LA IGLESIA MEXICANA ENTRE AYUTLA, PARÍS Y ROMA

Ponencia presentada en el Coloquio Internacional Ecos de la intervención francesa en Puebla y México: 1861-1867

Puebla de los Ángeles, 4 de mayo de 2012.

 

   1.- Los complejos antecedentes.

  Con el nombre de tres lugares, distantes en la geografía, pero acercados por las decisiones humanas que afectaron la historia en ambos lados del Atlántico, voy a entreverar hilos de madejas distintas, que permitan acercarnos a la compleja red que constituye la historia de los años en que se dio la intervención francesa en el territorio mexicano.

  Ayutla es el sitio donde en 1854 se emitió el “Plan” para dotar a México de “instituciones liberales” y constituyó por eso el punto de partida hacia la instauración del liberalismo jurídico plasmado principalmente en la constitución de 1857 que facilitó la implantación del liberalismo político y económico si bien el primero estaba ya presente desde antes como ideología partidista. Los decretos emitidos por Juárez en Veracruz en el verano de 1859, más conocidos como Leyes de Reforma, llevaron a la tensión máxima con la jerarquía eclesiástica, considerada en ellos enemiga de la república, del gobierno y de la  nación.[1]

  Es fundamental al tocar el elemento “Iglesia”, tener en cuenta que históricamente, además de los aspectos bélicos y políticos implicados, estas décadas para la cultura occidental, para los países de tradición latina y católica y consecuentemente para México, significaron en el nivel profundo de la configuración de la sociedad y la cultura, una confrontación entre estilos de valoración ética del espacio público y del privado, así como de las tradiciones, costumbres y relaciones basadas en el derecho consuetudinario. Muchas de éstas pasaron a quedar asumidas, suprimidas o modificadas por un derecho escrito articulado racionalmente (de ahí que estuviera organizado en “artículos” concatenados). Además, el derecho internacional se encontraba en transición a causa principalmente del nuevo orden europeo (y en la práctica, mundial) que había surgido del Congreso de Viena de 1815 tras la etapa del dominio napoleónico. A los años que siguieron a la reunión de Viena, se le conocen como la restauración y algunos, los califican como el orden conservador o incluso reaccionario).[2] Uno de los puntos interesantes de ese orden fue el reconocimiento dentro del sistema de relaciones internacionales a la Santa Sede, es decir, a la personificación jurídica de la Iglesia católica y en concreto el Papado y las instituciones centrales ubicadas en Roma prescindiendo de su amplitud territorial. No obstante, las potencias católicas europeas (Austria, España y Francia) con el acuerdo tácito de las que no lo eran (Estados alemanes, Rusia y el Reino Unido) de defender la soberanía temporal del Papa, aunque al no darse elementos teóricos ni prácticos suficientes, dejaron en el aire la “cuestión romana”, es decir, la soberanía pontificia sobre territorios situados en la península italiana, motivo de tensiones complejas y prolongadas. El final de esta época sucedió en 1848, en que el “espíritu revolucionario” volvió a surgir en distintos ámbitos de Europa, incluida la ciudad de Roma. La península italiana fue en especial teatro de este espíritu, conforme el reino de Piemonte o Cerdeña fue extendiéndose en busca de la unidad italiana a costa de antiguas monarquías.

  La Santa Sede o más bien el romano pontífice en persona –enfáticamente nombrado por los católicos soberano pontífice o incluso Papa-Rey, para subrayar su carácter de soberano temporal-- había entablado acuerdos y concedido patronatos sobre las instituciones eclesiásticas desde la Edad Media, a soberanos en el sentido del Antiguo Régimen, no sometidos a un orden constitucional, considerados sus “pares”. Sin embargo, a partir de la etapa constitucional de la revolución francesa y la sucesiva aparición, a  veces interrumpida como en el caso de Fernando VII, de monarquías constitucionales, se pasó al sistema concordatario, es decir, a la suscripción de acuerdos bilaterales sobre cuestiones eclesiásticas y mixtas (por ejemplo, los bienes temporales o el matrimonio) a base de negociaciones diplomáticas concretas entre los ministerios de relaciones exteriores y la Secretaría de Estado papal.

  El caso mexicano en cuanto a cómo se veía desde Roma a partir del movimiento de independencia fue similar al del resto de las nuevas naciones hispanoamericanas y en realidad, aun cuando en Roma era más conocido y preferido el sistema monárquico y el trato con monarquías, pasados unos pocos años de duda, no hubo problema en tratar con sistemas republicanos. Los diálogos sostenidos con Simón Bolívar fueron básicos para que se allanara el camino. Un asunto fundamental en la década de 1820 y todavía al principio de la de 1830, era el reconocimiento de naciones independientes y la ruptura de la mediación de la corte española.[3]

  Cuatro fueron, en general, los temas de las conversaciones en vías de lograr concordatos, semejantes a los que se tenían en los antiguos patronatos: la situación de los nombramientos episcopales, la ubicación jurídica del clero (como corporación) y de las órdenes religiosas así como lo relativo a los bienes inmuebles comunitarios, el estatuto de las personas y las familias (matrimonio, herencias y legados, fundaciones, obras asistenciales) y las relaciones diplomáticas propiamente tales, o sea una manera estable de mantener abiertos canales de comunicación.

  La constitución de 1824, en términos casi idénticos a la de Cádiz de 1812, reconocía que “la religión de la nación mexicana” era la “católica, apostólica, romana,” términos con peso específico. Dos de esas palabras, nación y romana, sustentaban, la primera, que no se trataba de la adhesión individual (o ciudadana) a una religión determinada, sino que era la persona moral del conjunto de los mexicanos y por consiguiente, la entidad pública resultante de la independencia la que se adhería, como principio de identidad, a la profesión del catolicismo. La segunda, señalaba a la sede romana como característica identitaria de la religión de la que se hablaba y por consiguiente, apuntaba a la comunicación con Roma para el establecimiento de las pautas de relación interna y externa del Estado con las instituciones católicas. Estas realidades son las que condujeron a que los gobiernos mexicanos, a partir de la regencia que sustituyó a Iturbide, trataran de establecer un concordato con la Santa Sede, frustrado una y otra vez por la pretensión de los gobiernos de que se reconociera la continuación del patronato de los reyes españoles en el gobierno independiente, lo que resultaba anacrónico en Roma si bien, en casos particulares se aceptó, por ejemplo, la presentación por parte de los presidentes de la república de algunos candidatos al episcopado después de consultar a los gobernadores de los estados durante la vigencia de la república federal.

