LA FUERZA Y EL VALOR DE LA PALABRA

 

Manuel Olimón Nolasco.

Universidad Iberoamericana.- Departamento de Historia.

 

Texto preparado para la conmemoración de los 50 años de los estudios de derecho en el estado de Nayarit. 

Agosto de 2009

 

  Sorpresiva pero muy satisfactoria fue la invitación que recibí del Doctor Rubén Hernández de la Torre para participar con la redacción de algunas líneas, en la muy merecida celebración con motivo de los cincuenta años del cultivo universitario del derecho y la jurisprudencia en nuestro querido estado de Nayarit.

  Sorpresiva, porque mi paso por las aulas de la Escuela de Derecho en el todavía Instituto de Ciencias y Letras de Nayarit fue fugaz: solamente los meses de septiembre y octubre de 1964. Muy satisfactoria porque, a pesar de la brevedad de ese período, su intensidad y significado no fueron de huella leve: se trató de un tiempo en el que sin duda se afirmó mi vocación universitaria que desde entonces he cultivado.

  Por consiguiente, me parece que bien vale la pena dejar sobre el papel algunas impresiones y reflexiones que, poniendo el pie en aquellos años ahora más que cuadragésimos, me ponga en tono con la festiva fecha que se acerca e incite a quien tenga la paciencia de leer estas páginas a mirar de modo atento y reflexivo la trayectoria de alguien que se ha dedicado a la labor universitaria y obtener, tal vez, algún fruto aplicable. Desde el comienzo de estas líneas, pido excusa por el uso excesivo del “yo”, pero no conozco otra manera de relatar experiencias personales sino afirmando la propia subjetividad y siendo responsable de ella como causante de acciones y omisiones, de dudas, afirmaciones, encuentros y desencuentros. Esto mismo me ha llevado a dar saltos cronológicos conforme al orden en que ciertos hechos relacionados entre sí a modo de continuidad temática pulsaron mi memoria.

  El título de este ensayo tiene una razón y recoge de manera sintética la que ha sido mi experiencia al paso del tiempo, pues si algo ha acompañado los pasos que he dado, ha sido la palabra, desde aquella que comunica cotidianamente entre humanos deseos, afectos, opiniones y disgustos hasta la Palabra que, “en el principio”, le dio realidad al universo y cuando la humanidad en su trayectoria histórica estuvo madura, “[…] se hizo carne (es decir, fragilidad) y habitó entre nosotros.”

  Expreso lo anterior porque al remontarme al año en que terminé la preparatoria en el Instituto nayarita, me vi en algo así como un asalto de la palabra. Pues al encontrarme en la cercanía de tomar una decisión para iniciar estudios profesionales, tenía que ponerme a escuchar con cierta atención voces un poco de todas partes y en algún momento me vería obligado a decir una palabra que orientara lo que a partir de ese momento habría de ser la trayectoria de mi vida.

