HOMENAJE AL PADRE JUAN PLAZAOLA S.J. 

 

Manuel Olimón Nolasco.

Universidad Iberoamericana.- Departamento de Historia.

 

Real Sociedad  Bascongada de Amigos del País.

Ciudad de México

 

Colegio de San Ignacio de Loyola, Vizcaínas. Ciudad de México.

10 de noviembre de 2005

 

  Apenas hace unas semanas que recibí, al término del simposio “Diversidad en la unidad: los jesuitas de habla alemana en Iberoamérica, siglos XVI-XVIII”, una edición especial  de la revista  “Artes de México” titulada “Arte y espiritualidad jesuitas…Contemplación para alcanzar amor.”

  Traspasado el pórtico dorado de la revista, me encontré con un artículo no menos luminoso y dorado firmado por Juan Plazaola S.J.: “Ignacio de Loyola y el arte de los jesuitas.” El tejido de esas líneas, publicadas póstumamente, es un tejido de contrastes, pues sólo de esa manera, en compañía de paradojas, claroscuros y contrapuntos, puede comprenderse el ideal y la realidad de una vida –pienso en la del santo de Loyola—que desbordó su cauce y atravesó la anchura de los siglos.

Esa vida corrió en aparente contradicción pero, en realidad, en síntesis encarnada, al modo de Jesucristo, puente de la tierra con el cielo desde el pesebre de Belén hasta el calvario de Jerusalén. De esta última contemplación, larga y prolongada, sensible y “del alma”  nació y se alimentó la espiritualidad de San Ignacio.

  En un rincón del texto de Plazaola  tropecé con una línea que me sirve hoy de pretexto para dibujar algunos trazos de recordación del jesuita que tan cerca estuvo de México y de nosotros en los últimos años. Escribió: “…(San Ignacio) se consagrará al “servicio de los demás”; su ideal será “ayudar.” Y, para él, “ayudar a las almas” será “hacerlas libres.” Sus Ejercicios espirituales son un método para “crear libertad”, para ilustrar la conciencia del hombre y enseñarle a discernir la voluntad de Dios y adaptar a ella la propia voluntad, facilitándole decidir con libertad…Su objetivo principal y permanente fue “ayudar” al hombre a tomar personalmente las decisiones fundamentales de su vida. Tal es el eje de la espiritualidad ignaciana.”

  En torno a ese eje, precisamente, en el ejercicio de la tarea de “crear libertad” vivió y actuó el Padre Plazaola. Él trató de liberar el dinamismo interior de una verdad plena que sólo se conoce a base de sucesivos descubrimientos de la armonía y la luz presentes en las huellas silenciosas y opacas que ha dejado en el mundo.

  Para quienes lo conocimos en su alta madurez, tanto sus silencios como sus palabras tenían peso y medida. Oírlo hablar del arte contemporáneo era oírlo presentar una especie de himno a la libertad. Pues en lugar de dejarse llevar por una crítica de incomprensión o subrayar la ausencia de los vestigios divinos en un mundo lejano a los planteamientos religiosos, lo encontramos hurgando y reconociendo, en lo tenue y casi inaudible, no la angustia ante la pérdida de todo sentido o el grito prometeico de la grandeza  humana soberbia y dominante, sino los colores y las huellas de una difícil búsqueda. Ésta, la de la humanidad contemporánea, no por estar alejada de cánones clásicos y representativos, puede calificarse de atea. La luz de la Encarnación, de la verdad anunciada de que “lo que no es asumido no es redimido” fue en todo momento brújula y carta de navegación para sus viajes por el mundo de la imaginación y la sensibilidad, tanto sobre épocas antiguas como sobre  modernas. No se trataba, desde luego, de un optimismo ingenuo, sino de la fe firme en que la presencia de Jesucristo le da a lo humano y a lo divino, a lo mundano y a lo celeste una dimensión nueva, insospechada y maravillosa, aunque se exprese en balbuceos tímidos. Pues sabía que “…el mundo en que vivimos tiene necesidad de la belleza para no caer en la desesperación,” como dice el Concilio Vaticano II en su mensaje a los artistas.  Este mundo en que vivimos, que no se reprime para exaltar las miserias humanas y para trazar caminos de muerte reprime su sed de Dios y de los torrentes de su amor.

