PUERTA ABIERTA AL MUNDO CLÁSICO

 

Manuel Olimón Nolasco.

Universidad Iberoamericana.- Departamento de Historia.

 

Palabras introductorias al curso "Antigüedad Clásica".

Departamento de Historia, Universidad Iberoamericana.

Ciudad de México, agosto-diciembre de 2009.

 

 “…Hemos llegado a ser bárbaros;

queremos volver a ser helenos.”

(Hugo Rahner, Mitos griegos en su interpretación cristiana,

(texto original en alemán) Zurich 1957).

 

  Abrir la puerta a lo que llamamos –sin percatarnos de la profundidad que encierra el término—mundo clásico o antigüedad clásica, parece preludiar el asomo a un espacio ajeno y lejano, a la visión de un horizonte difícilmente compatible con las necesidades del siglo XXI que ya avanza. Una muy repetida definición de lo clásico dice que se trata de modelos, de formas de entrar en contacto con las realidades que rodean que no envejecen al paso de los días y su peso. No obstante,  referirnos así a esa realidad tiene el problema de poderse confundir con un recetario o prontuario y de invitar a una inútil repetición que más valdrá rechazar.

  Y, desde luego, si comprendemos la educación y sobre todo la formación de la persona de hoy y del mañana solamente como tarea acumulativa de datos estructurales, de herramientas prácticas o de erudición sólo comprensible por “los dueños de las llaves”, tendríamos razón. Pero si, como lo insinúa el contacto real con ese mundo, su aporte va a las fibras fundamentales que configuran una cultura y una civilización abiertas y dentro de ellas al ser humano en su inteligencia, sensibilidad, conversación y sociabilidad, lejos de ser inútil, es algo básico, enriquecedor y hasta agradable y festivo para quien quiere y busca formar parte activa de la humanidad a la que pertenecemos y nos ofrece su común herencia.

  Pues el acervo clásico, que por su amplitud bien puede medirse con la extensión del mundo, es enriquecedora herencia que late a la manera de un corazón que estuviera a la vez fuera y dentro de nosotros; al alcance de la mano al modo de frutos maduros de otras sensibilidades y otras inteligencias, pero que no difieren de las nuestras en nada esencial. Hace unos meses, por ejemplo, se presentó en Nueva York la tragedia Agamemnón de Esquilo: la entrada al escenario de la actriz que representaba a Clitemnestra y recibía al que regresaba herido y cansado de la guerra troyana cubierta con una enorme capa roja que servía de alfombra a los pasos aparentemente triunfales de aquel cuya sangre pronto correría por el suelo, produjo el mismo efecto que dos milenios atrás en el escenario helénico: en este caso, la maldad humana y su sublimación estética que siguen estando presentes y actuantes en nuestro mundo si bien con mayor crudeza.[1]

  Si abrimos la puerta a ese mundo, pues, es para compartir sus riquezas, no para saber muchas cosas o seguir el trazo de complicados esquemas. La abrimos, sobre todo, para entrar en contacto con la belleza, con ese esplendor que se descubre cuando se puede tener la calma para contemplar una noche estrellada, el verdor del campo o la nieve de las montañas, pero sobre todo –y esto es cada vez más extraño en nuestros ambientes contemporáneos—cuando se comprueba vitalmente que cada uno de nosotros es pensado, sostenido y amado y no, por el contrario, “…es una nada, una máscara espectral, un juego o un juguete, en el mejor de los casos, de sustancia puramente lingüística.”[2]

  Entraremos, pues, a transitar rutas humanas, humanísimas, me atrevo a decir. Haremos tarea de humanistas. Y estas rutas no por humanas trilladas, holladas por el rumor de tantas generaciones y tal vez por las pezuñas hincadas de bestias destructivas. El correr del tiempo sobre el que dirigiremos nuestros pasos y miradas, a pesar de ser más que bimilenario, ha sido sutil y ágil, de marca profunda no de herida sino de bálsamo, de realismo a menudo dramático y rudo, pero más cercano a la esperanza cierta y a la verdad creativa que al destino ciego o a la caverna sombría. Sófocles, quien representó la quintaesencia de lo griego,[3] hizo exclamar al coro en Antígona: “Muchos misterios hay. De todos los misterios el más grande es el hombre.”