  El año referido, 1964, fue para mí un año de libros. Año en que comencé a formar mi biblioteca que hoy cuenta con varios miles de ejemplares pues, lo digo abiertamente: soy hombre de libros y lector cotidiano cercano a la bibliofagia desde que cumplí seis años y tuve la dicha de haber aprendido a leer y a escribir. Y los libros, a partir de entonces, han acompañado y acompasado mis pasos por los caminos de la vida. Con el apoyo económico de mi padre (el General Jorge Olimón Colio, nayarita de cepa), me dirigí durante las vacaciones de Pascua del citado año a la ciudad de México a comprar mis primeros libros. Tengo con nitidez la imagen de sus portadas y, desde luego, sus contenidos: se trataba de dos de historia: Tesoros documentales de México del Padre Mariano Cuevas, Maravillosa reducción y conquista del Gran Nayar del Padre José Ortega, algunos de letras y gramática: Manuel de gramática histórica española de Don Ramón Menéndez Pidal, Apuntaciones críticas sobre el lenguaje bogotano de Don Rufino José Cuervo, la Gramática latina y la Gramática griega de Don Blas Goñi pero, sobre todo: la primera edición del Diccionario Porrúa de Historia, Geografía y Biografía de México, obra monumental y que me resultó llena de interés y de apertura de conocimientos. Como entonces me sobró algo de dinero, hice un encargo por correo a la Real Academia Española de Madrid y al cabo de algunos meses recibí en Tepic la 18ª edición del Diccionario de la lengua española, algunos folletos con discursos académicos y hasta ¡una litografía de Don Miguel Cervantes Saavedra! Por ese tiempo comenzaba a editarse la colección “Sepan cuantos…” de Porrúa, que puso al alcance de mis ojos algunos estudios clásicos que me resultaron de mucho interés. (Al paso del tiempo me di cuenta de la baja calidad del papel de esa colección y no la recomiendo más por esa causa, aunque su precio sigue siendo razonable). Entre los ejemplares que adquirí se encontraba La ciudad antigua de Fustel de Coulanges, fascinante introducción a la civilización grecorromana y al derecho de esos pueblos, considerados modelos del Occidente. También me fasciné con una lectura que hice en inglés de una introducción a la mitología clásica de la autoría de Edith Hamilton (Mythology) que compré en la American Bookstore de la calle Madero que era entonces una verdadera librería atendida por Mister Hill, su propietario. Me hice también de: The Greek Way y The Roman Way de la misma autora. Por otra parte, desde años atrás, cuando visitaba año con año a mis tías maternas que vivían en la ciudad de México, aprovechaba para leer en su casa los fascinantes artículos que acompañados de ilustraciones en blanco y negro y una que otra lámina a color, los volúmenes de El mundo pintoresco editado en Argentina. Ahí mismo, en una página de la Enciclopedia Sopena que ellas también poseían, aprendí la letra manuscrita griega, una rara curiosidad.

  Ese panorama libresco (el encuentro con múltiples palabras y el encuentro con la palabra múltiple) lo fui integrando con algunas aficiones que había ido cultivando durante mis años de niñez avanzada y primera adolescencia: mi interés por las películas históricas, el coleccionismo de estampillas postales y la búsqueda en las distintas bandas de onda corta de un radio “Zenith Transoceanic” de trasmisiones de países remotos. A través de las ondas del radio me enteré de la muerte del Papa Pío XII, del juicio que se hizo en Israel de Adolf Eichmann y de los derroteros que trazó Juan XXIII y el Concilio Vaticano II para la Iglesia católica de la que en ese entonces ya me consideraba miembro vivo y no fiel pasivo. No olvido haber estado atento el 11 de octubre de 1962 al repique de campanas que anunciaba su inicio y mucho menos la lectura de un folleto E.V.C. (El Verdadero Católico) que  tomé de un exhibidor en la catedral de Tepic que me costó veinte centavos (el precio de un vaso de tejuino o de dos paletas de “El Perico”) cuyo título era: No es lo mismo ser crédulo que ser creyente, cuyos conceptos han sido guía de pensamiento en buen número de ocasiones que se me han presentado.

  Del panorama que me fui formando del mundo a base de esos ingredientes y de no pocas conversaciones con mi padre, que tejí a base de preguntas pues él no era muy dado a hacer relatos o a manifestar opiniones, me di cuenta de lo que era la “guerra fría”, cómo el mundo había sufrido cambios desde la segunda parte del siglo XIX, cómo se transformaban las áreas coloniales y la existencia de incongruencias e injusticias un poco por todas partes. La correspondencia que mantuve con un estudiante nigeriano llamado Ade Agunbiade, con el Doctor Ramón Artemio Bracho de Puerto Pinasco, Paraguay y con Orestes Sabido de La Habana, me ampliaron la visión del mundo de modo extraordinario. Al Doctor Bracho, fundador de algo que llamó “Cruzada Mundial de la Amistad” lo conocí hasta el verano de 2003, cuando viajé a Asunción por invitación suya a recibir la presea de “Amigo internacional del año” en una ceremonia en el recinto del Congreso Nacional, pues en ese país suramericano la “jornada mundial de la amistad” propuesta por Don Ramón Artemio es conmemoración oficial.