  La promulgación de leyes de corte liberal, hechas por el gobierno de Ayutla antes de la constitución de 1857 y esta misma, causó en el ánimo de los obispos mexicanos y en el del Papa Pío IX y las instancias romanas perplejidad y deseo de comunicación con los gobiernos y, cuando éstos se negaron a la negociación con Roma e incluso retiraron la Legación que allá se encontraba, se produjo la sensación de agravio, expresada, por ejemplo, en la alocución consistorial del pontífice del 15 de diciembre de 1856 a propósito del caso mexicano.

  Aunque a la hora de referir estos temas, el énfasis en buena parte de la historiografía, sobre todo hasta más o menos 1970 se ha hecho en el asunto de los bienes y en “privilegios” como el fuero eclesiástico, la mayor gravedad de la situación se gestó por un cierto hipernacionalismo de los gobiernos mexicanos salidos de la constitución de 1857, que se negaron a acordar en el plano internacional, pues los obispos estaban impedidos por la legislación del Concilio de Trento de negociar directamente con los gobiernos. Igualmente, esta actitud causó un conflicto de la conciencia moral, sobre todo por la exigencia del juramento religioso a la constitución y por las acciones de desamortización y después la nacionalización de bienes comunitarios, sin obtener el permiso de la Santa Sede. Este nudo gordiano condujo, en primer lugar, al enfrentamiento total entre el episcopado y los gobiernos liberales y como consecuencia a la incomunicación y al destierro; en segundo, a que se propiciara, junto con otros elementos, una guerra civil y en tercero, a que se tuvieran tratos que llegaron a ser frecuentes con miembros del partido conservador y se buscara una salida mediante el establecimiento de otro gobierno, aun por medio de la intervención externa.[4]

  Esta compleja trama, que he estudiado en distintas ocasiones, está en los antecedentes de lo que hoy trataré, concentrado sobre todo en la opinión romana acerca de la postura de la corte de París en los asuntos italianos y de su conexión con los sucesos mexicanos y la intervención tripartita y posteriormente francesa en México.[5] Haré uso, aunque no únicamente, de las opiniones vertidas entre 1861 a 1863 de la revista La Civiltà Cattolica, editada por jesuitas italianos, que en cada número contenía una sección de “crónica contemporánea”, en la que se pulsaba lo que se escribía en publicaciones periódicas de distintos países europeos y en las relaciones de las asambleas legislativas.[6]

  El siglo XIX produjo tal inmensidad de escritos, muchos de ellos bajo el signo de la “opinión”, que el ámbito de estudio sigue ensanchándose. De esta manera, sin caer en justificaciones anacrónicas o en los “podría haber sido” ahistóricos, tenemos más elementos de comprensión de una época que fue como fue y no como hubiéramos querido que fuera.

    2.- Avatares de la “cuestión romana.”[7]

  El 17 de marzo de 1861, en Turín, después de la anexión debida a la derrota militar del ejército de Fernando II, rey de las Dos Sicilias --estado compuesto a partir de 1816 por los antiquísimos reinos de Sicilia y Nápoles según los lineamientos del Congreso de Viena-- se declaró el “Reino de Italia” con Víctor Manuel II de Cerdeña-Piemonte al frente. Esa declaración, evidentemente, corroboró el hecho de que los territorios donde aún permanecía, aunque disminuida, la jurisdicción papal, estaban amenazados también con la anexión, que consumaría la unidad nacional de Italia.

  De 1848 a 1850, el Papa Pío IX permaneció en Gaeta, refugiado de la revolución romana como huésped del rey de Nápoles. Sin embargo, desde fines de 1849 se dirigió al emperador Francisco José de Austria y a Luis Napoleón Bonaparte, en ese momento príncipe presidente de Francia solicitando ayuda para regresar a Roma. El cardenal Antonelli, secretario de Estado, proponía también para resolver la situación un Congreso internacional con la participación de varias naciones, incluidas Portugal, Baviera y los estados italianos y encontró en la voluntad de España y de Austria una respuesta favorable, no bien vista por Francia. El príncipe presidente vio la oportunidad de quedar bien con el electorado católico y al mismo tiempo evitar un mayor influjo austriaco en la península pero, al mismo tiempo, no veía cómo congraciar a los votantes de la izquierda que veían en la república romana un avance y en el retorno del Papa, soberano absoluto, un retroceso. Sin embargo, el astuto ministro de relaciones exteriores, Drouyn de Lhuys, inclinó la balanza hacia una intervención militar en apoyo a Pío IX sin necesidad de hacerla de común acuerdo con Austria. A pesar del disgusto natural de quienes propugnaban la unidad italiana Francia decidió intervenir en abril de 1850 después de la victoria austriaca sobre Piemonte y aunque el cardenal Antonelli, Secretario de Estado quedó desconcertado y hubiera preferido el apoyo austriaco, las tropas francesas desembarcaron en Civittavechia y atacaron Roma, mejor defendida de lo que se pensaba por los republicanos encabezados por Mazzini y Garibaldi quienes finalmente abandonaron la ciudad. El Papa entró a su ciudad el 5 de julio en medio de un ambiente tenso.[8]

  A partir de esa fecha, a pesar de los vaivenes de la política interior de Francia, debidos a las presiones de los partidos en el parlamento y a la opinión pública radicalizada en los periódicos, así como de las coordenadas cambiantes de la situación europea, las tropas francesas garantizaron la mínima soberanía temporal de Pío IX. En más de una ocasión, sin embargo, la posición de Napoleón III (nombre que asumió después de su transición como príncipe presidente) se inclinó a que la Santa Sede acordara con el “Reino de Italia” una composición que permitiera la soberanía espiritual sin la jurisdicción territorial, a lo que sistemática y radicalmente el pontífice se opuso.