  Don Juan Plazaola era conocido en círculos eclesiásticos y de arquitectos especializados por su libro El arte sacro actual, publicado en la BAC (Biblioteca de Autores Cristianos) poco después de concluido el Concilio Vaticano II. Ese libro fue, en su momento, una revelación, pues pasaba revista a las obras arquitectónicas y artísticas sobre todo de Europa central, que manifestaban la creatividad reciente, casi desconocida entre nosotros e indicaba caminos de insospechada novedad para unir, de cara a la humanidad contemporánea, la finura y calidad del arte, abiertas a la sensibilidad de los tiempos que corrían con la celebración litúrgica realizada de acuerdo a la renovación sostenida en la Concilio. Ese libro, que en unos años se convirtió en una rareza, había sido el único conocimiento sobre el jesuita vasco en el ambiente mexicano.

  Fue a propósito de la confección de la tesis de doctorado en arquitectura de Don Alejandro Lazo Margáin como me enteré no sólo de que el Padre Plazaola vivía –pues no habían faltado los rumores acerca de su muerte—sino que se encontraba de nuevo activo en sus estudios sobre el arte cristiano, después de varias décadas de ocupar diferentes cargos en la Compañía de Jesús.

  Una y otra vez, después de encontrado epistolarmente por el arquitecto Lazo y en persona por la doctora Cristina Torales, Plazaola vino a México a impartir conferencias y cursos pero, en realidad, a educar el oído y la vista, a compartir una amistad intensa revestida de sinceridad y, por encima de todo, a “crear libertad”, a liberar desde el interior de los espíritus tantas grandezas ocultas que permanecían aletargadas o reprimidas.

  Del tiempo que estuve como Director de la Comisión de Arte Sacro de la Conferencia del Episcopado Mexicano tengo presente la imagen de un hombre frágil y marcado por la debilidad. Pero esa fragilidad era apariencia, era  revestimiento de su silencio, pues una vez que se encendía el fuego de la palabra, ésta cobraba intensidad y fuerza muy por encima de lo que podía esperarse. De ese mismo tiempo me felicito por haber tenido la ocasión de contactarlo con ambientes universitarios que eran su ámbito natural: la Universidad Iberoamericana y la Universidad Pontificia de la ciudad de México, la UPAEP de Puebla, la Universidad de Monterrey y el ITESO de Guadalajara. Me alegro intensamente que sus presencias mexicanas –como lo supe por testigos muy dignos de fe—hayan sido para él  una especie de “suplementos de vida,” motivos y razones para continuar en este mundo realizando una misión y un envío no de un “rey temporal”, sino del Soberano de cielo y tierra. Este solo hecho nos hace mirar ahora su paso entre nosotros y su tránsito definitivo a la tierra del amor infinito no como algo luctuoso o lamentable, sino como sendero de gozo y de participación en los bienes que no perecen, caducan ni se marchitan.

  Ahora que ya la vida de Don Juan es sólo vida interior y contemplación amorosa, podemos decir, a la manera del trazo lineal de una oración, que sus proyectos están colmados y su vocación plenificada. Cito a modo de final de estas palabras a otro gran amigo y estudioso del arte, el jesuita Heinrich Pfeiffer: “…El mundo interior, sin tener necesidad de la materialidad para expresarse en colores y figuras, en paisajes y construcciones arquitectónicas, puede traducirse en obras de arte que pertenecen al mundo exterior. Sin embargo, y esto es muy importante, el mundo interior es más bello que el mundo exterior, precisamente porque éste es sólo apariencia. Para el artista, la relación entre realidad y apariencia, entre la realidad tangible y la visión lejana, constituye el alma de sus proyectos.”[1]

 

Colegio de San Ignacio de Loyola, Vizcaínas. Ciudad de México.

10 de noviembre de 2005.

 


 

[1] Heinrich Pfeiffer S.J., San Ignacio y el arte de Andrea Pozzo, en: Arte y espiritualidad jesuitas, II, Artes de México. Edición especial, 2005, p.22.