POR LOS CAMINOS DE NUEVA GALICIA

-Texto y contexto de una visita pastoral en 1678-

 

Nota previa.- La presente es una versión abreviada de un estudio amplio

del tema, que lleva el mismo título y  ocupa 62 páginas.

Tanto ése como éste los dedico a los cronistas vivos

del Sur de Nayarit, lugares objeto de la visita de 1678

y necesitados en la actualidad de conciencia histórica:

Rubén Arroyo Arámbul (Ahuacatlán)

Miguel González Lomelí (Jala)

Oscar Luna Prado (Amatlán de Cañas)

y Pablo Torres Sánchez (Ixtlán del Río).

 

1.- De visitas y visitadores.

    El siglo XVI en la historia del Occidente, es conocido como el siglo del predominio español y, en referencia a la Iglesia católica, como el de la reforma y contrarreforma. Y si bien suele insistirse en la oposición a la reforma protestante, el aspecto de reforma católica es más relevante, sobre todo por su repercusión.

  La reforma de la Iglesia afectó la figura y las tareas de los obispos, subrayando su carácter pastoral, es decir, de seguimiento de cerca de la vida de la grey. Uno de los instrumentos para este seguimiento fue la visita pastoral, que consistía en el acercamiento personal a los lugares donde habitaban los fieles, a fin de darse cuenta de las situaciones materiales de los edificios de culto, de los ornamentos e instrumentos para las celebraciones y de las condiciones económicas para su mantenimiento y mejora. De mayor importancia, era la visita a las personas, a comenzar con los párrocos y demás sacerdotes que, en el caso que nos va a ocupar eran todavía mayoritariamente franciscanos “curas doctrineros”; asimismo, le correspondía enterarse del manejo de las corporaciones de fieles, las cofradías, que tenían bienes para sostenimiento de obras humanitarias (hospitales, ayuda a los más pobres) y que consistían sobre todo en tierras que se cultivaban en común y cabezas de ganado.

  La tarea de los obispos no terminaba al enterarse de las situaciones, sino que debía manifestar su conformidad o inconformidad acerca de lo visto y dar disposiciones para que en adelante se corrigieran los abusos que hubiera. De no menor importancia era la revisión que tenía que hacer de los testamentos y legados, así como del cumplimiento de los oficios de albacea y, en caso de encontrar todo en regla, la liberación de la carga de éstos. Desde luego, la visita era ocasión también para que se congregara la gente para acudir a la misa que celebraba el obispo, recibir la bendición y las indulgencias que otorgaba y sobre todo acudir al sacramento de la confirmación, que sólo los obispos podían conferir.

  Lo anterior fue prescrito en el Concilio de Trento (1545-1563) y se aplicó en las legislaciones civil y canónica, la primera por medio de cédulas del emperador Carlos V y del rey Felipe II y la segunda en los concilios provinciales de 1555, 1565 y 1585, presididos los dos primeros por el arzobispo de México Montúfar y el tercero por Moya de Contreras.

  De estas visitas se elaboraban actas concienzudamente redactadas por el notario y secretario que acompañaba al prelado. Son ellas fuentes excepcionales para conocer situaciones de índole religiosa, social y económica de épocas que nos resultan distantes en el tiempo. La mirada antigua, explica las raíces de condiciones humanas persistentes y ayuda también a valorar los cambios.

  2.- Un novel obispo sale a visitar su grey.

  El 7 de enero de 1678 tomó posesión de la diócesis de Guadalajara en la Nueva Galicia Don Juan de Santiago de León Garavito, quien llegó a su sede el 22 de mayo. Tenía entonces 36 años, pues había nacido en la Villa de Palma en Andalucía el 13 de junio de 1641. Tras sus estudios elementales fue estudiante en Salamanca, en cuya universidad se desempeñó después como profesor de filosofía. Ordenado sacerdote fue canónigo magistral de Badajoz y poco antes de ser elegido para Guadalajara lo fue para Puerto Rico, Iglesia de la cual no tomó posesión.