  Es evidente que la ondulante política de Bonaparte acerca de la cuestión romana produjo en Roma una curiosa mezcla de confianza y desconfianza. Una nota diplomática del príncipe Metternich, embajador austriaco en París al ministro de relaciones exteriores Thouvenel del 28 de mayo de 1861, después del tratado de Zurich sobre la paz en el norte de Italia, expuso las preocupaciones de muchos: “[…] Austria se conmueve al pensar en los peligros a los que está expuesto el Jefe de la Iglesia y los grandes intereses católicos, los cuales son inseparables del mantenimiento de la independencia del papado, fundada sobre el poder temporal. De acuerdo con España, hemos buscado los medios oportunos para poner fin a las invasiones sacrílegas de Piemonte y acudir en auxilio del Jefe de la Iglesia quien sostiene la lucha con heroica perseverancia.”[9] No obstante el estilo dramático usado por el embajador, Austria había retirado las tropas que habían sostenido la jurisdicción pontificia en las “Legaciones” y había recomendado a Pío IX la reforma general de su gobierno y como sabemos, el 17 de marzo se había proclamado el “reino de Italia.”[10]

  La llamada “aventura mexicana”, pues, ha de enmarcarse dentro de la ambiciosa política imperialista de Napoleón III que puso el pie en otros continentes mediante intervenciones en Argelia con propósitos de colonización y en Cochinchina. Fueron las “expediciones lejanas” que condujeron al ejército galo, en ocasiones unido a otros, a China continental y al Medio Oriente, principalmente Siria y Líbano. En varias de estas expediciones se unió al diseño imperial la protección de las minorías católicas locales. En todo momento estuvo presente un móvil bastante repetido que llevó a aciertos y errores: “la gloria y el honor de Francia.”[11]

  Por lo que toca a los asuntos eclesiásticos mexicanos, éstos estuvieron estrechamente relacionados con la “cuestión romana”, como es evidente.

    3.- El regreso del gobierno de Ayutla y la crisis internacional.

  En enero de 1861, poco después del regreso del gobierno de Ayutla a la ciudad de México, fue expulsado el embajador español, Francisco Pacheco, “[…] por los esfuerzos que usted ha hecho por los rebeldes usurpadores”, como lo expresó Melchor Ocampo, ministro de relaciones exteriores.[12] El embajador francés, Dubois de Saligny quedó en la capital mexicana a cargo de los intereses de España. Juárez en febrero hizo a un lado a Ocampo, radical y lo sustituyó por Francisco Zarco, hombre más sagaz y de apariencias. En comunicación a la corte española, Saligny hizo saber que “el nuevo gobierno” mexicano estaba dispuesto a un arbitraje de Napoleón III en el contencioso con España. Sin embargo, pronto aparecieron también reclamaciones francesas e inglesas a causa de préstamos forzosos como el de la Convención Pénaud de cuarenta mil pesos que se “iban a devolver en ocho días” y la sustracción de fondos protegidos por la Legación francesa, hecha meses atrás por Degollado y Miramón. En abril llegó a México el ministro británico Charles Lennox Wyke con instrucciones precisas para exigir el pago de las deudas.

  El 17 de julio de 1861 Saligny escribió al ministerio de exteriores de Francia: “[…] En la situación en que se encuentran, creo capaces de todo a los hombres de este gobierno para procurarse a cualquier precio los recursos de los que carece la administración.”[13] Ese mismo día Juárez firmó el decreto emitido por el congreso declarando la moratoria de pagos al exterior “por dos años.” José Fuentes Mares reflexionó en 1976: “[…] El decreto…era…fuego junto a la dinamita. A las cuatro de la tarde del 25 de julio las legaciones de Francia e Inglaterra arriaban sus banderas al expirar el plazo que los Señores Wyke y Saligny fijaron al gobierno para que derogara el decreto en lo que los afectaba. Pero el gobierno no podía dar marcha atrás. Ni podía ni debía. Si la desamortización de los bienes de la Iglesia no rindió lo que se esperaba; si no había dinero ni de donde tomarlo, no quedaba otro camino que jugar la carta terrible de morir de una vez si ese era el caso, en vez de agonizar lentamente como un deudor moroso cualquiera.”[14]

  El riesgo de un conflicto con las potencias europeas era real. No obstante, el gobierno de Juárez calculaba que era difícil que Inglaterra y Francia lo llevaran adelante y más bien se inclinó a pensar en una intervención española, en virtud de las reclamaciones contenidas en el tratado Mon-Almonte firmado en Madrid en 1859.[15]

  Cuando la noticia de la suspensión de pagos llegó a Europa, no sólo fue comentada en los círculos oficiales sino que ocupó primeras planas en los diarios de diferentes tendencias políticas. Para los liberales, una intervención podría ayudar a consolidar el régimen liberal incipiente; para los conservadores, era la ocasión de poner orden en el caos, del cual todos hablaban, independientemente de los partidos.

  Fue un mexicano residente en Francia, José Manuel Hidalgo Esnaurrízar, con larga carrera diplomática en Londres y Roma, que había acompañado a Pío IX a Gaeta en 1848 y se había familiarizado en Madrid con la duquesa de Alba y la Condesa viuda de Montijo, madre de Eugenia de Montijo, la esposa de Napoleón III quien, en septiembre de 1861 comunicó en Biarritz al emperador sobre la situación mexicana y la “oportunidad” que se presentaba para intervenir en ella. Hidalgo fue más adelante, pues propuso el modelo monárquico para el país, algo que tenía bien meditado junto con otros connacionales.[16] Como Napoleón no se inclinó hacia algún candidato para este cargo, Hidalgo le expuso que José María Gutiérrez Estrada había adelantado pláticas en Viena con el príncipe Metternich para encontrar allá el candidato. Si bien se pensó en distintos, la candidatura se le propondría a Fernando Maximiliano, como de hecho se hizo más adelante.[17]

  Todos estos movimientos no fueron conocidos en México y tampoco, al menos de manera comprobable en España e Inglaterra. Sin embargo, en noviembre se tradujo con rapidez al español un folleto publicado en París acerca de las deudas mexicanas y los porcentajes que de los ingresos de las aduanas de Veracruz y Tampico debían destinarse al fin de saldarlas (el 91%).[18] La publicación alarmó a la opinión y, desde luego, al gobierno.