  No haremos tarea de humanistas simplemente porque la palabra es sonora y mercadotécnica o porque está inscrita en el ideario universitario, sino porque es esa nuestra mejor tarea y ejercicio: transitar por lo más humano del hombre para ser y actuar como seres humanos, para tratar de entender aunque sea un poco nuestro misterio y el misterio del mundo y de la historia, para entrar en un auténtico proceso de crecimiento interior, de henchir nuestro corazón y nuestro espíritu al modo de las velas de las viejas naves que cruzaron los mares para regresar a la verdadera patria o para fundar ciudades, a la manera de Odiseo o de Eneas. Son más nuestros caminos interiores y es más necesaria nuestra riqueza interior, que el oro y la plata o sus sustitutos, que son espejismos fugaces. Por ahí se orienta el encuentro con la sabiduría, que, mucho más que la erudición, la ciencia y la técnica, nos hace en verdad humanos.  Escribió Virgilio: “…Es ya virtud huir del vicio. Y la sabiduría primera es libertarse de la necedad…Pero así como la plata es más vil que el oro, es el oro frente a la virtud.”[4] Conocerse o tratar de conocerse, tratar de penetrar en el misterio de la humanidad, es ocupación de sabios. Y sabio, por encima de otro título y sin presunción alguna, ha de ser el historiador en todos los tiempos si realmente quiere ser alguien que aporte no únicamente una fría relación de datos sino un impulso a quien lleva sobre sus espaldas el peso de la ambigua cotidianidad para darle sentido al transcurrir de los días, vislumbrando la luz en medio del misterio, encontrando el íntimo lazo que parece esconderse a la mirada escrutadora, entre la belleza, la bondad y la verdad: “…Este mundo en que vivimos tiene necesidad de la belleza para no caer en la desesperación. La belleza, como la verdad, pone la alegría en el corazón de los hombres; es el fruto precioso que resiste la corrosión del tiempo, que une a las generaciones y las hace comunicarse a través de la admiración.”[5] La línea vital que ha de trazar el historiador es una línea donde anida el amor, esa inclinación que conduce a valorar con intensidad y hasta con pasión un oficio que puede llenar la vida y ayudar a comprender y a reconciliar. Al ejercer este oficio se da “…la transfiguración que opera el amor en el ser de su objeto y que lo hace aparecer como algo enteramente distinto de cómo lo ve quien no lo ame…Sobre el caso del amor correspondiente a la vocación histórica…podemos columbrar que el pasado, objeto de ese amor, no se sustrae a aquella ley de la transfiguración…y sin cuya magia no puede hablarse de amor verdadero. Atento el historiador al paisaje de vida humana que le revelan los testimonios…lo va dotando…de una realidad única e inconfundible, por más que el sociólogo le asegure, con todo el peso de su ciencia, que, en definitiva, se trata de una instancia más que puede y debe reducirse a otras de igual especie.”[6]

  Tendremos delante, en ese asomo al pasado vivo y digno de ser apreciado y amado, filones extraídos de  las canteras de Grecia y de Roma antiguas, de la áurea antigüedad clásica. Es cierto que la lejanía misma de la Hélade en su mejor época nos lleva a idealizar la vida en aquellos parajes en donde la crueldad, la desigualdad , las pasiones desbordadas y la esclavitud estaban muy presentes.[7] Mas, sin dejar de tomar en cuenta esas circunstancias y sobre todo su dimensión ética, hay algo de muchísima profundidad que le da a lo que llamábamos idealización una raíz distinta: “…Ha dicho RIcoeur,[8] que toda pregunta que el filósofo pueda hacer surge del fondo de su memoria griega. Más contundente, Zubiri: ‘en cierto modo, los griegos somos nosotros;’[9] más aún, ‘somos presocráticos…porque estamos filosofando.’[10][11]

  Y no porque minusvaloremos otras áreas de la geografía humana del mundo donde tuvo y tiene lugar la construcción de la cultura que debemos conjugar más bien en plural.[12] Y no porque consideremos que ese gran concepto, Occidente, sea omnicomprensivo e ilimitado, sino porque si dos trazos fuertes en la historia han influido e influyen y son aún moldes válidos y maleables para la formación de un estilo humano en la labor inmensa de la educación son los que construyó con larga paciencia, el conjunto que conocemos como cultura grecorromana: “…Para los hombres de esa edad, la cultura personal, tal como la educación clásica permite adquirirla, se presenta como ‘el más precioso bien que pueda otorgarse a los mortales.’ Esta fórmula, retomada de Platón es de Menandro, y será repetida constantemente, en esos mismos términos, durante ocho siglos, hasta la época de aquellos lejanos pero fieles herederos: el pagano Libanio o san Gregorio Nacianceno.