  A pocos meses de haber llegado a su sede –fines de noviembre de 1678--decidió realizar su primera visita pastoral dirigiéndose “a lomo de mula” a lo que actualmente es la región occidental del estado de Jalisco y sur del de Nayarit, con asentamientos humanos de población relativamente baja, en su mayoría de indígenas de habla náhuatl, comarcas bastante accidentadas orográficamente, pues parte de ellas pertenecen a la Sierra Madre Occidental y en alturas que oscilan entre los 900 y los 1800 metros sobre el nivel del mar. La agricultura era la actividad dominante, pero también había algunos lugares de extracción minera y la ganadería se encontraba en auge. La mayor parte de los sitios están todavía poblados en la actualidad con los mismos nombres de entonces.

  Sigo los folios del libro de actas de esta visita que se encuentra en el archivo de la arquidiócesis de Guadalajara.

  El día 21 de noviembre llegó el obispo al pueblo de Amatitán y visitó la iglesia dedicada a San Juan Bautista. Ahí permaneció hasta la mañana del día 23 enterándose del estado de la feligresía y por la tarde llegó a Santiago de Tequila, cabecera de partido y parroquia a cargo de un sacerdote diocesano. La iglesia se encontraba en restauración y el obispo se enteró de que se habían mezclado fondos económicos de las cofradías para esos trabajos e indicó que no debían usarse así. El patrimonio de esa corporación era “para arriba” de 203 reses de hierro. “[…] Hubo reconvenciones para los mayordomos…pues Juan Lorenzo debía cuatro pesos, Juan Felipe doce y Juan Estaban 27. El principal deudor resultó ser el bachiller Gaspar de Padilla, con un cargo de treinta y nueve pesos, sumando 82 pesos el faltante.”

  En este lugar administró la confirmación a 230 personas y como balance de la visita “[…] juzgó buena la educación de los naturales y demás personas de dicho pueblo, y saber muy bien la doctrina cristiana.”[1]

  Se trasladó enseguida al pueblo de La Magdalena, situado en un fértil valle en el que había una gran laguna. Ahí las cofradías eran ricas, sobre todo en ganado. La de la Concepción poseía “[…] 1266 becerros herrados y nueve potros” y la del Santísimo “1549 cabezas de ganado mayor y 23 potros.”

A pesar de ello, la que dirigía el hospital presentó “[…] un desfalco de 121 pesos que adeudaban Joseph Gutiérrez, Nicolás Hernández, Francisco Miguel, Francisco Martín, Juan Andrés y Miguel Jerónimo a quienes se conminó a pagar en un plazo de seis meses, dejando la encomienda al cura de Tequila y como intermediario al indio Juan Bautista…para que…se invirtieran en la reparación del templo del hospital.”[2]

  El 2 de diciembre llegó Don Santiago al poblado de Hostotipaquillo, al borde de la sierra. Alrededor de ese lugar existían varias haciendas: la de Santo Tomás de Aquino, del Presbítero José de Isla, la de San Joaquín de Doña Sebastiana de la Torre, la de San José, del Bachiller Juan Leal y la de San Miguel de Doña María Ayón. E igualmente dos reales de minas: Albarradón, concesionado a Pedro Vidarte y Amaxaque.

  Los lugares citados fueron visitados personalmente por el obispo. Su delegado, el Padre Juan Sedano, visitó otros más remotos: Huajimic, Amatlán de Jora y algunos ranchos. Sedano se dio cuenta de lo volátil de la población de los lugares mineros y de la atención pastoral a sus habitantes e hizo una propuesta: “[…] que Fray Juan Grajeda quedase a cargo de los pocos indios que quedaban para que no les faltase el pasto espiritual por haber muerto el cura beneficiado propio y haberse despoblado lo más de él, en el ínterin y por vía de encomienda que el dicho Real se poblara o se proveyera de cura beneficiado propio y que se agregara en el sitio…a los feligreses que anduvieren esparcidos por razón de haberse despoblado y fomentar que [se] reedificara una de las iglesias caídas y que en dicha doctrina pusiera los ornamentos de los que tocan a la feligresía de Jora para poder celebrar el santo sacrificio de la misa…”[3]

  Dando un rodeo por lo que se conoce como “Plan de Barrancas”, el obispo fue hacia Cacaluta y después a Ixtlán, lugares dentro de la jurisdicción de Jala. Confirmó en ambos lugares a un buen número de feligreses de distintas edades y encontró pocas anomalías en la administración.