  Éste había enviado a Madrid poco antes como ministro plenipotenciario con instrucciones respecto a la deuda a Juan Antonio de la Fuente, hombre conciliador que tuvo demasiadas dificultades para ser aceptado en la corte y el 23 de noviembre Juárez derogó el decreto del mes de julio. No obstante, estas acciones fueron tardías, pues el 31 de octubre se había firmado en Londres el acuerdo tripartita que justificaba la intervención en México si bien en él no se hablaba del proyecto monárquico y parecía exclusivamente destinado a exigir el pago.[19] A pesar de que las intenciones parecían comunes, de hecho no lo eran y el texto del acuerdo fue, como son los escritos de compromiso, ambiguo y débil. España tenía sus propias motivaciones y contaba con la cercanía de Cuba en la que había pertrechos militares y buques suficientes. Los ingleses no pensaban sino en exigir el pago e invitar a Estados Unidos a tomar parte, pero Francia estaba dispuesta a llegar a un cambio de régimen en México.[20] Una carta particular del capitán de zuavos Augustin-Louis Frélaut, veterano de Argelia y conocedor de la política escrita cuando el ejército galo se dirigía ya a la ciudad de México, a su hermano Fortuné (Mon cher Fortuné), párroco en un barrio de Vannes, ciudad de Bretaña, expresa: “[…] Deseamos ardientemente llegar al objeto prometido a nuestra paciencia y a nuestros esfuerzos: México. Hacia allá nos conducen naturalmente las operaciones militares, pero es sobre todo a donde nos llevan las exigencias de la política europea: tenemos curiosidad sobre los Señores españoles que dicen que en cuanto estemos en la capital ellos se mezclarán en los negocios que nosotros permitamos. ¡Buenos españoles, buenos ingleses! Me parecen ustedes falsos hermanos y no los queremos más![21]

    4.- Planes para “arreglar” a México.

  Casi simultáneamente, aunque a una enorme distancia geográfica se dio el desembarco adelantado de las tropas españolas en Veracruz (8 de diciembre) y las consultas de Maximiliano sobre la aceptación de la oferta mexicana. A principios del mes citado el archiduque hizo llegar al Papa Pío IX por medio del envío personal de su consejero Scherzenlechuer una carta consultándolo acerca de la posible aceptación de dirigirse a México. El pontífice acudió al obispo de Puebla Pelagio Antonio de Labastida, que se encontraba en Roma desde su destierro por órdenes de Comonfort y éste le entregó un memorial titulado Cuestiones en torno a si la monarquía debe restablecerse en México. Ese documento, desde luego, al usar el término restablecerse partía del supuesto que tanto el Plan de Iguala como los Tratados de Córdoba determinaban el establecimiento del sistema monárquico. Decía Labastida: “[…] si esto no se verificó fue no porque la Nación hubiese retractado su voto, sino porque el Rey Fernando rehusó la aceptación de los referidos plan y tratados.”[22] Por lo que toca a la aceptación del pueblo mexicano, el prelado aludió a la situación caótica del país: “[…] la nación mexicana está dispuesta para recibir a la monarquía…por los desengaños: porque desde el tiempo trascurrido desde que se hizo independiente, ha sido gobernada por todas las otras formas políticas, caminando siempre de mal en peor, hasta llegar a esta crisis mortal de la que no puede salir sin el establecimiento de una monarquía europea.”[23] En cuanto a si debía establecerse una monarquía constitucional o absoluta, el obispo poblano se inclinaba por la absoluta y sobre la intervención militar y las posteriores acciones diplomáticas para sostenerla en sus principios, la aprobaba “[…] siempre que la tal garantía no menguase la independencia de la Nación ni la respetabilidad del príncipe.”[24] Las Consideraciones de Labastida fueron la columna vertebral de la respuesta de Pío IX al candidato al trono de México.

 Esta respuesta, fechada el 29 de noviembre, a pesar de que el pontífice llevaba años preocupado por la situación mexicana, fue cauta aunque suficientemente positiva para animar al archiduque. Comentó sobre ella el jesuita Giacomo Martina en su segundo volumen de la biografía definitiva del Papa: “[…] Pío IX, evitando toda consideración estrictamente política y permaneciendo anclado en su consideración sobrenatural de la historia, veía sólo el lado positivo, el bien que podía hacerse al pobre pueblo mexicano y a la religión. El Papa se congratulaba explícitamente por la ‘misión tan importante en el país  al que Dios lo destinó’”[25]

  El 20 de enero de 1862, Labastida llegó a Miramar no sin haber hablado en Roma con el embajador austriaco Rechberg, a quien no le ocultó las dificultades que encontraría Maximiliano en México y al día siguiente arribó el General Juan Nepomuceno Almonte, residente en París, donde había sido embajador mexicano. Ahí tuvieron amplias conversaciones con Maximiliano en las que, sin duda, no todos lo considerado parecía favorable, pero teniendo en mente el apoyo del emperador francés y la situación estadounidense nublada por la guerra civil, se animó a correr el riesgo: “[…Por estos días] llegó Miramón a Europa; cuando se enteró de los planes monárquicos dijo encolerizado que en México no existía ningún partido monárquico; por el contrario [Antonio López de] Santa Anna, en carta dirigida al archiduque, declaró que no un partido sino la inmensa mayoría de la nación anhelaba la restauración del imperio de Moctezuma…Rechberg no le había ocultado lo expresado por Miramón…[y] el embajador austriaco en Madrid escribió que el presidente del consejo español estaba convencido de la absoluta imposibilidad de establecer nada duradero en México y que él compartía esa opinión.”[26]

