que, a la vez y sin contradicción, apuntan a la construcción del futuro, a fin de que éste, con el instrumental que ellas manejan, sea en verdad dignamente humano. Son realidades que a la manera de la tierra que da frutos y alimenta después de ser cariñosamente cultivada, aportan importantes dosis de identidad y alegría a la humanidad peregrina.

  Más adelante, pues, de que la persona que cultiva la ciencia, el arte o las letras en sus más variadas acepciones, pueda ejercer un poder singular a causa de su dominio de una pequeña parte de la gran tierra humana, este cultivo viene a ser un gozo interior, una oportunidad de darle a la vida propia y a la de los demás, un sentido que no siempre puede descubrirse a primera vista. Si algo ha de tener como responsabilidad el “letrado” es la de servir, pronunciando y llevando a la existencia la difícil palabra humildad, de paciente pedagogo, de portador de una fuente de luz a quienes transitan por los oscurecidos senderos de una historia que es emoción y destino. Nuestros ojos están llamados a descubrir las vías ocultas que entretejen este mundo al que describió, en conceptos de marmórea factura, el Papa Paulo VI, como “espléndido y babélico,” luminoso hasta el enceguecimiento por uno de sus rostros y confuso y oscuro por  el otro.

  En este espacio y ambiente, fascinante, delicado e inspirador, nos han situado, con nosotros y sin nosotros, las ciencias, las artes y las letras. Es el lugar de nuestras palabras y de nuestros silencios, de la escucha de las voces del mundo y de la ráfaga de  admiración e intento de interpretación que surca sus aires.

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  En esta tarde que cae he sido invitado a tomar la palabra y he sido invitado a desarrollar un tema. De hecho le he dado a este intento un título: “Rescate literario e histórico de la cultura católica en México a mediados del siglo XX” y un subtítulo: “El caso de la revista ‘Ábside’.”  A la hora, sin embargo, de dar comienzo a la búsqueda de conjunciones de ideas y de palabras para trazar con ellas, trasformadas en letras, renglones sobre una página, se me ha venido, al modo de una “llama que tiernamente abrasa” --para expresarlo con una frase de San Juan de la Cruz-- el impulso de más bien reflexionar en voz alta el por qué al paso del tiempo sobre mis tareas y empeños, me he interesado y comprometido en temas encontrados en la historia, en el paso humano por espacios y tiempos. ¿Por qué –me pregunto—me ha llamado la atención y hasta gustado conversar con los muertos, interesarme en sus angustias, tropiezos, anhelos y logros? ¿Por qué me he empeñado en comprenderlos, en tratar de reconocer los ámbitos de sus vidas e incluso la mirada honda con la que buscaron penetrar los misterios de su entorno, los rumores y susurros de las voces divinas sobre tantos caminos?¿Por qué no sólo una vez, el respeto a la voz de la conciencia en forma de la terrible honestidad intelectual me ha conducido a terrenos complejos y polémicos y no a recorrer vías trilladas?¿Por qué, por ejemplo, se me ocurrieron, en plena vigencia de la historia oficial, temas como el pensamiento novohispano y Porfirio Díaz?¿No habría sido más sencillo y hasta públicamente reconfortante alabar el liberalismo mexicano del siglo XIX que editar las cartas pastorales de los obispos de la época y liberar de la cárcel del olvido a Clemente de Jesús Munguía? ¿No habría sido también mejor no dar pasos dentro de una cueva sombría para buscar infructuosamente a un Juan Diego histórico? ¿No sería más sencillo dejar como están las “conclusiones” de la opinión pública acerca de los arreglos entre la Iglesia y el Estado en México en 1929 que dedicarle horas y horas a escuchar las opiniones complejas de gente que hablaba en inglés como John Burke, Edward Walsh,  Calvin Coolidge, John Olds o Dwight Morrow?

  Lo sé bien: puedo plantear las preguntas, pero no elaborar las respuestas, pues  la historia y yo hemos recorrido un camino signado por el amor, o mejor, expresándolo en términos de los místicos españoles, de “atención amorosa.” Y un recorrido de estas características no es del todo racional y explicable.

  Cuando cursaba, con mis ocho y nueve años, el cuarto año de primaria, la “seño”—no “miss”—Lola, maestra de la escuela “Fernando Montaño” de Tepic, entraba  tres veces a la semana al salón de la “seño” Tana –mi maestra—a impartir su clase de historia de México. Con los ojos de mi imaginación ví entonces caminar con difíciles pasos a los aztecas en su peregrinación para fundar “la ciudad”, la sede de una civilización que vendría. A Hernán Cortés y su hueste descubriendo las maravillas que presentaba el recorrido de Veracruz a la “Gran Tenochtitlán.” Al Padre Hidalgo con el lábaro guadalupano  en las manos avanzando por valles y serranías del centro del país. Al Ejército Trigarante entrando en triunfo a la misma ciudad que había sido conquistada por Cortés, trasformada en tres siglos en orgullo de España la Nueva…En fin, historia, pero siempre –ahora lo veo con mayor diafanidad-- historia de peregrinaciones, de traslados, de inquietudes y ansias llevadas hacia delante.