   3.- El obispo y su visita a Jala.

  Era ya el 9 de diciembre cuando salió de Ixtlán hacia Mexpan y Zoatlán y el día 10 llegó a Jala, la población entonces más importante de la región. El libro registra esta visita con minuciosidad.

  “El 10 de diciembre –se lee en las actas-- […] llegó Su Señoría a este pueblo de Jala, cabecera de esta feligresía como a las siete de la noche…Fue recibido de los españoles, alcaldes y principales…Habiendo llegado a la puerta de la iglesia hizo…la adoración de la cruz y entró…Después de la oración Omnipotens sempiterne Deus…dio la bendición al pueblo y se retiró al cuarto que se tenía prevenido para su hospedaje.”[4] 

  Al día siguiente, después de celebrar la misa realizó la inspección del edificio de la iglesia parroquial que estaba en avanzada etapa constructiva: […] era  labrado con columnas de piedra y arquería con buena disposición, que vendrá a quedar de tres naves; el techo es de teja. El altar mayor tiene un retablo compuesto de seis lienzos, el de en medio de Nuestra Señora de la Asunción, de cuya advocación es la iglesia y encima de éste un Santo Cristo que hace de remate…Tiene una lámpara de plata que está ardiendo delante del Santísimo Sacramento con aceite de olivas…la pila bautismal estaba muy buena, de piedra, muy capaz, en un aposento con puerta…y tenía crismeras en una caja de madera con llave, todo muy decente y con limpieza.”[5]

  Los altares laterales tenían, el del lado de la epístola (es decir, lado izquierdo de quien mira hacia el retablo del fondo de la iglesia): “[…] un San Fancisco de talla grande, adornada la mesa con frontal de damasco colorado con frontaleras de lo mismo, manteles, palia de ruan bueno…En el lado del evangelio [lado derecho] está un altar con un nicho de madera en que está una Nuestra Señora de la Asunción de talla…y tres cuartas de largo muy aseada y decente…en la mesa…dos candeleros de azófar [latón] y su ara de piedra blanca…todo con limpieza y aseo, en cuyo altar está la cofradía de dicha advocación a cargo de los españoles de esta feligresía.

  “En el lado del evangelio está otro altar….en un nicho de la misma pader [sic] un San Ramón Nonato de lienzo de medio cuerpo…En otro altar en pos de este en otro nicho…está un San Diego de Alcalá.

  “Después de visitado todo lo referido, se puso [el obispo] en su sitial…a misa mayor y después del evangelio se leyó el edicto general de visita…como es obligación…para el remedio espiritual y temporal de todos los feligreses de esa doctrina y consolarlos en sus trabajos.”[6] 

  Una vez realizada la visita a los elementos materiales, pasó a la de las personas. Revisó primeramente el padrón de los habitantes del lugar para conocer si habían cumplido con el precepto de confesión y comunión anuales así como las licencias del párroco doctrinero. El reconocimiento del cumplimiento del precepto era útil para reconocer si había en el pueblo reincidentes en su negativa a cumplir, a quienes había que considerar pecadores públicos y  denunciar a la autoridad civil, sobre todo si se trataba de españoles: “[…] Presentó el Padre Fray Alonso de Ibarra los padrones…de todos los pueblos de la feligresía, así de los naturales indios como de los españoles de confesión y comunión…con la certificación jurada de haber todos los dichos vecinos cumplido con la Iglesia…Asimismo presentó una licencia de predicador y confesor…y por estar despachadas en debida forma mandó que se le refrenden…No presentó título propio y dijo que no lo tenía…sino de cura doctrinero interino…Le mandó [el prelado] que para vuelta de la visita recurra a la Secretaría de Gobierno para que se le dé un tanto del título…para que lo tenga y guarde en su poder como es de su obligación.”[7]  

  Más adelante pidió los libros de bautismos y de “casamientos y velaciones” de la cabecera parroquial y de los pueblos subordinados.