  Por aquellos días, cuando en América Latina, sobre todo en el ámbito estudiantil, entonces más politizado que el actual según me parece percibirlo, se presentó el dilema de optar por Fidel Castro y su revolución o por John F. Kennedy y su peculiar política de la “alianza para el progreso”, no dudé en inclinarme hacia Kennedy a quien quise conocer así como a su esposa Jacqueline y conocí en las calles de la ciudad de México en junio de 1962 y desde las rejas de un costado de la basílica de Guadalupe. La muerte del presidente del país vecino, de la que me enteré a través de trasmisiones radiofónicas y leí sobre ella en revistas estadounidenses  que aún conservo, me dejó cierta huella.

  La confluencia de esas corrientes –lo veo ahora con mayor claridad gracias a esta invitación a escribir—hizo que se fuera integrando mi vocación humanista y universitaria. Pues tenía yo claro que la línea de mi vida no iría por la de las matemáticas, la ingeniería o las ciencias biológicas sino más bien por el camino de las humanidades.

  A punto de terminar la preparatoria estaban frente a mí con cierta claridad estas bifurcaciones del camino antes dicho: la diplomacia y las relaciones internacionales, las letras clásicas, la literatura, la historia y el derecho. Y creo que, en referencia a 1964, en ese orden de preferencia. Sin embargo, en el telón de fondo estaba, aunque no explícita todavía, una llamada un tanto indefinida al sacerdocio católico.

  De modo coincidente con la compra de libros de la Pascua de 1964 tuve que exponer a mi padre, encontrándonos en familia en la ciudad de México con motivo de su santo y cumpleaños, algunas palabras relativas a mis intenciones de estudio. Para mejor documentarme, había leído con atención las partes relativas a la diplomacia y la carrera de letras de un libro editado por la UNAM llamado Las profesiones universitarias. Le dije que quería estudiar ciencias diplomáticas o bien letras clásicas. Me oyó y no expresó palabra en ese momento. Al día siguiente, después de haber ido a la Secretaría de la Defensa Nacional, me dijo, en primer lugar, que esas carreras no eran económicamente redituables; que los buenos puestos diplomáticos se otorgaban a “políticos fracasados o indeseables en el país” y que con las letras no pasaría de profesor. Pero su negativa rotunda a que pudiera inscribirme en la UNAM, sobre todo a las ciencias diplomáticas –continuó diciendo-- era porque esta carrera se impartía en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales que era “un nido de comunistas.” Al cabo de mucho tiempo comprendí que quizá él obtuvo esa información en la Secretaría de la Defensa, pues efectivamente el movimiento estudiantil de 1968 tuvo ahí uno de sus focos centrales. Cuando en un ambiente tenso hablé en 1987 a propósito de una nueva relación entre la Iglesia y el Estado en México en compañía de Monseñor Girolamo Prigione precisamente en esa facultad, “rompí el hielo” aludiendo a ese viejo comentario sobre el “nido de comunistas”. Me pareció que ya había pasado el peso que en aquellos años de la confrontación: “cristianismo sí, comunismo no” tenía la expresión.

  Con ese panorama delante – y aclaro, no porque careciera de interés en la ciencia jurídica—llegado el mes de septiembre, me inscribí en la Escuela de Derecho del Instituto de Ciencias y Letras de Nayarit. Coincidió esa fecha con la recepción de una carta de la Editorial Porrúa en la que agradecían mi colaboración con “correcciones” a la primera edición de su Diccionario de historia y enviándome ¡un cheque por trescientos pesos! a cambio ¡de la cesión de mis derechos de autor sobre las líneas enviadas! Cesión que, desde luego, hice gustosísimo. De hecho, contra el sentido común, pues un diccionario no es para leerse sino para consultarse, lo había yo leído de la A a la Z y encontrado, con audacia intelectual verdaderamente juvenil, más de un error. Conforme los fui descubriendo los anoté e hice una lista de ellos que envié al Padre Ángel María Garibay, quien había coordinado la publicación y: ¡aparecí en letras de imprenta! entre los “colaboradores” cuando en 1966 publicaron el Suplemento al Diccionario. Mi padre no dijo una palabra cuando le puse a la vista el cheque ni yo tampoco pero para mis adentros me dije: sí se puede vivir de las letras.

