EL SANTO NIÑO DE ATOCHA ENTRE LA ORTODOXIA Y LA SANTERÍA

 

Manuel Olimón Nolasco.

Universidad Iberoamericana.- Departamento de Historia.

 

Participación en el curso sobre Historia de la Cultura, Universidad Autónoma de la Ciudad de México, 3 de junio de 2009.

   1.-

  De acuerdo al P. Hesburgh, Rector por  muchos años de la Universidad “Notre Dame” (citado por  el Presidente Obama en esa universidad el 17 de mayo), la religión es: faro y cruce de caminos. (lighthouse and  crossroads).

  Por consiguiente, siguiendo esa ruta, una imagen religiosa sustentada en un relato y ambos entrelazados en una tradición, constituyen desde luego un punto de luz, de origen. Tienen, pues, en primer lugar, una explicación ortodoxa, es decir, “conforme con doctrinas o prácticas generalmente admitidas.”[1]  Son, por consiguiente, faro. Sin embargo, tratándose de una realidad que tiene larga duración en el tiempo, de su carácter simbólico y por tanto, dúctil en su relación con diferentes y cambiantes situaciones culturales y estados psicológicos personales y comunitarios, de hecho adquiere funciones diversas que pueden alejar de ese punto de luz y origen, enriquecerlo, empobrecerlo o darle significados diferentes, quizá ni siquiera imaginados en el citado punto de origen. Son también, pues, cruce de caminos.

  Para quienes vivimos en el siglo XXI, uno de los conceptos más difíciles de asumir e incluso de comprender es el de TRADICIÓN, pues las evidencias que lo perfilan son flexibles y su peso de VERDAD, aunque no responde sólo a una plana irracionalidad, contiene elementos racionales y muchos más de carácter emocional y sensible. Por ello, al acudir a leyendas, relatos, mitos y sus muy diversas trasmisiones y concreciones culturales apelamos, de hecho, a una verdad cultural, no a la que podemos llamar científica según los criterios de las ciencias exactas o de la historia basada en la verificación de documentos.

  Estas consideraciones han de tenerse en cuenta delante de la fenomenología religiosa y sus manifestaciones incluso –y quizá más-- cuando se trata de religiones institucionalizadas o de mayor complejidad como el judaísmo y el cristianismo, a los que hay que referirse, en realidad, en plural: judaísmos y cristianismos.

  2.-

  La ortodoxia cristiana tiene como eje el “Credo” acuñado en el Concilio de Nicea (325) y adicionado en el Primer Concilio de Constantinopla (381). Se trata de una profesión de fe católica, que, de acuerdo al significado original de esas palabras hace de quien las pronuncia, un profeso, un profesional, alguien que se involucra en un dinamismo. Y es católica, en el sentido no confesional sino con la categoría de universal, pues a Nicea llevaron las iglesias particulares sus propios credos y los integraron en uno común.

  A la letra dice: “[…] Creo en un solo Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos…que por nosotros los hombres y por nuestra salvación, bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de la Virgen María y se hizo hombre. Y por nuestra causa fue crucificado bajo el poder de Poncio Pilato, padeció y fue sepultado y resucitó al tercer día según las Escrituras…”

  De ello se colige: a causa de la humanidad, Dios se encarnó, es decir, tomó carne, nefes~ (lo contrario a ruah, es decir, debilidad frente a espiritualidad). Por tanto, con la fuerza del Espíritu se hizo hombre naciendo de María de Nazaret en un lugar y momento históricos (de ahí la mención de Poncio Pilato, funcionario romano concreto).

  Esta diferencia, incluso con la tradición judaica, hace que, en el siglo II, Ireneo de Lyon, haya escrito: “al venir el Verbo en carne, trajo consigo toda novedad.” Y que la imagen de Dios (eíkon, ícono: repositario, imagen con densidad) y no el ídolo (eídolos) sea Jesús histórico.

  De lo anterior se deriva que en el Segundo Concilio de Nicea (787), a propósito de la oposición a la exposición y veneración  de las imágenes (doctrinas y posturas prácticas iconoclastas) se haya dictaminado lo que sigue: “…las venerables y santas imágenes deben ser expuestas en las santas iglesias de Dios…sobre las paredes y las tablas, en las casas y en los caminos…No se trata de una verdadera adoración, reservada…solamente a la naturaleza divina…el honor tributado a la imagen pertenece a quien en ella está representado y quien venera la imagen venera la realidad de quien en ella está reproducido…”[2]

  El mismo Concilio citado habla de las imágenes de Jesucristo, la Virgen María, la cruz, los ángeles y los santos.

