LA GUERRA OLVIDADA. La Cristera en Nayarit: 1926-1929.

Enrique Bautista Gómez.

 

Manuel Olimón Nolasco.

Universidad Iberoamericana.- Departamento de Historia.

 

Prólogo presentado el 25 de julio de 2008

Antigua Guatemala, Guatemala

Festividad de Santiago Apóstol

 

 Hace cinco años, en el verano de 2003, recorrí en automóvil la costa de la Alta California por la vieja carretera “U.S. 1”, que presenta a la vista paisajes extraordinarios de mar y de tierra.

  En ese recorrido solitario encendí el radio y encontré al azar una estación que, de pronto, empezó a presentar, uno tras otro, un rosario de corridos “cristeros”. Muchos, muchos corridos, con letras que cantaban hazañas  de personajes marginales de una historia que, a pesar de tantas interpretaciones, silencios y olvidos, tuvo realización concreta y verdadera. Una historia que si bien en más de un caso se acerca a la leyenda, en la vida de mucha gente fue drama y destino, entrega y cumplimiento de un deber de conciencia.

  Seguramente, pensé entonces y recuerdo hoy, en más de un rincón de California quedó vivo el recuerdo cristero alimentado por la presencia y después la amorosa memoria de desterrados, nativos de Jalisco, Colima y Nayarit. Es indudable que en noches memoriosas y nostálgicas se cantó y se canta la que fue una epopeya interrumpida, un suspiro cortado en el aire. No sé si ese canto tenga la fuerza de aquel grito al final del corrido de “Valentín de la Sierra,” la Sierra del Nayar: “...¡Madre mía de Guadalupe, por tu religión me van a matar!”

   Del recuerdo familiar gentil y suave, del coraje y rencor arrinconados, del “rescoldo” de aquellos fuegos, la memoria mexicana ha pasado, con el tiempo aliado a los instrumentos de la investigación histórica, a dejar plasmada en letras de imprenta  esas realidades y a sus personajes. Por aquí y por allá han abundado los escritos –libros, folletos, colecciones gráficas—que bien o mal, con mayor o menor  seriedad científica y más o menos cariño, han tenido como espacio de trabajo esos años cruciales para el México contemporáneo que fueron los de 1926 a 1929. Los archivos de las grandes instituciones han comenzado a revelar su riqueza y a aportar su colaboración para matizar con un sinnúmero de tonalidades grises lo que era para muchos sólo negro o sólo blanco, “buenos” y “malos”, fieles y traidores. Riqueza indiscutible ha mostrado para la historia diplomática, social y política así como para la de la Iglesia en México y de la misma nación mexicana, el archivo de la “National Catholic Welfare Conference” de Washington sobre el que he tenido la dicha de trabajar y el del Arzobispado de México. Se esperan más aportaciones del mismísimo Archivo Secreto Vaticano que ya está abierto, gracias a la generosidad de Su Santidad Benedicto XVI en lo referente a los años cruciales del pontificado de Pío XI (1922-1939).

  Sí. Los archivos son importantes, pues “los generales saben lo que no saben los soldados” y son los primeros y no los segundos los que dejan huellas en los papeles. Pero a veces, sobre todo si el historiador que los utiliza carece de sensibilidad suficiente, es calculador o dotado de prejuicios arropados bajo el carácter de “científico”, vetas fecundas de información pueden transformarse en eriales estériles. Algo así está pasando en quienes sólo pueden concebir las relaciones entre humanos en términos de “poder.” A ellos habría que preguntarles: ¿Qué entiendes por “poder”? Porque a los oídos de un peregrino común por la vida eso suena a irracionalidad y no a acciones humanas, siempre puestas a la intemperie de los vientos y a los fuegos de las pasiones. Por ello, el historiador humanista tiene que pertrecharse de material vibrante, pues acostumbra más trabajar en su taller con personas que tuvieron vida como la nuestra que haciendo gimnasia mental con estructuras lingüísticas.

   Con estos y otros pensamientos en la cabeza, leí con atención e interés creciente La guerra olvidada. La cristera en Nayarit: 1926-1929 de Enrique Bautista González.

  Encontré al pasar sus páginas ante todo,  un balance testimonial.

  Encontré, en las sílabas, palabras y párrafos que reflejan la personalidad del autor, observación aguda, reconocimiento de límites, crítica bien apuntada a no pocos escritores “consagrados” y, sobre todo, cariño abierto a unas gentes y una tierra que lo merecen. Todo lo anterior salpicado con humor chispeante y más de una ironía, características que aumentan la singularidad y valor de este libro, escrito en un lenguaje peculiar.

  El autor conoce la bibliografía sobre el tema y la época que continúa creciendo. Textos algunos que ya son clásicos pero no por ello “sagrados.” Otros que se fijan en un sitio geográfico determinado o en un momento fugaz y otros más que comienzan a repetir lugares comunes y  errores ya dichos sin mayor fruto.

