A CINCUENTA AÑOS DEL INICIO DEL CONCILIO

Lectio brevis al inicio del año escolar 2012-2013 del Seminario Diocesano de Tepic

Tepic, 19 de agosto de 2012

   1.- El Concilio, referencia de vida.

  Para algunos –y entre ellos me cuento—el Concilio Ecuménico Vaticano II no es referencia histórica, es referencia de vida. Nuestra adhesión a la Iglesia y a su misión en el mundo está estrechamente vinculada a ese máximo acontecimiento del siglo XX eclesial, calificado por el beato Juan XXIII como “un nuevo Pentecostés” y pensado y sentido por muchos como “una nueva primavera de la Iglesia.”

  Tengo en la memoria el 11 de octubre de 1962 y la hora en que las campanas de la catedral de Tepic repicaron coincidiendo con el paso de la procesión para dar comienzo al Concilio en la basílica de San Pedro en Roma. Guardo como tesoros hemerográficos un número de la revista “Life en español” de ese octubre con espléndidas fotografías a colores bajo el epígrafe: “La luz del Concilio iluminó Roma”, algunos ejemplares de la revista “de vanguardia” “Informaciones Católicas Internacionales” donde se comentaban los hechos conciliares por protagonistas de la talla de los Padres Congar, de Lubac o Daniélou, así como el número especial conmemorativo de “L’Osservatore della Domenica” fechado el 25 de enero de 1966. Además, el año pasado comencé a releer los cuatro tomos de “Un periodista en el Concilio” de José Luis Martín Descalzo, colección de sus envíos desde Roma a diarios españoles. Los había leido en mis años de estudiante de filosofía en Montezuma y en esa primera lectura obtuve más que datos y anécdotas, la irreductible convicción de que ahí estaba trazado el camino de la Iglesia; en la segunda ha estado más presente el análisis, el encuentro con las líneas de pensamiento en su interior y una reconfortante valoración del humanismo de Paulo VI tan cercano al de Dante, Pascal y Claudel, incomprendido en su médula hondamente cristiana por quienes critican al Vaticano II.

  En septiembre de 1966, al llegar a Montezuma, me tocó formar parte del primer grupo que recibió el “curso introductorio al misterio de Cristo”, mandado por el documento “Optatam totius”, impartido por un genio de la pedagogía jesuita, el Padre José de Jesús Hernández Chávez. Su entusiasmo por lo que acababa de suceder en la Iglesia era auténtico y contagioso. Nos interesó a todos en tomar por lectura espiritual el retiro que el Padre Lombardi dio a los Padres Conciliares antes de dispersarse: “Por un posconcilio eficaz.”

  Sin embargo, todo lo anterior tuvo un antecedente: lo que me condujo a poner en el centro de mi vocación eclesial la vehemencia de los años conciliares fueron las pláticas, ¿o habrá que llamarlas sermones? de Monseñor José Manuel Piña Torres, obispo auxiliar de Tepic y Padre Conciliar, desde el púlpito de la catedral tepicense, al regresar de cada una de las cuatro etapas. Las dos primeras las oí como estudiante de preparatoria; las dos siguientes, como alumno del Seminario Diocesano. No fue el río de sus palabras cauce retórico o de aparato, sino flujo que contenía abundante pesca. Por ellas me enteré cómo era débil la postura que sostenía que el latín en la liturgia sustentaba la universalidad de la Iglesia y la firmeza de su doctrina; del cambio de enfoque fundamental sobre la libertad religiosa: algo no de índole política o estadística, sino de respeto a la dignidad y a la conciencia de todo ser humano. Me llamó especialmente la atención su comentario respecto a la actitud condenatoria, tradicional entre los cristianos, al pueblo judío en general siendo que “sólo unos pocos y de aquel tiempo y lugar estuvieron en el dintel del pretorio de Pilatos.” Tengo presente también su insistencia en el estilo de trato pastoral en especial de los pecadores y los alejados. Puso como ejemplo a alguno que se acercara al sacramento de la penitencia después de muchos años: “la acogida hacia él del sacerdote ha de ser delicada y agradecida, pues ha llegado ahí por la acción de la gracia divina y no por la calidad del confesor.”