  Al dar, pues, mis primeros pasos por los senderos del derecho, mi orientación a  ser universitario era ya definida e indudable. Y aunque fueron sólo dos los meses que estuve en las aulas de la escuela (pues todavía no se podía llamar facultad pues no otorgaba grados), me quedaron muy claras algunas cuestiones que están sedimentadas en las materias que entonces comencé a conocer pero que seguí leyendo en los textos que se me pusieron delante: Las Introducciones de Eduardo García Maynez y de Efraín Moto Salazar (del primero había leído con mucho gusto la Ética), la Historia de las doctrinas económicas de René Gonnard (un libro importado con magnífico empastado y que en la actualidad se vende como clásico) y el Derecho romano, cuyo título completo es toda una descripción de sus capítulos: Tratado elemental de derecho romano. Desarrollo histórico y exposición general de los principios de la legislación romana desde el origen de Roma hasta el emperador Justiniano. Éste último, por cierto, un libro de pobre encuadernación a la rústica pero un auténtico filón de sabiduría. Expresándolo en latín: “Inter folia fructus. (Entre las hojas está el fruto)”

  Del derecho me quedó muy claro el valor de la palabra, la importancia de la estructuración de la sociedad a base de principios y estructuras básicas y fundamentales innegociables. Me quedó muy clara también la relación íntima entre la ley y la justicia y la superioridad de la búsqueda de esta última sobre el simple cumplimiento de la ley. De igual manera, mi relación no interrumpida al paso del tiempo con juristas (civilistas, constitucionalistas, canonistas y algún escaso penalista) y la solicitud que, a partir de 1985 y con más fuerza después de 1988, recibí de Monseñor Adolfo Suárez Rivera, entonces Presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano de acompañar el proceso que llevaría a los cambios constitucionales en relación con la libertad religiosa y el estatuto jurídico de las asociaciones religiosas en México, hizo incluso que algunos de los participantes en ese complejo pero fascinante proceso, pensaran que yo era abogado.

  Los últimos días de octubre de 1964 me dejaron clara, por medio de algunas señales interiores, mi orientación al sacerdocio. Una mañana las inquietudes intelectuales dispersas se concentraron a la manera de un impulso espiritual que me mostró la evidencia de mi vocación sacerdotal. Lo primero que hice fue hablar con mi madre; ella, con cierto desconcierto pero sin titubeos me dijo: “—habla con tu papá.” Al terminar de comer ese día lo hice y él sólo expresó: “—habla con el Cura Jiménez [párroco de la ciudad de Tepic] o con el Cura Mejía [quien había sido mi profesor en la Escuela Preparatoria] y lo que ellos te digan eso haces.” Encontré al Padre Mejía en su casa de la calle Ures (en la actualidad “Padre Mejía”) y él, ni tardo ni perezoso me llevó a casa del Señor Obispo Anastasio Hurtado. Al día siguiente ingresé al Seminario Diocesano en la ex hacienda “El Tecolote.” No he tenido desde entonces duda alguna acerca de que el centro y el impulso de mi existencia se encuentra en el ejercicio del ministerio sacerdotal, si bien la forma en que lo he realizado ha sido en más de un punto atípica.

  La perspectiva que me dan los cuarenta y cinco años de mi opción universitaria me permite valorar sin excesos pero con justicia estricta, la aportación que el breve pero definido paso por las aulas de derecho nayaritas me han hecho: la convicción de que vale la pena confiar en los principios jurídicos y buscar un orden justo, preocupado por la promoción de la dignidad señera de la persona humana, por la primacía de la ética y la opción preferencial por los más desprotegidos.

  El paso de los días con su levedad y su peso propios y cambiantes, me ha permitido –y es justo agradecerlo a Dios, a mis padres, a mi familia y a mis múltiples compañeros y amigos, muchos de ellos sólidos desde el tiempo al que más líneas le he dedicado aquí—realizar en torno al seguimiento del llamado fundamental a ejercer el sacerdocio católico, nacido de la fe, de la escucha de la Palabra, pues San Pablo dice: “la fe viene del oído y no de la visión”, una vocación múltiple que estaba sin duda esbozada cuando vi abiertas varias puertas de desarrollo profesional en 1964.

