HUELLAS DE MEMORIA VIVA

 

Manuel Olimón Nolasco.

Universidad Iberoamericana.- Departamento de Historia.

 

Santa Fe, D.F., 28 de enero de 2009.

Festividad Litúrgica de Santo Tomás de Aquino.

LXVI aniversario de la fundación de la Universidad Iberoamericana

 

Excelencias, Señor Rector, Señoras y Señores:

   Lo que algunos llaman “coincidencia”, nosotros llamamos Providencia.

  No es, pues, coincidencia, que en este tiempo y lugar, de raigambre y tinte académicos, estemos reunidos, en medio de una comunidad generosa, el Señor Obispo Carlos Aguiar, el Padre José Morales y quien ha tomado la palabra.

  Hace algo más de 37 años los mismos tres coincidimos, el hoy Rector de la Universidad Iberoamericana como “maestrillo” jesuita y nosotros como estudiantes de teología, en la providencial institución que le dio impulso y dignidad al lastimado sacerdocio católico mexicano que en el Noreste de Nuevo México, por siglos Septentrión novohispano y mexicano, acogió a quienes, a causa de una libertad educativa negada en la Patria, optaron libremente por formarse allá para dedicarse al servicio de un pueblo que, en su cultura, abrevó y abreva la savia del recio y milenario tronco católico. Me refiero al Seminario Nacional Mexicano de Santa María de Guadalupe, más conocido como el “Seminario de Montezuma” o “Montezuma Seminary.”

  En archivo que en este día, en su versión sin papel ni tinta, entrega Don Carlos en su carácter de Presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano, es de una importancia tal que de la acuciosa pesquisa en su acervo surge una visión distinta, matizada y diferente frente a muchos lugares comunes y juicios superficiales, no por repetidos válidos, de un período denso y dramático de la historia contemporánea del pueblo mexicano. De sus tensiones internas. De lo que pareció una especie de orfandad y silencio después que el General Díaz zarpó en el “Ipiranga” a su destierro parisino y vinieron los titubeos adolescentes de los gobiernos revolucionarios que hicieron sufrir al corazón sensible de la nación. De una faceta inédita de la relación, siempre con rasgos de ambigüedad y paradoja de dos naciones cercanas y casi nunca mutuamente comprendidas: México y Estados Unidos de América.

  Pues el origen del patrimonio que se encierra en el archivo que se deposita aquí, es la ciudad de Washington, capital contrastante, a pesar de los mármoles de sus edificios y de los cerezos que florecen en primavera, de un “poder” que no pocas veces atemoriza y amenaza.

  El matiz, sin embargo, peculiar, de esta documentación no es amenazante ni atemorizante. Su formación a lo largo de más de una década (de 1925 a 1938) la motivó la búsqueda de acuerdo y conciliación. Difíciles tópicos en tiempos agitados, donde la lucidez y el realismo con tonos grises, ha de tomar el lugar de los idealismos iluminados y las posturas radicales.

  Procede este acervo de la sección “Mexican records”, del archivo de la National Catholic Welfare Conference que se conserva en papel en la Catholic University of America en Washington. La mayor parte de sus documentos dan testimonio de la labor paciente de quien fue Secretario General de ese organismo de los obispos estadounidenses de 1921 hasta su muerte en 1936, el Padre John Burke, sacerdote paulista neoyorquino. Su insólita labor diplomática multilateral, se dibuja de cuerpo entero: cómo se opuso sin estridencia a las pretensiones de la Liga Nacional para la Defensa de la Libertad Religiosa de obtener ayuda para defensa armada; cómo en un brumoso Viernes Santo de 1928 se entrevistó en persona con el General Calles en su ¿búnker” de la fortaleza de San Juan de Ulúa cómo trató y logró que el Presidente Roosevelt volteara a ver la situación persecutoria prolongada hacia los católicos mexicanos y cómo, sin volver a México, empujó la distensión que en México ya trabajaban el Presidente Cárdenas y el  arzobispo Luis María Martínez.

  Al mirar del otro lado de las líneas y los papeles, se percibe algo más que sólo una prolongada acción política o incluso de “alta política”: se capta el sabor de la “sal de la tierra” y el brillo de la “la luz del mundo” que, por impulso del Evangelio, han de presentar los discípulos de Jesucristo y que está en la médula de la misión de la Iglesia, solidaria más allá de las fronteras nacionales con las causas más sensibles de la humanidad.

  Si insisto en la singular relevancia que presenta este archivo, es porque he trabajado en él, lo conozco y, gracias al apoyo principal del Instituto Mexicano de Doctrina Social Cristiana, he publicado cinco libros con los resultados, visibles y abiertos de una investigación grata y fructuosa.

  Hoy, pues, la Conferencia del Episcopado Mexicano, que recibió en 1980 ocho rollos de microfilm de parte de la United States Conference of Catholic Bishops para su conocimiento, estudio y difusión, los pone bajo la profesional custodia de la Universidad Iberoamericana, a disposición de los investigadores provenientes, por lo menos, de las especialidades de historia, derecho, relaciones internacionales, ciencias sociales y políticas, comunicación, filosofía y teología. Las tareas que desde esos ángulos diversos se emprendan, enriquecerán sin duda con nuevos resultados interpretativos e inspiradores lo poco ya hecho. Quienes se acerquen podrán asomarse a las huellas de una memoria viva que dará razones para emprender caminos de futuro.

  Estarán de acuerdo conmigo Monseñor Aguiar y el Padre Morales, que este acto de sobria solemnidad se ponga bajo la divisa de la Facultad de Historia Eclesiástica de la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma, en la que estructuré mi corazón y mi mente para ser historiador, tomada de un texto del Papa León XIII al abrir a la investigación los Archivos Vaticanos nos congregue hoy: “Que nadie oiga lo falso ni deje de oír lo verdadero.” Pues la Iglesia no tiene miedo a la voz de la Verdad, que nos hará libres.

  Gracias.