 Esta es la doctrina que ha permanecido en la Iglesia católica oriental y occidental y en las Iglesias ortodoxas orientales hasta la actualidad. Se trata, sin embargo,  de una permisión y no de una obligación.

  No obstante, de acuerdo a la variación de los estilos artísticos a lo largo de más de una docena de siglos, las imágenes han sufrido mutaciones innúmeras y los relatos que sustentan su presencia y apoyan su cualidad milagrosa sobre todo en determinados sitios concretos (santuarios sobre todo) son variadísimos.

  3.-

  El “Santo Niño de Atocha” es, como su nombre lo indica, Jesús niño que se encuentra en los brazos de la “Virgen de Atocha”, imagen situada, desde la Alta Edad Media, en su santuario en una pequeña población cercana a la ciudad actual de Madrid. (Todo mundo ha oído hablar de la “estación de Atocha”, punto de llegada del ferrocarril a la capital española).

  La leyenda que dio sustento a su especial veneración se integró durante los largos años de la dominación musulmana en España, durante los cuales no pocas imágenes cristianas fueron enterradas, escondidas o veneradas de manera clandestina a fin de que no resultaran profanadas. Como toda leyenda, lleva en su intimidad un núcleo de experiencia histórica que, en este caso está perdido en la nebulosidad de los tiempos.

  Esa leyenda (siempre con variantes, como todo relato oral puesto por escrito mucho más tarde) corre de la siguiente manera:

  “Los moros tenían encarcelados a un buen número de cautivos cristianos. Las condiciones de la cárcel eran difíciles: comida insuficiente y de mala calidad, sed ardiente sobre todo en el tiempo del verano, malos tratos, pruebas continuas a su fe, sobresaltos ante amenazas de muerte, incertidumbre ante el futuro, soledad que se hacía  insoportable.

  Los carceleros no permitían visitas ni de familiares ni de amigos. Hacían, no obstante, una excepción: los niños pequeños.

  De esta manera, conociendo el duro sufrimiento de los cristianos, el Niño, que se encontraba en los brazos de su Madre y escondido como Ella en un lugar desconocido, decidió bajar al suelo y emprender el camino hacia las cárceles para consolar a sus hermanos en la fe.”

  De aquí la iconografía original: el Niño de Atocha, tocado con el sombrero del peregrino (al modo del Santo Santiago peregrino y de su señal en el cielo que conduce a su santuario en “Finis Terrae” (“El final de la Tierra”, en el extremo de Galicia): “El Camino de Santiago” o la Vía Láctea (la película de Buñuel)). El Niño lleva en una de sus manos un recipiente con agua y en la otra un canasto con panes: el pan y el agua, los elementos mínimos para el sustento humano. En las imágenes más antiguas, bajo los pies del Niño se encuentran unos grilletes, signo de la ausencia de libertad de los prisioneros.

  Continuamos el relato: “La peregrinación del Niño fue iluminando las cárceles a lo largo del territorio ocupado y dando esperanza a los cristianos sometidos: con el agua y el pan de sus recipientes, convertidos en fuentes inagotables, pues entre más caminaba más se colmaban, satisfacía la sed y el hambre corporales; con su palabra de consuelo y cercanía, con la gracia de su presencia (gracia en sentido pleno), sanaba heridas del ánimo y daba, con la esperanza, nuevo sabor a la vida, a pesar de su dureza.”

  He ahí la fuente originaria, la leyenda dinámica que desde Atocha y hacia Atocha estableció un vínculo en medio de circunstancias adversas.

  4.-

  A finales del siglo XV se dio en España la reconquista.

   Fue  tiempo coincidente con la apertura de nuevos espacios para la cristiandad con la conquista de los territorios americanos.

  El Santo Niño no fue de los primeros en llegar. Más bien su llegada fue tardía; acompañó el camino hacia el Norte profundo; acompañó la apertura de las minas; estuvo al lado de los nuevos peligros: los ataques de los apaches, de las tribus que se consideraron “salvajes”, los riesgos de la soledad del semidesierto que se extiende desde San Luis Potosí hasta el comienzo del norte de Nuevo México.