  2.- Las líneas fuerza del Concilio.

  El Concilio, pues, marcó huella y derrotero imborrables en quienes hemos habitado la gran casa de la Iglesia estas cinco décadas y señaló caminos que no han envejecido. Más que de un bloque de documentos, se trató de un acontecimiento y de un acontecimiento del Espíritu.

  Pienso en algunas de sus secuelas bien definidas: La revelación divina, la expresión de su voluntad de amor y misericordia, desborda el libro de las Escrituras e irrumpe en el mundo como inspiración constante: son “hechos y palabras intrínsecamente ligados.” La palabra ha de ser escuchada con ánimo atento y orante y proclamarse con fidelidad: “Verbum Dei religiose audiens et fidenter proclamans,” dice el documento.

  De ahí que la lectura de los “signos de los tiempos”, es decir, de lo que los acontecimientos de la historia presente dicen a los creyentes como impactos que piden discernimiento, se convierten en incentivos de acción. Pues quien bebe de las fuentes reveladas no puede anquilosarse en una postura cómoda y mediocre o dejar de buscar y encontrar en los cambios y permanencias del mundo sobre todo de índole cultural y de mentalidad las “semillas del Verbo” o su ausencia.

  No se habría llegado a la celebración conciliar sin la sólida estructura del magisterio de Pío XII y de sus encíclicas programáticas “Divino Afflante Spiritu”, “Mystici Corporis” y “Mediator Dei”, frutos a su vez de la paciente renovación bíblica y patrística que ocupó en el silencio de sus cubículos a personas ilustres muchas veces incomprendidas y casi excluidas: el Padre Marie-Joseph Lagrange en la Escuela Bíblica de Jerusalén, los editores de la maravillosa colección patrística “Sources Chrétiennes” y muchos cultivadores de un perseverante y difícil servicio filosófico y teológico a la Iglesia. La Biblioteca de Autores Cristianos (BAC) –“pan de nuestra cultura católica”-- inició con la primera traducción española directa sobre los textos hebreo y griego (de Eloíno Nácar, canónigo de Salamanca y Alberto Colunga, dominico) en  1944. ¡Todo un acontecimiento!

  Hace algunos años, a un alumno del seminario de Tepic que no había tenido oportunidad de hacer el curso de patrística, le pedí que sacara de las notas a pie de página de los documentos conciliares las citas de los Padres de la Iglesia. ¡Me maravillé de la solidez y a la vez de la flexibilidad de esos cimientos de la más sana tradición! Los Padres son dueños de la verdadera prudencia y el equilibrio, legados de la sophrosýne griega y de las máximas del “De senectute” de Cicerón; son maestros vigentes en el trato pastoral de los retos humanos y culturales y consumados artífices del género homilía, conversación fraterna a partir de la luz bíblica.

  El binomio tradición-innovación dio color al hecho del Concilio y sobre esos ejes se integró su mensaje. El tronco recio de la Tradición (escrita con letras mayúsculas) está en la Escritura y la patrística. La innovación –la gran innovación—la prepararon audacias como la del Padre Teilhard de Chardin en su “Fenómeno humano”, su “Medio divino” y sobre todo en sus escritos cortos como la “Misa sobre el mundo”, tan a tono con la espiritualidad del “desierto”, propia de nuestro tiempo.

  En los años de las sesiones conciliares se vivieron tres optimismos que con el tiempo se han matizado: lograr la unidad de los cristianos, aceptar al mundo moderno del que se vieron más sus luces que sus sombras y la colegialidad episcopal, necesario complemento de la reflexión inacabada del Concilio Vaticano I sobre el primado petrino que se abordó con finura y tino. En este último tema no poco desconcierto ha causado  cierto desequilibrio, sobre todo durante el largo pontificado del beato Juan Pablo II en la relación entre las Conferencias Episcopales y la práctica de la Curia romana, así como el surgimiento y avance de liderazgos no colegiales. Estos hechos teológicamente son muy difíciles de justificar.