  Desde esos años me hice lector, amigo de los libros y creo que no por evasión de las circunstancias de la vida sino, al contrario, para vivirla mejor, con la plenitud que da la experiencia de una humanidad que lleva milenios buscando entenderse y entender lo que la rodea. En pleno interés de erudición leí “Don Quijote de la Mancha” en el viejo castellano de exquisito sabor, cuando logré leer en latín “De bello gallico” de Julio César e intenté, sin lograrlo, a causa de la apabullante calidad de la lengua original, la lectura de la “Eneida” de Virgilio, continué caminando por los senderos de los muertos y aun de seres imaginarios de otros tiempos  y haciendo, a la vez, mi propio camino. Tal vez por eso, a la hora de estudiar filosofía no me sentí llamado a darle demasiada importancia a los textos más bien rígidos y de lógica rigurosa de Aristóteles, del propio San Tomás o de Kant aunque--cosa que nadie me cree—leí la “Crítica de la Razón Pura” y hasta hice un fichero conceptual de esa pesada obra. Me dejé llevar más por el lenguaje primigenio de los presocráticos y la libertad, a un tiempo ancestral y casi moderna de Platón, San Agustín y algunos Padres de la Iglesia así como la concretez viajera de Ortega, Unamuno, Marcel, Maritain y hasta la de los escépticos Gide y Sartre. A lo largo de mis estudios teológicos me dio más por enterarme de lo que habían dicho los antiguos, Efrén de Nisibea, Orígenes, Clemente de Alejandría, Ireneo de Lyon, San Juan Crisóstomo –del que me impresionó su homilía contra Eudoxia la emperatriz y su destierro inmediato al Ponto—y los teólogos, literatos y poetas cercanos a la corriente de renovación católica y la “nouvelle théologie” del siglo XX: Daniélou, de Lubac, Congar, Graham Greene, Bernanos, Claudel, Balthasar, que los tratados sistemáticos. El simbolismo de la vida y la religiosidad se me mostró con el impacto de su sugerencia no como terreno extraño a la formación científica sino como puente entre dos mundos hermanados, el del espíritu y el de la materia, tan maravillosamente tratados por Pierre Teilhard de Chardin a quien pude leer en sus textos complementarios, El Fenómeno Humano  y El Medio divino y revelados también en la lectura del rumano Mircea Eliade.

   En Montezuma, Nuevo México, cerca de la cordillera de las Rocallosas donde se concentró la formación sacerdotal de los mexicanos a causa de los abusos de la ideología de la Revolución Mexicana con mayúsculas y después en Roma, en la entonces casi positivista facultad de Historia Eclesiástica de la Universidad Gregoriana, seguí viajando fabulosamente a lo largo y ancho de por lo menos veinte siglos –los siglos del cristianismo-- conversando con los muertos y aprendiendo de ellos.

  El tiempo –o más bien las personas con las que él me puso en contacto-- me brindó oportunidades de mezclas interesantes y portadoras de subida satisfacción. Pues al descubrir a los poetas –no hago a un lado a Rafael Landívar y su “Rusticatio Mexicana” y a Diego José Abad y su “De Deo homineque heroica”—me encontré con el arte. Lo que más me fascinó fue el encuentro con obras de los extremos del arte cristiano: las paleocristianas y las románicas –estas fuera de los museos en Cataluña y Andorra en 1976 y en Asturias y Galicia en 2004—y las del arte contemporáneo. Por ello, cuando tuve la oportunidad única y considero que irrepetible de escoger obras para la exposición “Tesoros artísticos del Vaticano. Arte y cultura de dos milenios” que se presentó en San Ildefonso en 1993 y 1994, no cejé hasta traer relieves de sarcófagos y el “Buen pastor” paleocristianos junto con “La piedad roja” de Chagall y una casulla diseñada por Matisse para el Papa Pío XII.

  El tiempo me condujo también a realizar físicamente las tres peregrinaciones a las que el cristiano es llamado y que son como el gozne entre el cielo y la tierra: a Roma y los vestigios de los apóstoles Pedro y Pablo, al camino estrellado que conduce a Santiago de Compostela y a Jerusalén, la tres veces santa.