  No debe extrañar, pues, la geografía de la difusión de su culto impulsado por la predicación, debida principalmente a los religiosos dominicos, sobre todo en los siglos XVIII y XIX y a quiénes atrajo de modo principal. No debe extrañar tampoco que el Santo Niño haya estado cerca de quienes lucharon en guerras intestinas e internacionales en el siglo XIX y aun en la revolución mexicana o de quienes sufrían encarcelamiento por las causas más diversas. Ejemplo claro es la canción “La cárcel de Cananea”, probablemente escrita en 1917 por Francisco “el Cucharón” de Batuc, encerrado a causa del asesinato de unos inmigrantes chinos. Ahí se dice: “[…] Despedida no la doy, porque no la traigo aquí: se la dejé al Santo Niño y al Señor de Mapimí.”[3]

   De este modo, pues, las soledades norteñas, los peligros por los que tenían que pasar los soldados de los lejanos “presidios” junto con los colonizadores, los temores ante los ataques de los animales salvajes y de los indios “bravos” y sobre todo los riesgos extremos de las hoquedades de la tierra para los trabajadores de las minas, hicieron profunda la devoción al Santo Niño.

  Su santuario principal en México está en el poblado de Plateros ( lugar de los artesanos de la plata) cerca de Fresnillo, Zacatecas. Es centro de peregrinación de alta importancia y acoge multitudes que llegan allí por las más diversas causas, con peticiones y acciones de gracias. Con el paso del tiempo, todo tipo de angustias, dolores y sufrimientos humanos –no sólo los de los mineros, soldados y emigrantes—llegan con sus dueños a este lugar, puerta del Norte.

  Refiero la experiencia de Josefina Ramírez de Arellano, investigadora en historia del arte, que dice más que muchas otras referencias que pudieran darse: “[…] Fue a principios de 1994 cuando tuve la oportunidad de visitar por primera vez el Santuario de Plateros. Era un domingo de invierno por la mañana, hora del día en que el clima zacatecano, en esa época, es sumamente inhóspito y el viento asuela inclemente todo lo que encuentra a su paso, levantando enormes remolinos de polvo que circulan entre las caras de los peregrinos. Me encaminé hacia el templo intentando esquivar el viento y en un lugar conocido como “El camino del peregrino” vi llegar dos enormes peregrinaciones procedentes de los estados de México y Guanajuato. El número aproximado de los devotos sería de unas mil quinientas personas entre adultos, jóvenes y niños que cargaban todo lo necesario para su traslado: alimentos, cobijas, ropa; también traían con ellos ofrendas para el Santo Niño de Atocha.

  “En sus rebozos, las madres llevaban a sus pequeños y los más grandes desfilaban a su lado bebiendo atole para calentarse y para soportar el resto del camino que los conducía al templo para ‘cumplir la manda’, es decir, para concretar la oferta que en su momento le hicieron al Santo Niño para que les resolviera su problema.

  “Acompañada de mi pequeña maleta, decidí integrarme al grupo sin ser notada. Ellos, contra lo que pudiera pensarse, no lucían fatigados, sedientos ni hambrientos.

  “Refrendé entonces la gran riqueza del pueblo mexicano, esa que no reside en otro lugar que en su propio corazón, porque luego de haber caminado centenares de kilómetros no manifestaban en sus rostros otra expresión más que de alegría, de esperanza. Era como si se acercaran a un lugar en el que habrían de celebrar una fiesta y apresurando el paso, comenzaban entonces a sacar de sus bolsas sus humildes regalos: veladoras, flores y frutas…”[4]

  5.-

  Antes de que la industrialización llegara a la iconografía religiosa de manera masiva a mediados del siglo XIX, cada una de las imágenes era una obra singular. Podía haber sido pintada  o tallada (en el caso de las esculturas) por un artista ignoto y humilde, pero no respondía a la reproducción masiva.

  En las comunidades cristianas orientales, el pintor de iconos debía someterse a una serie de prácticas (ayuno, oración) para poder captar la inspiración requerida para realizar su singular tarea y para tener la purificación interior apropiada. Un ejemplo de ello se puede ver en la extraordinaria película dirigida por Tarkowsky, Andrei Roublev. Esta cualidad le daba a la obra una sacralidad específica que la ponía aparte de cualquier objeto similar, retrato o figura esculpida “profana.”