    Poco antes –el 2 de enero—Maximiliano le había escrito a Napoleón acerca de la necesidad de un elevado préstamo para poder financiar la misión y cuando Almonte se entrevistó con el primero en Miramar, le dio a conocer un documento con doce puntos sobre las cuestiones políticas, eclesiásticas y económicas garantes de su respuesta afirmativa. En el punto 4° se lee textualmente: “[…] Un empréstito de cinco millones de dólares, al 5 %, con hipoteca de los bienes del Clero. Será necesario que el Clero obtenga el consentimiento del Papa. El gobierno garantizará…el reembolso de esa suma, o por lo menos un interés del 5% en caso de que sea necesario vender esos bienes.” Los puntos 10° y 11° se refieren a la creación de una Nunciatura “de primer orden” y al regreso “urgente” a México de por lo menos tres de los obispos desterrados.[27]

  Resulta interesante, al revisar con cuidado ese papel, encontrar dos tachaduras que hablan de un gesto de moderación al señalar los “partidos” políticos mexicanos y quizá de convicciones políticas personales. Había escrito reaccionarios y dejó: “jefes conservadores” y en referencia a los liberales estaba escrito demagogos y dejó simplemente: “de aquellos otros partidos”. Lo peculiar del caso es que estas menciones hacían referencia a 200,000 dólares para “utilizar servicios”, lo que en correcto español significa sobornos.

    5.- Un camino demasiado sinuoso.

  En la apertura de las sesiones legislativas en París el 27 de enero de 1862, Napoleón III hizo importantes declaraciones acerca de las posturas internacionales de Francia: habló de la amistad con Prusia, consolidada con la visita del rey prusiano, expresó respecto a Italia algo que desconcertó y preocupó a la Santa Sede: “[…] He reconocido al Reino de Italia, con la firme intención de contribuir, con consejos benévolos y desinteresados, a conciliar las causas del antagonismo que turba enormemente las mentes y las conciencias.”[28] Tocó rápidamente los avances de la ocupación de Cochinchina y a propósito de México declaró: “[…] la conducta de un gobierno sin escrúpulos [nos ha] llevado a unirnos a España y a Inglaterra para proteger a nuestros connacionales y para reprimir los atentados que allí se cometen contra la humanidad y el derecho de gentes.”[29]

   La Civiltà Cattolica a comienzos de 1862, abundó en noticias detalladas y comentarios acerca de la intervención ya en marcha haciendo, en primer lugar, un largo resumen sobre la historia de México independiente y sus vicisitudes. Y entre las razones para la intervención indicó las siguientes, no muy comunes: “[…] 1°- Las poco ocultas ambiciones de Estados Unidos y los movimientos realizados a fin de que se anexe a la Unión [es decir, a la facción del Norte] a México. 2°- La imposibilidad en que se encuentran hoy los Estados Unidos de poner obstáculos a la empresa de las potencias europeas, las que no quieren dejar pasar la oportunidad de reivindicar la debida satisfacción por las injurias sufridas y de promover en México un reordenamiento que lo haga capaz de evitar la suerte que ya le tocó a Texas y que amenaza tanto a Cuba, a Santo Domingo y a lo que resta de colonias europeas.”[30]

  La trama, pues, de la intervención, era complejísima y sólo a la distancia de 150 años podemos verla de manera menos incompleta, gracias sobre todo a tanta investigación archivística. Inglaterra, se veía, no iba a sostener una ocupación que lastimara sus ambiguas relaciones con Estados Unidos, pues, por una parte le interesaban sus intereses financieros y comerciales con el Norte y por otra, no le era fácil desprenderse de los insumos sureños para su industria textil.[31] España, sobre todo a partir de que el General Prim asumió el mando, no quiso enfrascarse en algo que pudiera, además de resultar una aventura costosa, avivara el fuego del antihispanismo latente en los mexicanos. La astucia de Manuel Doblado, además, consiguió que se rompiera la débil alianza tripartita y se firmara en el Rancho de la Soledad el 19 de febrero, el convenio respectivo. La redacción de éste es curiosa, pues dice: “Supuesto que el gobierno constitucional que actualmente rige en la República Mexicana ha manifestado a los comisionados de las potencias aliadas que no necesita del auxilio que tan benévolamente han ofrecido al pueblo mexicano, pues tiene en sí mismo los elementos de fuerza y opinión para conservarse contra cualquier revuelta intestina, los aliados entran desde luego en el terreno de los tratados para formalizar todas las reclamaciones que tienen que hacer en nombre de sus respectivas naciones.”[32] Entonces, ¿las “potencias aliadas” habían venido a ofrecer “benévolamente” su auxilio al pueblo mexicano?

  ¿Y Roma? Labastida llevó a Pío IX los puntos señalados por Maximiliano a fines de enero. No sin ciertas reservas, el Papa respondió en forma general, autorizando la posibilidad de acudir a los bienes eclesiásticos y el pronto regreso de los obispos. Acerca del nuncio, no mostró acuerdo con el archiduque en cuanto a que fuera Monseñor Alessandro Franchi, quien era su “brazo derecho” en la Secretaría de Estado y se estaría reservando para la compleja misión de nuncio en España durante el trienio liberal (1868-1870), uno de los periodos más tensos de la relación bilateral entre la monarquía católica y la Santa Sede.[33] Pensó más bien en Monseñor Ledóchowski, delegado apostólico en Colombia, pero no concretó nada pues le parecía precipitado el nombramiento; habría que esperar a que la tranquilidad reinara en México. “[…] Pío IX –apuntó Giacomo Martina—podía haberse convencido de actuar con prudencia por el temor de ligarse demasiado estrechamente a un régimen político determinado con futuro incierto, por los posibles celos de otros estados latinoamericanos y por el recuerdo de las amargas experiencias de los enviados pontificios a América.”[34]