   No fui diplomático de carrera, pero en el período en que, primero de manera secreta, después discreta y finalmente pública dediqué fuerzas y esfuerzos a que el Estado mexicano pagara la que llamé “una vieja deuda” con el pueblo y su clara dimensión religiosa realicé una labor que puede calificarse como diplomática dentro de México y también en el área internacional cuando me tocó la feliz encomienda de que viniera a nuestro país en noviembre de1993 una magna exposición titulada: “Arte y cultura de dos milenios. Tesoros artísticos del Vaticano” que hasta febrero del año siguiente pudo ser “un regalo a la imaginación y a la memoria de los mexicanos” frase acuñada en la carta oficial de solicitud al Papa de las valiosas piezas por alguien a quien hoy se prefiere no citar: el Presidente Carlos Salinas de Gortari. Me alegro además de haber acompañado los primeros pasos de la Embajada mexicana ante la Santa Sede, abierta a fines de 1992 trabajando al lado de una persona salida de la entraña misma del sistema político mexicano posrevolucionario: el Profesor Enrique Olivares Santana. Su fama de “liberal” y su peculiar método conocido como “el aseo político” me atrajeron especialmente y su experiencia y manejo de las situaciones me aportaron mucho, siendo la mejor de las aportaciones su amistad sincera. Poco se percibió y ha percibido con el paso de los años, que esa iniciativa de diálogo en el área de la cultura demostraba que si algo no desea la Iglesia católica es ejercer el poder político o competir con las legítimas instituciones, sino ser una presencia inspiradora y aliada a todo lo noble, bueno y bello. En esa misma área de la cultura tuve experiencias extraordinarias cuando, como director de la Comisión Nacional de Arte Sacro me involucré en la conservación de nuestro abundantísimo patrimonio cultural de origen católico y pude conocer lugares de espléndida belleza en rincones remotos del territorio de nuestra patria: el interior de la península de Yucatán, en la Baja California Sur, la meseta purépecha, poblados perdidos en Oaxaca, Guerrero, Coahuila y Sonora.

  No fui tampoco doctor o profesor en letras o en literatura, pero a lo largo de mis estudios eclesiásticos me encontré con la Biblia, la palabra de palabras y el libro de los libros, que me ha alimentado cotidianamente e incluso ayudado, junto con mi acercamiento a las lenguas clásicas, a desarrollar un estilo de escritura que he pretendido sea vehículo de comunicación y cercanía humanas y no distancia ininteligible con pretensiones de cientificidad. He podido escribir miles de páginas en muy diversos medios. No olvido un periódico mural con noticias de México y algunos artículos culturales breves que con el nombre de “Umbral” publiqué un corto tiempo en el célebre Seminario de Montezuma, (Nuevo México, Estados Unidos) junto con Mario Espinosa (actualmente obispo de Mazatlán). Con ese mismo título escribí durante varios años una columna en “El Sol de Tepic” y después en los diarios nacionales “El Universal” y “El Economista.” Frente a las cámaras estuve al lado de Jacobo Zabludowsky en la memorable visita pastoral del Papa Juan Pablo II a Cuba en enero de 1998 y en la cuarta que realizó a México el año siguiente. Las imágenes e incluso los sonidos de Cuba (el mar rompiendo en el malecón de La Habana y el viento que movía las palmeras, los ritmos caribeños que se integraron a las celebraciones litúrgicas con sencillez extraordinaria) no abandonan mi memoria: la expectación y el silencio cuando el Papa bajó del avión, besó la tierra que le presentaron unos niños “pioneros”, saludó a Fidel Castro y rompió expectación y silencio con las palabras: “—Cuando Cristóbal Colón pisó esta isla dijo: ‘Es la tierra más hermosa que ojos humanos han visto’.” Pero sobre todo, me admiró la solidez de los discursos, que considero de los mejores en el largo pontificado del Pontífice polaco, cuyos conceptos estuvieron entrelazados con episodios de la historia cubana, de raíces cristianas y solidaridad hispanoamericana integrados sin duda a base de la sabiduría del Padre de Céspedes, descendiente de uno de los próceres de la independencia de esa nación hermana.

