A PROPÓSITO DEL LIBRO: “HISTORIOGRAFÍA REGIONAL DE MÉXICO. SIGLO XX.”

 

Manuel Olimón Nolasco.

Universidad Iberoamericana.- Departamento de Historia.

 

Texto dirigido y dedicado a los alumnos del curso Antigüedad Clásica.

Universidad Iberoamericana. Período Otoño 2009

 

  Al comienzo de los días en que nos fue posible convivir en estos meses teniendo como pretexto y área de conversación la antigüedad clásica, cautivadora desde antes de conocerla, presenté como lectura primera un texto propositivo al que llamé: Puerta abierta al mundo clásico. La utilización del término mundo fue pensada y no casual. Pues mundo es un concepto abierto tanto en el espacio como en el tiempo, apunta en su dinamismo a la superación de límites y estrecheces, a pensar en universos. Envía e invita a encontrar y reconocer vida y comunicación más que frialdad y arqueología. Conecta, al ir descubriendo las facetas diversificadas de ese mundo, con la vibración del ser humano que, en el trazo de una cultura, es decir, de valores, criterios de juicio, puntos determinantes, líneas de pensamiento y modelos de vida, traza con rasgos indelebles un humanismo que, a la manera de aquel mundo, no está condicionado por los límites del espacio y del tiempo y que, sin ser eterno ni menos atemporal, constituye un puente entre generaciones e incentiva el deseo de trasformar y humanizar la realidad circundante.

  Por ello, el estudio que hemos realizado y que ha permitido apenas un ligero asomo a la inmensidad de ese mundo, si bien privilegió –como lo hacen quienes asumen la tarea de incursionar en el tema-- el acercamiento a estudios sobre Grecia y Roma antiguas, no trató de mirar esas realidades a la vez históricas y culturales como esquemas cerrados de comprensión y de propuesta de organización de la vida en sus moldes individuales y sociales y menos como modelos nostálgicos y necesitados de recuperación o de repetición. Tampoco intentó cerrarse a la pluralidad cultural y al mundo donde vivimos, policéntrico y no unitario.

  La lectura, por ejemplo, del texto de Joaquín Antonio Peñalosa, Invitación a los clásicos, nos dejó claro que la noción de clásico está abierta a otras posibilidades de consideración histórica o, más bien dicho, de repaso reflexivo por etapas de cierta densidad como pueden ser el Renacimiento del siglo XVI que no fue solamente repetición bien o mal hecha de modelos pretéritos o de esa edad –los tiempos medievales-- a la que se le calificó de oscura   y en la cual , por el contrario, se revelan patentes claridades. De igual modo, dejó clara la ubicación de la contraposición entre “románticos” y “clásicos”, muy utilizada en las antologías literarias en el siglo XIX y buena parte del XX.

  El paso por los luminosos libros de Edith Hamilton, escritos en esa época del todo especial de la entreguerra (1918-1939) o de la posguerra de 1945 desde un modesto puesto académico en Estados Unidos de América, nos abrió una ancha puerta a ese mundo. Sobre ellos me apoyé e insistí bastante a causa de su capacidad de trascender el lugar de su escritura y dejar claras las huellas de pervivencia de otros tiempos, así como por su calidad pedagógica, demostrada en el hecho de que a pesar del paso de los años siguen editándose, principalmente The Greek Way, traducido al español apenas en fecha reciente. La lectura de esas páginas, sobre todo si la hicimos en el inglés denso y amable en las que fueron escritas, nos dio a conocer que los caminos griego y romano gozan de una flexibilidad tal que el habitante del siglo XX o del XXI encuentra en ellos elementos no ligados a estructuras sólo pertenecientes a la antigüedad considerada como etapa histórica finiquitada.

