ERUDICIÓN, PACIENCIA, FE.

--En memoria del Padre José Ignacio Tellechea Idígoras--

 

Manuel Olimón Nolasco.

Universidad Iberoamericana.- Departamento de Historia.

 

Ciudad de México, 29 de septiembre de 2008

 

    No fue mucho el trato que tuve de modo personal con Don José Ignacio Tellechea. Éste se dio a lo largo de un curso que, sobre el tema de “Reforma y contrarreforma en el siglo XVI” impartió durante el período de otoño de 1991 en la Universidad Iberoamericana para los cursantes del posgrado en historia. Participé en él en cumplimiento de los requisitos para iniciar mi camino al doctorado.

  Mi memoria guarda, de esos días, su simpatía de cuerpo entero, su charla lineal sobre tiempos pasados que parecían presentes sin apoyarse en libros o apuntes sobre la mesa, su dedo índice señalando a lo alto y sobre todo el impacto de un océano de palabras pronunciadas con énfasis y convicción, el entusiasmo que expresaba aun corporalmente por una historia que no le resultaba lejana o abstracta sino que lo involucraba y nos involucraba, así como el peso casi metálico de sus opiniones y ponderaciones. Ese conjunto de actitudes y discursos me dejó una huella indeleble.

  También de esos días, mi biblioteca guarda un pequeño libro que me obsequió en esa ocasión cuya introducción (escrita por él) es más grande que el texto al que introduce, un Itinerario escrito en 1585 por el franciscano Fray Martín Ignacio de Loyola, sobrino de San Ignacio, como apéndice a una Historia del Reino de la China del agustino Fray Juan González de Mendoza, que narra un “viaje alrededor del mundo”. Ese relato en sus años fue un “best seller” que pudo contar con infinidad de ediciones que alimentaron imaginación y deseo de muchos.[1] Al posar los ojos sobre sus líneas, lo que más me llamó la atención fue la enorme erudición que mostraba el escritor, aparejada a una simpatía e incluso a una humildad que rara vez se ven juntas en los eruditos o en quienes se creen tales.

 Para entonces, como habían pasado sobre mí quince años desde la terminación de mis estudios en la Universidad Gregoriana de Roma y había  ya impartido varias veces el curso sobre el siglo XVI que ahora él exponía, yo creía que con lo recibido en la Urbe –entre lo que contaba un seminario extraordinario del nonagenario jesuita Ricardo García Villoslada—estaba más que capacitado para impartir una y otra vez la  materia de historia de la Iglesia moderna en donde me la pidieran.  No obstante, conforme avanzaba el curso de Tellechea, sembrado de  redondas definiciones y con un deslizamiento de impresionante conocimiento sobre hechos, personas, titubeos y decisiones, grandezas y miserias de la época sobre la que hablaba, fui  cayendo en la cuenta de que me hacía falta mucho para que lo que de modo superficial me convencía, llegara a ser verdad. Puedo afirmar, por consiguiente, que mi tarea de profesor a partir de entonces se enriqueció con la motivación que recibí en ese curso para estudiar más, para tomar más en serio la infinidad de matices que posee una época que tantas veces se conoce sólo por su superficie o con la poco amable compañía de los prejuicios y para sentir gusto por la tarea de historiar tanto de palabra como a través de la escritura.

  Si dije que tuve sólo una efímera oportunidad para encontrarme con este historiador de excepción en persona, no por ello quise decir que no me lo hubiese encontrado muchas veces en el contacto con la letra impresa, pues algunas de las múltiples obras que escribió que llegaron a mis manos, hicieron vibrar mi ánimo y mi conciencia y deleitaron no pocas veces mi imaginación, despertándola a mundos que acabaron  resultándome cercanos y familiares.

  Por los senderos de la lectura, pues, me encontré con el intrincado relato de las difíciles relaciones entre las heterodoxias reales o pretendidas y el tribunal de la Inquisición en Tiempos recios,[2] título que aludía a la frase acuñada por Santa Teresa en sus tiempos y que tiene larga validez hacia otros: “Tiempos recios éstos que nos tocaron vivir, donde hablar o callar es igualmente peligroso.” Más de una vez la repetición y reflexión de esa frase me ha servido de medicina en senderos emprendidos que no han gustado a gente encumbrada.

  Más adelante, descubrí con Tellechea a grandes hombres que por la riqueza de sus personalidades y la infinidad de contrastes de sus vidas le dieron al autor  a fin de retratarlos dolores de cabeza pero también, no lo dudo, grandes satisfacciones con el gozo del descubrimiento, que en no pocas ocasiones fue primero y pionero.