  Mi vocación universitaria, sin embargo, la he desarrollado sobre todo como historiador. Si mi gusto por la historia se remonta a mis años de primaria –con los preciosos relatos de la Seño Lola en la Escuela Fernando Montaño de Tepic—y encuentro esa acción pionera con el Diccionario Porrúa, fue la generosa respuesta de Monseñor Suárez Rivera, quien llegó como obispo a Tepic en 1971 cuando me encontraba en Estados Unidos estudiando teología a mi deseo de estudiar profesionalmente la historia, la que me condujo a Roma, a la Facultad de Historia Eclesiástica de la Pontificia Universidad Gregoriana. Ahí recibí, en el ambiente especialísimo de esa ciudad única—Eterna la llaman— y de labios de profesores jesuitas europeos de reciedumbre casi pétrea, la que no puedo sino calificar de sólida formación histórica. En el Colegio Pío Latinoamericano tuve la oportunidad de convivir con estudiantes de distintos países de nuestro continente, lo que constituyó una experiencia enriquecedora que me ha ayudado a no perder de vista esta fraternidad singular con  pueblos que tienen en su corazón un radical sustrato católico. La historia que se conoce con esfuerzo y se escribe con rigor, sin dejar de probar documentalmente una sola afirmación. La historia que, también, es sabiduría y enseñanza para la vida. La historia que supone en quien la cultiva un “olfato” perceptivo y una cultura de base tal que permita la multiplicidad de alusiones y relaciones. La historia que requiere del acceso a los archivos desde los cuales puede expresarse no uno sino muchos admirados “¡eurekas!” cuando se hace la luz en las sombras.

  La confianza de muchos me ha llevado, además de dar clases, a investigar y a escribir, las tareas más difíciles pero también las más satisfactorias. A abrir espacios de conocimiento sobre todo respecto a nuestro tiempo mexicano, el de los siglos XIX y XX ante todo y –creo—a abrir horizontes interpretativos nuevos y diferentes que no apuntan a la permanencia de líneas de división entre los mexicanos, sino a una purificación en la verdad de la memoria histórica. De 2006 a 2008 pude por fin dedicarle tiempo abundante a la investigación y publicar cinco libros que pueden considerarse de “historia diplomática” en los que, a base de la consulta de un archivo inédito aparecieron los perfiles de la labor de un sacerdote estadounidense, John Joseph Burke, admirable en su paciencia, tenacidad y fe frente al conflicto religioso mexicano de los años 1926 a 1938.

  Y haciendo un recuento de mi quehacer como historiador, puedo decir que no he huido, en un tiempo donde reinan los relativismos y el falso pacifismo de proclamar “tu verdad” y “mi verdad” sin relación con LA VERDAD, enfrentar polémicas que no siempre han sido acogidas desde el otro lado de la palestra con la honestidad intelectual con que las he planteado. El eco de las palabras de Jesucristo: “Conocerán la verdad y la verdad los hará libres” ha sido y es resonancia permanente en mis oídos.

  Tepic y Nayarit siguen siendo, a pesar de tantos caminos recorridos, los puntos de referencia de mis raíces. Quiero que sigan siendo los puntos de referencia de lo que he podido realizar y de lo que quede por hacer. A propósito de la historia nayarita pensada no solamente como pasado sino también como futuro tuve ocasión de reflexionar de manera pública en un ambiente académico en diciembre de 2008 con motivo de la concesión del doctorado “honoris causa” en la Universidad de Nayarit al Doctor Jean Meyer. Vuelvo ahora a las andadas con estas líneas conclusivas: Creo que falta decidirnos a ir más allá de la política y sobre todo de la política de cortas miras que con tanta facilidad nos tienta. Ir a la construcción de una comunidad que pueda ser consciente de sus riquezas y no sólo de sus límites, del potencial de su gente y de la necesidad de ampliar los horizontes sobre los que se desliza la vida de todos los días. De tomar en serio el cultivo de la ciencia y la cultura. De reflexionar sobre la historia presente y sus signos de porvenir participativo. En pocas palabras, habrá que hacer realidad el lema que, desde los principios de su existencia, ha acompañado como divisa de acción y compromiso a nuestra Universidad Autónoma de Nayarit: “por lo nuestro a lo universal.”

  Ese es mi feliz augurio y deseo ferviente, que hago llegar como felicitación calurosa en esta celebración áurea del cultivo académico del derecho en esa tierra bendita del Occidente mexicano a la que tanto debo.