   Pero no sólo en el Oriente, sino más cerca de nosotros, los “santeros” (en el sentido de fabricantes de santos y no de seguidores de la santería) no eran (o son) meros artistas. La siguiente cita nos dice mucho al respecto: “[…] Los santeros cobran su tributo al mundo material: a sus tierras y a su vegetación, a fin de obtener la madera, el yeso y los elementos de color de los que plasma sus santos. No siendo románticos, no ven a la naturaleza como sagrada en sí misma, pero cuando trozos de la naturaleza se convierten en sustancia de las imágenes sagradas, estos materiales ponen en actividad la capacidad de la materia para tomar parte en lo sagrado, en lo divino.”[5]

    Si nos fijamos en los retablos y exvotos que representan al Santo Niño de Atocha, es notable una evolución iconográfica que podemos considerar decadente o descendente y que ilustra la lenta separación entre la leyenda y la imagen. En la mayoría de las obras populares recientes no existen más los grilletes al pie del Niño, es decir, se ha perdido la vinculación con los cautivos cristianos medievales. Si bien casi todos conservan el recipiente para el agua y la canasta con panes en sus manos, algunas representaciones le ponen flores, la canasta vacía o quitan uno de los dos elementos. Señal de que también se ha ausentado el relato del Niño colmando la sed y el hambre, aunque estos elementos han permanecido aun sin representación.

  El sombrero, ligado al tocado de los peregrinos de la ruta de Santiago de Compostela ha sufrido transformaciones tales que en algunos casos se acercan a lo grotesco: el Niño se muestra con sombreros que bien podía usar una mujer de la alta sociedad en el siglo XIX.

  Ha habido, pues, según parece, una interiorización e individualización de las necesidades presentadas ante la imagen y una ampliación de lo que podía considerarse especialización en cuanto a esas mismas necesidades. El nivel de angustia contemporáneo, tal vez, es mayor y más variado que el de otros tiempos.

  Me permito transcribir algo que escribí hace cerca de nueve años a propósito de una exposición de exvotos del santuario de Plateros que tuvo lugar en el Museo Casa Estudio de Diego Rivera y Frida Kahlo, expresando los “niveles” de acercamiento religioso a esta manifestación particular que, a pesar de todo, me parece que preserva lo esencial de la profesión de fe católica aludida al comienzo de estas palabras: “ Los seres humanos hemos aprendido a dirigir dos tipos de miradas, una a nuestro alrededor, donde se definen, a partir de las sombras, los rasgos claros de una naturaleza espléndida y acogedora, poblada de sonidos y de sabores. Desde el fondo de su escenario se oye una voz cálida con un tono y un brillo que pronto se descubre singular; se acerca el rostro que sonríe y los brazos que aceptan y sostienen de ‘alguien’ que, además de su nombre propio, va dando contenido, en los lenguajes y las civilizaciones, a las relaciones cercanas, a esas que impiden el ejercicio del egoísmo selvático: madre, padre, esposo, esposa, hijo, hermano…La mirada a lo que nos rodea es signo de que el mundo es casa que recibe y, a la vez, y quizá por eso mismo, ocasión de angustia, sitio para una reflexión por la paz.

  “La segunda mirada, no con ojos de carne y por ello abierta a la transparencia, la hacemos, cada día mejor y con mayor profundidad si nuestro corazón madura, hacia nuestra interioridad, a ese pozo de aguas lúcidas donde habita la libertad y la responsabilidad, donde se teje la santidad y también, en negro contraste, la maldad homicida.

  “Estos caminos humanos de vertiente dual, son la fuente de la religiosidad. El descubrimiento en medio de ellos de las huellas de lo gratuito, de la presencia de la entrega y de la belleza, favorece la expresión del asombro y el reconocimiento, en lo alto, más de un amor que de un poder: ‘Dios es luz.’ ‘Dios es amor’. ‘(…) Es más grande que nuestro corazón’, ha escrito Juan, el vidente de Patmos.

  “Es este reconocimiento del amor como presencia capaz de transformar la realidad dolorosa y el reinado de la muerte, el que ha hecho posible que las manos de artistas casi siempre desconocidos hayan dejado estos testimonios de agradecimiento a alguien que, para decirlo con las palabras del Nuevo Testamento, ‘pasó haciendo el bien’: Jesucristo bajo la forma del Santo Niño de Atocha…

  “El cariño agradecido ha plasmado esta efusión de arte. Ha redactado, ‘con las veras del corazón’ no sólo frases bien o mal cortadas, ingenuas o sublimes, sino efusiones, ‘aclamaciones’ de un sufrimiento esperanzado.”[6]

  6.-

  Por último, si la ortodoxia ha marcado con intensidad sus caminos, también lo ha hecho la heterodoxia o, para decirlo con menos rigidez, la libertad imaginativa religiosa y las presiones sociales de los tiempos, casi siempre aciagos para muchos pueblos.