  El primero de todos los bienes, en cierto sentido el único bien. Recordaré esta anécdota característica: después de la toma de Megara, Demetrio Poliocertes quiso indemnizar al filósofo Estilpón por los daños que pudiera haber sufrido a raíz del saqueo de la ciudad…Estilpón le respondió diciendo ‘que él nada había perdido de cuanto le pertenecía, pues nadie le había arrebatado su cultura, paidéia, ya que conservaba la elocuencia y el saber’: lógos, epistéme.”[13]

  Haciendo nuestra esa conversación, podemos estar seguros de que nadie puede secuestrar nuestro pensamiento, nuestra sensibilidad y nuestra palabra si son el eje de nuestra existencia.

  Por ese sendero nos adentraremos en un acercamiento a los clásicos que no es fácil pero que, una vez encontrada su suavidad y sus efectos de encuentro con una cierta plenitud e incluso de medicina del espíritu, antídoto de neurosis, ansiedades y apresuramientos, se gozará como pocas realidades que están a nuestro alcance. Al abrir los ojos y el corazón para leer viejos textos, cuidados por siglos y por algo cuidados, tocaremos las manos, los ojos y el corazón de seres humanos como nosotros: “…Hace muchos siglos una mano suave tejió [un] libro, cinceló [un] verso. Es la mano paterna de Homero, la infantil de Virgilio… [Apreciar] este libro, leer este verso con entendimiento de hermosura, estrechar esta mano, es lo que pretende la verdadera educación clásica.”[14]

  Es conveniente tener en cuenta que la antigüedad clásica no distinguía, como hoy lo hacemos, materias o disciplinas especializadas (literatura, filosofía, género dramático, epistolar o poético, historia), sino que ponía a la disposición de todos una oralidad o una escritura sin esas matizaciones que para nosotros, sin embargo, son metodológicamente convenientes. Sería sin embargo impreciso y anacrónico llamar a aquella manera de hablar o escribir  interdisciplina.[15]

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  Apreciados amigos que participarán conmigo en estas jornadas del otoño de 2009: Haremos juntos un camino, dejaremos correr el torrente de una fuente. Ambas tareas son sólo iniciación, pues son camino interminable y fuente inagotable. Participaré con gozo el que yo inicié hace mucho tiempo y aún lo comienzo de nuevo con la misma ilusión con que contacté por vez primera a los clásicos quizá en 1963 ó 1964.

  Daré enseguida unas primeras líneas de invitación a la lectura, como compañía  y requisito indispensable para el seguimiento de este curso:

  A pesar del tiempo transcurrido desde su primera edición (1930 y 1931), me parecen validísimos los libros de Edith Hamilton, The Greek Way y The Roman Way, de los que aún se siguen haciendo ediciones.[16] Tiene especial sabor la lengua inglesa que suena un tanto arcaica para al lector contemporáneo pero que es exquisita y culta. El haberse escrito en los años en que, después de la dolorosa experiencia de la Gran Guerra de 1914 a 1918, se deseaba una paz duradera que buscaba razones y raíces en la cultura clásica, le dan una coloración muy especial que invita desde luego a la reflexión desde nuestro tiempo y lugar, pues las condiciones del mundo que compartimos en nuestra contemporaneidad siguen presentando ese panorama poco alentador. La comparación que hace la autora un poco por todas partes de la literatura grecorromana y la inglesa, es enriquecedora y delicada. Del primer libro citado existe una traducción reciente en español.[17] Me gustaría que los adquirieran y los dejaran en su biblioteca como libros que no envejecerán como los míos que no han envejecido a pesar que los adquirí en 1971. Mejor en inglés, desde luego.

  Como primer impulso o tema, la introducción, prólogo o pórtico les entrego cuatro lecturas que comentaremos —así espero— con abundancia, pues despertarán en ustedes no pocos pensamientos, anhelos y preocupaciones presentes:

   Pp. 11-23 de: Invitación a los clásicos de Joaquín Antonio Peñalosa. Una puntualización elegantemente escrita de las distintas acepciones que puede dársele al término. Está sembrada de citas iluminadoras y abunda en comunicación intelectual de calidad. Desborda a Grecia y Roma y nos acerca a la Hispanidad: España e Hispanoamérica.

  Pp. 25-37 de: The ever-present past de Edith Hamilton. Un interesante comentario acerca de la posible perennidad de los tiempos clásicos. Escrito al comienzo de la década de 1950 se percibe la tensión entre “el mundo libre” y el de los totalitarismos, en tiempos de la “guerra fría.” Vale la pena y da pie para una discusión fecunda.