  Encontró cierta confusión pues había mezclados en algunos libros registros de ambos sacramentos y faltaban datos sobre el día del nacimiento del niño o los nombres de los padrinos. Igualmente, notó que las firmas de las actas no eran siempre del cura doctrinero, por lo que se presumía que el libro salía del lugar en que debía estar resguardado. Amonestó a los franciscanos al respecto y les dio a conocer las sanciones que tanto las Leyes de Indias como el derecho eclesiástico imponían al incumplimiento.

  La importancia de un registro bien llevado era fundamental, pues de los datos ahí asentados dependía el estado civil de las personas, la legitimidad de los hijos, la sucesión, las herencias y legados y la posibilidad de ejercer actos con validez jurídica.

  Antes de continuar con la inspección del cumplimiento de las tareas de los sacerdotes, hizo don Juan de Santiago un reconocimiento de los ornamentos y útiles que se encontraban  en la sacristía, de multicolor presencia y brillo y que, desde el descanso de sus gavetas y roperos apuntaban a la solemnidad de las celebraciones: “[…] halló…una Nuestra Señora de la Concepción en lienzo, de pincel, con su velo de tafetán azul…Un ornamento de damasco rosado: casulla, estola y manípulo. Otro…negro de damasco con cenefa de brocatel de colorado y blanco…casulla, estola y manípulo de damasquillo de China y plata de color de primavera. Otro…de damasco azul con flores de primavera…Un ornamento de damasco rosado con la cenefa de imágenes…Dos roquetes para los muchachos de los ciriales más un palio de tafetán…una cruz de plata grande, un guión bordado con la cruz de bronce, tres cálices de plata, un incensario con su naveta y cuchara de plata, tres pares de vinajeras con sus platos de plata…Una tumba [pira funeraria] y paño para los muertos y cuatro candeleros de azófar.”[8] 

  El 11 de diciembre los Padres Fray Francisco de Pineda y Fray Nicolás Pacheco presentaron sus respectivas patentes como confesores expedidas por Fray Francisco Olivares, provincial de Jalisco, así como las de aprobación “[…] en lo moral e idioma mexicano.”[9]  

  Ese mismo día revisó cuatro testamentos: “[…] el de Juana Flores...que le presentó Juan Pérez su hijo y albacea y pareció estar cumplido por lo que toca a la jurisdicción eclesiástica…

  “[El] de Juana Muñoz, que lo presentó su hijo y albacea Lázaro de la Parra…[el] de Doña Isabel Ramón de Moncada, habiendo hallado por cumplido un legado de la susodicha en que mandaba se impusieran cien pesos de principal sobre sus bienes y que de sus réditos se pagara una misa cada año que se había de decir cantada el día de la Encarnación de Cristo [25 de marzo] y habiéndose hecho por Diego de Zavalza su hijo y heredero e igualmente albacea de ser cantidad para imponer dicho censo…la trujo [sic]…Y el de Diego de Figueroa…que presentó Diego de Zavalza.”[10]

  Se confirmaron ciento cuatro personas ese día, al siguiente noventa y dos y al tercer día ciento veinte.[11]

  Fueron convocados los mayordomos y priostes de las cofradías de Jala, Jomulco (aquí llamado Jumulco) e Ixtlán y revisó el obispo el estado de las obras bajo su encomienda.

  Los bienes de la de Ixtlán, para cuidado del hospital y dedicada a la Inmaculada consistían “[…] en ciento ochenta y seis reses de hierro…y setenta becerros para herrar este año, treinta y tres yeguas mayores, dos caballos garañones, quince caballos mansos, once potrancas y cinco potros…otras alhajas menudas…hilazas, paños y manteles.”[12]

  Se encontró algún descuido en cuanto a lo necesario para la atención de los enfermos y se hizo la correspondiente amonestación.

  La cofradía de la Inmaculada de Jala presentó cuentas con un ligero superávit y poseía, además de imágenes y ornamentos, “[…arriba de] seiscientas reses, cuarenta y cinco yeguas, veintisiete caballos mansos y cinco potros…mandó…que no se vendieran…so pena que el mayordomo que lo hiciera sin su licencia lo pagaría a cuatro tantos y les encargó por el aumento…de la cofradía.”[13]

  El hospital lo encontró “todo nuevo y decente” tanto en la sala para los enfermos como en la capilla anexa.