  El contacto directo con textos de muy diversos géneros literarios, aunque no pudimos gozarlos en su lengua original, si bien hice más de una consideración filológica o etimológica para tener una idea al menos no tan pálida de la riqueza y sonoridad de las lenguas griega y latina y nuestros oídos dieron algunos pasos por el pedregoso y florido campo de esas creaciones idiomáticas –aquel pasaje de las Metamorfosis de Ovidio en el que los hijos de Anfión y Níobe se entrenaban en las lides ecuestres, el otro del difícil lenguaje de Píndaro que mostraba el movimiento festivo de las palmas ofrecidas a los vencedores o el emocionante ambiente humano donde al caer la noche invitado por la reina Dido, Eneas relató el fatum tremendo que cayó sobre Troya y sobre su propio derrotero.

    Los Bucólicos Griegos, percibidos en la traducción rítmica de Don Ignacio Montes de Oca, mexicano de nuestro siglo XIX, nos acercaron a la mirada sobre el campo no de una manera pragmática, es decir, como si se tratara de un lugar para realizar trabajos agrícolas y contribuir a la alimentación de un pueblo, sino al ejercicio de la contemplación de la belleza interior que los contrastes, los tonos, los sonidos del aire, los trinos de los pájaros y los balidos de las ovejas llevan ocultos y que sólo la capacidad emotiva y racional del ser humano es capaz de gozarla. La vibración del corazón humano, manifestado sobre todo en la lírica y la tragedia, líneas de comunicación intemporales, que como auténticas obras de arte son puente entre generaciones y que a decir de Sófocles exponen a la luz al misterio más grande que hay sobre la tierra que es el hombre (anthropos, es decir varón y mujer) quedó delante de nosotros en todo su esplendor al conocer al menos algunas líneas del Agamemnón, perteneciente a la Trilogía de Orestes  u Orestíada de Esquilo en la cual las pasiones humanas, la crueldad y la sangre derramada no pueden ser superadas por la bondad y la entrega y dejan sin embargo un casi imperceptible flujo de deseo de superación ética y una catarsis afectiva sobre todo por la profundidad estética de la presentación y su eco emotivo. Y ya he mencionado a Píndaro, el último aristócrata griego que a pesar de esa condición, la calidad de su palabra es tal, que puede entrar en consonancia con quienes no podemos reconocernos en el ideal aristocrático.

  De la Grecia interiorizada fuimos a la Grecia expuesta al sol y a la impetuosidad del mar: Tucídides y su narración reflexionada de la Guerra del Peloponeso en la que, más que tratar de encontrar héroes y glorias nacionales pretende mostrar a las jóvenes generaciones que las guerras y los litigios bélicos brotan del miedo que se apodera de unos a propósito del poderío y fuerza de otros –auténtico o engañoso-- y que habría que dejar de pensar que las guerras resuelven problemas y contribuyen al mejoramiento de la humanidad.

  Todavía dentro del espacio helénico, leímos un texto completo, pequeño y un tanto desestructurado, pero de interés para la comprensión de ciertos conceptos relativos a la política, entendida como la convivencia en la polis, en la ciudad, entendiendo ésta no bajo la guía de la palabra latina urbs, es decir, los edificios, las calles, las casas, sino como la civitas, o sea, la vida en sociedad de sus habitantes, la línea de una civilización. El texto tocado y leído fue: La Constitución de los Atenienses de Jenofonte.

  Al incursionar después en el mundo romano, tras un repaso rápido por sus etapas históricas y el encuentro con sus leyendas fundacionales, una primitiva: la de Rómulo y Remo, quizá niños expósitos por la negación de su padre que fueron alimentados por una loba (o por una prostituta que llevaba a cuestas ese sobrenombre), dato en cualquiera de los casos de que la ternura no se encierra en límites estructurales y otra muy elaborada de la que hablaremos líneas adelante, nos acercamos por dos vías diferentes y casi encontradas a la realidad romana. La primera, que dejó la impresión de dureza y realismo lejanos a la idealización en que se suelen poner los avances del derecho romano y de la universalidad característica de su línea civilizatoria, nos llevó, de la mano de la Historia de la vida privada a tener la idea de una familia muy distinta de la nuclear y concentrada que tantas veces está en nuestra mente, a apreciar con cierta resistencia prácticas crueles e inhumanas que eran pan cotidiano y a ver, sin embargo, cierto avance a la hora de que la filosofía estoica se introdujo en el centro de las decisiones de configuración de la sociedad.