  De febrero a mayo, el obispo de Puebla estuvo en París y después se trasladó a Roma para la celebración de la canonización de un elevado número de mártires, entre ellos el mexicano Felipe de Jesús. Esta ocasión, además de su contenido religioso tuvo el propósito de reunir a un importante número de miembros del episcopado mundial en medio de la incertidumbre que significaba para el poder temporal, la consolidación de las relaciones internacionales del Reino de Italia. Seguramente Don Pelagio se enteró sólo tardíamente de que la intervención francesa estaba en marcha y del fracaso del primer intento de apoderarse de la “ciudad de Los Ángeles”.[35]

  A pocos días de que el emperador francés recibió los informes sobre el triunfo en las Cumbres de Acultzingo y la derrota en Puebla, escribió al general Lorencez, como ignorando las pláticas sobre el proyecto monárquico para México para el que incluso había titular: “[…] Apruebo la conducta de usted, aun cuando no ha sido comprendida por todos [referencia al General Prim]. Ha hecho bien en proteger al general Almonte, ya que él está en guerra con el actual gobierno de México. Todos los que busquen protección bajo la bandera de usted, tienen los mismos derechos a su protección. Pero esto no ha de influir en su conducta hacia el porvenir. Es contrario a mi interés, a mi origen y a mis principios, imponer un determinado gobierno al pueblo mexicano. Él puede elegir libremente el que mejor le convenga. No le pido a usted más que la sinceridad en sus relaciones con el extranjero y sólo deseo una cosa: la prosperidad y la independencia de ese bello país bajo un gobierno estable y regulado.”[36] Estas líneas parecen probar que su interés en México era independiente de las consideraciones concretas de esos días. ¿Se trataría del “gran pensamiento del reino”, como supusieron algunos de sus contemporáneos?[37]

  La posición de Bonaparte era de doblez más que de diplomacia, mientras la del obispo era firme al grado de que quedaba expuesto al riesgo de la incomprensión y de la acusación de antipatriota. Labastida ejerció de hecho el liderazgo del episcopado mexicano en esos años, pero no todos sus colegas pensaban como él. Hace falta investigar con más cuidado las posturas, sobre todo, de Clemente de Jesús Munguía, obispo de Michoacán y de Pedro Espinosa y Dávalos de Guadalajara, cuyas convicciones republicanas se reflejan en muchos de sus escritos. Ojalá podamos hacerlo, lo que, desde luego, complicará aún más la ya compleja trama del acercamiento histórico a esos días.[38]

  La “hipoteca sobre los bienes eclesiásticos” pesó sobre las cabezas de todos y continuó siendo origen de disgustos, falsas promesas y mal uso de lo que, con tantas fatigas y en tanto tiempo habían reunido no los clérigos ni los religiosos, sino el pueblo mexicano con sus legados y el cuidado de sus haberes comunitarios. “[…] Maximiliano –escribió Fuentes Mares—siguió de frente en su intento de formular una política que, lógicamente, tenía que fracasar en su primer contacto con la realidad mexicana. Pretender servirse del poder moral de la Iglesia para echar las bases del nuevo régimen, y plantear la subsistencia de éste con base en los bienes de aquella, era caer en una contradicción insalvable y condenar a muerte a la criatura nonata todavía.”[39]

  ¿Miopía, drama, fatalidad, providencia? De todo ello hay cuando miramos hacia atrás, sobre todo al siglo XIX, en el que se levantaron al modo de altas olas inmensas pasiones. A un siglo y medio, sin embargo, algo de lo que somos viene de allá. Los mexicanos de hoy somos elementos vivos forjados de múltiples confluencias.

 Jala, Nayarit, 30 de abril de 2012.

Puebla de los Ángeles, 4 de mayo de 2012.


 

[1] La carta colectiva de protesta del episcopado está publicada con comentarios en: Alfonso Alcalá/ Manuel Olimón, Episcopado y gobierno en México. Cartas pastorales colectivas del Episcopado Mexicano, 1859-1875, Universidad Pontificia de México/ Ediciones Paulinas, México 1989, pp. 13-68. En el coloquio internacional La reforma en la historia y en la memoria organizado por el Centro de Estudios Históricos de El Colegio de México, presenté el 14 de octubre de 2009 la ponencia: Entretelones de una oposición. La Iglesia católica y las leyes de reforma. (Puede consultarse en mi página electrónica: www.olimon.org).

[2] El tema del “nuevo orden” fue objeto de dos estudios de Henry Kissinger, de alto interés: Un mundo restaurado. La política del conservadurismo en una época revolucionaria, Fondo de Cultura Económica, México 1974 (edición original en inglés: A World restored: The politics of Conservatism in a Revolutionary Age, Grosset & Dunlap, New York 1963) y: Diplomacy, Simon & Schuster, New York 1994.Tuve también a la mano: Emmanuel de Waresquiel/ Benoît Yvert, Histoire de la Réstauration. 1814-1830, Perrin, Paris (2)2002.

[3] El estudio exhaustivo y clásico de la problemática en torno a las emancipaciones hispanoamericanas es: Pedro de Leturia S.J., Relaciones entre la Santa Sede e Hispanoamérica, 3 vols., Pontificia Università Gregoriana/ Sociedad Bolivariana de Venezuela, Roma/Caracas 1959. 1960. Sobre el tema escribí: La Iglesia católica en la emancipación mexicana e hispanoamericana, 20/10 Memoria de las revoluciones en México, 1 (julio-agosto 2008), pp. 77-92.