  Hacia el final esta visita tuvo lugar, a petición de algunos vecinos cofrades en representación de toda la población, un “auto” o reunión con carácter resolutivo a propósito de la carencia de agua: “[…pues] importaba que de los bienes de dicha cofradía se acudiera a la obra que querían hacer para traer el agua encanalada de cal y canto al pueblo, y que lo pedían por ser en pro de la cofradía y hospital porque habían experimentado que en faltando el agua se morían muchos en el pueblo y otros se iban…[y] quedaba muy menoscabada la cofradía, sin oficiales ni quien diera limosnas, que aunque agora [sic] venía como era por canoa [es decir, mediante troncos acanalados], como eran puestas en palos levadizos, con facilidad se quebraban y descomponían y faltaba el agua. [También] se originaban…faltas y graves ofensas a Dios con el pretexto del tiempo largo que tardaban en ir por ella, como estaba tan lejos…Informado [el prelado] mandó…que de las milpas de maíz que se sembraba para el hospital y la cofradía, se dejase lo que comúnmente se suele gastar en cada año y algo más por si hubiere alguna necesidad y lo demás se gastara en los que trabajaran en la obra y que de las vacas que tiene…se sacaran de las…viejas y se fueran gastando para el sustento de los que trabajaran…una semana y otras de las de la otra cofradía…sita en la iglesia de la parroquia, alternativamente…que de las limosnas que pidiera Nicolás Altamirano…por todo este obispado para la dicha cofradía y hospital, se hagan tres partes, la una para los gastos del hospital y las dos para las obras, y de todo lo que así se gastara se fuera haciendo cuenta y razón y asentando para dar cuentas de ello al tiempo conveniente.”[14]

  En el Ensayo estadístico y geográfico del territorio de Tepic, publicado en 1894 por Julio Pérez González a solicitud del General Leopoldo Romano, Jefe Político, se dice a ese propósito lo que sigue: “[…] Encuentra la agricultura en Jala el gran inconveniente de la falta de agua; no hay en este pueblo ningún río, ni vertiente, ni noria ni pozo que abastezca el agua. El agua potable para el consumo en dicho pueblo se le hace venir desde una distancia de ocho kilómetros por medio de atarjeas y caños. Se han hecho experimentos para sacar el agua por medio de pozos abiertos en el suelo de aquel lugar y a treinta metros de profundidad se han encontrado peñas volcánicas, que además de ser muy difícil su perforación, indicaban que no se encontraría agua.”[15]

  La visita se dio por concluida con la revisión del estado que guardaba el templo de Jomulco dedicado a San Jerónimo y la cofradía de ese lugar que sostenía un hospital apenas con lo indispensable. Un español, Juan de Amézquita, era el mayordomo de la cofradía: “[…] fue llamado a dar cuentas…y por estar las constituciones viejas y casi comidas de polilla y no tener inventario hecho de los bienes…así de ganados, caballada, como de las alhajas…mandó Su Señoría Ilustrísima [que] el dicho…acuda a Guadalajara…para darlas y liquidarlas, con la memoria del ganado, caballada [y] el inventario…”[16]

  De ese modo: “[…] En catorce días de dicho mes de diciembre…después de haber dicho misa…en la iglesia parroquial, hizo…la conmemoración de los difuntos y salió encaminándose para el pueblo de Ahuacatlán [como a las ocho del día…][17]

   4.- Balance evaluativo.

  Seguir el paso antiguo por sinuosos senderos de Nueva Galicia, con sus detalles nimios, abre paradójicamente amplios horizontes para reconocer raíces y valorar continuidades y rupturas.

  En primer lugar, a pesar de lo limitada del área geográfica, de la escasa población y las fechas lejanas, se percibe la universalidad de la Iglesia católica. Existe un enlace con comunidades situadas en el mundo entero y con su historia. De cerca se observa el cumplimiento del deber de un obispo fruto de la reforma católica.