  Quien pudo seguir con atención la guía que presenté, resumiendo y comentando a Rubén Bonifaz Nuño en su edición mexicana de la Eneida de Virgilio, pudo reconocer la doble trama, o si se prefiere el doble nivel de esa preciosa y larga narración: la legendaria e idealizada de las raíces nobles de Roma, capital del mundo, de su origen y destino representado en el destino del personaje epónimo Eneas, expulsado de Troya, que no pudo quedarse en Cartago, fue fundador de ciudades y no explorador errante, en un nivel y la de los seres humanos de entonces y de ahora en su itinerario vital poblado de dudas, deseos, espejismos y tentaciones pero necesitados de explorar en su interior y en los signos que se encuentran a su alrededor, por encima y por debajo de ellos, el trazo de su vocación única e irrepetible, de su misión a realizar, que será la única que hará que llegue a anidar en el corazón una felicidad que nadie puede arrebatar.

  Sin habernos detenido mucho, nos percatamos de la forma de presentar, a la manera de historia, pero con características que penetran más que en las conciencias e intenciones como en el caso de Tucídides el griego en las líneas externas de una conquista militar o de una intriga política, aludiendo a dos obras monumentales atribuidas a Julio César: La guerra de las Galias y La Guerra Civil que, además de poderse estudiar en su contexto temporal, pueden ser objeto de estudio como modelos de narraciones de estrategia política y militar tomadas así en tiempos cercanos a los nuestros por Winston Churchill y  Charles de Gaulle. En el espejo de Julio César, además de los mencionados, trataron de verse o de ser vistos por algunos de sus aduladores, por lo menos Carlomagno, Carlos V, Hernán Cortés, Francisco Pizarro y Napoleón Bonaparte: los vocablos César, aplicado a Carlos de España y Alemania y los de Kaiser y Czar, en alemán y ruso respectivamente, se aplicaron a los emperadores de Austria, Alemania y Rusia. Modelo y clásico sin duda la versión que Julio César expuso de sus empresas fuera y dentro de Roma: las guerras de conquista para la expansión del imperio y las rencillas por el poder político transformadas en lucha armada, civil, es decir, entre compatriotas y hermanos, la forma más dolorosa de guerra en todos los tiempos.

  Le dedicamos alguna hora a lo que llamé la reflexión sapiencial, o sea, no propiamente a la filosofía, sino a la expresión de la sabiduría, popular o elevada, teniendo a la mano algunos ejemplos de Cicerón y de Séneca y a propósito del primero, también consideramos el asunto del orden jurídico romano, de la oratoria y retórica como  técnica persuasiva pero sobre todo como formación de las personas.

  Por último –last but not least—intentamos una mirada sobre lo que los historiadores llaman la antigüedad tardía en la que, haciendo a un lado la consideración (que podría hacerse pero la tengo más por erudita que útil o formativa acerca de si se trató de una época de decadencia, de formación de algo nuevo o de simple “transición”), por medio de tres confrontaciones ante las que se encontró el cristianismo naciente como doctrina pero sobre todo como forma de vida, considerada superstitio nova et malefica por los juristas romanos de la hora: la primera en el plano religioso con el judaísmo, la segunda en el plano de la racionalidad y la vida intelectual con el helenismo y la tercera en el plano de la estructuración jurídica y de la convivencia social con las instituciones romanas. Los cristianos, ya no identificables como una secta judía pero resistentes como los judíos a la religión oficial del imperio y abiertos a la universalidad en los siglos del II al IV se insertaron con dificultad en un contexto difícil y mostraron a la vez su singularidad y se apertura.