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  Hablé antes de amor, de atención amorosa. Si ésta la he dirigido a la historia, la he dirigido, desde ella, a la Iglesia, con sus infinitos matices y contrastes que van del blanco al negro recorriendo todos los grises posibles. Parece que una y otra vez resuena el eco del “Cantar de Salomón:” “…pónme como un sello sobre tu brazo; pónme como un sello en tu corazón.” Al terminar de leer el “Californiados carmen” ( “Poema de las Californias” o“La Californiada”), poema latino épico del jesuita desterrado José de Iturriaga, en la edición magnífica de Don Alfonso Castro Pallares, me di cuenta de que en la vida no se trata de ganar una guerra sino –como en el caso de Eneas—de fundar una ciudad, de dar lugar a una morada para la civilización y la paz, que es plenitud, abundancia de bienes, triunfo sobre la barbarie y la dispersión.

   Sólo así cobran sentido peregrinaciones, caminos, tiempos, historias, lugares, ideas, convicciones, amores…

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  Los invito ahora a incursionar, con brújula marinera no muy ajustada, apta como para una navegación descubridora, en ese “rescate literario e histórico de la cultura católica en México a mediados del siglo XX” del que prometí hablar.

  Con la revista “Ábside” me encontré pronto. Números sueltos en mis años de secundaria y preparatoria, un paquete amarrado con un hilo en el Seminario de Tepic y después, números olorosos a papel nuevo que conforme llegaban  ponía con cuidado y recomendaba su lectura el Padre José Macías en el revistero de la sala común del filosofado en Montezuma. En la biblioteca general, con el sello “Ex libris domus montezumensis Societatis Iesu” (“De los libros de la casa montezumense de la Compañía de Jesús”), di con la colección completa, entonces todavía en crecimiento, que hoy se encuentra en la Universidad Pontificia en la ciudad de México.

  Si se me pidiera un “reporte de lectura”, diría que de forma esporádica y nunca continua o sistemática, hojeé tomos y revistas sueltas y leí a la manera del “ocio fecundo” de Horacio, textos que siempre me abrieron perspectivas.

  Me llamó la atención cómo se plasmaban en sus páginas no las nostalgias poéticas del romanticismo, tan arraigado en América Latina como el barroco estilo de la cultura, sino las metálicas voces de los contemporáneos. Ví ahí  alineadas, a manera de delicada pedagogía,  palabras de Gabriela Mistral, la maestra chilena en cuyo homenaje póstumo tuve que hablar en público por primera vez cuando cursaba el sexto año de primaria. Ahí quedaron los “haikai”, de mística y naturalista raíz oriental, magistralmente encauzados en español por Enrique González Martínez, los hermanos Méndez Plancarte, Carlos Pellicer, Castro Pallares y otros más. Por doquier me encontré con artículos de las más distintas materias escritos por Don Alfonso Junco que en todo momento ponían sobre la mesa consideraciones interesantes. Leí ensayos diversos de autores de Centro y Suramérica, muchos de ellos con ocasión de centenarios, cincuentenarios e incluso el bimilenario de Horacio en 1937. Me llamaron particularmente la atención los jesuitas Aurelio Espinosa Pólit, ecuatoriano y Félix Restrepo, colombiano. Me dí cuenta también, a base de la lectura, de tomas de posición ante situaciones del derecho y la política internacionales, como una valiente crítica de Don Antonio Gómez Robledo a la “anschluss” o anexión al “reich” alemán dominado por Adolfo Hitler a poco tiempo de sucedido, así como del que puede ser el primer artículo publicado en México saludando al moderno estado de Israel. Lecciones de historia, como los destellos del que sería después el libro de extraordinaria luminosidad “El Padre Tembleque” de Don Octaviano Valdés; estudios sobre la cultura otomí-pame y después sobre la náhuatl del Padre Garibay; datos interesantes y reflexiones acerca de los próceres de la independencia del Padre García Gutiérrez y de Bravo Ugarte. Fue determinante en mi formación, haber descubierto el valor columnario de Tucídides, el historiador griego que separó el mito y las maquinales intervenciones de los dioses de la realidad humana y el juego de sus pasiones, plasmado en varios artículos por el jesuita Luis Medina Ascencio, quien dirigiría mi trabajo sobre Fray Alonso de la Vera Cruz que presenté para obtener el grado de “Bachelor of Arts” y  tendría más de una ocasión para discutir acerca del liberalismo mexicano del siglo XIX y la Iglesia católica.

  Lo notable de “Ábside” –y tal vez su destino al olvido, como se lo hice saber hace unos ocho años a Christopher Domínguez que no la mencionó siquiera en un número de “Letras Libres” dedicado a las revistas literarias mexicanas del siglo XX—es la hermandad dentro de la que supo armonizar catolicismo y cultura. En plena segunda parte del sexenio cardenista, a poco tiempo de la propuesta de sistema único de “educación socialista” y de que México había de transitar por la cultura de la “visión racional y exacta del universo”, se creó la revista y de ahí partió a su travesía, sin ataques ni resabios de crítica insalubre, construyendo.