  La meticulosidad en la observación de lo que poseían los templos procede del espíritu reformista de que se conservara y estimulara la dignidad de las celebraciones. Los ornamentos e instrumentos dejan ver la coloración festiva de la liturgia y la observación de las imágenes colocadas en los templos y capillas buscaba sobre todo, además de su estado de conservación, que no se fomentaran cultos dudosos. Las dominantes fueron los crucifijos y las advocaciones marianas y un desfile de santos que iban desde el círculo apostólico hasta el caso de una representación de Santa Rosa de Lima, apenas canonizada siete años antes de la visita. Aún no habían llegado a Jala los santos médicos Cosme y Damián, mártires romanos de la persecución de Diocleciano a fines del siglo III, importados a la ciudad de México en el siglo XVI por Fray Juan de Zumárraga para la fundación del hospital del Amor de Dios y que son desde el siglo XVIII imán devocional. Las telas y tejidos de los ornamentos nos trasportan al Oriente y al comercio a través de la nao de China. En Nueva Galicia no faltaban comerciantes como Juan de Rúa o Arrúe, vecino de Colima, quien vendía “[…] paños y ruanes, tafetanes y damascos.”[18]

  La realidad estructural del imperio español, ya para entonces sólida en tres continentes, se muestra de cuerpo entero: la influencia de las Leyes de Indias está presente en la vida social. Cada asentamiento humano era una comunidad, desde luego, pero también una institución.

  Las cofradías fueron la base para el equilibrio económico de las poblaciones al cuidar que no se diesen extremos en cuanto a la posesión particular de bienes, fueron también espacios para el ejercicio democrático concreto, antídoto para el deterioro de los edificios y de sus enseres así como para el mantenimiento de las comunidades, evitando la dispersión. Expresaron cierta elevación en el nivel de vida y sobre todo fueron modelo de utilización comunitaria de la tierra y de los semovientes, cercana tanto al modelo del Medievo español como al prehispánico.  

  La visita del obispo Garavito nos acerca a la configuración de la sociedad  en sus dos “repúblicas”, la de los españoles y la de los indígenas y presenta líneas de estudio variadas y prometedoras.

  Puede seguirse una línea genealógica: los indígenas apenas comienzan a usar apellidos, pues éstos sólo fueron obligatorios en el siglo XVIII. Los apellidos españoles pueden rastrearse hasta la hora de los primeros avecindamientos del siglo XVI y reconocerse en quienes hoy los llevan y aún viven en la región.

   Las poderosas intuiciones de Francois Chevalier en su monumental investigación La formación de los latifundios en México. Tierra y sociedad en los siglos XVI y XVII,[19] podrían continuarse y concretarse por los caminos seguidos por él, tomando en cuenta el medio geográfico y humano, la lenta colonización agrícola, la preponderancia de la ganadería que requería grandes extensiones de tierra, las propiedades comunitarias bajo jurisdicción eclesiástica y el nacimiento, infancia y adolescencia de las haciendas. Aparte, pero no aislados, se encuentran las minas y los caminos con la imprescindible institución de los arrieros.[20]

  Siguiendo esta ruta, damos con las dificultades del poblamiento, pues aún no se había superado la notable baja del siglo anterior y la necesidad de incentivos para la permanencia en los lugares.[21] Las tareas comunitarias de las cofradías ayudaron sobre todo por su riqueza ganadera, fundamental para la estabilidad y freno para la emigración. Sumé el número de semovientes y resultó nada despreciable: 4216 cabezas de ganado vacuno “para arriba” [es decir, “más de…”], 1385 becerros, 195 potros, potrancas y yeguas, 232 caballos. Y aunque sólo se mencionan seis “mulas cerreras” y “un burro semental”, sin duda había más.

  Estas cifras y su significado ofrecen sin duda elementos para el estudio de los vaivenes de la ganadería en el Occidente novohispano y mexicano y las causas de ellos, a través del virreinato y la época independiente. El valioso estudio de Ramón María Segrera, Guadalajara ganadera,[22] que estudió los años de 1760 a 1805 pide ser completado.

  No es menos interesante descubrir entre líneas que el celo pastoral de los franciscanos de la primera hora se había deteriorado al avanzar el siglo XVII. Sin adelantar sucesos, no es aventurado pensar que en el ánimo del obispo de Guadalajara estuviera presente como en su casi contemporáneo poblano Juan de Palafox y Mendoza, la idea de sustituir a los religiosos por sacerdotes seculares formados en sus propios seminarios tridentinos.