  Las jornadas que emprendimos en estos pocos meses nos llevaron –así lo creo-- a tocar con la mano, a pensar con la mente y a sentir con el corazón, las raíces fundacionales de Occidente, entidad cultural de grandes dimensiones y de diversidad interior extensísima y abierta a la que nuestra historia como mexicanos nos ha conectado y conecta. Sólo un apátrida o un  ciudadano posmoderno anclado a la necedad de que no es posible conocer o sostener nada con seguridad y que la verdad es más un invertebrado que la búsqueda incesante de la columna vertebral de toda civilización llevando en la mano la lámpara de las convicciones que se hicieron modélicas siglos atrás, podrá sentirse ajeno a este horizonte fascinante. De la matriz cultural de Occidente nadie  ha expulsado a los mexicanos.

 

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    Lo anterior fue lo que, escogiendo entre centenares de posibilidades, puse a la consideración de los participantes en este breve curso. No intenté establecer contacto con monumentos arqueológicos, con muertos ilustres o con civilizaciones en ruinas, tampoco con un seguimiento cronológico desprovisto de sabor y color, sino con las huellas del espíritu humano –y la humanidad es radicalmente una aunque se exprese en pluralidad temporal y espacial—en el corazón de esa realidad que está en nuestro pasado pero apunta al porvenir. Por eso al mundo clásico no pude ni puedo considerarlo solamente materia de especulación académica especializada o humo remanente de fuegos pasados. Y en nuestra universidad, cuya vocación humanista y cuya inspiración cristiana no pueden ser meras etiquetas, la dedicación de varias semanas a incursionar por la antigüedad clásica no ha de estar –y de ello estoy convencido—sólo cobijado por el signo de la información, sino de la formación. No a manera de imposición doctoral y dogmática sino de proposición o propuesta, impulsada en este caso por mi palabra y presencia a la capacidad más que receptiva reflexiva, de quienes quieren ser historiadores en la plena y bella acepción de la palabra y no filólogos o aprendices de citas eruditas.

  Teniendo en cuenta lo antes afirmado, la asistencia a una conferencia dada en nuestras aulas el 19 de noviembre por el Profesor François Hartog de L’École d’Hautes Études de París, no pudo sino llevarme a la perplejidad y a la necesidad de mostrar inconformidad con  buen número de afirmaciones procedentes de una actitud minimalista, hegemónica y en algunos puntos ignorante. Considero que esta manera de proceder es inadecuada, pero la organización de esa conferencia en forma de presentación magistral y no en medio de un diálogo académico más a la altura de nuestro ámbito universitario, quizá como mesa redonda “entre pares” con  nuestros académicos, sólo permite esta expresión inadecuada. No dejo de considerar los méritos que en los libros suyos que he conocido, El espejo de Herodoto (Le miroir d’Hérodote),[1] Regímenes de Historicidad[2]  y la coordinación (junto con Pauline Schmitt y Alain Schnapp) del texto colectivo Pierre Vidal-Naquet: un historien dans la cité,[3] ha hecho y lo ha situado en un lugar especial. A Vidal-Naquet lo conocimos como fuente para el estudio Níobe trágica  que tuvimos delante en los inicios del curso. El Espejo, al menos en el capítulo que más me llamó la atención: Una retórica de la alteridad, [4] merece ser discutido y ser tomado como punto de partida para llegar a conclusiones no necesariamente coincidentes con las del escritor.