  El autor entreveró, con buen tino, datos poco conocidos de la historia “civil” de un territorio casi siempre rebelde en sus habitantes que se transformó en estado de la federación en 1917, con casos y anécdotas de sujetos que protagonizaron hechos significativos en zonas concretas bien reconocibles en la bisoña entidad política.

  Tuvo todavía al alcance la voz de algunos que vivieron en los años de la “cristiada” pero, como lo hace notar, ya se trata de una voz muy débil y poco segura, pues el tiempo no perdona a la memoria por lúcida que haya sido.

  Para los nayaritas este libro es un rescate de fases importantes de la historia casi contemporánea de su terruño que corrían el riesgo de quedar en el olvido. En sus líneas aparecen nombres y apellidos que nos suenan conocidos, sucesos que tal vez a causa de su transmisión oral habíamos oído relatar en versiones distintas, vocablos que fuera de la región casi no se utilizan como “bembo” (idiota, tonto, bobo), que de acuerdo al autorizado Diccionario de mejicanismos de Don Francisco J. Santamaría, es voz de origen africano, ¿tal vez llegada a Nayarit con los negros y mulatos trabajadores de la caña en los tiempos virreinales?

  Encontré a dos parientes: uno, remotísimo, que no es citado con su apelativo principal, de Colio sino sólo como Diego García, descubridor en 1524 de las Islas Marías (Colio era el primer apellido de mi abuela y el segundo de mi padre) y otro, reciente: Ignacio Morales, periodista esposo de mi tía Juana Olimón, siempre errado en sus ideas políticas respecto a los gobiernos en turno y por ello bombardeado varias veces en la imprenta de sus publicaciones, una de ellas con el título poco amigable de El Flagelo. Además, a tres amigos de mi padre: el General Juventino Espinosa, su compañero de armas que le encomendó la presidencia municipal de Compostela de 1931 a 1933 durante su interinato como gobernador; Justino “el Chato” Aldana, de quien supe que era zapatero (no “remendón” sino artesano) y apenas ahora me enteré que fue también Presidente del Ayuntamiento de Tepic y Everardo Peña Navarro, autor del pionero Estudio histórico del estado de Nayarit en dos tomos, que elegantemente concluye con el acta de erección del estado y no se metió en mayores líos. Conocí también ya muy viejo y transformado en piadoso católico al exgobernador José de la Peña Ledón, que promulgó en 1926 una de las leyes anticlericales más excesivas de todo el país y de entre los viejos sacerdotes que fueron desterrados y regresaron, al Padre José Ramírez, amigo y compañero de Don Pablo Retes y al Padre Gil Cázares, párroco eterno de Rosamorada, donde recuerdo haberlo visto en 1965 rodeado más que de feligreses, de guajolotes, gallinas y otras aves en su granja-parroquia.

  Detengo aquí mis recuerdos nayaritas que han surgido al encontrar tantos nombres en el escrito que prologo, pues el que tiene que hablar es el autor de esta Guerra olvidada y no tengo que abusar de su gentileza.

  Es un libro éste, recomendable y legible.

  En especial, vale la pena el rescate que realiza de las acciones bélicas llevadas a cabo por huicholes y coras, asó como la diferencia que establece con claridad entre los pueblos del Sur del estado, los del Norte y la capital Tepic, con habitantes no sé si aletargados, neutrales o más bien miedosos durante el conflicto. También es aportación muy valiosa el balanceo que describe entre posturas reales y ficticias que sostienen los juicios que se emiten sobre los cristeros en el capítulo VIII: Las falacias de la verdad.

  En un solo punto me atrevo a disentir y lo hago después de haber revisado infinidad de documentos de archivo producidos entre 1925 y 1938 en México, Washington y Roma: no considero justo el duro y severo juicio, desde luego no exclusivo de Bautista Gómez, sino compartido por muchos, sobre las decisiones y actitud de Monseñor Leopoldo Ruiz y Flores y Monseñor Pascual Díaz. Me he convencido que es fundamental observarlas con la óptica del largo plazo y no del inmediato que es el que quedó fijo en la memoria afectiva de la Liga y de los cristeros y que, por tratarse de una voz de vencidos ha logrado perdurable credibilidad y benevolencia. No pido, sin embargo, que retire esas líneas, pues, en el caso de esta historia sobre Nayarit, llevan al papel sobre todo las palabras sufridas de un clérigo de la diócesis de Tepic que siguió en aquel tiempo, los dictados de su conciencia, “el santuario íntimo donde el hombre dialoga a solas con su Dios”: el Padre Julio Oliva Ramos.

   Una cordial felicitación al autor de estas páginas vibrantes. Un aliento al lector para adentrarse en ellas. Un augurio para que sean muchos sus lectores.