  Pude enterarme, por ejemplo, de las durezas, intransigencias e intervenciones interesadas de Felipe II, no encontrado en su apogeo sino en el prolongado ocaso de su existencia que, por contraste, fueron en realidad debilidades.[3] El trabajo abnegado y duro de revisar infinidad de documentos quedó en plenitud colmado con un perfil inédito del monarca    que se derramó en los dos tomos de Felipe II y el Papado.[4]

  Pude también darme cuenta, en línea con la lectura de los vericuetos de las heterodoxias españolas, de los sucedidos en las poco fáciles vidas de los “espirituales”, de los místicos reconocidos y los no reconocidos que poblaron lo que muchos llaman “el siglo de oro” y la suerte sobre todo de Miguel de Molinos, el místico “quietista” que vivió y murió seguido por la controversia.[5] Esas lecturas me llevaron a comprender que la Iglesia católica, por tantos títulos “nuestra Iglesia”, puede ser reconocida en su recorrido histórico tanto a base de sucesos externos como siguiendo el  itinerario interior de los más sensibles de sus miembros que constituyen una comunidad, tal vez la más auténtica y viva, la que bebe de las fuentes limpias de una palabra que no envejece y apaga la sed del corazón.

  Ya interesado en la obra de Tellechea, me asomé con asombro a la riqueza  que escondían las páginas de Ignacio de Loyola, solo y a pie,[6] que no integran una biografía de San Ignacio sino una experiencia espiritual, el paso por un itinerario de vida cristiana sembrado de espinas pero también de flores gratas. Conforme se pasan sus páginas –esa fue mi experiencia—la cuestión de la historia y de la biografía pasa a segundo término y le cede el lugar al descubrimiento de la huella que, por los espacios amplios del ancho mundo y por el andar de los tiempos dejó un espíritu grande, en verdad grande. Se comprende también, si se hacen a un lado los prejuicios de la “distancia científica”, lo que en verdad es una vida santa, cercana a las fronteras del mal y del pecado, pero con la frente en alto descubriendo la luz, una luz que se derrama intensa o que, para decirlo con San Juan de la Cruz, “tiernamente abrasa”, como el fuego del amor verdadero. Me enteré después de leer este libro, que no oculta las vivencias alternas de la enfermedad y la salud de su autor, que se ha vuelto en pocos años un “clásico” y  que es obligada referencia para todo aquel que quiera acercarse a la persona y obra del fundador de los jesuitas no por medio de exageraciones retóricas sino con esos peculiares adjetivos: solo y a pie.

  Pero donde me encontré con algo así como la médula y sustancia del drama humano sobre la tierra donde la Iglesia ha puesto su habitación, es en la bibliografía tellecheana acerca del Cardenal Bartolomé Carranza, prelado sufriente e incomprendido como ninguno, hombre situado con natural dramatismo como puente entre épocas. La dedicación a conocer y poner en el sitio justo, más de cuatrocientos años después, a este personaje de la Reforma católica fue sin dudarlo, la tarea de su vida. El 22 de julio de 2001 en una entrevista a la publicación Elkarrizketa dijo: “El próximo año (2002) cumpliré los cincuenta años de matrimonio con el hallazgo de los códices del Arzobispo Carranza…Todo el mundo cree que estoy terminando y que he agotado el tema, yo digo que estoy empezando…no sé si terminaré, haré lo que pueda y el que venga atrás que continúe… Hace falta tener mucha paciencia, porque las mieles del hallazgo duran un minuto y escribir el libro lleva un año, o dos, o más…[7]

  Es evidente que no puedo gloriarme de haber leído la monumental obra de este “carrancista de número” como se autoproclamaba el Padre José Ignacio, sino apenas de haber rasgado su corteza, pero con lo recorrido por algunas páginas dedicadas a este tema, palpé la hondura humana y la tensión permanente entre el ideal y la realidad en la vida cotidiana de la Iglesia, algo que me ha dado aliento para recorrer mis días con una dosis suficiente de realismo.

  Caminando un caluroso día de verano del año 2000 por las calles de Valencia entré como atraído por un imán a una librería especializada en facsímiles de volúmenes antiguos. Encontré nada menos que el de los Comentarios del Reverendísimo Señor Fray Bartolomé Carranza de Miranda al Catecismo Cristiano, libro impreso en Amberes en 1558.[8] Lo llevé sin examinarlo, más por olfato de bibliófilo que por apetito de lector y cuando tuve la paz para hojearlo me topé con un maravilloso Estudio preliminar firmado por Tellechea el 8 de septiembre de 1976, en el cuarto centenario de la muerte del purpurado toledano. Entre las letras de ese Estudio descubrí algo más que erudición y paciencia investigativa: descubrí al Tellechea sacerdote y hombre de fe, a alguien con visión profunda y elevada y por tanto preocupado por la resistencia que no pocos en la Iglesia ponen a la libertad salvífica de la palabra de Dios que, a decir de San Pablo, “no está encadenada.” No resisto citar algunas de sus líneas: “…Éste que tienes en tus manos, recio libro de tomo y lomo, padeció los más infelices hados…el libro murió casi al tiempo de nacer, y padeció la más triste desgracia que puede tocar a un libro: desapareció del mundo sin que casi nadie lo hubiera podido leer; y quedó envuelto en la sombra de la infamia, sin que se pudiesen descubrir sus supuestos yerros…