  Desgloso lo dicho con un acercamiento no exhaustivo sino indicativo:

  Minimalista en cuanto a que su lugar social, Francia, la Escuela de Altos Estudios, el sistema francés oficial de enseñanza superior, los presupuestos económicos y los programas profesionales de ese sistema dominado por algo como la cuestión de los saberes prácticos o aplicables, le hizo percibir la amplitud del mundo clásico bajo la óptica de los estudios clásicos en Francia. De esa manera, es evidente que el número de estudiosos de “los clásicos” y de las “lenguas clásicas” es menor que hace algunas décadas y a nadie debe sorprender que disminuya más en los años venideros. La insistencia en que el inglés es en la actualidad una especie de lingua franca no puede ser comparable con la apertura no sólo de las lenguas sino de las culturas clásicas: la griega y romana, desde luego, pero no únicamente ellas, sino también las “nacionales,” las sedimentadas y las marginales. El inglés, ¿en qué sentido es vehículo de cultura profunda? El corte de tajo de las lenguas vernáculas en territorio francés como política homogeneizadora revolucionaria y bonapartista condiciona una visión que debería y podría ser más abierta. El reduccionismo con que Hartog identificó al “helenista” con el que habla griego y al “latinista” como el que sabe latín, no resiste el análisis aunque sea superficial, pues lo “helénico” desborda con largueza las letras de su alfabeto y sus combinaciones y no se requiere en realidad saber griego para poder apreciar lo helénico e incluso para ser helenista, como surgió a la evidencia en nuestro curso. De igual manera, la comparación hecha entre el cultivo de las lenguas clásicas occidentales y el estudio del acádico y el sumerio tampoco resiste el análisis, pues estas últimas no tienen un vínculo con la cultura contemporánea aun poniéndole a ésta los adjetivos de ilustrada, moderna o posmoderna y lo procedente de Grecia y Roma, aunque sea para negarlo, está presente.

  El Profesor Hartog, después de dar un repaso sobre el dilema si los estudios clásicos eran más o menos que una disciplina, título orientativo de su intervención y de preguntarse acerca del valor en sí mismo de ellos y de la existencia de una comunidad mundial de cultivadores de la especialidad, se detuvo casi como a modo de conclusión en que detrás del acercamiento a los estudios clásicos se encontraba una concepción de la sociedad, una forma de ejercicio del poder y, en pocas palabras, una hegemonía. De esta forma, pareció encerrar en una cápsula a la que se puede o no acceder no sólo los estudios clásicos sino, me parece, a los clásicos mismos, considerándolos en plena obsolescencia. Sin embargo, creo haber encontrado la expresión precisamente de un intento hegemónico en esa negación de validez de lo clásico dentro y fuera de la edificación de las culturas. La base de algunas afirmaciones como la semántica de la palabra clásico en diccionarios franceses de los siglos XVII y XVIII incluida la famosa Encyclopedie y el acercamiento etimológico al vocablo latino classis en una sola de sus acepciones (la de clase (social) apta para ser gravada con impuestos) y no a la que nos mostró Peñalosa (classis como armada, como conjunto de barcos, es decir con dinamismo y movilidad) pudo servir para su estrecho objetivo pero deja planteadas muchas preguntas y la necesidad de mayor profundidad en el estudio. Las acepciones de “bons auteurs”, demasiado imprecisa y de “los autores que se leen en clase”, más bien ingenua, son aún más estrechas y con muy poca trascendencia. En una palabra, en lo antes dicho y en la comparación que hizo entre el acercamiento alemán y francés a lo griego en el siglo XIX, lo que salió a la superficie es una postura de hegemonía francesa, no por común y difundida, aceptable sin cuestionamientos. Todavía existe, como se ve, el francocentrismo académico al que podría reconocerse con un término del pasado: galicanismo.

  Lo que he llamado actitud ignorante no intenta calificar a la persona, pues es evidente que en este caso no se trata de un ignorante sino de un erudito. No obstante, en quien asume una actitud minimalista y hegemónica suele darse la exclusión de datos que pueden ser relevantes, la búsqueda limitada de elementos que llevarían a una postura más matizada hacia el objeto de charla o escrito y a errar en algunas cuestiones que han sido estudiadas en ámbitos fuera del lugar social de quien expone.