  En los otros puntos señalados, desde luego, no se podían prever sobre todo en los países de tradición católica, los alcances de la secularización de la cultura y de los relativismos y pragmatismos, ligados a la disminución de las identidades colectivas y la adhesión a creencias comunitarias. Tampoco, especialmente en América Latina, el paso acelerado y desquiciante de una sociedad rural a una urbana y, en el mundo entero, el predominio cada vez más amplio de los medios electrónicos de comunicación–recursos técnicos y psicológicos—como formadores de la cultura dominante de lo efímero y desechable. La concentración de fuerzas espirituales en la lucha contra el comunismo –en México en 1962, ante el temor de la “exportación” del modelo cubano se realizaba con intensidad la campaña “cristianismo sí, comunismo no”-- estorbó para darse cuenta tanto de la pulverización de elementos doctrinales y vivenciales del cristianismo y su reorganización en fragmentos sectarios más o menos coherentes (los “nuevos movimientos religiosos”) y del atractivo para Occidente del budismo, el hinduísmo y sus rasgos místicos. Tardíamente leí y comprendí (en 2001) esto último en el lúcido estudio de Henri de Lubac, “El encuentro del budismo y el Occidente” escrito en 1952.

  Las consecuencias de este desenfoque para las comunidades católicas contemporáneas, poseídas muchas, por desgracia, de una amplia pereza intelectual, ha sido el repliegue de la presencia en los areópagos donde se forja la cultura, el miedo paralizante y la no infrecuente búsqueda de autosatisfacción; todo lo contrario a una Iglesia en constante estado de envío y misión.

    3.- El acercamiento al Concilio, necesidad y aventura.

  Acercarse al acontecimiento y a los documentos del Vaticano II es una necesidad y una aventura.

  Algunos de sus críticos insisten en la provisionalidad de ciertas posturas como en materia de medios de comunicación o de identidad laical. Otros se quejan de encontrar poca sacralidad en las celebraciones litúrgicas, o, en línea contraria, de no haber avanzado al modo anglicano en la aceptación de criterios no tradicionales en materia sexual o de autoridad.

   El acercamiento sincero al Concilio, en realidad, nos introduce en varios verdaderos “vuelcos”, giros o “aventuras” eclesiológicos:

  El primero lleva a que la Iglesia, más que ser vista en su aspecto sociológico y estructural ha de ser observada como misterio –es decir, con elementos visibles e invisibles—a la vez reveladora del misterio de Cristo, de su condición divinohumana y de su envío al servicio de “todas las gentes”. Las consecuencias para la vida de los miembros de este pueblo enviado “en medio de las naciones” miran a que la humildad e incluso la humillación, la pobreza y debilidad son sus verdaderos instrumentos de presencia, no los juegos de poder o las falsas alabanzas y triunfalismos. Esta ha sido la línea, a veces ondulante, del magisterio latinoamericano a partir de Medellín en 1968, reflexión hecha precisamente para aplicar el Concilio.

  El segundo giro apunta a la evangelización y su dimensión más honda y real, consecuencia de la autoconciencia eclesial conciliar, aunque desarrollada más tarde y plasmada en la exhortación apostólica “Evangelii Nuntiandi” de Paulo VI, carta magna de la evangelización. En una descripción magistral, que debería llevarnos a archivar para siempre la falsa eficacia de la “cantidad” y a valorar la profundidad sobre la masificación, dejó claro el instrumental para una tarea cualitativa: “[…] se trata de alcanzar y trasformar, con la fuerza del Evangelio, los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida de la humanidad que están en contraste con el designio de salvación…lo que importa es evangelizar no de una manera decorativa, como un barniz superficial, sino de manera vital, en profundidad y hasta sus mismas raíces la cultura y culturas del hombre.” (Nn. 19 y 20). ¡Qué líneas luminosas surgen para  evaluar y juzgar el valor de los cansancios pastorales y de sus proyectos y realizaciones!

