UN SEGUNDO ACTO DE ESPERANZA

 

Bendición e inauguración del nuevo edificio para la Universidad Nueva Galicia

Tepic, 23 de julio de 2011

 

Señoras y Señores:

     Oportunidad que valoro y agradezco es la del día de hoy: dirigir la palabra a ustedes, involucrados en el proyecto y en la realidad de la Universidad Nueva Galicia.

  Agradezco y valoro de modo especial esta invitación, pues me permite en este momento de nuevo lanzamiento, revisar y de algún modo reiterar lo que expresé con amplitud el 18 de agosto de 2005, día en que, como un “acto de esperanza”, abrió sus puertas esta institución. Hago, pues, con ustedes, un segundo acto de esperanza.

  La universidad, a fin de responder a su vocación y no confundirse con otros centros de enseñanza o de convivencia humana, no ha de perder de vista que está inmersa en una civilización y una cultura arraigada en memoria y tradiciones mas siempre en movimiento. Que está invitada a formar desde ahí, una comunidad que piensa, valora y decide en el ámbito pacífico de la libertad responsable de cátedra y con la legítima autonomía frente a los poderes políticos, económicos e ideológicos. No puede haber para ella ningún tema vedado o soslayado. Una verdadera universidad, por tanto, no es sólo una escuela superior, una tercera etapa de traslado de conocimientos y habilidades, sino un laboratorio creativo de saberes que llevan a compromisos vitales. Un verdadero universitario (y esta cualidad la llevan los egresados más que los estudiantes temporales) es alguien que tiene confianza en la razón y reconoce sus límites, escucha antes de hablar y trata de comprender antes de juzgar. En la universidad, por tanto, se formulan preguntas y se supera la “impresión” momentánea e irreflexiva. Se equilibran las experiencias locales y las globales, la tradición y la innovación, la superación personal competitiva y el servicio desinteresado al prójimo. Universitario que no sea crítico frente a lo que ve y oye, que sea conformista y acomodaticio simplemente no es universitario.

  Esta universidad, pues, ha de confrontar con creatividad día a día sus derroteros de identidad, su personalidad propia y su diferencia con otras instituciones. Por ello no es vano preguntarnos acerca de los resultados y las tendencias de su “impacto al desarrollo” de nuestra región, señalado por el Señor Rector como línea definitoria. Y el “desarrollo”, de acuerdo a la invaluable descripción del Papa Paulo VI en Populorum Progressio, “[…] no se reduce al simple crecimiento económico. Para ser auténtico debe ser integral, es decir, promover a todos los hombres y a todo el hombre… ‘No aceptamos la separación de la economía de lo humano, del desarrollo de las civilizaciones en que está inscrita.’”[1]

  Hace cerca de seis años dije y ahora lo expreso de nuevo: “[…] en Nayarit no podemos conformarnos con un proyecto universitario –usando lenguaje futbolístico—de segunda o tercera división.” Es tiempo de realizar algo que deje huella: un ámbito libre donde se piense al estilo universitario, es decir, aceptando la complejidad de la vida en sociedad y su problemática trayendo a la mente, al corazón y a las manos (es decir, con el pensamiento, la emoción y la acción), la singularidad de la región y los signos y retos que presentan los tiempos. Y ello no sólo en la inmediatez de algunos años de mayor densidad política --en realidad muy poco democráticos y vergonzosamente costosos-- sino en la larga duración de procesos que afectan a varias generaciones y que parecen no tener fin: la pobreza y la falta de trabajo, el deterioro de los espacios vitales, la corrupción en la impartición de la justicia, la poca calidad de la educación; el imperio del alcohol, las drogas y su tráfico, la violencia irracional. Todo ello visto desde las consecuencias de deshumanización que acarrean.

  El remedio no está sólo en la universidad, desde luego. Pero sí el reflejo en su conciencia y en el impulso al compromiso de maestros y estudiantes, con proyección y no con lamentos: “[…] conocer la verdad y aprender a hacer el bien con la verdad conocida.”[2] No basta “dar clases”, “producir” egresados y recibir certificaciones; es indispensable realizar investigaciones y facilitar espacios de diálogo que enlacen la academia con las necesidades reales de la comunidad en la que vibra su espíritu.

  Pasado ya en casi todas partes el tiempo de la idolatría de la técnica, se habla mucho de humanismo y de valores. Estos términos, sin embargo, como otros de gran peso: amor, libertad, paz, de tan repetidos, corren el riesgo de perder su sustancia y su peso de responsabilidad. No dudo que esta universidad deba ser humanista y forjadora de valores, invito, no obstante, a que defina en concreto el cómo y el por qué de ello en un ideario que impacte y motive a la perseverancia.

  “[…] Una universidad no es tal –reitero-- si silencia lo inhumano de la actual abundancia global…mas no basta denunciar la pobreza, la injusticia o el deterioro del medio ambiente. Hace falta hacerlo universitariamente, con sabiduría espiritual y el cultivo de los saberes necesarios para construir nuevas realidades más justas y más humanas…necesitamos una universidad que en la formación de los jóvenes, en sus investigaciones y en su voz en la sociedad, se distinga por su conexión con las legítimas aspiraciones de los pobres, al mismo tiempo que hace de puente con el mundo empresarial y con la gestión pública, a fin de construir una sociedad inclusiva con oportunidades de vida digna.”[3]

  Nomen est omen, dice un adagio latino: el nombre es una carga y un destino. Nueva Galicia se llamó esta región, más amplia que Nayarit y Jalisco por más de tres siglos. Este es el nombre de nuestra universidad. Ya en 1592 había en San Pedro Lagunillas un distinguido universitario, humanista insigne, el primero que dio a conocer al mundo “la grandeza mexicana”: Don Bernardo de Balbuena, párroco por diez años de su gente.

  Con esta carga y destino hoy realizamos un segundo acto de esperanza, pues el primero lo hicimos en agosto de 2005. Quiera Dios, Padre de las Luces, iluminar la trayectoria de nuestras vidas a fin de que dejemos una huella imborrable de esfuerzos y realizaciones en esta tierra humedecida con tanta generosidad.


 

[1] Núm. 14.

[2] Padre Hans Kolvenbach, Prepósito General de la Compañía de Jesús en los 60 años de fundación de la Universidad Iberoamericana de la ciudad de México, 2003.

[3] Ib.