  En concreto, más de una vez, Hartog insistió en que en determinadas épocas históricas ha habido imitación (e incluso lo dijo en latín: imitatio) del modelo griego. Así, por ejemplo, Roma copió a Grecia (sic). Es imposible sostener esa afirmación con la contundencia expresada. Los humanistas italianos (siglos XV y XVI) –se afirmó-- trataron también de imitar e incluso de refundar (réfonder) Roma en un intento visto más bien por el conferencista como externo y erudito y no como insertable en la cultura entonces contemporánea. La liga que propuso entre Petrarca y Montaigne sobre la belleza de “las ruinas de Roma” merecería ser profundizada para ver si es posible encontrar, más allá del acceso estético, la posibilidad de encuentro con una línea de visión ética. También en la presentación se insistió en el dilema entre ser antiguo y ser moderno que, a mi parecer, no tiene aplicación en este caso o habría que profundizarlo, pues lo auténticamente clásico puede –como lo hemos visto con amplitud de ejemplos y referencias—trascender esos límites que, en realidad, son puestos por intelectuales representativos y no por las realidades mismas.

  A la hora de revisar los apuntes hechos en la conferencia aquí referida, se me vino a la memoria y ahora a mis dedos una digresión: la labor de los humanistas mexicanos conocidos (los desconocidos podrían ser muchos más) de la época virreinal que no pueden dejar de ser mencionados sin injusticia si no en toda plática o escrito de esta índole sí en algún momento del currículum del aspirante a historiador. Ellos presentan no una imitatio erudita y para unos cuantos, sino la inculturación en un medio diferente pero finalmente humano del ímpetu clásico. Los trabajos realizados por Joaquín García Icazbalceta, los hermanos Gabriel y Alfonso Méndez Plancarte y después sobre todo por los miembros del Centro de Estudios Clásicos de la UNAM, nos han entregado un caudal no de imitadores sino de creadores alternos siguiendo el modelo principalmente latino. Tenemos: de Francisco Cervantes de Salazar sus Diálogos latinos de 1554 sobre el modelo de Luis Vives que inserta a la ciudad de México en la cultura occidental; a Bernardo de Balbuena en 1602 con su Grandeza Mexicana que, en lengua castellana se acerca al estilo de Petrarca y de Camoens, en sus propios idiomas romances. El Poema Heroico (De Deo homineque heroica) de Diego José Abad, comparable en la calidad de su lengua y en la profundidad de su pensamiento con la Eneida. La Rusticatio Mexicana de Rafael Landívar, limpia epopeya bucólica. La Californiada (Californiados Carmen) de José de Iturriaga que canta, al modo de los poemas épicos, la conquista espiritual de las Californias. Y más… ¿No podríamos dedicarles a ellos tiempo fructífero?

  Sin embargo –y vuelvo a decir last but not least—es el paso de largo por la huella indeleble de la herencia cristiana de Occidente, común en muchos intelectuales y políticos europeos actuales pero injustificado, la ignorancia mayor que mostró el conferencista. Aunque no faltará quien me diga que “no era su tema” o que solamente pretendía repetir páginas que redactó en Francia (esto último haría ese paso de largo aún más injustificado), ambas suposiciones no invalidan este comentario. A la manera de quienes hicieron una redacción preliminar de la Constitución Europea, para Hartog la inculturación cristiana y también, no hay que soslayarlo, judía e islámica de la cultura clásica no existió: de la antigüedad se salta al humanismo renacentista, de ahí a la ilustración y luego al pluralismo moderno y posmoderno. Junto a Atenas y Roma –lo afirmaría cualquier conocedor de la historia de por lo menos dos milenios-- han estado presentes Jerusalén y Belén.

  Dejo en paz a François Hartog y su intervención en nuestras aulas y paso adelante.

