LA HISTORIA A MI LADO

 

Manuel Olimón Nolasco.

Universidad Iberoamericana.- Departamento de Historia.

 

Santa Fe, D.F., 8 de enero de 2009

 

   Nítida verdad es la que dejo plasmada en el título de estas líneas.

   Pues si algo ha estado a mi lado, es decir, al alcance de mi mano, desde, por lo menos, mis años de la escuela primaria, es la HISTORIA.

   La historia, en primer lugar, como relato, como narración que trata de reproducir todos los matices de una realidad remota tal como ha sido captada por una o por muchas sensibilidades humanas de tal manera que han construido una tradición, una raíz cultural que se ha trasmitido por varios caminos y en varias versiones. Escuchar relatos, oír narraciones y poco más adelante leer cuentos, fueron parte muy importante de mi niñez, una niñez pretelevisiva,  en Tepic, Nayarit, lugar que por muchos años fue, y en cierta forma sigue siendo, marginal tanto en el espacio como en el tiempo. Ahí estaban vivas, por ejemplo, consejas que daban forma, exactamente en contra de la historia “oficial” que lo consideró con simpleza “bandido” y “bárbaro” y lo descalificó como “conservador” e “imperialista” y por ello malo a Manuel Lozada como un héroe popular en la convulsa segunda parte del siglo XIX: oí muchas veces que en una serranía cercana a Tepic se encontraba “la cueva de Lozada” en la que, desde luego, se escondía un tesoro de mucho valor, nunca encontrado. Fui descubriendo que detrás de esos relatos se anidaba el intento de dar fundamento a una difícil identidad nayarita que tenía que definirse sobre todo frente a Jalisco y Guadalajara, la natural metrópoli que muy atrás, en el siglo XVI, había desplazado a Compostela de Indias, efímera capital de la Nueva Galicia.

  También me enteré de historias marginales que, por ejemplo, hacían referencia al paso de los revolucionarios constitucionalistas por la capital del territorio federal de Tepic encabezados por Obregón y Buelna en 1914: cómo unos de entre ellos habían puesto a pastar a sus caballos en la milagrosa “cruz de zacate” la cual, de acuerdo a una versión, produjo espanto en los animales que se alejaron de ella o, según la otra, el pasto que había sido consumido por los corceles reverdeció en poco tiempo guardando la forma de la cruz que siempre ha tenido. Igualmente, según escuché, Obregón encarceló a su paso por Tepic a su obispo, Don Andrés Segura, acusándolo de ser colaboracionista de Huerta. La leyenda fue más adelante: según ésta, Obregón despojó al prelado de su anillo y se lo puso en uno de sus dedos. ¿Qué habría de extraño que el poder divino, mediante el cañonazo de Celaya, le hubiera amputado precisamente el brazo portador del anillo, haciendo caer sobre el militar un castigo a la altura de su audacia sacrílega?

  Narraciones de identidad y de destino, arraigadas en un girón pequeño de nuestra gran patria fueron esas y otras, sin duda.

  Pero mi fascinación por la historia conscientemente recordada, se fue integrando a partir de los relatos que la “Seño Lola”, maestra de tercer año de primaria, hilaba en su clase y que pusieron en mi imaginación, entre otras realidades, la peregrinación de los aztecas para fundar la ciudad sobre el lago, los complejos antecedentes y el viaje descubridor de Cristóbal Colón y la gesta de Hernán Cortés al penetrar el corazón de la civilización mexica. No dudo que entonces se entretejieron los primeros hilos de mi vocación de historiador.

  A lo largo de la secundaria y la preparatoria, cursadas también en Tepic, siguió estando la historia a mi lado y fueron muchas, aunque desordenadas, mis lecturas sobre el tema, a las que uní las que ampliaron mi conocimiento de la geografía, auxiliado por mi afición a coleccionar estampillas postales de todas las regiones del mundo y buscar por las tardes en un radio de onda corta, trasmisiones procedentes también de muy distintos países.

  Al terminar la preparatoria mi padre me obsequió una cantidad de dinero de cierta importancia (500 pesos de los de 1964) para comprar libros: encargué por correo a la Real Academia de la Lengua en Madrid el “Diccionario” y algunas publicaciones más y en un viaje a México adquirí las “Apuntaciones críticas al lenguaje bogotano” de Don Rufino José Cuervo, la “Gramática histórica española” de Don Ramón Menéndez Pidal y las siguientes obras históricas: la primera edición del “Diccionario Porrúa de Historia, Geografía y Biografía de México”, “Tesoros documentales de México” del Padre Mariano Cuevas y la edición de 1944 de la “Maravillosa reducción y conquista del Nayarit” del jesuita del siglo XVIII, José Ortega. Esas obras, bifurcadas hacia las letras y la historia fueron la base de mi biblioteca y las considero también la base de mi destino intelectual, de mi gozo y casi pasión de leer y de escribir. Un exceso de entonces me llevó a mi primera publicación: leí completo (de la A a la Z) el “Diccionario Porrúa” y fui anotando en un cuaderno los puntos que consideraba corregibles en éste o aquél artículo. Los pasé a máquina y se los envié, junto con una carta, al Padre Ángel María Garibay, que había coordinado la edición. A los pocos días me llegó la respuesta de la editorial acompañada de un documento de cesión de mis derechos de autor y: ¡un cheque por 300 pesos! En el “Suplemento”, publicado en 1966, aparecieron mis “correcciones.”