  El desamparo de los africanos traídos a América, desarraigados de sus lugares de origen con todo lo que conllevaban, colocados en un desamparo del que difícilmente somos conscientes en la actualidad, los llevó a construir una peculiar práctica religiosa la cual, además, se consolidó a causa de la evangelización católica que sólo marginalmente los tocó, sobre todo en el Caribe insular.

  La “santería” tiene en un lugar especial al Santo Niño,  variando su sentido como representación de una deidad ancestral.

  Habla Leonel Gámez, “santero” cubano radicado en México: “[…] es un sincretismo religioso; de ahí que le denominen santería, pero en realidad se trata de la religión yoruba que viene de la parte norte de Nigeria, justamente de las tierras Ileife y Oyó, de donde trajeron a los primeros esclavos africanos a Cuba…esos trabajadores explotados en su fuerza de trabajo se reunían en secreto para poder seguir adorando a sus deidades…tuvieron que recurrir a los nombres católicos…al Niño de Atocha lo igualaron con Elegguá, en honor del cual hicieron una fiesta. Procede también él de Nigeria, aunque en esa nación no se conoce al Niño de Atocha como tal…” “[…] Elegguá: Él abre todos los caminos. Nada faltará” (Inscripción al reverso de un díptico con la imagen del Santo Niño y un corazón inflamado).[7]

  Y expone la socióloga Annette del Rey: “[…] Elegguá [es] dueño de los caminos, el azar, el destino. Se le representa como un niño travieso y juguetón, y es en esta representación que el sincretismo afrocatólico lo ha asociado con el Niño de Atocha…”[8]

  A pesar de lo aquí citado y de mi lejanía respecto de los estudios relacionados con religiones y simbologías afroamericanas, me parece que no se trata propiamente de un sincretismo, dentro del cual se da una fusión cultural, es decir, algo que actúa desde adentro de una comunidad que surge y que puede llevar a la integración de una gnosis o doctrina para iniciados, sino de una sustitución externa, en la que tanto las imágenes como sus líneas de representación y su dinamismo permanecen autónomas y lejanas, con trayectorias propias y paralelas. Además, en tiempos como los actuales, donde principalmente en los ambientes urbanos es fácil confundir la religión con el folklore y hasta con modas esotéricas, es difícil pulsar la seriedad o la banalidad de este tipo de manifestaciones.

  Desde el punto de partida de la Iglesia católica, por otra parte, existe un seguimiento cuidadoso de las manifestaciones fronterizas que pueden ser reconocidas no pocas veces como expresiones de lo que se llama superstición o vana observancia,  o, con mayor fuerza, idolatría, es decir, la dirección de un culto religioso a una realidad inexistente. Basten estas citas del Catecismo de la Iglesia Católica: “(…) La superstición es la desviación del sentimiento religioso y de las prácticas que impone. Puede afectar también al culto que le damos al verdadero Dios, por ejemplo, cuando se atribuye importancia, de algún modo mágica, a ciertas prácticas…” (n. 2111)

  “La idolatría no ser refiere sólo a los cultos falsos del paganismo. Es una tentación constante de la fe. Consiste en divinizar lo que no es Dios…Trátese de dioses o demonios, del poder, el placer, la raza, los antepasados, el Estado, el dinero, etc…

  “El idólatra es el que ‘aplica a cualquier cosa, en lugar de a Dios, la indestructible noción de Dios.’ (Orígenes, Contra Celso 2, 40). (nn. 2113-2114).

  Múltiples son, pues, los senderos, de ida y de regreso, que en el pedregoso azar de la vida humana, ha recorrido y continúa recorriendo la religión. Es su realidad, faro y cruce de caminos en distintos momentos históricos y circunstancias.

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  A propósito del tema y con motivo de dos exposiciones relacionadas con él, una en la galería de la New Mexico State University en Las Cruces, Nuevo México, E.U.A. denominada El favor de los santos: The retablo collection of New Mexico State University y otra en el Museo Estudio Diego Rivera y Frida Kahlo de la ciudad de México, he escrito tres textos que ofrezco como complemento de los puntos aquí indicados:

  Sermons of the Religious Orders and Retablo Art in Mexico, en: Elizabeth Netto Calil Zarur / Charles Muir Lovell (eds.) Art and Faith in Mexico. The Nineteenth-Century Retablo Tradition, University of New Mexico Press, Albuquerque 2001, 89-94. (Con ilustraciones).