  El Papa Juan Pablo II y  su sucesor Benedicto XVI aun antes de ser Papa, este último en un diálogo de alto interés con el filósofo Jürgen Habermas y en un discurso ante el Parlamento Italiano, han señalado la responsabilidad que principalmente los intelectuales tienen sobre la ignorancia afectada --una especie de “conspiración del silencio”-- hacia las raíces cristianas de Europa y Occidente para la misma construcción del mundo en el que vivimos y de su humanización.

  Una débil seña se hizo en la firma del “Tratado de Lisboa” el 13 de diciembre de 2007 que entrará en vigor el 1 de diciembre de 2009, en el claustro del monasterio de los Jerónimos de esa ciudad. que apunta a esas raíces de forma indudable. Si esta seña se hubiera hecho en la Acrópolis de Atenas o en el Foro Romano, habría sido en medio de ruinas. Si hubiera sido al cobijo del Arc de la Défense parisino, indicador arquitectónico que al poder alojar en su interior la Catedral de París pretende considerar a ésta signo vacío y sólo monumental, habría sido ese escenario y no Notre Dame el auténtico signo vacío.

  Cito, antes de cerrar estas líneas como elemento reflexivo a Habermas en su lúcido texto Israel o Atenas: “[…] Sin [la] infiltración de ideas de origen genuinamente judaico y cristiano en la metafísica griega no hubiéramos podido constituir aquel entramado de conceptos específicamente modernos que convergen en un concepto de razón a la vez comunicativa e históricamente situada. Pienso en el concepto de libertad subjetiva y en la exigencia de igual respeto para todos y cada uno, incluso y precisamente para aquel que por su particularidad y su diferencia nos resulta más ajeno. Pienso en el concepto de autonomía, de una autovinculación de la voluntad en virtud de una intelección moral que depende de relaciones de reconocimiento recíproco. Pienso en el concepto de un sujeto socializado que se individualiza a lo largo de su vida y que como individuo insustituible es al mismo tiempo miembro de una comunidad, es decir, sólo puede llevar una auténtica vida propia en convivencia solidaria con los otros. Pienso en el concepto de liberación, tanto en el sentido de emancipación de condiciones humillantes como en el sentido de proyecto utópico de una forma de vida lograda. La irrupción del pensamiento histórico en la filosofía ha propiciado finalmente la comprensión de que el tiempo vital tiene fijado su propio plazo de vencimiento, nos ha hecho conscientes de la estructura narrativa de la historia en la que nos vemos envueltos así como del carácter sobrevenido de todo aquello que nos acontece. A ello debe añadirse también la consciencia de la falibilidad de la mente humana y de la contingencia de las condiciones bajo las cuales ésta sigue sosteniendo todavía pretensiones incondicionadas.”[5]

  Ojalá estas páginas contribuyan a considerar la vocación y el ejercicio de la labor de estudioso de la historia no como el cultivo de una disciplina ultraespecializada, como la pertenencia a un grupo privilegiado de eruditos que dialogan entre ellos con satisfacción o como filólogos que le rinden culto a las palabras sin contenido conceptual y que dialogan con los muertos como si ellos mismos estuvieran muertos. En medio del pueblo mexicano con sus carencias, sus preguntas y la generosidad radicada en su corazón, que merece el pan de la sabiduría y la ciencia, respuestas y compromiso, sólo puede tener la frente en alto el historiador que vive como servidor del futuro que es de este pueblo y, por consiguiente, nuestro. Sólo en ésta y no en otra forma, con éstas y no otras perspectivas, creo que vale la pena bucear en el mar inmenso de la antigüedad clásica y dar con su carga de frutos nutritivos y sabrosos.

 

Santa Fe, D. F., 27 de noviembre de 2009.


 

[1] Traducción al español: Fondo de Cultura Económica, México 2003.

[2] Traducción al español: Universidad Iberoamericana-Departamento de Historia, México 2007.

[3] Eds. La Découverte, Paris 1998.

[4] Pp. 207-245.

[5] Edición en español, Trotta, Madrid 2001, p. 175.