[4] Estos temas están tratados en mi libro: El incipiente liberalismo de Estado en México, Porrúa, México 2009. La problemática de la conciencia la he tratado en: La libertad y el liberalismo: retos a la conciencia católica en el siglo XIX, en: Patricia Galeana (coord.), Encuentro de liberalismos, UNAM, México 2004, pp. 105-154. Las leyes liberales como conflicto de conciencia. Reflexión inicial, en: Guadalupe Jiménez Codinach (coord.), El buen ciudadano: Benito Juárez, 1806-2006, Instituto Nacional de Antropología e Historia, México 2006, pp. 65-80. De leyes, libertades y soberanías: en torno al liberalismo, Juárez y la Iglesia católica, en: Patricia Galeana (coord.), Presencia internacional de Juárez, Asociación de estudios sobre la reforma, la intervención francesa y el segundo imperio, México 2008, pp. 63-68.

[5] Existe abundante bibliografía sobre la intervención en México. Sigue siendo fundamental para el seguimiento de los hechos el texto ya clásico de José María Iglesias, Revistas históricas sobre la intervención francesa en México, Porrúa, México 1966. (La 1ª edición es contemporánea a los acontecimientos, 1862-1864). Son de interés los testimonios de participantes: Émile de Kératry, La contraguerrilla francesa en México.1864, Secretaría de Educación Pública/Fondo de Cultura Económica, México 1980. (Originalmente fue un artículo publicado en la Révue des deux mondes de París en octubre de 1865), Jean Meyer (ed.), Yo, el francés. Biografías y crónicas. La intervención en primera persona, Tusquets, México (2)2003. Manuel Charpy/ Claire Fredj (eds.), Lettres du Mexique. Itinéraires du zouave Augustin-Louis Frélaut, 1862-1867, Nicolas Philippe, Paris 2003. (Este libro contiene, después de las cartas del capitán Frélaut, una serie de textos de opinión publicados contemporáneamente en diversos medios impresos franceses). Una compilación de discursos parlamentarios franceses sobre el caso mexicano: Manuel Tello (ed.) Voces favorables a México en el Cuerpo Legislativo de Francia (1862-1867), 2 vols., Senado de la República, México 1967. La posición de la Gran Bretaña según documentos de la época: Gloria Grajales (ed.), México y la Gran Bretaña durante la intervención y el segundo imperio mexicano 1862-1867, Secretaría de Relaciones Exteriores, México 1974. El punto de vista alemán, sobre todo periodístico (del Allgemeine Zeitung de Augsburg (Aquisgrán)): Jesús Monjarás Ruiz (ed.), México en 1863. Testimonios germanos sobre la intervención francesa, Secretaría de Educación Pública, México 1974.

[6] Sobre la importancia de esta revista como fuente para la historia escribí unas páginas hace tiempo: Una revista católica europea y la reforma mexicana, en: Brian F. Connaughton/ Andrés Lira González (coords.), Las fuentes eclesiásticas para la historia social de México, Universidad Autónoma Metropolitana-Iztapalapa/ Instituto Mora, México 1996, pp. 371-379.

[7] Un buen acercamiento a los hechos y las doctrinas de fondo implicadas en el caso entre 1859 y 1871: Renato Cirelli, La questione romana. Il compimento dell’unificazione che ha diviso l’Italia, Mimep-Docete, Milano 1997.

[8] Los pormenores de estos hechos: Giacomo Martina S.J., Pio IX (1846-1850), Università Gregoriana Editrice, Roma 1974, pp. 330-349. (Cap. XIII. La repubblica romana del 1849 e la sua caduta viste da Gaeta).

[9] Texto completo de la Nota en traducción italiana: La Civiltà Cattolica, XII, vol. XI/ serie IV, (Roma) 1861, p. 235. (Traducción al español mía).

[10] Antoine Olivesi/ André Nouschi, La France de 1848 à 1914, Nathan, Paris 1997, pp. 134-138. (4.4., La campagne d’Italie). La reflexión, a 150 años de distancia sobre la proclamación del reino de Italia la ha hecho el propio Secretario de Estado del Papa Benedicto XVI, cardenal Tarsicio Bertone, al inaugurar una exposición documental en la sede del Senado italiano: Señal de armonía creciente entre Iglesia y Estado, L’Osservatore Romano (ed. semanal en lengua española), 18 de marzo de 2012.

[11] Este tema está tratado en: Louis Girard, Napoléon III, Fayard, Paris 1986, pp. 309-314. (4ème partie, I, Les années incertaines: les expéditions lointaines (1861-1865).Véase también mi artículo: El Papa Pío IX y Napoleón III. Nerviosismo político en Europa y México, Historia desconocida. Libro anual de la Sociedad de Historia Eclesiástica Mexicana 1(2007), pp. 176-189. Una buena visión global del entorno de la etapa del segundo imperio: Alain Plessis, De la fête impériale au mur des fédérés, 1852-1871, Seuil, Paris 1979. Los aspectos frívolos de esta época, no menos importantes para su comprensión: Gaston Jollivet, Souvenirs de la vie de plaisir sous le Second Empire, Jules Tallandier, Paris 1927.

[12] Sigo a José Fuentes Mares, La emperatriz Eugenia y su aventura mexicana, El Colegio de México, México 1976, p. 46. Se trata de un libro muy serio pero, como todo lo escrito por Don José, de lectura amena y salpicado de anécdotas simpáticas y chispeantes.

[13] Cita en: La emperatriz, p.49.

[14] Id., p.50.

[15] Id., pp. 51s. Un breve apunte sobre el tratado: Diccionario Porrúa. Historia, Geografía y Biografía de México, Porrúa, México (5)1995, p. 2308. El núm. 13 del Archivo Histórico Diplomático Mexicano de 1925 contiene estudios sobre este tratado.

[16] Sobre los mexicanos desterrados, dice Giacomo Martina: “[…] ex diplomáticos sin credenciales, exmilitares sin ejércitos, aristócratas obligados al exilio, ricos propietarios reducidos a un tenor de vida modesto…José Manuel Hidalgo y Eznaurrizar, que había conseguido la confianza de la emperatriz Eugenia y el exembajador en Viena, José María Gutiérrez de Estrada, campeón del trono y del altar.” (Pio IX (1851-1866), Editrice Pontificia Università Gregoriana, Roma 1986, p. 463). (Texto original en italiano. Traducción mía).