  Pp. 9-23 y 31 de Grecia. Orientaciones metodológicas en torno a La Ilíada y Homero de E. Martino S.J. Ubica la geografía y las condiciones humanas que permitieron e impulsaron el desarrollo de la civilización griega. Los rasgos que da sobre “el hombre griego” merecen ser reflexionados. Será útil como marco referencial y la tabla cronológica nos ayudará a ubicar los textos que tengamos a la mano.

  Pp. 65-79 y 323 de: El camino de los griegos de Edith Hamilton. (Capítulo 4: El camino de los griegos en la literatura [Me gustaría más que se hubiera titulado: El modo griego de escribir]). Orienta e introduce en el espíritu creativo de los griegos y su estilo de escribir.

  (En inglés (lo prefiero): Pp. 45-53 y 209. (Chapter 4: The Greek way of writing)).

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  Más adelante, cuando hayamos asimilado suficientemente lo anterior (pues nuestro curso no es carrera de velocidad), tomaremos como temas: la imagen y la palabra y variaciones en torno a la palabra y la escritura, teniendo desde hoy en cuenta que “…el estilo es la expresión de la personalidad, el yo vuelto palabra[18] y que “…el supremo don del estilo no consiste en dar al lector un ramillete de flores, sino un puñado de semillas.”[19]

 

Santa Fe, Distrito Federal,

11 de agosto de 2009.


 

[1]  La reseña de esta presentación reciente: Blood and Thunder, The New Yorker, May 4, 2009.

[2] Guido Sommavilla, Il bello e il vero. Scandagli tra poesia, filosofia e teologia, Jaca Book, Milán 1996, 23. (En italiano).

[3] “Sophocles. Quintessence of the Greek.” Edith Hamilton, The Greek Way, The Norton Library, New York 1964, 157.

[4]  “Virtus est vitium fugere; et sapientia prima

     Stultitia caruisse…

     Vilius argentum est auro, virtutibus aurum.” Virgilio, Epistola prima. Ad Mecenam, 1.

[5] Concilio Vaticano II, Mensaje a los artistas, Ciudad del Vaticano, 8 de diciembre de 1965, n. 4.

[6]  Edmundo O’Gorman, Del amor del historiador a su Patria, Centro de estudios de historia de México Condumex, México 1974, 17s.

[7] Resulta interesante lo que dice: Ettore CIccotti, La esclavitud en Grecia, Roma y el mundo cristiano. Apogeo y ocaso de un sistema atroz, Reditar Libros, Barcelona/México 2005.

[8]  De l’interpretation, Seuil, Paris 1965, 55.

[9]  Naturaleza, historia, Dios, Nacional, Madrid 1978, 312.

[10] Id., 335.

[11] Roberto Cruz, La primera hermenéutica, 264.

[12] Ténganse en cuenta las valiosas reflexiones, realizadas sobre todo después de los acontecimientos de 1968 de Michel de Certau, La culture au pluriel, Union Géneral d’Éditions, Paris 1974.

[13] Henri-Irenée Marrou, Historia de la educación en la Antigüedad, Fondo de Cultura Económica, México (2)2000, 147s. (Edición original en francés, Seuil, Paris 1948. 1981).

[14]  Joaquín Antonio Peñalosa, Invitación a los clásicos, Estilo, San Luis Potosí 1950, 51.

[15]  Esta “mezcla de estilos” en la escritura antigua puede profundizarse en algunos eruditísimos estudios como: Donald Kagan (ed.), Studies in the Greek Historians, Cambridge University Press, Cambridge (U.K.) 1979. Jeffrey Henderson (ed.), Aristophanes: Essays in Interpretation, Cambridge University Press, Cambridge (U.K.) 1980. Arturo Ramírez Trejo, Heródoto. Padre y creador de la historia científica, Universidad Nacional Autónoma de México-Instituto de Investigaciones Filológicas, México 1984. Carmen Chiaqui, El texto escénico de Las Bacantes de Eurípides, UNAM-IIFilológicas, México 1994. Roberto Cruz, La primera hermenéutica. El origen de la filosofía y los orígenes en Grecia, Herder/Universidad Iberoamericana, Barcelona/México 2005. Simon Hornblower, Thucydides and Pindar. Historical Narrative and the World of Epinikian Poetry, Oxford University Press, Oxford 2007.

[16]  The Norton Library, New York. Diversas ediciones.

[17]  El camino de los griegos, Turner / Fondo de Cultura Económica, Madrid/México 2001.

[18]  Amado Nervo, La galera sombría.

[19]  Joaquín Antonio Peñalosa, Invitación, 38.