  El tercero, a pesar de ser el primer cambio que se percibió y aceptó, ha sido en su puesta en práctica de manera cotidiana, el menos realizado: la renovación litúrgica.

  Fueron bastantes los años en que, sobre todo en monasterios benedictinos de vieja cepa y en talleres de estudio de medievalistas e historiadores del arte se rescató la convicción de que la liturgia era un ejercicio teológico y teologal, es decir, nacido y conducido por la reflexión sobre la fe y el dinamismo de los sacramentos; que la condición sensible, es decir, no sólo dentro del espacio de la racionalidad sino también en el de la sensibilidad, la dotaba de una dimensión estética que elevaba el papel de los sentidos (la vista, el oído, el  olfato, el gusto, el tacto) para gustar de la belleza, dimensión ineludible de una sana relación con lo sagrado y con Dios encarnado. Así la liturgia tanto en la celebración de los sacramentos como en la oración, el canto y la música (celebración del tiempo sagrado) y la arquitectura y el arte para la elevación del espacio sacro se definió con asombrosa concisión, profundidad y –agrego—emoción. El criterio rector no es “lo bonito” sino la profundidad ontológica que entrelaza lo Bello con lo Bueno y lo Verdadero: “[…] La liturgia [es] el ejercicio del sacerdocio de Jesucristo. En ella los signos sensibles significan y cada uno a su manera realizan la santificación del hombre y así el Cuerpo Místico de Jesucristo, es decir, la Cabeza y sus miembros, ejerce el culto público íntegro. En consecuencia, toda celebración litúrgica, por ser obra de Cristo sacerdote y de su Cuerpo, que es la Iglesia es acción sagrada por excelencia, cuya eficacia, con el mismo título y en el mismo grado, no la iguala ninguna otra acción de la Iglesia.” (Sacrosanctum Concilium, n. 7).

  No necesito abundar en los contrastes, a veces patéticos, entre este precioso ideal y la realidad de nuestras celebraciones, todavía ancladas en las “intenciones” de la misa, las conmemoraciones particulares y la prevalencia de lo ceremonial y rutinario sobre la “novedad” maravillosa de la actualización del misterio de Cristo. Si vamos a la música y al canto, la baja calidad y la ramplonería reinan casi de modo absoluto. El arte está prácticamente ausente y las figuras desechables “hechas en China” suplantan lo que fue y debe seguir siendo imán de oración y gozo espiritual: la verdadera imagen de Cristo y del ser humano: “el que me ve a mí ve al Padre”, le dijo Jesús a Felipe ¿Qué hemos hecho de la creatividad artística que tanto ha aportado a la convivencia civilizada, a “la resistencia a la erosión del tiempo” en la historia del cristianismo?

  Comprendo a quienes buscan recuperar la sacralidad de las celebraciones litúrgicas y ojalá tomáramos en serio las reflexiones recientes en esta materia de Su Santidad Benedicto XVI recordando que la profanidad jamás fue proyecto del Vaticano II. El riesgo de cosificar las celebraciones litúrgicas es riesgo para la vivencia de la fe, pues lex orandi, lex credendi.

  El mismo acercamiento al Concilio nos pide tomar en cuenta con esperanza algunos criterios de discernimiento sobre la vida y doctrina eclesiales: convendrá repasar lo expresado por el Padre Yves Congar en dos de sus obras fundamentales: “Verdadera y falsa reforma de la Iglesia” de 1950 y “La Tradición y las tradiciones” de 1963.