[17] Id., pp. 79-92. Egon Caesar Conte Corti, Maximiliano y Carlota, FCE, México (2)1976, pp. 26-94.

[18] México y la intervención. Opúsculo publicado en París…Imprenta de Ignacio M. Cumplido, México 1861. La cita y el comentario: Marta Eugenia García Ugarte, Poder político y religioso. México siglo XIX, II tomo, Varios editores, México 2010, pp. 959-963

[19] La emperatriz Eugenia, p. 79.

[20] Abundante documentación directa e indirecta sobre la Convención de Londres: Manuel Ortuño Martínez (ed.) El General Prim y la intervención tripartita en México. Octubre de 1861-Mayo de 1862, Benemérita Universidad Autónoma de Puebla/ Ediciones Arte y Cultura, Puebla/México 2011, 121-165.

[21] […] « Bons Espagnols, Bons Anglais, vous me paraissez faux frères et nous ne voulons plus de vous…» Puente Colorado, 20 de febrero de 1863. Lettres du Mexique, p. 77. (En francés. Traducción mía).

[22] Documento en el Archivo Secreto Vaticano trascrito en: Poder político, II, pp. 976-978.

[23] Id., p. 976.

[24] Id., p. 978.

[25] Pio IX (1851-1866), p. 465. (Texto original en italiano).

[26] Lilia Díaz, El liberalismo militante, en: El Colegio de México (ed.), Historia general de México, tomo 2, México (3)1981, p. 858. El 21 de diciembre de 1861, Santa Anna desde Saint Thomas escribió a Gutiérrez Estrada criticando a Miramón. La carta está publicada en: El General Prim, p. 191. Una fuerte crítica a Prim se hizo en una “carta de un mexicano al Padre Miranda” fechada en México el 8 de enero de 1862, Véase en: El General Prim, pp. 199s. Un seguimiento breve pero puntual de estos días lo hizo Luis Medina Ascencio S.J., México y el Vaticano, II: La Iglesia y el Estado liberal, 1836-1867, Jus, México 1984, pp. 229-243.

[27] La minuta del documento se encuentra en el Archivo Imperial de Viena (KMMA). La transcripción: La emperatriz Eugenia, pp. 107s. El documento formalizado, redactado en francés, está en el Archivo Vaticano: Points arretés pour le complessiment du projet. (Citado y comentado en: Poder político, II, pp. 980s.)

[28] Transcripción en traducción italiana: CivCat, XIII, vol. I, serie V (1862), p. 505. La revista se extiende con amplitud en el comentario sobre los problemas teóricos y prácticos alrededor de la cuestión romana a partir sobre todo de los anexos entregados al parlamento francés por el emperador después de su discurso.(pp. 505-511).

[29] Id., ib.

[30] Id., p. 731. El tema completo: pp. 750-757. (En italiano).

[31] El tema de la ambigüedad británica respecto a la guerra civil en Estados Unidos está tratada magistralmente por: Amanda Foreman, A world on fire. Britain’s crucial role in the American Civil War, Random House, New York 2010. La política de los Estados Confederados hacia México: Gerardo Gurza Lavalle, Una vecindad efímera. Los Estados Confederdos de América y su política exterior hacia México, 1861-1865, Instituto Mora, México 2001.

[32] Texto en: El General Prim, pp. 323s: Preliminares en que han convenido el Señor Conde de Reus y el Ministro de Relaciones Exteriores de la República Mexicana.

[33] Estas difíciles situaciones y sus soluciones están estudiadas en: Francisco Díaz de Cerio S.J./ M. F. Núñez y Muñoz, Instrucciones secretas a los nuncios de España (1847-1907), Editrice Pontificia Università Gregoriana, Roma 1989. El caso de Franchi, pp. 165-170.

[34] Pio IX (1851-1866), p. 466.

[35] Sería conveniente, a la distancia de cincuenta años, revisar lo que en 1962 se programó para conmemorar el centenario de la batalla de Puebla: Secretaría de Educación Pública-Consejo Nacional Técnico de la Educación, Guía conmemorativa del centenario de la batalla del 5 de mayo de 1862, México 1962. (Contiene: “sugestiones para el jardín de niños”, “sugestiones para la escuela primaria”, “sugestiones para la educación media” así como poesías, “datos históricos”, “biografías” y “documentos,” naturalmente enfocados como testimonios de heroicidad de los liberales mexicanos del tiempo. Como dato curioso, en la biografía de “Porfirio Díaz en el período de 1854 a 1867” se dice (y lo subrayé al leerlo en 1962 como estudiante de secundaria): “[…] Los acontecimientos políticos derivados de los planes de la Noria y de Tuxtepec y de los largos años que ejerció la Presidencia de la República, deben considerarse ajenos a la celebración del centenario de la batalla del 5 de mayo de 1862,” p. 90). De los libros de mi padre, el General Jorge Olimón Colio, tengo dos publicaciones de ese mismo año: Gral. Tomás Sánchez Hernández, Estudio crítico de la batalla de Puebla del 5 de mayo de 1862, ed. del autor, México (2)1962 y Gral. Miguel Á. Sánchez Lamiego, La fortificación y los ingenieros militares en la batalla del 5 de mayo de 1862, ed. del autor, México 1962.

[36] Texto en italiano: CivCat, XIII, IV, serie V, (1862), p.506. El subrayado está en la revista.

[37] De la fête imperiale, p. 199.

[38] Daniel Olmedo S.J., en sus páginas sobre La Iglesia en Latinoamérica durante el siglo XIX, (en: Roger Aubert, Pío IX y su época, (Fliche-Martin, Historia de la Iglesia, vol. 24), EDICEP, Valencia 1974, p. 636), dice: “[…] El arzobispo Munguía no había visto con buenos ojos el proyecto y sólo regresó [a México] por expreso deseo del Papa. Otros obispos sí creyeron que un príncipe culto y católico podría introducir por fin el orden y la paz.”

[39] La emperatriz Eugenia, p. 110.