   Para esa fecha había ya terminado dos años de estudios humanísticos (sobre todo griego, latín, literaturas y religión) en el Seminario Diocesano de Tepic y me trasladé al Seminario Nacional Mexicano en Montezuma, Nuevo México, institución providencial de calidad para la formación del clero mexicano encomendado a los jesuitas. Ahí me encontré con una formidable biblioteca, con la lectura al estilo monástico de obras históricas a la hora de las comidas (la “Historia de los Papas” de Ludwig von Pastor, la “Historia de la Iglesia en México” de Mariano Cuevas”) y con un historiador “de carne y hueso”: el Padre Luis Medina Ascencio. Él fue el primero que me habló de unos temas de los que entonces nadie hablaba: los cristeros, el Padre Pro, los arreglos de 1929, la “mártir de Coyoacán” y ciertas controversias entre los viejos jesuitas sobre esas cuestiones.

  Durante mis años de filosofía y teología, leí historia antigua, medieval, moderna, algunos textos patrísticos que me fascinaron y me adentré en la historia que estuvo ahora mucho más a mi lado. El trabajo científico para obtener el bachillerato en filosofía y ciencias, para el que me acompañó Medina Ascencio lo hice sobre Fray Alonso de la Vera Cruz, “Maestro de la Nueva España en el siglo XVI”. Cuando en 1972 nos visitó nuestro obispo de Tepic, Don Adolfo Suárez Rivera y preguntó acerca de si deseábamos hacer algún estudio posterior a la teología, no dudé en decirle que ¡quería estudiar historia!

  De esta manera, en 1974, ya ordenado sacerdote, me asenté en Roma, ciudad espléndida, como colegial del Pío Latinoamericano y realicé mis estudios profesionales de Licenciatura especializada en la Facultad de Historia Eclesiástica de la Pontificia Universidad Gregoriana, donde me gradué en 1976. Pasaron por mis ojos estos dos formidables años cursos sólidos y lecturas interesantes que me anclaron en serio en la historia y materias al parecer extravagantes pero formadoras como la archivística, la biblioteconomía, la paleografía, la diplomática, la ecdótica y otras que en la actualidad están ausentes en la formación de los jóvenes historiadores, lo que me parece extraño. Ahí quedé, según creo, si no hecho un historiador, apto al menos de manera inicial para enseñar e investigar temas históricos.

  De hecho he sido profesor de historia desde entonces en el Seminario de Tepic, en la Universidad Pontificia de México a partir de su fundación en 1982 y desde 2003 en la Universidad Iberoamericana donde seguí además los cursos para el doctorado y presenté la tesis correspondiente en 2005. El testimonio positivo de cientos de alumnos sobre mi participación me ha alentado y me sigue alentando.

   Sin embargo, a la hora en que más bien me he sentido es cuando me he puesto a hurgar en bibliotecas y archivos para integrar algún artículo o quizá un libro.

  Circunstancias históricas de México, no el gusto y menos el azar, me llevaron a dedicarle mucho tiempo a la temática de las relaciones entre la Iglesia, el Estado y el pueblo mexicanos. Fue Monseñor Suárez Rivera, sobre todo a lo largo de su gestión como Presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano (1988-1994) quien me puso a trabajar en esa línea que rindió frutos –modestos pero frutos-- en el cambio constitucional que tuvo lugar en 1991 y las relaciones diplomáticas con la Santa Sede que no consideré otra cosa sino el pago de una vieja deuda del Estado revolucionario al pueblo de México. Además de lo que escribí en esas fechas en revistas, periódicos y libros y de las abundantes participaciones en foros, la mayor satisfacción que me vino fue haber coordinado los trabajos para que de noviembre de 1993 a febrero de 1994 se presentara en el Colegio de San Ildefonso de la ciudad de México la luminosa exposición “Arte y cultura de dos milenios. Tesoros artísticos del Vaticano.” Con ella no sólo se realizó el primer acuerdo internacional con la Santa Sede sino que se abrió una posibilidad inmensa, por desgracia muy poco aprovechada después, de un diálogo de altura con la herencia cultural cristiana sin la que no se entienden nuestras raíces en Occidente ni muchas razones para vivir con esperanza aun en medio de tiempos de tormentas.

  Por ahí han ido mis trabajos posteriores, metiéndome con cierta temeridad a la historia del arte salpicándola de una pizca de teología hasta que por fin pude dedicarle tiempo a una obra en la que pensé durante mucho tiempo y que resultó en cinco libros: la revisión del valioso archivo de la National Catholic Welfare Conference de Washington que da a conocer perfiles inéditos del largo conflicto religioso mexicano de 1926 a 1938 y su solución. Sus nombres: “Diplomacia insólita. El conflicto religiosos en México y las negociaciones cupulares (1926-1929)”, “Paz a medias. El ‘modus vivendi’ entre la Iglesia y el Estado y su crisis (1929-1931)”, “Confrontación extrema. El quebranto del ‘modus vivendi’ (1931-1933)”, “Asalto a las conciencias. Educación, política y opinión pública (1934-1935)” y “Hacia un país diferente. El difícil camino hacia un modus vivendi estable (1935-1938)”, que fueron publicados por el  Instituto Mexicano de Doctrina Social Cristiana en 2007 y 2008.

  En general, los efectos de mis tareas me han traído satisfacciones, incluso grandes satisfacciones. La excepción fue mi encuentro con la falta de calidad humana, la ignorancia y el autoritarismo unidos en torno a la peregrina idea de canonizar a Juan Diego, historizando a un personaje de indudable raigambre cultural y literaria, mas no persona histórica. La honestidad intelectual y mi adhesión a la pureza de la fe me enfrentaron tristemente no con argumentos serios o hipótesis atendibles, sino con los antivalores indicados.

  Concluyo.

  Para mí la historia, pues, más que técnica, método, artesanía o ciencia, ha sido tensión feliz entre la curiosidad, la búsqueda y el encuentro, el maravilloso “¡eureka!” Ha sido vivencia cotidiana en un campo de cultivo grandioso y amplio que espero seguir roturando mientras tenga fuerzas.