  Además, no podemos dejar en el olvido el contacto permanente con el gran tronco cultural grecolatino que ha forjado, junto con la herencia bíblica, al Occidente cristiano. A partir de las lenguas clásicas, pasando por la literatura dramática, lírica y epopéyica y la estructuración jurídica, se llega a la sabiduría humana de cierta perennidad y apertura. Siguiendo a Ratzinger y a Habermas, no se trata de elegir entre Atenas y Jerusalén, sino de optar por Atenas y Jerusalén. El esfuerzo de diálogo entre la razón y la fe –línea clave del Vaticano I—ha de ser ocupación permanente, sufrimiento y pasión –páthos—hacia la catharsis intelectual y afectiva provocadora de futuro. Si este esfuerzo es tarea de toda la comunidad eclesial lo es especialmente de quienes sirven en el estudio filosófico y teológico. Si bien el sacerdote no es un ministro de lo intelectual, la negligencia en el ejercicio del pensamiento sólido y la suplencia de la formación permanente por los chispazos efímeros de la televisión y los juicios apresurados de las conversaciones frívolas y superficiales son una realidad preocupante en más de un presbiterio y denotan la riesgosa persistencia de la inmadurez humana. El decreto conciliar sobre la formación sacerdotal expone: “[…] Por medio de una formación rectamente ordenada hay que cultivar también en los alumnos la necesaria madurez humana, cuyas principales manifestaciones son la estabilidad de espíritu, la capacidad para tomar prudentes decisiones y la rectitud en el modo de juzgar sobre los acontecimientos y los hombres.”(Optatam totius, n. 11).

  4.- Un nombre propio para el Concilio.

  Para nuestra diócesis de Tepic, el Concilio tiene nombre propio: Don Adolfo Suárez Rivera, obispo de 1971 a 1980. Él, si bien no fue Padre conciliar, encarnó en su formación y en su ministerio el espíritu de tradición e innovación. Dejó claro que a toda estructuración pastoral debe preceder la conciencia de la dimensión trinitaria del apostolado y la conversión personal y comunitaria de los agentes. Que no se trata sólo de suprimir o suplantar sin considerarlo antes en la oración y en el diálogo y buscando  mejorar desde la caridad. Que los miembros de la Iglesia habían de colaborar dentro de la comunidad humana en todo lo que hubiera de bueno, noble y bello.

  Él admiró la actitud humilde que notó en Monseñor Anastasio Hurtado quien con sinceridad le expuso la razón de su renuncia por no considerarse capaz de aplicar el Concilio. Anduvo por los caminos que su antecesor no pudo andar.

  Una semana de septiembre de 1973, la diócesis entera se sumergió en una Jornada de Pastoral guiada por Monseñor Fernando Boulard, pastoralista insigne, pionero y seguidor de las líneas conciliares. Se detectaron los signos de los tiempos de ese momento y se “pensó” la realidad del pueblo encomendado. Ahí se aplicó el Concilio a esta Iglesia particular. Han pasado casi treinta y nueve años; sin duda no todos los signos son los mismos y el ejemplo más claro es la zona de Bahía de Banderas, el estilo crítico y a la vez esperanzado de acceso a la realidad, sin embargo, ha de ser el mismo. Habrá que recuperar lo entonces trabajado y revitalizar, por ejemplo, el sentido dinámico de las zonas pastorales –espacios humanos de reconocimiento de los efectos de los cambios socioeconómicos, políticos y culturales—y de los decanatos, básicamente equipos sacerdotales de impulso pastoral común.

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  A casi cincuenta años del feliz día de la apertura del Concilio Vaticano II conviene --me parece-- en lugar de entonar canciones nostálgicas, pulsar los instrumentos que en la tradición de auténtica reforma de la Iglesia pone a nuestro alcance la tetrafonía de San Ignacio de Loyola, artífice primero de la posibilidad de vivir a un tiempo en la Iglesia y en la modernidad plural y desconcertante: la Sagrada Escritura, el magisterio eclesial, las mociones interiores y la contemplación de las maravillas de la creación. Tener en cuenta que, por encima de todo, el Concilio fue un acontecimiento del Espíritu que representó la confianza en la sabiduría auténtica de la Iglesia y la capacidad de afrontar, desde la Tradición, los retos de la historia. Por ello es fundamental acogerlo en consonancia espiritual, abriendo las puertas del corazón a la gracia divina. Del unísono de esas voces múltiples surgirá nuestra acción de gracias.