  Con contenido casi idéntico: Luces en el desierto: Predicación de las órdenes religiosas y arte del retablo mexicano, en: VV. AA., Retablos y exvotos, Museo Franz Mayer / Artes de México, México 2000, 54-66. (Con ilustraciones).

      (En ambos traté los casos del Santo Niño, la Virgen del Refugio y San Ramón Nonato).

   Invitación a una tercera mirada, en: VV.AA., Fe, arte y cultura. Santo Niño de Atocha. Exvotos, CONACULTA etc., México 2000, 113-115.

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  El mejor estudio que conozco, dada su calidad interdisciplinar (teología, historia, arte) acerca del arte popular principalmente de Nuevo México es: Thomas J. Steele S.J., Santos and Saints. The Religious Folk Art of Hispanic New Mexico, Ancient City Press, Santa Fe 1994.

  El asunto de los exvotos ha sido tratado en varios estudios, con mayor o menor atingencia. Sólo cito los que me parecen muy bien realizados: Elín Luque Agraz / Mary Michele Beltran, El arte de dar gracias. Selección de exvotos pictóricos de la Basílica de Guadalupe, Universidad Iberoamericana / Casa Lamm. Centro de Cultura, México 2003. Elín Luque Agraz, El arte de dar gracias. Los exvotos pictóricos de la Virgen de la Soledad de Oaxaca, Gobierno del estado de Oaxaca / Arquidiócesis de Antequera-Oaxaca / Casa Lamm. Centro de Cultura, México/Oaxaca 2007.

  La difícil delimitación y adecuada descripción analítica del sincretismo, término del que se suele abusar en la actualidad, están realizadas de modo magistral por: Eugenio Maurer, Los tseltales, Centro de Estudios Educativos, México 1984.

 

[1] Diccionario de la Real Academia Española, 1ª acepción del término.

[2] Texto original en griego. Véase: Giuseppe Alberigo et al. (eds.) Conciliorum Oecumenicorum Decreta, Dehoniana, Bolonia 1991.

[3] El dato acerca del probable autor del corrido: Página electrónica cananea.com. (Consulta: 2 de junio de 2009). El “Señor de Mapimí” es una imagen de Jesús crucificado que se venera en la parroquia de San Antonio en Cuencamé, Durango, antiguo Real de Minas de Santiago de Cuencamé, donde se encuentra en un retablo barroco del siglo XVIII pero sale en procesión acompañado por carretas en agosto de cada año. Cuéntase que en el siglo XVIII durante la procesión del Jueves Santo, los habitantes del real de minas sufrieron un feroz ataque de indios cocoyames y tobosos. (Datos tomados de un reportaje de El Siglo de Durango, 5 de agosto de 2007.)

[4] Cantera rosa para el santuario de Plateros, en: VV.AA., Fe, arte y cultura. Santo Niño de Atocha. Exvotos, CONACULTA /INBA /Museo Casa Estudio Diego Rivera y Frida Kahlo, México 2000, 126.

[5] Thomas J. Steele, S.J., Santos and Saints. The Religious Folk Art of Hispanic New Mexico, Ancient City Press, Santa Fe 1994, 4. (Texto original en inglés. Traducción mía.) El tema de las imágenes de Nuevo México puede conocerse en: William Wroth, Christian Images in Hispanic New Mexico, The Taylor Museum of the Colorado Springs Fine Arts Center, Colorado Springs 1982. Robert Farwell Gavin, Traditional Arts of Spanish New Mexico, Museum of New Mexico Press, Santa Fe 1994. Dexter Cirillo, Across Frontiers. Hispanic Crafts of New Mexico, Chronicle Books, San Francisco 1998. (Este último pasa revista a un notable elenco de santeros contemporáneos).

[6] Invitación a una tercera mirada, VV. AA., Fe, arte y cultura. Santo Niño, 113.

[7] Gabriel Rodríguez Piña (entrevista a Leonel Gámez, 31 de octubre de 2000), Santería y catolicismo, una cruzada con dos frentes, en: VV. AA., Fe, arte y cultura, 138s. (Ilustraciones: 140.141).

[8] Elegguá dentro de la práctica santera en Cuba. Su sincretismo con el Niño de Atocha, en: id., 132.