  La hermandad citada se descubre no en rasgos que pudieran ser apologéticos o en una selección especializada de puntos o tópicos. Se descubre como búsqueda desde el fondo y como seguimiento de cauces humanos en el accidentado camino hacia la verdad y el esplendor de lo que en el mundo vale.

  Los trabajos monumentales de los Padres Gabriel y Alfonso Méndez Plancarte rescataron de las sombras a los humanistas mexicanos de la época virreinal, a los jesuitas residentes y desterrados y a la señera figura de Sor Juana, presas después de eruditos que conocen tal vez de teorías psicoanalíticas, analogías literarias y estructuraciones retóricas, pero no han abrevado en las límpidas fuentes del cristianismo hecho cultura o -- para expresarlo con una figura del poeta Paul Claudel-- no se han herido la mano con “la sangrienta flor del cristianismo.” En la línea de la historia de la cultura en el virreinato, la inspiración de los autores de “Ábside” me ha impulsado a escribir un regular número de artículos sobre todo para la revista de la Universidad Pontificia de México, “Efemérides Mexicana” y aún me quedan temas sobre los que quiero trabajar.

  La poesía nueva – y casi desconocida—de tres sacerdotes mexicanos de bien moldeada modernidad, Francisco Alday, José Luz Ojeda –traductor notable del “Libro de los Proverbios” y el “Cantar de los Cantares” desde su cuna hebrea al castellano contemporáneo en la “Nueva Biblia Española”—y Manuel Ponce, no sólo es de la altura de cualquier otro de raíz hispánica y moderna sino que tiene, en su cercanía con las corrientes bíblicas y teológicas, la audacia fronteriza, por ejemplo, de la “Oda al Santísimo Sacramento” hecha para una procesión de “Corpus” por Federico García Lorca y que publicó Don José Ortega y Gasset en su “Revista de Occidente.” García Lorca llama a la Eucaristía y a Jesús, “Dios fuerte, vivo en el Sacramento”: “piedra de soledad donde la hierba gime” y “panderito de niño recién nacido.” Ponce comienza su “romance de Nuestra Señora de Guadalupe sumergida en Caleta” con estos conceptos aparentemente ajenos:

“La luna vierte sobre la bocana

Profusamente su coctel de coco…

Llantos de mitológicas sirenas

Lloran entrecortados saxofones.”

  Esta convivencia entre cristianismo y modernidad  lograda y conducida por la flexibilidad de la palabra y su encuentro feliz con conceptos que no se someten al rigor de la caducidad, tuvo también  destellos netamente católicos y eclesiales, como los que iluminaron las páginas del número de enero a marzo de 1951, festejando la proclamación del dogma de la Asunción de María, tema caro a la edad novohispana. Efraín González Luna en su artículo en prosa poética, “La hora de la Asunción” y Alfonso Méndez Plancarte en “La Asunción en Méjico”, elevaron sus voces hacia la que partía al cielo y había sido saludada por Sor Juana en un villancico:

“¡Qué hermosa eres, qué linda!

Pareces jícara de Michoacán…

¡Hoy a ver a Dios te vas!”

Escribió Don Alfonso concentrando siglos en unos renglones: “Dichosos, en verdad, nuestros ojos, y venturosos nuestros oídos, al ver y oír lo que sin duda ansiaron nuestros mayores…escuchando latir en nuestro pecho, fiel a aquellos orígenes, la misma dulce pasión de gozo que ellos habrían sentido, si hubieran alcanzado esta hora magna.” (p.11)

 

  Vista a la distancia, la experiencia de la revista “Ábside” es singular y ejemplar, aunque difícilmente repetible. Pues un afán apostólico, no un deseo simple de compartir ecos de la vida y menos la búsqueda del honor o de la recompensa económica, impregnó el derrotero de quienes estaban convencidos de la bondad de la obra. Vista a la distancia y trascendiéndola, es un testimonio válido de que México no puede olvidar o relegar, si quiere ser honesto y perdurable en su huella en el mundo, su legado católico.

  Esta convicción, que llevo adherida al centro vital de mi existencia y presento como aportación única al ingresar a esta Academia, me ha ayudado a forjarla la lectura de esta revista vieja y nueva. Me siento ligero con su peso, pues quiero repartir el agua que llevo en el cántaro inmortal que las manos de Dios plasmaron en el alba misma de la creación. Sólo se agotará al final de los tiempos, cuando no hagan falta ya los esfuerzos ni las fatigas y no haya sed qué saciar.

 

San Sebastián Chimalistac, Ciudad de México,

17 de mayo de 2006.