  …Uno de los primeros pasos que era preciso dar era el de devolver a la lectura serena de todos este libro discutido, combatido, secuestrado, nacido de un alto ideal evangelizador y catequético y de un corazón que amaba apasionadamente a la Iglesia. Carranza quiso que los cristianos pudieran dar razón de su fe y de su esperanza: primero con luz en la mente y renovada fe; luego y sobre todo, con una auténtica conversión de vida, con sus obras. Su crítica es severa y acerada, nunca acerba. Critica desde el amor, no desde ninguna especie de alejamiento o apostasía. Su hermosa prosa se enciende en ocasiones con el hervor del predicador y con los fuegos de la hipérbole: hipérbole para censurar las lacras de su época, o para ensalzar la fuerza de la fe, el don de la redención de Cristo, el dinamismo de los sacramentos, las exigencias de la vida cristiana, la fuerza de la oración, los imperativos de la caridad. Pudo merecer todo lo más una corrección fraterna que le ayudase a aclarar, perfilar o abreviar, y a todo ello estuvo dispuesto, Todo salió de madre artificiosamente, al convertirlo en un abultado proceso de heterodoxia, de prestigio inquisitorial, de conciencia nacional, de voluntad regia, en el que las actitudes llegaron a vacunar los pensamientos con incurable encono, con incalculables consecuencias.”[9]

  En los días del otoño de 1991 en que cursé con él sus temas sobre la Reforma y la Contrarreforma pensé que era jesuita. Cuando supe que no lo era me alegré pues dije: un colega diocesano puede también investigar y escribir bien sobre historia de la Iglesia, de la cultura y de la humanidad que navega por la existencia. Me animé doblemente entonces a seguir mi sendero de historiador no despegado de mi vocación central.

  Termino.

  Dejo en estas pocas páginas plasmado un recuerdo y balbuceo una oración de acción de gracias por una vida que, como lo dijo Séneca hace dos milenios, “por bien empleada fue suficientemente larga.”  Queda en mi interior la dinámica de una existencia tejida en erudición, paciencia casi infinita para la investigación, pero ante todo en una fe cristiana y católica a toda prueba que se transparentaba en su trato y en su escritura.

  Por ahí he leído u oído una frase luminosa de la autoría del Doctor Tellechea, que invita al historiador a la humildad y, por consiguiente, a la verdad de su vocación: “Soy como un trapero. He aprovechado pequeños trozos del tiempo.”

  Ahora que Don José Ignacio ha superado “el trance de la luz definitiva” que varias veces logró esquivar y esperaba sin temor, bien podemos, sobre todo quienes nos atrevemos a llamarnos historiadores, irnos vistiendo de traperos que aprovechan los pequeños trozos del tiempo que  pasan delante de nuestra vista para convertirlos, mirándolos con amor y con intento de comprensión, en signos de un pasado que ayuda a aligerar el peso de nuestro presente.

 Ciudad de México, 29 de septiembre de 2008.


 

[1]  Martín Ignacio de Loyola, Viaje alrededor del mundo, Edición, introducción y notas de J. Ignacio Tellechea Idígoras, Información y Revistas S.A., Madrid 1989.

[2] Sígueme, Salamanca 1977.

[3] El ocaso de un Rey: Felipe II visto desde la Nunciatura de Madrid: 1594-1598, Fundación Universitaria Española, Madrid 2001.

[4] Fundaciónn Universitaria Española, Madrid 2006.

[5] Molinosiana: investigaciones históricas sobre Miguel de Molinos, Fundación Universitaria Española, Madrid 1987.

[6]  Cristiandad, Madrid 1986. Publicó también: Ignacio de Loyola. La aventura de un cristiano, Sal Terrae, Santander 1998.

[7] Entrevista de Teresa Sala. Página electrónica Euskonews & Media. Consulta: 29 de septiembre de 2008.

[8] Ediciones Atlas, Madrid 1976.

[9] Estudio preliminar, Comentarios…, pp. XVIII y XXXII.