  Encontramos a algún clérigo propietario de minas, a otro hacendado y a uno más “beneficiado”, es decir, usufructuario de un legado piadoso. La fisonomía de estos sacerdotes diocesanos y su libertad económica merece ser estudiada. Datos básicos se encuentran en Thomas Hillerkuss[23], José Miguel Romero de Solís[24] y sin duda hurgando en los archivos.

  Mucho más en qué pensar y a qué dedicar esfuerzos nos indica el seguimiento de las viejas fojas del Archivo Arquidiocesano de Guadalajara con la relación de la visita pastoral de Don Juan de Santiago de León Garavito, prominente miembro de la jerarquía católica a una parte pequeña de su Iglesia encomendada, dotada de los elementos necesarios para constituir una célula viva de la Iglesia universal y de la sociedad novogalaica y novohispana dentro del vasto Imperio español.

  Que el acercamiento a este itinerario nos sirva más de estímulo intelectual y humano que de relación puntual de antigüedades. Ojalá –cito al elevado poeta y gentil amigo colombiano Álvaro Mutis—quienes se acerquen a estas palabras quieran “aprender algo nuevo sobre esa perpetua revelación que son nuestros semejantes.”[25]

 

Jala, Nayarit, 24 de agosto de 2012.


 

[1] Cito de acuerdo a la transcripción publicada en el Boletín eclesiástico de Guadalajara, CXX/2 (febrero de 2009), pp. 26 y 27. Téngase en cuenta que los indígenas aún no llevaban apellido después de su nombre sino dos nombres y en cambio los españoles sí.

[2] Id., pp. 31 y 32.

[3] Libro de visita, f. 38v. Agradezco al Prof. Pablo Torres Sánchez, cronista de Ixtlán la noticia sobre este libro y a la Lic. Glafira Magaña, del Archivo Arquidiocesano de Guadalajara, la facilitación de una copia.

[4] F. 41v.

[5] F. 41r.

[6] Ff. 41r-42v. Ruan, Tela de seda estampada en colores que se fabrica en la ciudad francesa de Ruán (Rouen). (Dicc. RAE, ad locum). Crismeras. Recipientes para guardar los óleos que se utilizan para el sacramento del bautismo, confirmación, unción de enfermos y ordenaciones sacerdotales.

[7] F. 42v.

[8] F. 43r.

[9] Ib.

[10] F. 45v.

[11] Ff. 45v. 45r. 46v.

[12] F. 45r.

[13] Ff. 45r-46v.

[14] Ff. 46v-46r.

[15] Imprenta de Retes, Tepic 1894, p. 352.

 

[17] F. 47r.

[18] Guillermo Tovar de Teresa, Prólogo, en: José Miguel Romero de Solís, Andariegos y pobladores, Nueva España y Nueva Galicia. Siglo XVI, El Colegio de Michoacán/ Archivo Histórico del municipio de Colima/ Universidad de Colima/ CONACULTA-FONCA, Zamora/ Colima/ México 2001, p. XIII.

[19] FCE, México (2, 2ª reimpr.) 1985.

[20] Sobre la arriería es importante: Clara Elena Suárez Argüello, Camino real y carrera larga. La arriería en la Nueva España durante el siglo XVIII, CIESAS, México 1997. Sobre Nueva Galicia: José Miguel Romero de Solís, Clérigos, encomenderos, mercaderes y arrieros en Colima de la Nueva España (1523-1600), Arch. Mun. de Colima/ Univ. de Colima/ ColMich, Colima/ Zamora 2008: parte III: Las granjerías, pp. 175-314.

[21] Valiosos estudios monográficos sobre el tema de la población: VV. AA., El poblamiento de México. Una visión histórico-demográfica, tomo II: El México colonial, Secretaría de Gobernación-Consejo Nacional de Población, México 1993.

[22] Ed. del Ayuntamiento de Guadalajara, 1992.

[23] Documentalia del sur de Jalisco, El Colegio de Jalisco/ INAH, Zapopan/ México 1994.

[24] Clérigos, encomenderos…, Parte I, La Iglesia en Colima, pp. 13-112.

[25] Vida y pasión de un anticuario, en: Rodrigo Rivero Lake, La visión de un anticuario, Américo Arte Editores, México MCMXCVII, p. 17.